Ricardo G. Luna

Cuentos, mitos y leyendas mexicanas para toda la familia

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La grieta

Temporada 1, Guardianes del Quinto Sol

Introducción — Guardianes del Quinto Sol

La Grieta: Guardianes del Quinto Sol. Portada de la temporada 1 con Emilio, Renata y el bestiario de guardianes.

Leer introducción

Episodio 1 — “La grieta en Chapultepec” (CDMX)

Emilio y Renata con una brújula, junto a una serpiente emplumada, un chaneque y una figura esquelética, con Chapultepec al fondo.

Leer episodio 1

Episodio 2 — "El que camina en dos pieles" (Oaxaca)

Ilustración del episodio 2 de La grieta en Oaxaca, con Emilio, Renata, su abuela y el nahual.

Leer episodio 2

Episodio 3 — "La sombra en el cenote" (Yucatán)

Emilio y Renata en el cenote de Yucatán, frente a Ix Chel.

Leer episodio 3

Episodio 4 — "El fuego que no se hereda, se enciende" (Michoacán)

Emilio y Renata en Tzintzuntzan, Michoacán, con Curicaueri y el fuego de cobre.

Leer episodio 4

Episodio 5 — "Lo que la lluvia no perdona" (Puebla/Cholula)

Emilio y Renata en Cholula, entre la tormenta, los túneles y Tláloc.

Leer episodio 5

Episodio 6 — "La foto que nadie puso" (CDMX, Día de Muertos)

Emilio y Renata ante un panteón iluminado con velas y cempasúchil, con el retrato de Altagracia y el guardián del inframundo.

Leer episodio 6

Episodio 7 — "El viento no empuja, sostiene" (Veracruz)

Emilio y Renata contemplan a los voladores en Veracruz junto al caporal.

Leer episodio 7

Episodio 8 — "El Quinto Sol no se apaga solo" (CDMX — Final de temporada)

Emilio y Renata observan una grieta luminosa sobre Chapultepec en el final de temporada.

Leer episodio 8

Temporada 2: La grieta: ocho presagios

Emilio y Renata con una caja de jade luminoso, rodeados por los ocho presagios y escenarios de México.

Los ocho episodios de la temporada, disponibles en formato Word:

Episodio 1 — La llama en el cielo

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LA GRIETA

Los Ocho Presagios

Episodio Uno — “La llama en el cielo” (Ciudad de México)

Episodio 1 — “La llama en el cielo” (Ciudad de México)

I. Lo que salió en las noticias

Once meses después de aquel amanecer sobre Chapultepec, Emilio tenía quince años recién cumplidos, un examen de biología que no había estudiado, y la costumbre nueva de fingir que no le importaba cuando su papá mencionaba a Karina, la novia con la que llevaba saliendo desde marzo.

No estaba pensando en ninguna de esas dos cosas cuando su mamá le gritó desde la sala, por encima del ruido de la tele y del vaso de agua que él tenía a medio camino entre el refrigerador y la boca:

—¡Emilio, ven a ver esto!

El agua estaba helada, recién sacada del refri, y Emilio sintió el frío bajarle por la garganta mientras caminaba descalzo hacia la sala, las plantas de los pies pegándosele un poco al piso de duela recién trapeado. En la tele, un conductor de noticias con cara de no haber dormido bien señalaba una gráfica del cielo nocturno mientras, detrás de él, corría un video borroso grabado con celular, con ese sonido plano y metálico de micrófono de teléfono: una luz blanca, demasiado grande para ser una estrella y demasiado quieta para ser un avión, ardiendo justo encima de la Ciudad de México.

—Autoridades de la UNAM confirman que se trata de un fenómeno astronómico poco común —decía el conductor, con ese tono que usan cuando ni ellos mismos se lo creen del todo—, posiblemente un cometa o un bólido de gran tamaño, visible esta noche desde toda la capital…

Emilio se acercó a la ventana y corrió la cortina. Afuera, sobre los techos de la colonia, había una claridad rara en el cielo, como si alguien hubiera dejado encendido un foco de esos amarillos de emergencia detrás de las nubes delgadas. Se quedó viendo esa luz más tiempo del que hace falta para entender una noticia del clima, con la nariz casi pegada al vidrio frío, empañándolo un poco con el aliento. Porque esa luz, sin que ningún meteorólogo de la tele pareciera notarlo, no se movía como un cometa. No cruzaba el cielo. Ardía fija, exactamente encima del Zócalo, como si alguien hubiera clavado una vela gigante en medio de la noche y se hubiera olvidado de apagarla.

Sacó el celular, todavía con la mano fría por el vaso de agua, y le mandó a Renata una sola palabra: “¿Viste?”

La respuesta llegó antes de que le diera tiempo de guardar el teléfono, con esa vibración corta y ansiosa que Emilio ya asociaba, en algún lugar del estómago, con el peligro: “La caja de mi buró está que arde. Literal. Se me quemó un poco el dedo. Ven.”

II. Lo que quedaba de Altagracia

Emilio llegó a casa de Renata en bicicleta, con el aire de la noche pegándosele frío en la cara y en los brazos descubiertos, oliendo a la mezcla de siempre de esa calle: jazmín de la reja de doña Concha, tacos al pastor de la esquina, y el olor metálico y ligeramente dulzón que dejaba el camión de la basura cuando pasaba temprano. No avisó más que un “voy con mi prima, ya vuelvo” gritado desde la puerta, con el corazón latiéndole más rápido de lo que la subida de la cuadra ameritaba, la respiración agitada silbándole un poco en el pecho.

Renata lo esperaba en la puerta de su cuarto, con la cajita de madera abierta sobre las dos manos como si cargara un carbón encendido que no quería soltar ni tirar. Adentro, el pedacito de jade —lo único que había sobrevivido de la brújula de Altagracia, del tamaño de una uña de pulgar— brillaba con una luz verde que Emilio no había visto desde el vacío estrellado bajo Chapultepec, y que teñía de un tono fantasmal la cara de su prima, las paredes del cuarto, el techo.

Se acercó lo suficiente para sentir el calor que subía de la piedra, un calor extraño, seco, que no se parecía en nada al calor normal de una mano o de una taza de café: era más bien el calor que uno siente en el pecho justo antes de llorar, sin que hubiera ninguna razón física para que una piedra pudiera producir eso.

—Once meses quieto —dijo Renata, sin levantar la vista de la piedra, con la voz apretada—. Ni un parpadeo. Y justo la misma noche que sale un cometa que no se mueve como cometa.

—A lo mejor es casualidad.

—Emilio.

—Ya sé, ya sé. Con nosotros no existen las casualidades. Nada más tenía la esperanza de que, por una vez, sí.

Renata cerró los dedos sobre el jade, y por un segundo, en el silencio del cuarto —un silencio tan completo que Emilio alcanzó a escuchar el tic-tac del reloj de pared del pasillo, y el ladrido lejano de un perro tres casas más allá— los dos pudieron jurar que escucharon algo: no un mensaje sin remitente esta vez, sino un sonido bajito, casi como un suspiro, o como alguien tarareando muy despacio una canción de cuna en un idioma que ninguno de los dos hablaba, pero que de algún modo reconocían, un sonido que les vibró más adentro del oído que en el oído mismo.

Emilio sintió que se le enchinaba la piel de los brazos, cada vello parándose de golpe, un escalofrío que no tenía nada que ver con el aire acondicionado del cuarto.

—Esa no es la voz de Quetzalcóatl.

—No —dijo Renata, guardándose el jade en el bolsillo de la sudadera, ya con las llaves de la bici de su hermano en la otra mano—. Definitivamente no.

III. El Templo Mayor a medianoche

Llegar al centro histórico un martes a las once de la noche, en bicicleta, mintiéndoles a sus respectivas mamás sobre una tarea de último momento en casa del otro, no era exactamente el plan que Emilio tenía para esa semana. Pedalearon por avenidas casi vacías, el zumbido de las llantas sobre el asfalto mojado por una llovizna reciente, el olor a lluvia sobre piedra caliente todavía subiendo del pavimento, y el reflejo anaranjado de los faroles multiplicándose en los charcos. Frenaron junto a la reja del Templo Mayor con un chirrido de llantas que sonó demasiado fuerte en la calle vacía, con el resplandor de la falsa estrella iluminándoles la cara desde arriba, tan brillante que las sombras de los edificios coloniales se veían dobles, unas grises por la luna y otras, más tenues, de un verde pálido que no debería estar ahí.

—Está cerrado —dijo Emilio, jalando la reja de metal, el frío del fierro calándole en los dedos, más por formalidad que porque de verdad esperara que cediera—. Obvio está cerrado. Es un sitio arqueológico. A las once de la noche. Un martes.

—La reja está cerrada —contestó Renata, señalando un tramo de malla ciclónica, más adelante, doblada hacia adentro como si algo, o alguien, ya la hubiera forzado antes que ellos—. Eso no.

—Genial. Nada me tranquiliza más que un boquete en una reja de un sitio arqueológico protegido a medianoche.

Se colaron por la abertura, agachados, sintiendo cómo un alambre suelto le rasguñaba a Emilio la manga de la chamarra con un sonido seco de tela rasgándose apenas, con el corazón latiéndole en los oídos con más fuerza que cuando entró por primera vez a la grieta de Chapultepec. El aire, entre las ruinas del Hueyi Teocalli, cambió por completo apenas cruzaron: olía distinto al aire normal de la ciudad, a piedra mojada y mineral, a copal apagado hacía siglos que aun así seguía dejando un rastro dulzón y ahumado en el fondo de la garganta, y a algo más, algo eléctrico, un olor casi metálico, como el instante justo antes de que caiga un rayo, cuando el aire entero parece cargado de electricidad estática y los pelos de los brazos se erizan solos.

En el centro de las ruinas, flotando justo encima de la piedra tallada con la luna partida de Coyolxauhqui, la falsa estrella ardía tan cerca que Emilio sintió el calor en la cara, aunque no quemaba: era un calor que se sentía, de algún modo raro, como tristeza, un calor húmedo que le recordó, sin saber por qué, al vapor de una regadera después de llorar mucho tiempo bajo el agua caliente. El silencio de la noche se rompía apenas por un zumbido bajo, casi un lamento, que salía del fuego mismo.

—Esto no es un cometa —susurró Renata, con la voz llena de ese respeto casi religioso que le salía siempre frente a algo que confirmaba una de sus teorías—. Es fuego. Fuego real, ardiendo en el aire, sin nada que lo sostenga.

Del otro lado de las ruinas, algo crujió: una pisada sobre grava suelta, deliberada, nada apurada. Una sombra se movió entre las piedras. No era una sombra de teotl. Era, sin ninguna duda, una sombra con forma de persona, vestida de traje, agachada junto a la piedra de Coyolxauhqui con algo brillante en la mano.

IV. El hombre del traje gris

—Buenas noches —dijo el hombre, sin sobresaltarse, sin siquiera voltear del todo, como si llevara rato sintiéndolos ahí—. Qué raro encontrar turistas tan dedicados a esta hora.

Se enderezó despacio, y el sonido de la tela de su traje al moverse fue nítido en el silencio de las ruinas, un frufrú caro, casi quirúrgico. Era un señor mayor, de traje gris impecable a pesar de estar agachado sobre tierra arqueológica, con el pelo blanco perfectamente peinado y unos guantes finos de cuero que no pegaban para nada con la escena. Cuando el viento cambió de dirección, a Emilio le llegó su perfume: algo denso, a cedro y a cuero viejo, tan fuera de lugar entre el copal y la piedra mojada que resultaba, por sí solo, inquietante. En la mano sostenía un aparatito plateado, del tamaño de una brújula, que emitía un pulso de luz cada pocos segundos, acompañado de un clic diminuto, como si estuviera midiendo algo en el aire.

—Nosotros igual le podríamos preguntar lo mismo —dijo Emilio, tratando de sonar más seguro de lo que se sentía, con la boca de pronto seca, colocándose medio paso delante de Renata sin darse cuenta de que lo estaba haciendo—. ¿Usted trabaja aquí?

—Digamos que soy… coleccionista. —El hombre sonrió, una sonrisa que no le llegaba a los ojos, un gesto que a Emilio le recordó, sin poder evitarlo, al hielo agrietándose—. Mi nombre es Nemesio Ostos. Y llevo más años de los que quisiera admitir esperando una noche como esta: cuando el cielo decide, después de quinientos años, empezar a repetirse.

—¿Usted sabe lo que es esto? —preguntó Renata, sin poder contenerse, con esa mezcla suya de miedo y curiosidad que Emilio ya conocía de memoria, la voz apenas temblando en la última palabra.

—Sé que un fuego que arde sin leña, sobre un templo que ya no debería tener poder ninguno, vale una fortuna para la persona correcta —dijo Ostos, guardándose el aparato plateado en el bolsillo del saco con un movimiento tan tranquilo que resultaba más inquietante que cualquier grito—. Y sé que ustedes dos huelen a algo que llevo buscando desde hace mucho más tiempo del que aparento. Ese jade que trae tu prima en el bolsillo, por ejemplo. Chalchihuitl auténtico, forjado con intención, no comprado en un mercado de artesanías. Ese tipo de objeto casi no existe ya. Y lo que casi no existe… se vende carísimo.

Emilio sintió que el estómago se le apretaba, no de miedo esta vez, sino de algo más parecido a coraje, un calor que le subió por el pecho y le llegó hasta las orejas.

—Ese jade no está en venta.

—Todo está en venta, joven —dijo Ostos, con una calma que daba más miedo que cualquier amenaza gritada—. Nada más hay que encontrar el precio correcto. O la manera correcta de quitárselo a quien no quiere venderlo.

V. El fuego que llora

La falsa estrella, encima de ellos, tembló con un chisporroteo que sonó, por un instante, casi como un sollozo contenido, y por primera vez Emilio notó que dentro de la llama había una forma: la silueta borrosa de una mujer, con los brazos extendidos hacia el cielo, la boca abierta en un grito silencioso que no hacía ningún sonido y que, aun así, se sentía en el pecho como un peso, como cuando a uno se le cierra la garganta justo antes de llorar en público y hace todo el esfuerzo del mundo por no dejar que salga.

—Ella tampoco está en venta —dijo una voz nueva, profunda, que hizo eco entre las piedras del teocalli y que Emilio sintió vibrarle en el pecho antes de escucharla del todo con los oídos.

Quetzalcóatl apareció entre dos columnas caídas, más pequeño de lo que Emilio lo recordaba —del tamaño de un caballo grande, no de un camión—, con las escamas doradas apenas brillando bajo la luz de la falsa estrella, como si algo le hubiera costado fuerza para cruzar hasta ahí. Su respiración, si es que una serpiente emplumada respira, se escuchaba pesada, entrecortada. Sus ojos dorados, sin embargo, no habían perdido nada de su peso.

