Me llamo Gustavo Luna. Tengo 65 años y soy mexicano con todo el orgullo que esa palabra puede cargar. No el orgullo vacío de bandera y discurso, sino el orgullo profundo, de raíz, de quien ha vivido este país desde adentro, con sus contradicciones, su belleza, su dolor y su gente.
No soy un personaje famoso. No tengo premios ni credenciales académicas que impresionen. Lo que tengo es una vida vivida a fondo, a veces demasiado a fondo, con todo lo que eso implica: amor, pérdida, sacrificio, enfermedad, soledad, y una voluntad que, aunque muchas veces estuvo a punto de apagarse, todavía sigue encendida.
Escribo desde una cama. Escribo con un cuerpo que tiene sus propias limitaciones severas y una mente que se niega a rendirse. Y escribo porque es lo único que me queda, y resulta que es lo más importante que alguna vez tuve.
Esta es mi historia.
Una vida que no fue solo mía
Durante los últimos 23 años de vida de mi madre, fui su cuidador principal. Ella vivía con demencia senil y epilepsia al mismo tiempo, dos condiciones que juntas son devastadoras, no solo para quien las padece, sino para quien las acompaña cada día, cada noche, cada madrugada de crisis.
Cuidar a alguien con demencia no es solo ayudarle a caminar o darle medicamentos. Es verla perderse lentamente dentro de sí misma. Es responder las mismas preguntas cientos de veces con la misma paciencia del primer día. Es estar presente cuando ella ya no sabe quién eres, pero tú sigues ahí porque el amor no necesita ser reconocido para ser real.
Al mismo tiempo, era padre soltero de un hijo que llegó a la adolescencia con toda la tormenta que eso implica. A los 14 años, en su inmadurez, mi hijo procreó un bebé. Me convertí en abuelo antes de estar listo, pero ese nieto llegó al mundo y llegó a mi corazón sin pedir permiso.
Luego, a los 21 años, mi hijo desapareció sin rastro.
No hay palabras suficientes para describir lo que es eso. La desaparición de un hijo no es un duelo que se cierra, es una herida que no cicatriza porque nunca hay certeza. No sabes si llorar o si esperar. No sabes si es el final o si hay que seguir buscando. Es una desesperación constante, una frustración que se instala en el pecho y no se va, un dolor que despedaza la vida en pedazos tan pequeños que uno tiene que arrodillarse a recogerlos uno por uno, juntar apenas los suficientes para poder seguir respirando.
Y seguí respirando. Porque tenía que hacerlo. Porque mi madre me necesitaba. Porque mi nieto estaba ahí.
Los últimos seis años sin salir de casa
Durante los últimos seis años de vida de mi madre, no pude salir de casa. No era una decisión, era una realidad: ella no podía quedarse sola ni un momento. Su condición lo hacía imposible.
Mi mundo se redujo a cuatro paredes. La despensa llegaba por entrega a domicilio. Los únicos momentos en que cruzaba la puerta era para llevarla a sus revisiones médicas en el Instituto Mexicano del Seguro Social. Nada más.
En esos años, absorbido completamente por el cuidado de mi madre y consumido por la angustia de la desaparición de mi hijo, nunca puse atención a mis propias necesidades. Mi cuerpo mandaba señales que yo ignoraba, porque no había tiempo, ni espacio, ni energía para escucharlas.
Fue una médica geriatra del IMSS, que atendía a mi madre, quien cambió el curso de las cosas. En una de esas visitas, la doctora me miró a mí, no a mi madre, y con una preocupación genuina me dijo que necesitaba atenderme. No fue una sugerencia casual. Fue una instrucción médica firme, nacida de lo que vio en mi rostro, en mi cuerpo, en mi agotamiento visible.
Fui. Y ahí comenzaron a aparecer, uno por uno, todos los diagnósticos que hoy definen mi vida.
Mi madre. El 3 de enero de 2023.
Mi madre falleció el 3 de enero de 2023, dentro de las instalaciones del Instituto Mexicano del Seguro Social.
Quiero decir algo sobre eso, porque es importante y porque en México muchas veces se habla mal del IMSS sin reconocer lo que también es capaz de dar.
Mi madre murió con dignidad. Con respeto. Con un trato exageradamente humano de parte del personal médico y de enfermería que la acompañó hasta el final. No murió sola, no murió con dolor innecesario, no murió tratada como un número o como una carga. Murió como lo que era: una persona. Una madre. Una vida completa que merecía un final digno, y que lo tuvo.
Gracias al Instituto Mexicano del Seguro Social, mi madre tuvo ese final. Y gracias al mismo instituto, yo sigo vivo. El servicio, la atención, la dignidad con que tratan al paciente, es algo que reconozco con profunda gratitud y que merece ser dicho en voz alta.
Los puentes del miocardio
La mayoría de las personas tienen sus arterias coronarias recorriendo la superficie del corazón, llevando sangre y oxígeno al músculo cardíaco desde afuera. Las mías nacieron diferentes. Mis cuatro arterias coronarias están atrapadas dentro del músculo del corazón mismo. A eso se le llama puentes del miocardio.
El problema es este: cada vez que el corazón late, el músculo se contrae. Y al contraerse, aprieta las arterias que están dentro de él. Las comprime. Las estrangula por un instante. Mientras más rápido y más fuerte late mi corazón, más se cierran esas arterias, y menos sangre y oxígeno llegan al músculo cardíaco justo cuando más los necesita.
En una persona sana, el ejercicio acelera el corazón y aumenta el flujo de sangre. En mí ocurre exactamente lo contrario: mientras más se esfuerza mi corazón, menos sangre recibe.
Eso convierte cualquier actividad física en un riesgo real. Subir escaleras, caminar rápido, cargar algo pesado, incluso una emoción intensa, pueden desencadenar una crisis. El resultado puede ser angina, arritmia, o un infarto al miocardio.
