Ricardo G. Luna

CAOS PERRFECTO UNIVERSO

Miro el universo y, a primera vista, lo que encuentro es caos. Un caos desbordado, inabarcable, incontrolable. Estrellas que nacen en explosiones descomunales, nubes de gas retorcidas como remolinos infinitos, galaxias enteras desgarrándose unas a otras en choques que duran millones de años. Para mis ojos humanos no hay orden: solo un espectáculo salvaje de luces y sombras.

Y, sin embargo, cuanto más lo pienso, más evidente se vuelve que ese caos no es tal. Lo que llamo desorden es, en realidad, un orden tan estricto que rebasa mi capacidad de comprensión. Es un mecanismo tan perfecto, tan bello y tan disciplinado, que mi cerebro, limitado por su propia arquitectura, no puede seguirlo. No es que no exista el orden: es que me supera.

Porque mientras una estrella explota a millones de años luz de distancia, otra se enciende en silencio en una nube oscura de polvo. Mientras un agujero negro devora sin piedad la materia que lo rodea, en otro rincón diminuto del cosmos, un planeta se enfría y da origen a océanos, y en esos océanos, a la vida. Todo ocurre al mismo tiempo, en un equilibrio imposible de abarcar. Yo solo percibo fragmentos, y esos fragmentos, aislados, me parecen caóticos.

El universo entero es como una sinfonía tocada en simultáneo por miles de millones de instrumentos. Si escucho una sola nota, no comprendo la melodía. Si intento oírlo todo, mi oído se satura y lo confundo con ruido. Pero lo que existe no es ruido: es música. Una música demasiado grande para mi capacidad de escucha.

Quizás eso sea lo fascinante: que mi mente nunca podrá contener la totalidad de esa partitura. Puedo escribir fórmulas, trazar modelos, calcular órbitas y energías, pero todo lo que obtengo son aproximaciones torpes, traducciones limitadas de algo inconmensurable. Es como intentar encerrar el océano en un vaso de cristal: por más transparente que sea, lo que queda dentro nunca será el mar.

Y aun así, me basta con saber que existe. Saber que en cada estrella, en cada nube, en cada fotón que cruza el espacio, se cumplen leyes invisibles que no necesitan de mi entendimiento para operar. El universo no me exige descifrarlo. No me pide permiso para seguir latiendo en su caos perfecto.

En ese pensamiento encuentro una paz extraña: la de aceptar mi pequeñez sin sentirme menos. No necesito abarcarlo todo para sentirme parte de él. Sé que soy un pasajero microscópico en esta maquinaria descomunal, pero también sé que llevo dentro de mí el reflejo de esa perfección. Mis células, mi sangre, mis propios átomos laten al mismo compás.

Y me quedo mirando el cielo sabiendo que nunca podré comprenderlo por completo, pero agradeciendo la oportunidad de vivir dentro de su misterio. El universo es un caos, sí. Pero un caos tan perfecto, tan bello y tan exacto, que lo único que me queda es admirarlo.

Gustavo Luna

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