—Tú no deberías poder verme —dijo Quetzalcóatl, con algo parecido a la alarma cruzándole la voz por primera vez.

—Llevo treinta años aprendiendo a ver cosas que la mayoría de la gente decide no ver —contestó Ostos, ajustándose el guante izquierdo con un gesto tranquilo, el cuero crujiendo apenas—. Es, básicamente, mi trabajo.

Renata dio un paso hacia Quetzalcóatl, con los ojos todavía clavados en la silueta llorando dentro del fuego, los pies resbalando un poco sobre la piedra húmeda por el rocío de la noche.

—¿Quién es ella?

Quetzalcóatl tardó en contestar, y cuando lo hizo, su voz sonó más cansada que en cualquier otro momento del año anterior, un cansancio que Emilio pudo sentir físicamente, como una corriente de aire frío que le bajó por la nuca.

—Mi hermana. La que lloró antes que nadie por lo que se venía. Cihuacóatl. —El nombre pareció pesarle al decirlo, salirle despacio, como una piedra que cuesta trabajo levantar—. Y esta noche no es la primera vez que llora. Es la primera de ocho.

—¿Ocho como los ocho puntos del año pasado? —preguntó Emilio, con un mal presentimiento subiéndole por la espalda, frío, como una gota de sudor helado.

—Ocho como los ocho presagios que anunciaron la caída de Tenochtitlan —dijo Quetzalcóatl—. Los que vieron nuestros abuelos diez años antes de que llegaran los hombres del otro lado del mar. El fuego en el cielo. El templo que ardió sin remedio. El rayo sin tormenta. El lago que hirvió. El llanto nocturno. El ave con el espejo. Los hombres de dos cabezas. Ocho señales, ocho advertencias que nadie pudo evitar entonces. Y alguien encontró la manera de hacer que se repitan ahora, aquí, con ustedes dos en medio.

VI. La persecución bajo tierra

Ostos ya se estaba moviendo, con una rapidez que su traje impecable no dejaba sospechar, hacia una abertura entre las piedras que Emilio no había notado antes: la entrada a uno de los túneles de excavación, cerrados al público, que bajaban hacia las capas más viejas del teocalli.

—¡Se está yendo! —gritó Renata.

—¡Pues síguelo tú, yo nada más traje tenis de bicicleta, no de perseguir señores misteriosos bajo tierra! —contestó Emilio, ya corriendo detrás de ella de todos modos, porque quejarse y correr nunca le habían resultado actividades excluyentes.

El túnel bajaba en espiral entre piedras talladas con calendarios que Emilio no supo leer, el aire volviéndose más denso y más húmedo con cada escalón, un olor a tierra removida y a óxido viejo que se le pegaba en el fondo de la lengua. El sonido de sus propios pasos y su propia respiración rebotaba contra las paredes de piedra, multiplicado, como si un ejército entero de Emilios asustados corriera detrás de él. Iluminado apenas por la luz verde del jade que Renata sostenía al frente como una linterna desesperada, el túnel goteaba en algún punto que ninguno de los dos alcanzaba a ver, un plic, plic, plic constante que a Emilio le puso los nervios de punta más que cualquier otra cosa esa noche. Ostos corría adelante, sin perder nunca la elegancia, sus pasos secos y precisos contra la piedra, como si hasta huir bajo tierra a medianoche fuera, para él, un ejercicio de buenos modales.

—¡No van a alcanzarme! —gritó, sin siquiera voltear, la voz rebotando entre las paredes—. ¡Y aunque lo hicieran, no van a poder detenerme con las manos vacías!

El túnel se abrió, de golpe, en una cámara subterránea que ningún arqueólogo había registrado jamás: paredes cubiertas de pinturas descoloridas donde una mujer con la boca abierta en un grito aparecía, una y otra vez, en cada muro, rodeada de figuras diminutas huyendo hacia los bordes de la piedra. El aire aquí abajo era distinto: más frío, casi helado en comparación con el túnel, y tan quieto que Emilio podía escuchar el latido de su propio corazón golpeándole las costillas por dentro.

Ostos se detuvo en el centro, sin aliento por primera vez, el pecho subiéndole y bajándole bajo el saco gris, con una llave de piedra tallada en la mano que brillaba con el mismo verde del jade de Renata.

—Vaya —dijo, entre jadeos, mirando el objeto con una sonrisa que ya no fingía ninguna calma—. Once meses buscando el sitio exacto, y resulta que ustedes dos me lo entregaron en bandeja.

VII. Lo que Emilio no quería decir en voz alta

—Suelte eso —dijo Emilio, con la voz más firme de lo que sentía, aunque las piernas todavía le temblaban de la corrida y sentía el sudor frío pegándosele la playera a la espalda.

—¿O qué? —preguntó Ostos, con genuina curiosidad, sin ninguna amenaza en la voz, lo cual era, de algún modo, mucho peor que si hubiera gritado—. ¿Qué van a hacer dos adolescentes, exactamente?

El fuego de arriba —la llama que ardía sobre el teocalli, que de alguna manera Emilio podía sentir hasta ahí abajo, como un peso en el pecho, como una nota grave que no se escucha con los oídos sino con el esternón— pareció apretarse más fuerte alrededor del corazón de la mujer que lloraba.

—Ella no dejó de llorar en quinientos años —dijo Quetzalcóatl, llegando por fin al fondo del túnel, más despacio que ellos, respirando con esfuerzo, sus garras rozando la piedra con un sonido áspero—. Y este hombre encontró la manera de afinar ese llanto como quien afina una cuerda, hasta convertirlo en algo que se puede usar. Cada presagio que se complete del todo le da más fuerza a lo que sea que busca. No sé qué es. Pero sé que no le importa nada de lo que se rompa en el camino para conseguirlo.

Ostos se guardó la llave de piedra en el bolsillo interior del saco, con el mismo cuidado con que un cirujano guarda un instrumento.

—Su hermana lloró porque vio venir algo que no pudo detener —dijo, mirando a Quetzalcóatl directo a los ojos dorados, sin ningún miedo—. Yo nada más estoy terminando lo que ella empezó a anunciar. Llámenlo destino, si eso los hace sentir mejor.

Emilio sintió algo subirle por el pecho que no era exactamente miedo, aunque se le parecía mucho: la sensación exacta de cuando su papá le presentó a Karina por primera vez, esa certeza fría de que algo ya estaba decidido sin que a él le preguntaran nada, ese mismo nudo apretado en la garganta.

—Yo llevo un año entero aprendiendo que las cosas no tienen que pasar solo porque alguien más ya decidió que van a pasar —dijo, con la voz quebrándose apenas al principio y volviéndose más firme con cada palabra, el eco de la cámara devolviéndole cada frase multiplicada—. Mi papá tiene novia nueva. Mis papás llevan un año separados. Y aun así yo decido, todos los días, quién quiero ser en cada una de las dos casas. Usted no puede simplemente anunciar el futuro y esperar que nosotros nos hagamos a un lado.

Ostos se quedó quieto un segundo, algo parecido a la sorpresa cruzándole la cara por primera vez en toda la noche.

—Qué comentario tan específicamente personal —dijo, por fin—. Guárdenselo para su terapeuta.

—¡Oiga! —gritó Emilio, genuinamente indignado, olvidando por un segundo que estaban en medio de una persecución sobrenatural—. ¡Eso sí que no se vale, yo aquí abriéndome el corazón y usted burlándose!

A pesar de todo, Renata soltó una risa nerviosa, mitad terror, mitad la costumbre de un año entero de que Emilio encontrara el chiste hasta en el peor momento posible, una risa que le salió temblorosa y que retumbó, rara, entre las paredes pintadas.

VIII. Lo que se llevó Ostos

La distracción, mínima como fue, le bastó a Ostos. Con un movimiento rápido sacó del otro bolsillo un puñado de polvo dorado que lanzó contra las paredes pintadas, y las figuras de la mujer llorando, en cada muro, se encendieron de golpe con una luz cegadora, un fogonazo blanco acompañado de un chasquido seco como de electricidad estática, que hizo que Emilio y Renata se cubrieran los ojos por instinto, el calor de la explosión de luz rozándoles la piel de la cara por una fracción de segundo.

Cuando la luz bajó y Emilio pudo volver a abrir los ojos, parpadeando contra las manchas verdes que le quedaron flotando en la vista, la cámara estaba vacía, con un fuerte olor a quemado flotando en el aire, como cerillo recién apagado. Ostos ya no estaba, y con él se había ido también la llave de piedra tallada.

—¡NO! —gritó Quetzalcóatl, golpeando la pared con una fuerza que hizo temblar todo el túnel, un estruendo sordo que Emilio sintió en las plantas de los pies, algo que jamás lo había visto hacer, ni siquiera en el peor momento del año anterior—. Esa llave abría el segundo presagio. La necesitaba para poder guiarlos con seguridad. Sin ella, van a tener que encontrar el camino solos.

—Genial —dijo Emilio, sentándose de golpe en el piso de piedra, sintiendo el frío húmedo calarle a través de los pantalones, con las piernas por fin rindiéndose después de tanta adrenalina—. Absolutamente genial. Un villano con guantes de cuero y modales de mayordomo nos acaba de ganar la primera ronda.

—No la ganó del todo —dijo Renata, muy despacio, mirando su propio bolsillo.

El jade, ahí adentro, había dejado de arder. Ya no brillaba verde intenso: brillaba, apenas, con una calidez tranquila contra la palma de su mano, como una brasa que sabe que todavía le queda mucho por delante.

IX. El fuego que encontró su cauce

Arriba, cuando por fin subieron de vuelta a las ruinas, con el aire fresco de la madrugada golpeándoles la cara después del encierro húmedo del túnel, la falsa estrella sobre el Zócalo empezaba a apagarse, poco a poco, no como si alguien la hubiera vencido, sino como si, por primera vez en quinientos años, alguien la hubiera escuchado de verdad. El zumbido triste que había llenado el aire toda la noche se fue apagando también, hasta dejar solo el silencio normal de una madrugada de martes, roto apenas por el ladrido lejano de un perro y el motor de un camión de limpia arrancando varias cuadras más allá.

—No completamos nada —dijo Emilio, mirando hacia arriba, sin entender del todo—. Ostos se llevó la llave. ¿Por qué se está apagando?

—Porque el primer presagio nunca pidió que ganaran una pelea —dijo Quetzalcóatl, con la voz todavía cansada, pero un poco menos—. Pedía que alguien, después de quinientos años, se quedara a escuchar su llanto sin salir corriendo. Ustedes se quedaron. Eso ya cuenta, aunque Ostos se haya ido con la llave.

La silueta de la mujer, dentro de lo que quedaba de la llama, pareció voltear hacia ellos por un instante, y aunque no tenía rostro definido, Emilio pudo jurar que, por un segundo, dejó de llorar.

—Primer presagio, contenido, no cerrado —dijo Quetzalcóatl—. Faltan siete. Y ahora, además, alguien más los está buscando con ustedes.

X. Camino a casa

Pedalearon de vuelta por calles ya casi vacías, con el amanecer empezando a teñir de naranja los edificios coloniales del centro, el aire todavía frío pegándose en la piel sudada, demasiado cansados para hablar mucho, hasta que Emilio, sin poder evitarlo, rompió el silencio.

—Oye, Renata.

—¿Qué?

—¿Tú crees que el señor Ostos tenga, tipo, una tarjeta de presentación? Porque “coleccionista siniestro con guantes de cuero que roba llaves mágicas” suena a una profesión con nombre más corto.

—Se llama villano, Emilio. La palabra que buscas es villano.

—Nada más digo que para ser un villano tiene mejores modales que la mitad de mis maestros.

Renata se rió, cansada, con el jade otra vez tibio y tranquilo en el bolsillo de la sudadera, el sonido de las llantas contra el pavimento mojado marcando el ritmo de su risa.

—Un presagio contenido —dijo, más para sí misma que para él—. Faltan siete.

—Y ahora con villano de traje incluido —agregó Emilio—. El año pasado nada más eran teteo. Este año subimos de nivel.

Sobre sus cabezas, el cielo de la Ciudad de México se aclaraba despacio, con el primer canto de un zanate rompiendo el silencio desde algún cable de luz, sin ningún rastro ya de la falsa estrella, aunque ninguno de los dos pudo evitar, esa noche, revisar dos veces que no hubiera ninguna luz rara asomándose entre las nubes antes de por fin quedarse dormidos.

Fin (por ahora).

Ilustración de La Grieta: Los Ocho Presagios, episodio 1, La llama en el cielo, con Emilio y Renata.

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Episodio 2 — El fuego que no se apaga

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Episodio 2 — “El fuego que no se apaga” (Teotihuacan, Estado de México)

I. El camión de las seis de la mañana

El camión escolar olía a plástico de asiento recalentado, a las tortas que alguien ya se estaba comiendo a las seis y cuarto de la mañana, y al perfume dulzón de la maestra Bermúdez, que se sentaba siempre hasta adelante con un megáfono que nadie le había pedido que trajera. Emilio iba junto a la ventana, con la frente pegada al vidrio frío, viendo pasar los cerros pelones del Estado de México bajo un cielo todavía gris de las seis de la mañana, cuando sintió una vibración conocida contra la pierna.

El mensaje era de Renata: “Ya me subí al camión de tu escuela. La maestra Bermúdez piensa que soy nueva. No preguntes cómo.”

Emilio volteó hacia atrás, tres filas, y ahí estaba su prima, con la capucha de la sudadera puesta y una gorra encima, sentada junto a una niña de primero que la veía con desconfianza.

—¿Qué haces aquí? —le susurró, agachándose entre los asientos, con el olor a plástico caliente y refresco derramado subiéndole más fuerte mientras se inclinaba.

—El jade empezó a arder otra vez a las cinco de la mañana —contestó Renata, igual de bajito, sacando apenas la cajita del bolsillo lo suficiente para que Emilio viera el resplandor verde filtrándose entre sus dedos—. Y tú tenías excursión a Teotihuacan hoy. No soy tonta, Emilio.

—¡Nomás digo que colarte a un camión escolar ajeno es un nivel de compromiso que no esperaba ni de ti!

—Silencio allá atrás —dijo la maestra Bermúdez por el megáfono, sin siquiera voltear, con esa autoridad que solo tienen las maestras de excursión con quince años de experiencia y cero paciencia.

Karina, la novia de su papá, iba dos asientos delante de la maestra Bermúdez, con una gorra de la escuela prestada y una sonrisa demasiado entusiasta para las seis y media de la mañana. Se había ofrecido de chaperona –por qué, exactamente, seguía siendo un misterio doloroso para Emilio– y cada vez que el camión pasaba por un bache, ella se volteaba a preguntarle si estaba bien, con una amabilidad que a Emilio le sabía, sin poder explicar por qué, a traición.