No existe cirugía que corrija esto. No hay pastilla que lo revierta. Es la arquitectura con la que nací, y con la que aprendo a existir cada día.
La diabetes tipo 2
La diabetes no es simplemente tener el azúcar alta. Es una condición que rediseña completamente la relación con el placer de vivir.
Siempre que viajé, lo hice con el estómago y con los sentidos. Conocer una cultura a través de sus sabores era mi forma más honesta de entender el mundo. Un mole en Oaxaca. Un ceviche en la costa. El pan recién horneado de un mercado desconocido. La cerveza fría después de una caminata larga. Esos momentos no eran lujos, eran la razón del viaje.
La diabetes tipo 2 me retiró ese pasaporte. Cada alimento ahora es una ecuación de riesgo. El azúcar, los carbohidratos, las grasas, los horarios de comida, todo tiene consecuencias que el cuerpo cobra con intereses. Un exceso puede derivar en daño renal, daño en la vista, daño neurológico, o descompensar todo el sistema cardiovascular que ya de por sí camina al límite.
Hoy como para sobrevivir, no para disfrutar. Y esa diferencia, aunque invisible para quien me ve desde afuera, pesa todos los días.
La psoriasis: mucho más que un problema de piel
Aquí es donde más quiero que el lector se detenga, porque la psoriasis es la condición que menos se comprende y la que más daño silencioso hace en mi cuerpo.
La psoriasis no es una enfermedad de la piel. Es una enfermedad del sistema inmunológico. Mi propio sistema de defensa, el que debería protegerme, está permanentemente confundido. Ataca tejidos sanos como si fueran un enemigo. Y esa guerra interna no ocurre solo en la superficie: ocurre en todo el cuerpo al mismo tiempo.
Lo que se ve en la piel es apenas la manifestación visible de algo mucho más profundo: una inflamación sistémica y generalizada que afecta órgano por órgano.
Mi corazón está inflamado, lo que multiplica el riesgo cardiovascular ya existente por los puentes del miocardio. Mis pulmones están inflamados, reduciendo su capacidad. Mi sistema digestivo está inflamado, generando dolor crónico y afectando la absorción de nutrientes. Mi hígado, mis riñones y mi páncreas viven en un estado de inflamación permanente que los desgasta lentamente.
Esta inflamación generalizada eleva de forma crítica el riesgo de tres eventos que pueden quitarme la vida en cualquier momento:
- Infarto al miocardio: el corazón ya comprometido por los puentes del miocardio, ahora además inflamado, es un territorio de altísimo riesgo.
- Trombosis cerebral: la inflamación sistémica favorece la formación de coágulos en los vasos sanguíneos del cerebro.
- Trombosis pulmonar: un coágulo en los pulmones puede ser fatal en minutos.
No lo escribo para provocar lástima. Lo escribo porque es la verdad de mi cuerpo, y porque entender esto explica por qué la mayor parte de mi vida transcurre en cama, en calma, cuidando cada latido.
Lo que México hace y lo que ya no puede hacer por mí
En México, todo trabajador formal tiene acceso al Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), el sistema de salud y seguridad social obligatorio. Cuando mi condición física llegó al punto en que ya no podía sostener una vida laboral activa, el IMSS me retiró obligatoriamente. En los términos fríos del sistema, dejé de ser productivo para la sociedad laboral.
Esa frase me golpeó. Porque yo no me siento terminado.
Me siento diferente. Limitado en el cuerpo, pero no en la mente. No en la voluntad. No en el deseo de aportar algo al mundo antes de irme.
No quiero ser un parásito esperando la muerte.
Desde esta cama, mi único territorio libre
La vida me fue quitando la movilidad poco a poco. Escalar montañas. Esquiar en nieve. Patinar. Acampar bajo las estrellas. Caminatas largas por la playa con el viento en la cara. Todas esas cosas que no eran pasatiempos, eran mi manera de tocar el mundo.
Hoy no puedo hacer ninguna de eso.
Pero mi mente no tiene paredes. No tiene límites físicos. No se inflama. No se cansa de la misma manera. Desde aquí viajo, escalo, recorro playas, cruzo océanos y vivo aventuras que el cuerpo ya no puede pero la imaginación sí.
Escribir es mi única movilidad. Mi territorio libre. El único lugar donde nadie me puede quitar nada.
Quiero que mis libros, mis poemas, mis reflexiones y mis consejos sigan existiendo mucho después de que yo me haya ido. Que no sea una vida fútil. Que alguien en algún rincón del mundo siga disfrutando de mi compañía a través de estas páginas. Que aún después de mi partida, mis palabras sigan caminando por los lugares que yo ya no puedo recorrer.
¿Cómo puedes ayudarme a seguir?
No te pido limosna. Te pido algo mucho más digno.
Si lo que lees aquí te aporta algo, si una frase te hizo pensar, si un poema te tocó, si una historia te acompañó en un momento difícil… entonces considera entrar a Amazon desde el siguiente enlace.
No tienes que comprar nada específico. Solo entra desde aquí y compra lo que ya ibas a comprar de todas formas. Amazon me dará una pequeña comisión de esa venta, sin que tú pagues un centavo extra.
Así me ayudas a seguir fabricando mi mundo desde esta cama, para poder seguir compartiendo mis aventuras contigo.
→ [Entra a Amazon desde aquí y apoya mi escritura] → [Entra a Amazon desde aquí y apoya mi escritura] → [Entra a Amazon desde aquí y apoya mi escritura] https://amzn.to/4tTHY3E
Gracias por leerme. Gracias por estar aquí. Gracias por dejarme existir un poco más a través de tus ojos. — Gustavo Luna