II. Polvo, sol y una columna de humo que no debería estar ahí

Para las diez de la mañana, el sol ya pegaba de lleno sobre la Calzada de los Muertos, un calor seco y directo que se sentía distinto al calor húmedo de la ciudad: un calor que subía del piso de tierra apisonada en oleadas visibles, que hacía brillar el aire sobre las piedras y que le dejaba a Emilio la garganta reseca cada vez que respiraba hondo. El polvo se le pegaba en los tobillos, fino y claro, y el olor a tierra caliente se mezclaba con el de los elotes que vendían junto a la entrada, con chile y limón, y con el protector solar de coco que la mitad del grupo se había puesto de más.

—Recuerden, jóvenes, la Pirámide del Sol es la tercera más grande del mundo —repetía la maestra Bermúdez por el megáfono, con un eco metálico que rebotaba contra las piedras—, construida hace más de mil ochocientos años, mucho antes de que llegaran los mexicas a este valle…

Emilio, medio escuchando, sintió que el jade en el bolsillo de Renata –caminaba justo a su lado, fingiendo tomar fotos con el celular– empezaba a vibrar con más fuerza. Al mismo tiempo, del lado este de la Pirámide del Sol, donde ningún guía llevaba nunca a los grupos porque ahí solo había piedras sueltas y un cordón de “zona restringida”, una columna delgada de humo negro empezó a subir hacia el cielo azul sin una sola nube.

—¿Tú ves eso? —preguntó Renata, en voz baja, sin dejar de fingir que tomaba fotos.

—Nadie más parece verlo —dijo Emilio, mirando alrededor: turistas, compañeros, la propia maestra Bermúdez, todos ajenos, todos viendo hacia la pirámide y no hacia esa columna de humo que subía cada vez más gruesa, sin que ningún guardia de seguridad corriera hacia allá.

—Genial —susurró Renata—. Otra vez el mismo truco de siempre: lo importante pasa justo donde nadie más está mirando.

III. La excusa de las trescientas y algo escalinatas

Convencer a la maestra Bermúdez de que necesitaban “ir al baño, es una emergencia, de las dos, sí, es contagioso” les costó una mirada de sospecha profesional de quince años de experiencia, pero funcionó. En cuanto se separaron del grupo, cruzaron el cordón de “zona restringida” agachados, con el corazón de Emilio latiendo tan fuerte que casi ahogaba el ruido de sus propios pasos sobre la grava suelta.

El sol de mediodía pegaba directo, sin ninguna sombra que los cubriera entre las piedras sueltas del lado este, y el sudor le corría a Emilio por la espalda, empapándole la playera contra la piel. El aire, mientras se acercaban a la columna de humo, empezó a oler distinto: ya no a polvo ni a elote, sino a algo quemado, a madera vieja ardiendo, mezclado con un aroma resinoso y dulzón que Emilio reconoció de inmediato.

—Copal —dijo, sintiendo cómo el olor se le metía hasta el fondo de la garganta, espeso—. Está ardiendo copal. Mucho copal.

Detrás de un montículo de piedras sueltas, donde los mapas turísticos no marcaban nada, había un altar pequeño, de piedra ennegrecida por siglos de humo, y sobre él ardía un fuego que no debería tener nada que quemar: sin leña, sin copal visible, solo fuego puro, alto como una persona, crepitando con un sonido seco y furioso que Emilio sintió vibrarle en el pecho antes de escucharlo del todo.

IV. El fuego que no se deja apagar

—Hay que apagarlo —dijo Renata, ya buscando con la mirada algo, cualquier cosa—. Antes de que alguien más lo vea y se arme un escándalo.

Encontró una botella de agua olvidada junto a las piedras, medio llena, y sin pensarlo dos veces la vació entera sobre las llamas.

El agua, al tocar el fuego, no lo apagó. Se evaporó de golpe, con un siseo violento que sonó casi como un grito, levantando una nube de vapor caliente que les llenó la cara de gotitas ardientes, obligándolos a retroceder tosiendo, los ojos escociéndoles.

—¡Eso no debería pasar! —gritó Emilio, limpiándose la cara con la manga—. ¡El agua apaga el fuego! ¡Esa es literalmente la única regla que conozco sobre el fuego!

—Con este no —dijo una voz nueva, profunda y áspera como madera vieja crujiendo, que salió de dentro de la columna de llamas—. Este fuego no se apaga con agua. Se apaga con memoria. O no se apaga nunca.

De entre las llamas emergió una figura encorvada, anciana, con la piel agrietada como cerámica cocida al fuego durante mil años, y sobre la cabeza, sostenido con un equilibrio imposible, un brasero de piedra del que salían chispas doradas que subían y se apagaban antes de tocar el suelo.

—Huehuetéotl —susurró Renata, con ese tono de quien reconoce algo que estudió pero jamás esperó ver en persona—. El fuego más viejo de todos.

V. El abuelo del fuego

—Me llaman así, sí —dijo el anciano de fuego, con una voz que crepitaba entre cada palabra, como leña acomodándose en una fogata—. El primero. El que ardió antes que ningún otro teotl tuviera nombre. Y hoy, el segundo presagio que alguien decidió despertar.

—¿Por qué usted? —preguntó Emilio, todavía con las manos escociéndole por el vapor—. Pensé que el primer presagio era de Cihuacóatl.

—Cada presagio despierta a quien tiene algo que ver con él —dijo Huehuetéotl—. Un templo se incendió sin remedio, hace quinientos años, en Tenochtitlan. Se llamaba Tlacateco. Ardió tres días completos sin que nadie pudiera apagarlo, ni con agua, ni con arena, ni con rezos. Y quien ordenó ese incendio para robarse lo que ardía adentro, fue el mismo tipo de hombre que anda ahora suelto con una llave de piedra en el bolsillo.

Como si lo hubiera invocado con la mención, un chasquido de zapatos finos sobre grava anunció, con la puntualidad de siempre, la llegada de Nemesio Ostos, que se acercaba entre las piedras sueltas con el mismo traje impecable de la primera noche, ahora ligeramente empolvado por el camino, y con la llave de piedra tallada brillando entre sus dedos enguantados.

VI. Segunda ronda

—Vaya, vaya —dijo Ostos, sin ninguna prisa, deteniéndose a una distancia prudente del fuego, cuyo calor le hacía brillar el sudor en la frente a pesar de su calma—. Qué eficientes son ustedes dos encontrando exactamente lo que yo también busco. Deberían cobrarme por el favor.

—¿Qué quiere con el fuego? —preguntó Renata, colocándose entre Ostos y Emilio sin pensarlo, la voz firme aunque las manos le temblaban un poco.

—No quiero el fuego —dijo Ostos, levantando la llave de piedra, que empezó a resonar con un zumbido grave apenas la acercó a las llamas—. Quiero lo que el fuego guarda. Cada teotl antiguo carga un poco de la memoria original de este lugar, niña. Memoria suficiente, si se junta toda, para reescribir cosas que ya deberían estar decididas.

Metió la llave directo en el corazón del fuego, y las llamas, en vez de consumirla, empezaron a girar alrededor de ella en una espiral cada vez más rápida, más alta, el crepitar convirtiéndose en un rugido que Emilio sintió en los dientes, en las costillas, en la planta de los pies a través de la tierra.

—¡ESTÁ ROBÁNDOSE LA MEMORIA DEL FUEGO! —gritó Huehuetéotl, con una furia que hizo temblar el brasero sobre su cabeza, las chispas doradas cayendo ahora hasta el suelo, encendiendo pequeñas llamitas donde tocaban la tierra seca—. ¡DETÉNGANLO!

VII. Lo que Emilio no había dicho sobre Karina

El calor, de golpe, se multiplicó, empujándolos hacia atrás como una mano invisible, y Emilio sintió que el aire mismo se volvía difícil de respirar, espeso, ardiente contra la garganta cada vez que inhalaba.

—¡Necesita algo de nosotros! —gritó Renata, por encima del rugido del fuego, cubriéndose la cara con el brazo—. ¡Igual que Cihuacóatl! ¡El fuego pide algo, no lo va a dar gratis!

—¡Memoria, dijo Ostos! —gritó Emilio de vuelta, el sudor cayéndole en los ojos, ardiéndole—. ¡Algo que se recuerde y algo que se olvide!

Huehuetéotl, luchando por mantener el fuego bajo control, apenas volteó hacia Emilio, sus ojos antiguos brillando entre las llamas.

—El fuego que se comparte con alguien nuevo no apaga el fuego viejo, niño —dijo, con esfuerzo, cada palabra costándole visiblemente—. Eso es lo único que puede detener a este presagio: alguien dispuesto a admitir que teme lo contrario.

Emilio sintió que el estómago se le encogía, un nudo que llevaba semanas cargando sin nombrarlo del todo.

—Tengo miedo de que Karina apague algo —dijo, con la voz quebrándose, casi sin poder creer que lo estaba diciendo en voz alta, frente a un teotl de fuego, en medio de Teotihuacan, con un villano de traje gris robándose una memoria de quinientos años—. Tengo miedo de que si mi papá es feliz con ella, se le vaya a olvidar cómo era cuando éramos nada más nosotros dos, él y yo, antes de que todo se rompiera. Tengo miedo de que su fuego viejo, el de antes, se apague solo porque encendió uno nuevo.

El rugido del fuego, por un instante, bajó de intensidad, como si la confesión misma le hubiera quitado algo de fuerza al remolino de llamas alrededor de la llave.

VIII. El fuego que se comparte no se apaga

—Esa fue siempre la mentira más vieja del miedo —dijo Huehuetéotl, con la voz ya más firme, aprovechando el respiro—. Que el amor es una vela con cera limitada, y que si alguien enciende otra, la primera se queda con menos. Pero el fuego no funciona así, niño. Nunca ha funcionado así. Yo llevo ardiendo desde antes del primer amanecer, y cada fuego que se encendió de mí desde entonces — cada fogata, cada vela, cada brasero de cada casa de este país— no me apagó ni un poco. Me multiplicó.

Ostos, sintiendo que el remolino de fuego perdía fuerza entre sus manos, apretó los dientes por primera vez en toda la noche, la calma resbalándosele apenas de la cara.

—Sentimentalismo de teotl viejo —masculló, forzando la llave más adentro del fuego—. Esto no cambia nada.

—Sí cambia —dijo Renata, tomando la mano de Emilio, sus dedos calientes y sudorosos entrelazándose con los de él—. Porque el fuego de Curicaueri, el que tu bisabuelo Refugio te heredó, tampoco se apagó cuando te enteraste de que existía Altagracia. Se hizo más grande. Igual va a pasar con esto.

El fuego, de golpe, se dividió en dos columnas separadas: una que seguía envolviendo la llave de piedra en manos de Ostos, y otra, más pequeña pero constante, que se apartó hacia Emilio y Renata, cálida esta vez, no violenta, lamiéndoles los brazos sin quemar, como una caricia hecha de calor puro.

—¡NO! —gritó Ostos, sintiendo que la llave se enfriaba entre sus dedos enguantados, la memoria que intentaba robar escapándosele—. ¡No otra vez esta ridiculez sentimental arruinándome el trabajo!

IX. Lo que Ostos no logró llevarse

Con un gruñido de frustración genuina, la primera grieta real en su compostura de toda la noche, Ostos retrocedió, guardándose la llave –ahora apagada, gris, sin ningún brillo– en el bolsillo del saco.

—Esta ronda es suya —dijo, ajustándose el saco con dignidad forzada, el polvo de Teotihuacan claramente incomodándolo más de lo que estaba dispuesto a admitir—. Pero llevo seis presagios más por delante, y ustedes dos no pueden ganarse todos con discursos bonitos sobre sentimientos.

Se alejó entre las piedras sueltas, sin correr, sin perder jamás esa calma insoportable, hasta perderse de vista detrás del montículo.

El fuego del altar volvió a ser un fuego normal: pequeño, contenido, ardiendo con leña de verdad que Emilio hubiera jurado que no estaba ahí antes. Huehuetéotl, ya más tranquilo, con el brasero sobre la cabeza otra vez estable, los miró con algo parecido, en su cara antigua y agrietada, a una sonrisa.

—Segundo presagio, contenido —dijo—. Y una memoria menos para que ese hombre se robe. Faltan seis.

—¿Y qué va a pasar con lo que él ya se llevó del primer presagio? —preguntó Renata.

—Eso —dijo Huehuetéotl, ya empezando a disolverse otra vez entre el humo del altar— es exactamente lo que ustedes van a tener que averiguar antes de que junte los ocho.

X. Tortas frías y una llamada pendiente

Volvieron corriendo al grupo justo quince minutos antes de que la maestra Bermúdez pasara lista, sudados, con tierra en la ropa y un olor a copal quemado que ninguno de los dos lograba explicar cuando Karina, arrugando la nariz, preguntó de dónde venía ese aroma tan fuerte.

—Incienso de un puesto —mintió Emilio, sin mirarla del todo a los ojos, aunque por primera vez en semanas el tono no le salió tan cortante como de costumbre.

En el camión de regreso, con el sol ya bajando anaranjado sobre los cerros pelones y el aire acondicionado zumbando bajito sobre sus cabezas, Emilio se quedó viendo su celular un rato largo, con el chat de su papá abierto y sin escribir nada, hasta que por fin tecleó: “Oye pá. ¿Un día de estos cenamos los tres? Tú, yo, y Karina. Como para conocerla bien, sin que sea rara la cosa.”

La respuesta llegó casi al instante, con más signos de exclamación de los que su papá usaba normalmente: “¡Claro que sí, hijo! Cuando tú quieras.”

Renata, dos asientos atrás, le mandó un mensaje aparte: “¿Estás bien?”

“Creo que sí”, contestó Emilio, mirando por la ventana cómo Teotihuacan se hacía cada vez más chiquito detrás de ellos, dos pirámides grises recortadas contra un cielo naranja que, por primera vez en toda la tarde, no tenía ni una sola columna de humo fuera de lugar. “El fuego viejo sigue ahí. Nada más va a tener compañía nueva. Creo que puedo con eso.”

“Segundo presagio”, escribió Renata. “Faltan seis.”

“Y un señor con guantes de cuero todavía suelto en algún lado con una llave apagada”, contestó Emilio. “Este año sí que nos está saliendo cargado.”

Fin (por ahora).

Ilustración de La Grieta: Los Ocho Presagios, episodio 2, El fuego que no se apaga, con Emilio y Renata.

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Episodio 3 — El rayo sin tormenta

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Episodio 3 — “El rayo sin tormenta” (Templo Mayor, Ciudad de México)

I. Cielo despejado, cien por ciento

La cena con Karina resultó mejor de lo que Emilio había imaginado en sus peores escenarios mentales: tacos al pastor en la esquina de siempre, su papá contando el mismo chiste malo de hacía diez años sobre el mesero, y Karina riéndose en el momento correcto sin que se sintiera forzado. Nadie lloró. Nadie se peleó. Emilio hasta se sorprendió, de camino a casa, sintiéndose casi ligero, con el sabor a cilantro y limón todavía en la boca.

Esa ligereza le duró hasta las once y media de la noche, cuando el celular le vibró sobre el buró con un mensaje de Renata que no tenía ninguna palabra, solo una foto: la cajita de madera abierta, y adentro, el pedacito de jade lanzando chispitas azules diminutas, como electricidad estática saltando entre los dedos de alguien que acaba de tocar un suéter de lana.

“Esto es nuevo”, escribió después. “No es calor. Es como si tuviera pilas.”

Emilio se asomó a la ventana. El cielo de la ciudad estaba completamente despejado, sin una sola nube, con la luna llena iluminando los tinacos y las antenas de la colonia en un silencio perfecto, sin el más mínimo indicio de tormenta.

“La app del clima dice cero por ciento de lluvia”, contestó.

“Por eso mismo me preocupa”, escribió Renata. “Ya sabes cómo las gasta esta familia con el cero por ciento.”

II. El mismo boquete, una rutina distinta

Llegar al Templo Mayor esta vez les tomó la mitad de tiempo que la primera noche: conocían el camino, sabían exactamente en qué punto de la reja estaba el boquete, y Emilio ya ni siquiera se quejó de los tenis de bicicleta, porque esta vez había venido preparado con una linterna de verdad y una chamarra que no le importaba que se ensuciara.

—Fíjate qué expertos nos hemos vuelto en allanamiento de sitios arqueológicos —dijo, colándose por el hueco de la malla con un movimiento casi elegante, comparado con el tropezón torpe de la primera vez—. Deberíamos poner esto en el currículum.

—Nadie va a creer eso en ninguna solicitud de trabajo, Emilio.

—Uno nunca sabe.

El aire de esa noche era distinto al de la primera visita: más seco, más quieto, con un silencio pesado que a Emilio le pareció, desde el primer paso entre las ruinas, casi antinatural, como si la ciudad entera hubiera bajado el volumen. Ni el zumbido lejano de los coches en Eje Central se escuchaba con la misma claridad de siempre.

III. El olor que anuncia un rayo

Fue Renata quien lo notó primero, deteniéndose de golpe con una mano en el brazo de Emilio.

—¿Hueles eso?

Emilio respiró hondo. Un olor metálico, punzante, como el que deja un enchufe al chisporrotear, le raspó el fondo de la nariz. Al mismo tiempo, sintió cómo el vello de los brazos y de la nuca se le erizaba solo, no de miedo esta vez, sino de algo físico, real, una carga eléctrica flotando en el aire que le hacía cosquillas en la piel.

—Eso es ozono —dijo Renata, con la voz baja, la que usaba cuando un dato que había leído alguna vez de pronto se volvía terrorífico en la vida real—. Ese olor se produce cuando hay electricidad muy concentrada en el aire. Como justo antes de que caiga un rayo.

—¿Y por qué habría electricidad concentrada en un cielo sin una sola nube?

Como respondiéndole, un chispazo azul brincó entre dos piedras cercanas, con un chasquido seco que sonó exactamente como un dedo tronando, seguido de otro, y otro, pequeños arcos de electricidad estática saltando entre las piedras talladas del recinto, iluminando por fracciones de segundo los relieves de serpientes y calaveras con una luz azulada, fantasmal.

IV. Tláloc, otra vez

—Esto no es mío —dijo una voz que Emilio reconoció al instante, aunque venía cargada de una furia que jamás le había escuchado antes—. Y eso, para mí, es casi peor que si lo fuera.

Tláloc apareció entre las ruinas, sus anteojeras de jade brillando con un resplandor eléctrico en vez del azul tranquilo de lluvia que Emilio recordaba de Cholula, la capa que siempre le goteaba sin mojar el suelo ahora chisporroteando con pequeñas descargas en cada pliegue, como si él mismo estuviera hecho, esa noche, de una tormenta a punto de estallar.

—¡Tláloc! —dijo Emilio, con un alivio genuino que lo sorprendió a él mismo—. Qué gusto verlo, aunque sea en medio de — ¿esto qué es exactamente?

—Un rayo sin tormenta —dijo Tláloc, con la voz tensa, cada palabra costándole un esfuerzo visible—. El tercer presagio. Hace quinientos años, un rayo cayó sobre el Tzonmolco, el teocalli del fuego, sin que hubiera una sola nube en el cielo esa noche, prendiéndole fuego al techo de paja. Los ancianos lo entendieron enseguida: cuando el cielo golpea sin avisar, es porque algo ya decidió romper las reglas por las que se rige el mundo.

—¿Y usted no puede simplemente… apagarlo? —preguntó Renata, recordando, sin poder evitarlo, la misma pregunta que le había hecho en Papantla a Ehécatl.

—No es mi rayo para apagar —dijo Tláloc, con algo parecido a la vergüenza cruzándole la voz—. Alguien está usando mi fuerza sin pedirla. Como quien le roba la voz a alguien para decir cosas que esa persona jamás diría.

V. El aparato de Ostos

Un trueno –el primero real de la noche, seco, sin ningún eco de lluvia detrás– retumbó justo encima de ellos, y en el resplandor blanco que dejó, Emilio alcanzó a ver, sobre la plataforma más alta de las ruinas, la silueta inconfundible de Nemesio Ostos, esta vez sin el aire relajado de las dos ocasiones anteriores: tenía el pelo blanco despeinado por el viento eléctrico, el saco gris manchado de tierra, y en las manos sostenía un aparato mucho más grande que el de la primera noche –una especie de jaula de metal con varillas que apuntaban hacia el cielo, zumbando con una energía que hacía vibrar el aire alrededor.

—¡Ahí está! —gritó Renata.

—¡Esta vez no viene con modales de mayordomo! —gritó Emilio de vuelta, notando cómo, por primera vez, Ostos ya no se veía tranquilo: se veía desesperado, con gotas de sudor bajándole por la sien a pesar del frío eléctrico de la noche.

—¡No es momento para acercarse! —rugió Ostos, sin siquiera voltear a verlos, con toda su concentración puesta en la jaula de metal, que zumbaba cada vez más fuerte—. ¡Este rayo va a caer en menos de un minuto, y necesito que caiga exactamente aquí!

Otro chispazo saltó entre las piedras, más grande esta vez, lo suficientemente cerca de Emilio para que sintiera el calor y el olor a quemado pasarle rozando la mejilla, el corazón dándole un vuelco tan fuerte que por un segundo pensó que se le iba a salir del pecho.

VI. El rayo que casi los alcanza

—¡EMILIO, CUIDADO! —gritó Renata, jalándolo del brazo justo a tiempo, los dos cayendo de lado sobre la piedra fría un instante antes de que un rayo real, blanco y cegador, cayera exactamente donde Emilio había estado parado, con un estruendo que le retumbó en el pecho y le dejó un pitido agudo zumbándole en los oídos.

El olor a piedra chamuscada llenó el aire, mezclado con el ozono, tan fuerte que Emilio sintió que le raspaba la garganta con cada respiración. Tenía la mano de Renata todavía apretada contra su brazo, temblando, y notó, con un frío que no tenía nada que ver con la noche, que un mechón de su propio pelo, cerca de la sien, todavía humeaba un poco por lo cerca que había estado el rayo.

—¿Estás bien? —preguntó Renata, sin soltarlo, la voz quebrada.

—Creo que sí —dijo Emilio, con las manos temblándole más de lo que hubiera querido admitir—. Creo que acabo de entender por qué a la gente le da tanto miedo esto, en serio, de verdad, con toda la razón del mundo.

Ostos, mientras tanto, seguía forcejeando con la jaula de metal, que ahora chispeaba de manera descontrolada, la energía escapándosele de las manos enguantadas.

—¡No debía caer ahí! —gritó, con una frustración que ya no lograba esconder—. ¡El aparato se está saliendo de control!

VII. Lo que Renata cargaba sola

—Es su culpa —dijo Renata, poniéndose de pie con las piernas todavía temblorosas, la voz ganando fuerza con cada palabra—. Está intentando usar algo que no le pertenece, y por eso se le está resbalando de las manos.

—¿Y ustedes qué saben de cargar algo que no les pertenece del todo? —contestó Ostos, sin dejar de pelear con la jaula, que ya despedía chispas en todas direcciones—. Yo he visto cómo cargas ese jade, niña. Como si fuera tuyo por derecho, cuando en realidad es un préstamo que le hiciste a la casualidad.

Las palabras le pegaron a Renata más fuerte de lo que Emilio esperaba. La vio quedarse quieta un segundo, con la mano cerrada sobre el bolsillo donde guardaba la cajita.

—A veces siento que tiene razón —le dijo a Emilio, en voz baja, casi para sí misma, mientras el aire seguía cargado de electricidad a su alrededor—. Yo fui quien decidió lanzar la brújula al vacío el año pasado. Yo cargo el pedacito que quedó. Si algún día lo pierdo, o Ostos me lo quita, o simplemente lo rompo por accidente… voy a ser yo la que perdió lo último que quedaba de Altagracia. No tú. Yo.

—Renata.

—Llevo un año entera cuidando esto como si fuera lo único que me toca hacer bien —dijo, con la voz rompiéndosele por fin, el trueno retumbando otra vez a lo lejos, más débil—. Y tengo miedo de que un día se me resbale de verdad, y ya no haya manera de arreglarlo.

VIII. El rayo que encontró su cauce

—Cargar algo con miedo a perderlo no es lo mismo que cargarlo mal —dijo Tláloc, acercándose, su voz ya más tranquila, las anteojeras de jade recuperando poco a poco su brillo azul de siempre en vez del chispazo eléctrico—. Yo cargo el agua de todo este valle desde hace mil años, niña. Y créeme: el miedo a soltarla es justo lo que me ha enseñado a sostenerla bien.

Emilio le tomó la mano a Renata, esta vez sin ningún chiste de por medio.

—Yo también la cargo contigo —dijo—. No nada más tú. Desde el metro, ¿te acuerdas? Yo soy tu cuerda igual que tú fuiste la mía en Papantla.

La cajita de madera, en el bolsillo de Renata, dejó de chispear con violencia y empezó a brillar con una luz constante, tranquila, verde otra vez en vez de azul eléctrico. El aire alrededor de ellos, poco a poco, perdió esa carga pesada, el olor a ozono disolviéndose en la brisa normal de la noche.

Ostos, sintiendo que el aparato perdía toda su energía entre las manos, lo soltó con un gesto de disgusto, dejándolo caer entre las piedras con un estrépito metálico.

—Tercera vez —dijo, respirando con dificultad, el pelo blanco todavía revuelto—. Tercera vez que su sentimentalismo de telenovela me arruina meses de trabajo.

IX. Lo que Ostos dejó escapar

—¿Meses? —repitió Renata, entrecerrando los ojos—. ¿Cuánto tiempo lleva planeando esto exactamente?

Ostos se dio cuenta, un segundo demasiado tarde, de lo que había dicho de más. Por primera vez en las tres noches, algo parecido a la incomodidad le cruzó la cara.

—Eso no es asunto de ustedes —dijo, recogiendo el aparato dañado del suelo con movimientos bruscos, ya sin ninguna elegancia—. Nada más sepan que cuando junte los ocho, no va a ser para venderlo en una subasta privada, como seguramente se imaginan. Va a ser para corregir algo que debió corregirse hace mucho tiempo. Y ninguno de sus discursitos sobre sentir cosas va a poder detener eso.

Se alejó cojeando ligeramente, la primera grieta física, no solo emocional, que Emilio le había visto en toda la noche, y desapareció entre las sombras de las ruinas sin decir nada más.

—“Corregir algo” —repitió Emilio, viéndolo irse—. Eso suena mucho peor que “venderlo caro”.

—Sí —dijo Tláloc, con gravedad—. Suena a alguien que no quiere el poder de los presagios. Quiere reescribir por qué existieron.

X. Bajo un cielo por fin tranquilo

Cuando por fin salieron de las ruinas, el cielo sobre el centro histórico había vuelto a la normalidad completa: despejado, estrellado, sin ningún rastro de la carga eléctrica que lo había llenado toda la noche, solo el aire fresco y limpio de después de una tormenta que técnicamente nunca había existido.

—Tercer presagio, contenido —dijo Emilio, todavía con el pitido leve en los oídos—. Faltan cinco.

—Y ahora sabemos que Ostos no quiere el poder nada más para él —dijo Renata, guardando la cajita, ya tibia y tranquila, en el bolsillo—. Quiere corregir algo. Eso me asusta más que cualquier rayo.

—A mí lo que más me asusta —dijo Emilio, sacudiéndose un poco de tierra chamuscada del pelo— es que ya perdí la cuenta de cuántas veces por poco me electrocuto, me quemo o casi me caigo en un vacío interdimensional este año. Deberíamos empezar a cobrar seguro de vida antes de cada presagio.

Renata soltó una risa cansada, subiéndose a la bici.

—Cinco presagios más, Emilio.

—Cinco presagios más —repitió él, montándose en la suya—. Y un villano con crisis existencial de villano de telenovela suelto por ahí, planeando corregir quién sabe qué.

Pedalearon de regreso por las calles vacías del centro, el amanecer todavía lejos, pero el cielo, por primera vez en toda la noche, completamente en silencio.

Fin (por ahora).

Ilustración del episodio 3, El rayo sin tormenta, con Emilio y Renata.

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Episodio 4 — El cometa de tres colas

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Episodio 4 — “El cometa de tres colas” (Chichén Itzá, Yucatán)

I. Lo que ya no era un secreto de familia

—Miren nada más, ya hasta CNN le entró —dijo Toño, con los pies sobre el tablero de la camioneta de tía Meche, señalando el celular donde un conductor de noticias en inglés hablaba, con más seriedad de la que Emilio hubiera esperado, sobre “an unusual celestial phenomenon observed across the Yucatán Peninsula.”

Iban rumbo a Chichén Itzá para el espectáculo de luz y sonido, un plan que tía Meche llevaba organizando desde antes de que Emilio y Renata llegaran de vacaciones, sin sospechar que esta vez el cielo mismo se les iba a adelantar al espectáculo. Por la ventana, incluso con la tarde todavía clara, se distinguía una mancha borrosa en el cielo, como si alguien hubiera tallado tres rayas de tiza blanca sobre un pizarrón azul: un cometa con tres colas larguísimas, visible pleno día, algo que ni el astrónomo más veterano entrevistado en la tele sabía explicar del todo.

—Esta vez sí lo está viendo todo el mundo —le susurró Renata a Emilio, con la voz tensa, mientras el aire acondicionado de la camioneta les soplaba frío en la cara y afuera el calor de la carretera hacía ondular el asfalto a lo lejos—. El primer presagio nada más lo vimos nosotros. Esto ya salió en las noticias internacionales. Se está haciendo más grande, y más público, cada vez.

—Genial —murmuró Emilio—. Justo lo que necesitábamos: presión de fecha límite y ahora también audiencia mundial.

II. Chicharras, piedra caliente y un letrero de “cupo lleno”

Para cuando llegaron a Chichén Itzá, el sol de la tarde pegaba directo sobre la explanada, un calor húmedo y pegajoso que se le metía a Emilio por debajo de la playera, empapándosela contra la espalda en cuestión de minutos. El aire vibraba con el canto ensordecedor de las chicharras entre los árboles, un sonido constante y agudo que subía y bajaba de intensidad como una alarma viva, mezclado con el murmullo de cientos de turistas hablando en media docena de idiomas distintos y el olor a elote asado y aguas frescas que flotaba desde los puestos junto a la entrada.

—Cupo lleno para el espectáculo de esta noche —anunció un guía con megáfono, provocando un quejido colectivo entre la fila de turistas—. Ha habido… una demanda inusual, dado el fenómeno astronómico. Por su seguridad, el recinto va a cerrar más temprano de lo habitual.

—“Por su seguridad” —repitió Renata, en voz baja, mirando hacia El Caracol, el observatorio circular que se alzaba al fondo del sitio, con sus ventanitas estrechas alineadas hacia el cielo—. Eso nunca es buena señal en nuestra familia.

La cajita de madera, en el bolsillo del short de Renata, ya llevaba toda la tarde tibia, pero en cuanto pusieron un pie dentro del recinto, empezó a vibrar con una fuerza distinta: no un calor parejo, sino pulsos rítmicos, regulares, como un metrónomo, o como un corazón latiendo cada vez más rápido.

III. Las ventanas que no debían ver eso

Convencer a tía Meche de que los dejara “ir a comprar un recuerdito rápido antes de que cierren la tienda” les compró apenas quince minutos, que usaron para cruzar corriendo la explanada de piedra caliza –el calor subiéndoles desde el suelo a través de las suelas de los tenis– hasta la base de El Caracol, ya vacía de turistas por la hora.

Desde una de las ventanitas estrechas de la torre, diseñadas hace más de mil años para alinearse con posiciones exactas de Venus en el horizonte, salía una luz que no correspondía a ningún atardecer normal: un resplandor blanco azulado, frío, que parpadeaba con un patrón demasiado regular para ser natural.

—Esas ventanas están alineadas con el ciclo de Venus —dijo Renata, con la voz agitada, mirando hacia arriba—, no deberían mostrar nada más que el cielo normal a esta hora.

Un hombre mayor, de piel curtida por el sol y camisa de guardia del sitio ya desabotonada por el calor, salió de entre las sombras de la base de la torre, secándose el sudor de la frente con un paliacate rojo.

—Ustedes también lo sintieron —dijo, sin preguntar, con un acento pausado del oriente de Yucatán—. El corazón les está latiendo distinto desde que cruzaron la reja, ¿verdad?

IV. Don Pedro Canul

—¿Cómo sabe eso? —preguntó Emilio, dando un paso atrás, instintivamente.

—Porque a mí me pasó lo mismo la primera vez que un k’uh me habló, hace más años de los que ustedes tienen juntos —dijo el hombre, guardándose el paliacate en el bolsillo trasero—. Pedro Canul, para servirles. Guardián nocturno de este sitio desde hace treinta y dos años, y antes de eso, aprendiz de mi abuelo en cosas que no salen en los letreros turísticos.

—¿Usted sabe lo que está pasando ahí arriba? —preguntó Renata, señalando la torre.

—Sé que esa luz no le pertenece al cielo —dijo don Pedro, mirando hacia la ventanita con el ceño fruncido—. Y sé que un hombre de traje gris, con guantes que no pegan para nada con este calor, entró ahí hace menos de una hora, cargando algo que zumbaba como panal de avispas.

El estómago de Emilio dio un vuelco.

—Ostos.

—No me dio su nombre —dijo don Pedro—, pero tampoco me pidió permiso para entrar. Y en treinta y dos años, eso solo lo hace la gente que trae mala intención o demasiada prisa. Síganme. Conozco una entrada que los turistas nunca ven.

V. La escalera de caracol

La entrada secreta resultó ser una abertura baja en la base de la torre, disimulada entre las piedras, por donde tuvieron que agacharse para pasar, el aire adentro cambiando de golpe: más fresco que afuera, pero cargado de un olor mineral, a piedra vieja y polvo de siglos, con un eco extraño que hacía que cada respiración sonara más fuerte de lo normal.

La escalera subía en espiral apretada, tallada directamente en la piedra, tan angosta que Emilio tuvo que subir de lado en algunos tramos, sintiendo la piedra fría y rugosa rozándole el hombro con cada vuelta. El zumbido que don Pedro había mencionado se hacía más fuerte con cada escalón, un sonido grave y vibrante que Emilio sentía en las plantas de los pies antes de escucharlo del todo con los oídos, como el motor de algo enorme funcionando muy cerca.

—¿Cuántas vueltas lleva esta escalera? —preguntó Emilio, ya sin aliento, el sudor cayéndole por la sien.

—Las que hagan falta —contestó don Pedro, sin voltear, subiendo con una agilidad que desmentía sus más de sesenta años—. Como todo lo importante en esta tierra.

Llegaron, por fin, a la cámara superior, circular, con las estrechas ventanas alineadas hacia el horizonte, y ahí, flotando en el centro del cuarto, el cometa de tres colas ardía tan cerca que llenaba todo el espacio de una luz blanca azulada que hacía brillar el polvo suspendido en el aire como si fueran miles de estrellas diminutas y quietas.

VI. Kukulkán y la estrella que camina dos veces

—Por fin —dijo una voz que resonó dentro de sus cabezas, no en sus oídos, con la misma calidez que Emilio recordaba de un cenote hacía casi dos años—. Aunque esta vez llegaron acompañados de alguien que ya conocía el camino.

Kukulkán apareció entre las tres colas del cometa, su cuerpo de serpiente emplumada enroscándose alrededor de la luz como si la abrazara, las plumas verdes y doradas ondeando aunque no había ningún viento adentro de la torre.

—El mismo k’uh que ustedes conocen como Quetzalcóatl —dijo don Pedro, sin ninguna sorpresa, inclinando apenas la cabeza con un respeto antiguo—. Bienvenido de nuevo, hermano de las estrellas.

—Cuarto presagio —dijo Kukulkán, sin perder tiempo, la luz del cometa reflejándose en sus ojos dorados—. Hace quinientos años, tres estrellas con colas larguísimas cruzaron el cielo incluso de día, señal de que Venus, la estrella que camina dos veces –una como lucero de la mañana, otra como lucero de la tarde– estaba a punto de romper su ciclo. Igual que ahora.

—¿Y eso qué significa? —preguntó Renata, con la libreta mental de siempre encendida a pesar del miedo.

—Significa que el tiempo mismo se está tropezando —dijo Kukulkán—. Y alguien, en algún lugar de esta torre, está intentando atrapar ese tropiezo antes de que el cielo se corrija solo.

VII. El zumbido en la cima

El zumbido de panal de avispas que don Pedro había mencionado llegaba de un rincón sombreado de la cámara, donde Nemesio Ostos, de rodillas sobre la piedra fría, ajustaba con manos temblorosas un aparato nuevo: una esfera de cristal rodeada de anillos metálicos que giraban cada vez más rápido, atrapando dentro de sí un hilo delgado de la luz del cometa, como quien enrolla un listón.

—Un movimiento más y van a arruinarme el trabajo de un año entero —dijo, sin voltear, la voz cargada de un cansancio que ya no intentaba disimular—. Este es el cuarto. Llevo cuatro de ocho. No me van a detener ahora.

—¿Qué es exactamente lo que está juntando? —preguntó Emilio, acercándose despacio, con don Pedro poniéndole una mano firme en el hombro para que no se apurara de más.

—Tiempo —dijo Ostos, por primera vez sin ninguna evasiva—. Cada presagio guarda un hilo del tiempo exacto en que ocurrió. Ocho hilos juntos son suficientes para deshacer un nudo que nunca debió amarrarse. Eso es todo lo que necesitan saber.

La esfera de cristal, entre sus manos, brilló con más fuerza, el hilo de luz del cometa enrollándose cada vez más rápido, y por un instante pareció que Ostos, por fin, iba a lograrlo.

VIII. Lo que Renata no había dicho sobre el verano

—¡Deténgalo! —gritó Renata, pero Kukulkán, tenso, negó con la cabeza.

—No puedo tocar ese aparato sin arriesgarme a romper el ciclo entero de Venus —dijo—. Tiene que ser alguien que no le tenga miedo a que el tiempo avance sin control. Y ahí está el problema: casi nadie deja de tenerle miedo a eso.

Emilio volteó hacia Renata, y la encontró con la vista clavada en la esfera de cristal, la cara pálida, algo más que miedo cruzándole la expresión.

—Renata.

—Me aceptaron —dijo ella, de golpe, casi sin querer decirlo, la voz temblando—. En el programa de verano de ciencias, en Guadalajara. Ocho semanas. Me llegó la carta la semana pasada y no te dije nada porque… porque si lo decía en voz alta, se volvía real que este verano no vamos a estar juntos por primera vez en toda nuestra vida, y no sé qué tanto miedo me da eso hasta ahora mismo, viendo cómo el tiempo se enrolla en esa bola de cristal como si fuera lo más fácil del mundo dejar que las cosas avancen.

Emilio sintió que se le apretaba el pecho, pero, para su propia sorpresa, no de tristeza pura: de algo más complicado, orgullo mezclado con un miedo pequeño y honesto.

—Renata, eso es increíble —dijo, con la voz firme—. Y sí, me da un poco de miedo también. Pero el tiempo no es un cometa que hay que atrapar en una bola de cristal para que no se mueva. Es más como esta escalera de caracol: sigue subiendo, dé las vueltas que dé, y nosotros seguimos subiéndola juntos, aunque cada vuelta se vea distinta.

IX. El hilo que se soltó solo

La confesión, extrañamente, hizo algo que ninguna pelea directa había logrado: el hilo de luz del cometa, dentro de la esfera de cristal de Ostos, tembló, y en vez de seguir enrollándose, empezó a desenrollarse, escapándosele entre los dedos enguantados como agua entre las manos.

—¡No, no, no! —gritó Ostos, cerrando los puños alrededor de la esfera, pero el hilo de luz ya salía disparado hacia las ventanas de la torre, buscando el cielo, buscando volver a su lugar—. ¡El tiempo no se supone que quiera regresar solo!

—Tal vez es porque, por primera vez en todo el año, alguien le dijo que no le tenía miedo a que avanzara —dijo Kukulkán, con algo parecido al alivio suavizándole la voz.

Don Pedro, aprovechando la distracción, se movió rápido –más rápido de lo que su edad sugería– y le arrebató a Ostos, de un manotazo certero, un fragmento pequeño y brillante que se le había desprendido de la esfera durante el forcejeo, guardándoselo enseguida en el bolsillo de la camisa.

—Eso es mío —dijo Ostos, furioso, aunque ya sin fuerzas para pelear por recuperarlo, con la esfera ahora vacía y opaca entre sus manos.

—Era del cielo, primero —contestó don Pedro, sin ceder ni un centímetro—. Y hoy le toca volver un poco más cerca de casa.

X. Cuatro de ocho

Ostos se retiró escaleras abajo, cojeando otra vez, sin decir nada más, el silencio de su derrota más elocuente que cualquier amenaza. Arriba, el cometa de tres colas se había reducido a una luz pequeña y tranquila, ya casi indistinguible de una estrella normal, y afuera, a través de las ventanitas alineadas con Venus, el cielo del atardecer yucateco se pintaba de naranjas y morados como si nada extraordinario hubiera pasado esa tarde.

—Cuarto presagio, contenido —dijo Kukulkán, con la voz ya en calma—. La mitad del camino. Y esta vez, además, le quitamos algo a él, en vez de solo quitarle algo a nosotros.

Don Pedro les mostró el fragmento brillante que había rescatado, un pedacito de cristal del tamaño de una canica, latiendo con una luz suave.

—Guárdenlo bien —dijo, entregándoselo a Renata—. No sé para qué va a servir. Pero algo me dice que cuando lo sepan, se van a alegrar de tenerlo de su lado y no del suyo.

Bajaron la escalera de caracol mucho más despacio que como habían subido, las piernas cansadas, el corazón todavía acelerado, hasta la explanada donde tía Meche y Toño los esperaban, ajenos por completo, discutiendo cuál puesto tenía las mejores marquesitas.

—¿Ya vieron el cometa? —preguntó Toño, señalando hacia el cielo, donde ya no quedaba nada fuera de lo normal—. Qué decepción, la neta. Pensé que iba a ser más dramático.

Emilio y Renata se miraron, con el fragmento de cristal todavía tibio en el bolsillo, y decidieron, sin necesidad de hablarlo, que esa era una broma que se iban a guardar para ellos solos por mucho, mucho tiempo.

—Fue más dramático de lo que te imaginas, primo —dijo Renata, comprando una marquesita como si nada, con la voz apenas un poco más ligera que antes—. Créeme.

Fin (por ahora).

Ilustración del episodio 4, El cometa de tres colas, con Emilio y Renata.

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Episodio 5 — El lago que hierve

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Episodio 5 — “El lago que hierve” (Xochimilco, Ciudad de México)

I. La respuesta que Renata no había dado

—Nada más te falta confirmar, mi amor —le dijo su mamá, por tercera vez esa semana, señalando el formulario todavía abierto en la laptop de la sala—. El programa empieza en dos semanas. Si no contestas hoy, le dan tu lugar a alguien de la lista de espera.

Renata cerró la laptop sin contestar, otra vez, y se guardó el pretexto de siempre –“lo pienso en la noche, tengo tarea”– mientras por dentro sentía que algo se le apretaba en el pecho cada vez más fuerte, como una liga estirándose demasiado.

Fue justo esa tarde, mientras ayudaba a inflar globos para el cumpleaños de su hermanito en el jardín, cuando la cajita de madera, guardada en su mochila sobre una silla del patio, empezó a vibrar con un ritmo que a Renata le recordó, sin poder evitarlo, al oleaje: un vaivén constante, subiendo y bajando, subiendo y bajando.

“Ya empezó otra vez”, le escribió a Emilio, con la mano todavía sosteniendo un globo azul a medio inflar. “Y mi mamá insiste en que la fiesta de mi hermano sea en Xochimilco este sábado. Con trajineras y todo.”

“¿Coincidencia?”, contestó Emilio.

“Ya sabes que en esta familia esa palabra no existe.”

II. Flores, mariachi y agua que no debería moverse así

El sábado, el embarcadero de Xochimilco olía a una mezcla imposible de cosas: flores recién cortadas apiladas en canastas de mimbre, aceite caliente de los puestos de flotantes fritos que vendían desde canoas más pequeñas, y el olor verde y un poco fangoso del agua del canal, mezclado con el humo dulzón de un carrito de elotes que pasaba flotando junto a ellos. El sol de mediodía pegaba fuerte, reflejándose en el agua en destellos que obligaban a Emilio a entrecerrar los ojos.

La trajinera de la familia, pintada de rojo y amarillo con el nombre “Doña Herlinda” en letras grandes al frente, se deslizaba despacio entre canales bordeados de chinampas, con un trío de mariachi flotando en una canoa vecina tocando “Las Mañanitas” para otra familia tres trajineras más allá, la música mezclándose con el chapoteo constante de los remos y el parloteo alegre de decenas de familias celebrando al mismo tiempo.

El hermanito de Renata, con su corona de cumpleañero de cartón torcida sobre la cabeza, señaló hacia el agua con un dedo regordete.

—Mira, hace burbujitas.

Emilio se asomó por el borde de la trajinera. En efecto, el agua verdosa del canal burbujeaba, pequeñas columnas de vapor subiendo desde el fondo, como una olla puesta a hervir a fuego lento, aunque no había ningún calor visible que lo explicara, ni siquiera bajo el sol de mediodía.

—Eso no es normal —susurró Renata, sintiendo la cajita, en su mochila entre sus pies, ya casi ardiendo.

III. Pánico entre las chinampas

En cuestión de minutos, el burbujeo se hizo más violento, y otras trajineras cercanas empezaron a mecerse de un lado a otro sin ningún viento que lo explicara, provocando gritos y risas nerviosas entre los turistas, que al principio pensaron que era parte del ambiente festivo hasta que el agua, en algunos puntos, empezó a levantarse en pequeñas olas que rompían contra los bordes de tierra de las chinampas, arrastrando macetas y sillas de jardín hacia el canal.

—¡Algo le está pasando al agua! —gritó alguien desde otra trajinera, ya sin ninguna risa en la voz.

—Necesitamos bajarnos —le dijo Renata a su mamá, con una calma forzada que no sentía para nada por dentro—. Emilio y yo vamos a ayudar a guiar a los niños hacia la orilla, tú quédate con mi hermano.

Su mamá, demasiado ocupada calmando al niño que empezaba a llorar por el zangoloteo de la trajinera, apenas asintió, y eso les bastó para saltar hacia una chinampa cercana, la tierra húmeda y blanda cediendo bajo sus pies, el olor a lodo y raíces mojadas subiéndoles fuerte a la nariz mientras corrían hacia el punto donde el burbujeo se veía más intenso.

IV. Lo que emergió del canal

Detrás de una hilera de árboles de ahuejote, en un tramo de canal que ya no tenía ninguna trajinera cerca, el agua entera se había convertido en un remolino furioso de vapor y espuma, el calor húmedo golpeándoles la cara desde varios metros de distancia, un calor que olía, extrañamente, a metal quemado y a algo más profundo, más antiguo, como el fondo de un pozo que lleva siglos sin ver la luz.

Del centro del remolino emergió, poco a poco, una silueta chorreante, del tamaño de un perro grande pero con proporciones equivocadas: patas palmeadas terminadas en manos casi humanas, un pelaje negro y brillante empapado, y en la punta de la cola, una segunda mano, abriéndose y cerrándose despacio, como invitando a alguien a acercarse.

—Un Ahuízotl —dijo Renata, con la voz apenas un hilo, retrocediendo un paso instintivo—. Se supone que atraen a la gente con el llanto de un bebé y los jalan al fondo del agua.

Como si lo hubiera escuchado, la criatura abrió el hocico, y de él salió, imposible y espeluznante, el llanto perfecto de un bebé recién nacido, agudo y desesperado, resonando por todo el canal.

V. Chalchiuhtlicue

El llanto se cortó de golpe cuando el agua entera, alrededor del Ahuízotl, se levantó en una columna alta y se solidificó, por un instante, en la figura de una mujer con falda de jade líquido y un tocado de plumas de garza, sus ojos tan azules como el agua más profunda de un cenote.

—Eso no es un juego, criatura —dijo, con una voz que sonaba como olas rompiendo en la orilla, dirigiéndose al Ahuízotl con una autoridad que hizo que la criatura se encogiera un poco, sumergiéndose de nuevo en el remolino—. Vuelve a tu cauce. Este no es tu momento.

Se volteó hacia Emilio y Renata, el agua de su falda goteando sin mojar la chinampa bajo sus pies.

—Chalchiuhtlicue —dijo, inclinando la cabeza apenas—. Guardiana del agua dulce, hermana de Tláloc. Y quinto presagio, hoy, aunque preferiría no haber tenido que despertar a un pobre Ahuízotl confundido nada más para cumplir con la fecha.

—¿Por qué está pasando esto aquí? —preguntó Emilio, sin dejar de vigilar el remolino, donde la criatura seguía moviéndose, inquieta.

—Porque el lago que hirvió, hace quinientos años, era este mismo lago —dijo Chalchiuhtlicue, señalando con un gesto amplio los canales que se extendían en todas direcciones—. Lo que ven ahora es apenas un espejo, un recuerdo de agua de lo que fue el lago de Texcoco completo. Y alguien está tratando de hervirlo entero otra vez, aunque sea nada más este pedacito que quedó.

VI. Ostos y el mapa de canales

—Cinco de ocho —dijo la voz de Nemesio Ostos, llegando desde una chinampa vecina en una canoa pequeña que remaba él mismo, sin ningún guía, el saco gris esta vez cambiado por una chamarra ligera, aunque los guantes de cuero seguían intactos—. Empiezo a sentir que ustedes dos disfrutan más esto que yo.

—Suelte a esa cosa en paz —dijo Renata, señalando hacia el remolino donde el Ahuízotl seguía agitándose—. No tiene nada que ver con lo que sea que está buscando.

—Tiene todo que ver —contestó Ostos, sacando de la canoa un mapa antiguo, doblado en cuartos, con los canales de Xochimilco marcados en tinta descolorida—. Este lago conectaba, hace siglos, con el corazón mismo de Tenochtitlan. Cada canal es una vena. Y las venas, cuando se calientan lo suficiente, sueltan lo que llevan dentro.

El agua a su alrededor volvió a burbujear con más fuerza, el Ahuízotl lanzando otra vez su llanto de bebé falso, esta vez más cerca de donde estaba parada la familia de Renata, todavía en la trajinera, ajena al peligro real que se escondía detrás del “espectáculo”.

—¡Mi hermano sigue ahí! —gritó Renata, con el terror subiéndole por la garganta, real y filoso, distinto a cualquier miedo mágico que hubiera sentido antes—. ¡Si esa cosa se acerca a la trajinera…!

VII. Lo que Renata gritó sin pensar

Sin esperar ningún plan, Renata corrió hacia el borde de la chinampa, metiéndose al agua tibia y turbia hasta las rodillas, agitando los brazos hacia el Ahuízotl para llamar su atención lejos de las trajineras.

—¡AQUÍ! —gritó, con una voz que Emilio no le había escuchado nunca, cruda, sin ningún filtro—. ¡VEN POR MÍ, NO POR ELLOS!

El Ahuízotl volteó, atraído por el movimiento y el grito, nadando hacia ella con una velocidad aterradora, la mano en la punta de su cola abriéndose y cerrándose con más urgencia.

—¡RENATA, NO! —gritó Emilio, metiéndose al agua detrás de ella sin dudarlo, sintiendo el lodo del fondo tragándose sus tenis con cada paso, el corazón latiéndole tan fuerte que le dolía el pecho.

—¡Tenía que alejarlo de mi hermano! —gritó ella de vuelta, sin dejar de retroceder hacia aguas más profundas, la criatura ganándole terreno—. ¡No tenía tiempo para un plan mejor!

Emilio la alcanzó justo cuando el agua les llegaba a la cintura, tomándola de la mano con fuerza, sintiendo el jalón frío de una corriente que no debería existir en un canal tan tranquilo, arrastrándolos hacia el centro del remolino.

VIII. Lo que se dijeron en el agua

—¡Chalchiuhtlicue! —gritó Emilio, luchando contra la corriente, el agua entrándole por la nariz, ardiéndole—. ¡Ayúdenos!

—No puedo pelear esta batalla por ustedes —contestó la diosa, su voz llegando extrañamente clara a pesar del caos del agua—. Pero puedo decirles lo mismo que le dije a mi hermano en la tormenta de Cholula: el agua que se comparte no se pierde. Nada más cambia de cauce.

Renata, con el agua ya en los hombros, apretó la mano de Emilio con toda su fuerza, la respiración entrecortada por el miedo y el esfuerzo.

—Tengo miedo de irme a Guadalajara —dijo, de golpe, las palabras saliéndole atropelladas, como si llevaran semanas atoradas y por fin encontraran una grieta por dónde escapar—. Tengo miedo de que ocho semanas sin ti se sientan como para siempre. Tengo miedo de volver distinta, o de que tú sigas adelante sin mí, con nuevos amigos, nueva vida, y que cuando regrese ya no encaje del todo en el espacio que dejé.

El Ahuízotl se detuvo, a solo un metro de ellos, la mano de su cola quieta por primera vez, como si también estuviera escuchando.

—Yo tengo miedo de lo mismo —dijo Emilio, sin soltarla, el agua fría calándole hasta los huesos—. De que te vayas y aprendas que puedes sostenerte sola perfectamente bien, y que ya no me necesites como cuerda. Pero Renata… eso no es lo mismo que perdernos. Los canales de este lago no dejan de estar conectados nada más porque una chinampa flote un poco más lejos de otra. Siguen siendo el mismo lago, por debajo.

IX. El lago que encontró su nivel

El agua alrededor de ellos, poco a poco, dejó de hervir. El vapor se disolvió en el aire caliente de la tarde, y el Ahuízotl, ya tranquilo, se hundió despacio en el canal hasta desaparecer por completo, sin ningún rastro de violencia, como una mascota que por fin se calma después de un buen susto.

—Quinto presagio, contenido —dijo Chalchiuhtlicue, ayudándolos a salir del agua con una corriente suave que los empujó de vuelta hacia la chinampa—. Y una lección que ni yo misma sabía que hacía falta repetir: la distancia no hierve nada que ya esté bien enraizado.

Ostos, en su canoa, dobló el mapa de canales con un chasquido de fastidio.

—Tres más —dijo, remando ya lejos de ahí, sin ninguna despedida—. Y cada vez me cuesta más trabajo fingir que esto todavía va según lo planeado.

Emilio y Renata se quedaron viendo cómo se alejaba, empapados de pies a cabeza, el lodo del canal pegado hasta en el cabello, sin poder evitar sentir, por primera vez, algo parecido a lástima por el villano de guantes de cuero.

X. Confirmar

De vuelta en la trajinera, envueltos en las toallas que la mamá de Renata sacó de la mochila sin hacer demasiadas preguntas –ya se había acostumbrado, sin admitirlo del todo, a que sus hijos volvieran de sus salidas oliendo raro y empapados–, Renata sacó su celular, todavía con las manos temblando un poco, y abrió el formulario del programa de Guadalajara.

Escribió una sola palabra –“Confirmo”– y presionó enviar antes de que el miedo pudiera hacerla dudar otra vez.

—Listo —dijo, mostrándole la pantalla a Emilio—. Ocho semanas. Tú y yo, en canales distintos del mismo lago.

—Te voy a mandar tantos mensajes que vas a tener que bloquearme por spam —dijo Emilio, sonriendo, todavía goteando—. Nada más para que el lago no se te olvide ni un día.

—Cinco presagios —dijo Renata, guardando el celular, el sol de la tarde secándole poco a poco el pelo—. Faltan tres.

—Y un villano que ya hasta a mí me está empezando a caer un poquito bien, contra toda lógica —agregó Emilio—. Qué año tan raro estamos teniendo, prima.

Detrás de ellos, el trío de mariachi seguía tocando, ajeno a todo, mientras el sol de la tarde se reflejaba dorado sobre un canal que, por fin, volvía a fluir tranquilo entre las chinampas.

Fin (por ahora).

Emilio y Renata con Chalchiuhtlicue y el Ahuízotl en los canales de Xochimilco.

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Episodio 6 — El llanto nocturno

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Episodio 6 — “El llanto nocturno” (Centro histórico y antigua Calzada de la Viga, Ciudad de México)

I. Lo que ya era tendencia

—Miren esto, está en todos lados —dijo un compañero de la escuela, pasándole el celular a Emilio en el recreo, con el video ya reproduciéndose: una calle vacía de noche, temblorosa por el pulso de quien grababa, y de fondo, apenas audible entre el ruido del tráfico lejano, un llanto de mujer que subía y bajaba de intensidad, quebrado, desesperado—. Ya van como quince videos distintos esta semana. Dicen que es una señora fantasma que llora por sus hijos en el centro. Hasta hay streamers yendo a grabar “cacerías” de eso en la noche.

Emilio sintió que se le helaba algo por dentro, un frío que no tenía nada que ver con el aire acondicionado del salón.

Esa tarde, camino a casa de Renata –que salía para Guadalajara en seis días, una cuenta regresiva que ninguno de los dos mencionaba en voz alta más de lo estrictamente necesario–, encontró a su prima ya con la laptop abierta, viendo el mismo tipo de videos, la cara pálida bajo la luz de la pantalla.

—Es ella —dijo Renata, sin necesidad de que Emilio preguntara—. Cihuacóatl. Y esta vez no está esperando a que nosotros la encontremos. La está encontrando la ciudad entera.

La cajita de madera, sobre el buró, ya no vibraba con pulsos regulares como en los presagios anteriores. Vibraba sin ningún ritmo, errática, como un llanto que no encuentra dónde respirar.

II. La calle que ya no tiene canal

Siguieron el rastro –videos geolocalizados, comentarios de vecinos asustados, un grupo de Facebook del barrio lleno de mayúsculas y signos de exclamación– hasta un tramo de la antigua Calzada de la Viga, esa avenida ancha y arbolada que doscientos años atrás había sido un canal de verdad, uno de los últimos brazos vivos del lago que alguna vez rodeó Tenochtitlan, rellenado hacía más de un siglo para convertirse en calle.

A las once de la noche, la calle estaba casi vacía, apenas iluminada por faroles amarillentos que zumbaban bajito, con una neblina fina y baja arrastrándose entre los camellones, algo poco común para esa época del año, que les mojaba los tobillos al caminar y les enfriaba el aire hasta hacerlo visible en cada respiración. El silencio era denso, distinto al silencio normal de una calle dormida: ni un perro ladraba, ni un motor lejano rompía la quietud, como si la ciudad entera hubiera bajado la voz para escuchar algo.

—¿Sientes eso? —preguntó Renata, deteniéndose de golpe, con los brazos cruzados sobre el pecho, aunque no hacía tanto frío como para justificarlo del todo.

Emilio asintió, sin poder explicar del todo la sensación: un peso en el aire, como si estuvieran parados sobre algo que alguna vez había sido agua profunda, y esa profundidad, aunque ya no estaba ahí físicamente, seguía dejándose sentir bajo el pavimento, como una cicatriz que duele aunque la herida ya cerró.

III. El primer llanto

Llegó sin avisar, quebrando el silencio de golpe: un llanto de mujer, agudo al principio y luego bajando a un lamento gutural, desgarrado, que venía de todas direcciones a la vez y de ninguna en particular, rebotando entre las fachadas de los edificios como si la calle entera llorara con ella.

“Ay, mis hijos… ya nos vamos, ya nos vamos para siempre…”

Emilio sintió que se le erizaba cada vello del cuerpo, un escalofrío que le subió por la espalda y le cerró la garganta, no solo de miedo, sino de algo más antiguo, algo que reconocía sin haberlo escuchado nunca: el sonido exacto de un dolor que no ha encontrado descanso en quinientos años.

—No corras —dijo Renata, con la voz temblando pero firme, tomándole la mano con fuerza—. Lo que sea que es esto, correr nunca ha funcionado en este año que llevamos.

La neblina, alrededor de ellos, se espesó de golpe, tragándose los faroles de la calle uno por uno, hasta que solo quedó un círculo estrecho de visibilidad alrededor de los dos primos, el resto del mundo desaparecido detrás de un muro blanco que se movía como si respirara.

IV. Cihuacóatl

De la neblina emergió una silueta alta, envuelta en un huipil que parecía tejido de la misma niebla, con el rostro medio cubierto por una máscara de hueso pulido en la mitad izquierda y piel de mujer, todavía joven, en la mitad derecha: dos caras en una sola, la del guerrero y la de la madre, la de quien da vida y la de quien la defiende hasta la muerte.

—Han tardado —dijo, con una voz que resonaba en capas, como si mil mujeres hablaran al mismo tiempo, una fracción de segundo desincronizadas entre sí—. Yo llevo quinientos años esperando a que alguien viniera nada más a escuchar, en vez de venir a callarme.

—Nosotros no venimos a callarla —dijo Emilio, con la voz más firme de lo que sentía por dentro, el corazón latiéndole tan fuerte que estaba seguro de que ella podía escucharlo—. Venimos porque un hombre está usando su llanto para algo que no le pertenece.

Los ojos de Cihuacóatl, uno humano y oscuro, el otro vacío como la cuenca de una calavera, se posaron sobre ellos con una intensidad que hizo que Emilio sintiera, por un instante, que lo estaban viendo por completo, cada miedo, cada mentira pequeña, cada verdad que alguna vez había callado.

—Lo sé —dijo ella—. Puedo sentir cómo estira mi dolor como quien estira una cuerda demasiado vieja. Cada noche que grito, él guarda un poco más. Y ya casi tiene suficiente.

V. Las cadenas de luz

Fue entonces cuando Emilio notó, apenas visibles entre los pliegues del huipil de niebla, hilos delgados de luz dorada enredados alrededor de las muñecas de Cihuacóatl, tensos, vibrando, extendiéndose hacia algún punto más adelante en la calle donde la neblina se arremolinaba con más fuerza.

Siguieron los hilos hasta un punto donde Nemesio Ostos, arrodillado sobre el pavimento, sostenía con las dos manos un aparato mucho más grande que cualquiera de los anteriores: una especie de telar metálico donde los hilos dorados se enredaban una y otra vez, tejiendo algo que brillaba con una luz cegadora, casi líquida.

—Sexto de ocho —dijo, sin voltear, la voz cargada de un cansancio que ya sonaba más a desesperación que a fastidio—. Y el más importante de todos. Ustedes no tienen idea de lo que está en juego, así que ahórrense el discurso esta vez.

—Suéltela —dijo Renata, con una furia que Emilio no le había escuchado en todo el año, avanzando hacia él sin dudar—. No es un hilo que se pueda tejer. Es dolor de verdad.

—Es dolor documentado, medible, cuantificable —contestó Ostos, sin dejar de tejer, sus manos moviéndose con una precisión desesperada—. Y es exactamente lo que necesito para terminar esto.

VI. Lo que Ostos quiere corregir

—¿Terminar qué? —exigió Emilio—. Ya nos cansamos de sus medias verdades. ¿Qué es lo que quiere de verdad?

Ostos, por primera vez en todo el año, se detuvo por completo, y cuando volteó a verlos, su cara ya no tenía nada de la calma elegante de la primera noche: tenía la mirada de alguien que lleva mucho tiempo cargando algo que ya no puede seguir cargando solo.

—Quiero volver —dijo, con la voz quebrada—. No a vender nada. No a robar nada para mí. Quiero juntar los ocho hilos de tiempo, usarlos para abrir una grieta lo suficientemente profunda como para llegar hasta antes de que empezara todo, y advertirles. A los que estaban aquí antes. Darles el tiempo que a mi propia familia nunca le dieron. Que puedan prepararse, pelear distinto, ganar, tal vez. Que la mujer que llora deje de tener que llorar, porque nunca hizo falta.

El silencio que siguió fue más pesado que cualquier llanto.

—Eso no arregla nada —dijo Renata, muy despacio, entendiendo el peso completo de lo que Ostos estaba diciendo—. Eso borra todo. Quinientos años de gente que nació después. Nuestros abuelos. Nuestros papás. Nosotros. Si usted “corrige” ese momento, nada de lo que vino después de ahí existe nunca. Ni siquiera nosotros dos, parados aquí, discutiéndolo con usted.

Ostos cerró los ojos, y por un segundo, un segundo nada más, algo en su cara se derrumbó por completo.

—Lo sé —dijo, casi en un susurro—. Llevo años sabiéndolo. Y aun así no he logrado encontrar una sola razón lo suficientemente buena para detenerme.

VII. La cuerda que no se corta

Cihuacóatl, sintiendo el momento de duda de Ostos, tiró con fuerza de los hilos dorados que la ataban, y por un instante pareció que iba a lograr romperlos, hasta que el telar, en manos de Ostos, brilló con una energía desesperada y volvió a tensarlos, arrancándole a ella un grito que hizo temblar el pavimento bajo sus pies, las ventanas de los edificios cercanos vibrando en sus marcos.

—¡No puedo parar ahora! —gritó Ostos, con lágrimas mezclándose por fin con el sudor en su cara, sus manos temblando sobre el telar—. ¡Si paro, todo esto habrá sido para nada, y ella va a seguir llorando otros quinientos años más, y yo no voy a tener ni siquiera el consuelo de haberlo intentado!

—Ella no está llorando porque quiera que alguien la arregle —dijo Renata, acercándose despacio, con las manos abiertas, sin ninguna amenaza en el gesto, la voz firme a pesar del pavimento todavía temblando bajo sus pies—. Está llorando porque nadie se había quedado, en quinientos años, a escucharla completa sin taparse los oídos ni intentar callarla. Nosotros llevamos toda esta serie de presagios aprendiendo lo mismo, una y otra vez: el dolor no necesita que lo borren. Necesita que alguien se quede.

VIII. Lo que se dijo sin borrar nada

Emilio se arrodilló junto a Cihuacóatl, con cuidado, sintiendo el frío de la neblina calándole hasta los huesos, y le habló como le hubiera hablado a su propia abuela, la que apenas recordaba, la que dejaba una foto cada noviembre en el altar.

—No podemos prometerle que lo que pasó no debió pasar —dijo, con la voz temblorosa pero clara—. Sería mentirle, y usted ya cargó suficientes mentiras durante quinientos años. Pero le podemos prometer esto: no se nos va a olvidar. No la vamos a dejar llorando sola en un video viral que la gente comparte y olvida en un día. Vamos a llevar su historia con nosotros, completa, con todo y lo que dolió, porque borrar el dolor no es lo mismo que sanarlo. Nada más lo esconde para que le duela a alguien más después.

El huipil de niebla de Cihuacóatl se agitó, y por primera vez, el lado de su rostro cubierto por la máscara de hueso pareció suavizarse, no desaparecer, pero sí aflojarse, como un puño que finalmente se abre después de sostenerse cerrado durante demasiado tiempo.

—Nadie me había dicho eso en quinientos años —dijo, con la voz ya sin las mil capas superpuestas, una sola voz, cansada y profundamente humana—. Que no hacía falta que dejara de doler para que valiera la pena seguir aquí.

Los hilos dorados que la ataban, sin ninguna violencia, empezaron a deshacerse solos, cayendo al pavimento como ceniza tibia.

IX. Lo que le quedó a Ostos

—¡NO! —gritó Ostos, viendo cómo el telar entre sus manos se apagaba, la luz cegadora reduciéndose a un brillo débil y después a nada—. ¡Después de todo este tiempo, no puede ser que la respuesta fuera nada más… quedarse a escuchar!

Cayó de rodillas sobre el pavimento, el telar vacío resbalándosele de las manos con un golpe metálico, y por primera vez en toda la noche no se veía como un villano elegante ni como un genio desesperado: se veía, nada más, como un hombre profundamente cansado que llevaba demasiado tiempo cargando un dolor propio que jamás había mencionado.

—¿A quién perdió usted? —preguntó Renata, en voz baja, acercándose despacio—. Porque nadie hace lo que usted lleva un año haciendo por un plan solamente. Alguien de su familia también se quedó atrapado en esa historia, ¿verdad?

Ostos no contestó. Se limitó a guardarse el telar apagado en el bolsillo del saco, con manos que ya no tenían nada de la firmeza elegante de la primera noche, y se puso de pie, tambaleándose un poco.

Faltan dos —dijo, con la voz rota, ya sin ninguna amenaza detrás—. Y ahora entienden por qué no pienso detenerme, aunque cada vez me cueste más creer que voy a lograrlo.

Se perdió entre la neblina que ya empezaba a disolverse, sin que ninguno de los dos, esta vez, sintiera ganas de perseguirlo.

X. La calle que volvió a respirar

La neblina se disolvió por completo, dejando ver otra vez los faroles amarillentos, el tráfico lejano, un perro ladrando a dos cuadras, la ciudad normal de siempre, como si nada hubiera pasado ahí. Cihuacóatl, antes de desvanecerse del todo, se inclinó hacia ellos con algo parecido, en su rostro ya sereno, a una sonrisa.

—Sexto presagio, sostenido, no roto —dijo—. Cuéntenle a alguien, algún día, lo que aprendieron aquí esta noche. No para que se les olvide a ustedes. Para que a la próxima generación no le cueste quinientos años aprenderlo también.

Y desapareció, esta vez sin llanto, solo un silencio tranquilo que se sintió, extrañamente, como un descanso merecido.

Caminaron de regreso por la antigua Calzada de la Viga, ya sin neblina, el amanecer todavía lejos pero el peso en el pecho de Emilio, por primera vez en toda la noche, un poco más ligero.

—Seis presagios —dijo, por fin, rompiendo el silencio—. Faltan dos.

—Y un villano que resultó tener más corazón roto que maldad —dijo Renata, con la voz todavía un poco temblorosa—. Eso no lo vi venir.

—Yo tampoco —dijo Emilio—. Aunque, para ser justos, este año nadie ha sido exactamente lo que parecía al principio. Ni los teteo, ni el villano, ni — se detuvo, mirándola de reojo— ni tú, yéndote a Guadalajara en seis días como si fuera cualquier cosa.

—Cinco días —corrigió Renata, con una sonrisa cansada—. Ya se me pasó uno platicando con teotles llorones, gracias a ti.

Siguieron caminando, cada uno con su parte del silencio, hasta que las luces de la ciudad, poco a poco, los llevaron de vuelta a casa.

Fin (por ahora).

Emilio y Renata en El llanto nocturno, episodio 6 de Los Ocho Presagios.

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Episodio 7 — El ave del espejo

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Episodio 7 — “El ave del espejo” (Tula, Hidalgo)

I. La maleta ya hecha

La maleta de Renata llevaba dos días armada junto a la puerta de su cuarto, cerrada, con una etiqueta de “GDL” colgando del asa que a Emilio le costaba trabajo mirar directamente sin sentir un nudo raro en el estómago. Faltaban menos de veinticuatro horas para que su prima subiera a un camión hacia ocho semanas de canales distintos del mismo lago, como habían decidido llamarlo, y ninguno de los dos había mencionado en voz alta lo obvio: si el octavo presagio llegaba mientras ella estaba fuera, no tenían ni idea de qué iban a hacer.

Fue esa misma tarde, mientras Renata metía el cargador del celular en un bolsillo lateral por tercera vez, cuando la cajita de madera, ya casi olvidada sobre el buró en medio del caos de la maleta, empezó a brillar con una luz plateada que ninguno de los dos había visto antes, fría, como la superficie de un espejo bajo la luna.

—Séptimo —dijo Renata, guardando el celular a medias, con la voz tensa—. La noche antes de que me vaya. Por supuesto que sí.

—¿Alcanzamos a ir y volver? —preguntó Emilio, ya buscando en el mapa del celular—. Tu camión sale a las nueve de la mañana.

—Vamos a tener que alcanzar.

II. La carretera hacia Tula

Convencer a la mamá de Renata de “una última salida de despedida entre primos” resultó, sorprendentemente, la mentira más fácil de contar en todo el año, porque hasta cierto punto era completamente verdad. Manejaron –Toño, otra vez de chofer improvisado, sobornado con la promesa de tacos al pastor de regreso– por la carretera hacia el norte, el paisaje cambiando poco a poco del gris urbano a lomas secas cubiertas de matorrales, el aire entrando por la ventana cada vez más seco y polvoso, con un olor a tierra caliente y a algo resinoso, casi medicinal, que subía de los arbustos junto a la carretera.

Para cuando llegaron a Tula, el sol ya se ponía detrás de los cerros, tiñendo el cielo de un naranja quemado que hacía ver las ruinas, a lo lejos, casi negras contra la luz, como recortes de papel pegados sobre un fondo de fuego.

—Aquí los espero, con las luces intermitentes puestas y cara de inocente —dijo Toño, estacionándose junto a la reja cerrada del sitio—. Ya me acostumbré a esta parte del trabajo, para que sepan.

III. Los guerreros de piedra

Se colaron, como siempre, por un tramo mal cuidado de la reja, el viento del atardecer silbando entre las piedras sueltas con un sonido agudo, casi como un lamento distante, mientras subían la pirámide principal hacia la plataforma donde cuatro gigantes de piedra basáltica, de más de cuatro metros de altura, montaban guardia contra un cielo cada vez más oscuro: los Atlantes de Tula, guerreros tallados hacía más de mil años, con sus tocados cuadrados, sus pectorales de mariposa y sus lanzadardos sostenidos con un rigor que ni el tiempo ni el viento habían logrado ablandar.

—Se ven distinto de noche —susurró Emilio, sintiendo un escalofrío que no tenía nada que ver con la temperatura, que ya empezaba a bajar rápido con la puesta del sol—. Como si en cualquier momento fueran a voltear a vernos.

Detrás de la plataforma, un muro largo tallado con serpientes devorando figuras esqueléticas –el Coatepantli, el “muro de serpientes”– se extendía en la penumbra, y fue justo ahí, sobre la cabeza del Atlante más cercano al muro, donde Emilio vio, posada con una quietud antinatural, un ave gris de tamaño imposible, del tamaño de una persona agachada, con un disco de obsidiana pulida incrustado directamente en la frente, brillando con luz propia a pesar de que ya no quedaba sol para reflejar.

IV. Lo que el espejo mostraba

—Ese es el séptimo presagio —dijo Renata, con la voz baja, mirando el ave con una mezcla de fascinación científica y puro terror—. Un ave con un espejo en la cabeza. Moctezuma vio en ese espejo las estrellas del amanecer, y después, guerreros extraños viniendo a la guerra.

El ave giró la cabeza hacia ellos, despacio, con un chirrido metálico que no encajaba para nada con ningún sonido animal, y el disco de obsidiana en su frente empezó a girar también, cada vez más rápido, proyectando sobre el muro de serpientes una imagen borrosa que poco a poco se hizo nítida: estrellas desconocidas, y después, siluetas de hombres armados, avanzando en formación bajo un cielo extraño.

—No mires directo —dijo una voz nueva, grave y áspera como piedra volcánica raspando piedra, que hizo que Emilio se le enchinara la piel de los brazos antes de voltear—. El que mira demasiado tiempo el humo de mi espejo, termina viendo lo que más desea, no lo que más necesita ver.

V. Tezcatlipoca

De entre las sombras del Coatepantli emergió una figura envuelta en una capa de plumas negras, con un espejo circular de obsidiana en el lugar donde debería estar un pie, humeando con un vapor negro y denso que olía a copal quemado y a algo más profundo, más frío, como el fondo de una cueva que nunca ha visto el sol.

—Tezcatlipoca —susurró Renata, dando un paso atrás sin poder evitarlo—. El espejo humeante.

—La misma persona que ustedes ya conocen los previno de mí, seguramente —dijo el teotl, con una sonrisa que no terminaba de ser amable ni tampoco cruel, algo intermedio y mucho más inquietante—. Mi hermano Quetzalcóatl y yo llevamos siglos sin ponernos de acuerdo en casi nada. Él construye. Yo pruebo qué tan firme es lo construido. No somos enemigos, exactamente. Nada más… incómodos el uno para el otro.

—¿Usted es aliado o amenaza? —preguntó Emilio, directo, sin ánimo de andarse con rodeos con alguien que olía a humo y hablaba con acertijos.

—Esa es exactamente la pregunta correcta —dijo Tezcatlipoca, con genuino aprecio en la voz—. Y la respuesta, niño, depende enteramente de lo que ustedes elijan mirar en mi espejo esta noche.

VI. Ostos, sin nada que perder

El chirrido metálico del ave se intensificó, y de entre los guerreros de piedra, con pasos que ya no tenían nada de la elegancia de las primeras noches, apareció Nemesio Ostos: el saco gris rasgado en un hombro, el pelo blanco completamente despeinado, los ojos hundidos de alguien que llevaba días sin dormir bien.

—Séptimo —dijo, con la voz ronca—. Y esta vez no vengo a discutir. Vengo a terminarlo, cueste lo que cueste.

Se lanzó directo hacia el ave, con las manos extendidas hacia el espejo de obsidiana en su frente, y el Atlante más cercano, como si hubiera esperado quinientos años exactamente ese instante, giró la cabeza de piedra con un crujido sordo que retumbó por toda la plataforma, el lanzadardos tallado en su mano brillando de pronto con una energía que no debería tener ninguna estatua.

—¡Los guerreros están despertando! —gritó Renata, jalando a Emilio hacia atrás justo cuando el brazo de piedra del Atlante se movía, lento pero imparable, hacia donde habían estado parados un segundo antes.

—¡Esto es nuevo y no me gusta nada! —gritó Emilio, esquivando por poco una segunda estatua que empezaba a moverse, el suelo temblando bajo el peso de la piedra viva.

VII. El espejo que ofrece lo que más se desea

En medio del caos, el disco de obsidiana del ave giró hacia Emilio directamente, y por un instante, sin poder evitarlo, se quedó viendo su propio reflejo –que poco a poco dejó de ser un reflejo y se convirtió en una escena: su casa, las dos casas fundidas en una sola, su papá y su mamá riendo juntos en la misma cocina, sin ningún departamento nuevo, sin Karina, sin ninguna de las noches de tormenta llorando solo en su cuarto. Una vida entera sin la grieta que se había abierto hacía dos años en su familia.

—Ahí está —dijo Tezcatlipoca, con la voz suave, casi tierna, a su lado—. Lo que más deseas. Podría ser tuyo, niño. Nada más tendrías que dejar que Ostos termine lo que empezó.

Emilio sintió que el pecho se le apretaba, el deseo tirando de él con una fuerza física, real, los ojos escociéndole de las ganas de creer que esa versión de su vida todavía era posible.

—Pero si eso pasa —dijo, con la voz temblando, luchando contra sus propias palabras—, entonces Renata no se va mañana a Guadalajara. Renata no existe. Yo no aprendí nada de lo que aprendí este año, ni el anterior. No hay grietas, no hay guardianes, no hay nada de lo que me hizo ser quien soy ahora, con todo y lo que dolió.

VIII. Lo que Emilio eligió no mirar más

Cerró los ojos, apartándose del espejo con un esfuerzo que le costó más que cualquier persecución de las últimas siete noches.

—No quiero esa vida —dijo, la voz rota pero segura—. Quiero esta. La que sí duele a veces. Porque en esta, aprendí a decir la verdad completa. Aprendí a pedir ayuda. Aprendí que mi papá me quiere aunque las cosas no salieran como yo quería. Y sobre todo, en esta vida, tengo a Renata, exactamente como es, no como una foto perfecta que nunca aprendió nada.

El disco de obsidiana del ave dejó de girar de golpe, la imagen de la cocina feliz desvaneciéndose como humo, y el ave entera, liberada de su quietud antinatural, extendió las alas y desapareció hacia el cielo oscuro con un último chirrido, esta vez sonando, extrañamente, satisfecho.

Los Atlantes, en el mismo instante, se quedaron quietos otra vez, la energía abandonándolos, volviendo a ser piedra inmóvil bajo las estrellas.

IX. Lo que Tezcatlipoca decidió

—Interesante —dijo Tezcatlipoca, observando a Emilio con una mirada que ya no tenía nada de burla, solo una curiosidad genuina—. La mayoría elige la mentira cómoda. Muy pocos eligen la verdad que duele, sabiendo exactamente cuánto va a doler.

Ostos, arrodillado entre los Atlantes ya inmóviles, golpeó el suelo con el puño, la derrota pesándole visiblemente sobre los hombros.

—Séptimo, perdido —dijo, sin ninguna fuerza ya en la voz—. Queda uno. Y ya no sé si me queda a mí la fuerza para intentarlo.

Tezcatlipoca se acercó a él, despacio, el humo de su pie de obsidiana arrastrándose por el suelo, y por un momento pareció que iba a ofrecerle algo –ayuda, una salida, una segunda oportunidad–, pero en vez de eso, con un movimiento rápido, le arrebató de las manos el telar apagado que Ostos había cargado desde la noche de Cihuacóatl.

—Esto —dijo el teotl, examinándolo con un interés frío— ya no te sirve de nada roto. Pero a mí me sirve de recordatorio. Los espejos rotos, cuando se guardan bien, a veces enseñan más que los enteros.

Se lo guardó entre los pliegues de su capa de plumas negras, sin dar ninguna explicación más, dejando claro, con ese único gesto, que su ayuda nunca había sido gratis del todo.

X. La despedida en la central de camiones

Volvieron a la ciudad ya de madrugada, con Toño manejando en silencio por primera vez en toda la noche, respetando, sin decirlo, el peso de lo que fuera que había pasado en esas ruinas. Para las ocho de la mañana, Emilio y Renata estaban parados frente a la puerta del camión hacia Guadalajara, la maleta con la etiqueta de “GDL” ya facturada, el sol apenas subiendo sobre la central camionera.

—Siete presagios —dijo Renata, abrazándolo fuerte, la voz apretada—. Falta uno.

—Y no sabemos cuándo va a llegar —dijo Emilio, sin soltarla—. Podría ser mañana. Podría ser en siete semanas, justo cuando estés en Guadalajara.

—Entonces me llamas —dijo ella, separándose apenas para verlo a los ojos—. Sea la hora que sea. Video llamada, bocina al máximo, lo que haga falta. No pienso perderme el final de esto por estar ocho semanas fuera.

—Prometido —dijo Emilio—. Aunque técnicamente ya rompimos la promesa de “nunca entrar sin el otro” una vez, así que no sé qué tan en serio debas tomarte mis promesas.

Renata se rió, con los ojos brillosos, subiendo por fin al camión con la mochila –el jade adentro, tibio y tranquilo por ahora– apretada contra el pecho.

—Cuídate, Emilio.

—Tú también. Y mándame fotos de tacos de Guadalajara para comparar con los de aquí, es importante para la ciencia.

El camión arrancó, y Emilio se quedó ahí, parado en el andén, viéndolo alejarse hasta perderse en el tráfico de la mañana, con la sensación extraña de estar, por primera vez en dos años, completamente solo frente a lo que fuera que faltaba por venir.

Fin (por ahora).

Emilio y Renata en El ave del espejo, episodio 7 de Los Ocho Presagios.

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Episodio 8 — Los hombres de dos cabezas

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Episodio 8 — “Los hombres de dos cabezas” (Ciudad de México — Cierre de temporada)

I. Lo que vio en el espejo del baño

Diecinueve días después de la despedida en la central de camiones, un martes cualquiera a las diez de la noche, Emilio se estaba lavando los dientes cuando levantó la vista al espejo del baño y, por una fracción de segundo que se sintió mucho más larga de lo que cualquier reloj podría haber medido, vio dos reflejos en vez de uno: él mismo, con la boca llena de espuma de pasta dental, y junto a él, exactamente igual, otro Emilio, con los ojos completamente negros, mirándolo sin parpadear.

Escupió, se limpió la boca de un manotazo, y cuando volvió a ver, el espejo mostraba nada más un reflejo. El suyo. Normal.

Con las manos todavía temblando, sacó el celular y buscó las noticias locales. Ya había tres notas distintas, subidas esa misma tarde: reportes de gente en el centro de la ciudad viendo “duplicados” de sí mismos o de extraños en reflejos, vidrios de tiendas, cámaras de seguridad. Un video, con casi un millón de vistas, mostraba a una señora en el metro gritando y señalando a alguien que, en la grabación, parecía tener dos cabezas superpuestas, una encima de la otra, antes de desaparecer del cuadro.

En su buró, la cajita de madera –que llevaba diecinueve días completamente apagada, guardada casi como un recuerdo triste– se encendió de golpe con una luz blanca tan intensa que iluminó todo el cuarto.

II. La llamada a las diez y cuarto

Marcó a Renata sin pensarlo dos veces, con el corazón latiéndole tan fuerte que le costaba trabajo respirar bien.

—Ya empezó —dijo, en cuanto ella contestó, la voz de fondo del cuarto de residencia de Renata, ajena y lejana, con música de alguien más sonando dos puertas más allá—. El octavo. Hombres de dos cabezas. Está en las noticias, Renata, todo el mundo lo está viendo.

—¿Estás bien? ¿Dónde estás? —la voz de Renata, del otro lado de la línea, ya cargada de una urgencia que la distancia no lograba disimular.

—En mi cuarto. Voy a ir al Zócalo. No puedo esperar a que…

—¡No entres sin mí! —interrumpió ella, con una fuerza que hizo eco de una promesa mucho más vieja—. Emilio, faltan horas para el último camión de la noche hacia México. Voy a alcanzar a llegar. Nada más… por favor, no entres solo.

Emilio se quedó viendo la ventana de su cuarto, donde a lo lejos, sobre los techos de la colonia, ya se distinguía un resplandor extraño, pálido, parpadeante, subiendo desde el rumbo del centro histórico.

—No puedo prometerte eso —dijo, con la voz quebrándose apenas—. Pero te prometo que voy a intentar aguantar hasta que llegues.

III. Solo, otra vez

Llegó al Zócalo en camión, no en bicicleta –las piernas le temblaban demasiado para pedalear seguro–, con el corazón dándole tumbos y una sensación extraña de estar repitiendo, casi exactamente, la primera noche de todo esto, casi dos años atrás, salvo que esta vez no había ningún mensaje sin remitente esperándolo. Nada más un cielo que empezaba a torcerse.

La plaza, a esa hora, estaba casi vacía de turistas, salvo por grupos pequeños grabando con el celular hacia el cielo, donde el aire mismo parecía doblarse, como el calor que se ve subir del asfalto en un día caluroso, pero mucho más intenso, distorsionando los edificios coloniales alrededor en ondas que se movían despacio, mareantes.

Emilio se paró en el centro de la explanada, solo, sintiendo el peso completo de esa palabra –solo– de una manera que no había sentido en meses, desde antes de Chapultepec, desde antes de que existiera la palabra “nosotros” para describir lo que él y Renata hacían cada vez que el mundo se rompía un poco.

—Bueno —dijo en voz alta, a la nada, tratando de sonar más valiente de lo que se sentía—. Aquí vamos. Otra vez.

IV. El primero en llegar

—No estás tan solo como crees —dijo una voz conocida, resonando dentro de su cabeza con la calidez de siempre.

Quetzalcóatl apareció entre las sombras de la Catedral, esta vez de tamaño completo, del tamaño de un camión, con las escamas doradas brillando bajo la luz distorsionada del cielo.

—Llevo un año entero esperando que me dejaran ayudar más de lo que las reglas antiguas permiten —dijo—. Hoy esas reglas ya no importan. Es el octavo. El último. Y hoy vengo acompañado.

Uno por uno, como si la plaza misma los hubiera convocado, fueron llegando: Huehuetéotl, con su brasero humeando de urgencia sobre la cabeza; Tláloc, con sus anteojeras de jade brillando firmes; Kukulkán, enroscándose en el aire sobre la Catedral; Chalchiuhtlicue, emergiendo de una fuente cercana en una columna de agua serena; y por último, envuelta todavía en jirones de niebla pero con el rostro ya sereno, Cihuacóatl, que se acercó a Emilio y le puso una mano fría, casi maternal, sobre el hombro.

—Gracias por quedarte a escuchar, aquella noche —dijo—. Hoy me toca quedarme yo.

De entre las piernas de Huehuetéotl asomó una cabeza pequeña y verdosa, con una sonrisa que Emilio reconoció al instante.

—¿Alguien pidió un chaneque con experiencia en situaciones desesperadas? —preguntó el chaneque, con su pelota de luz ya brillando a toda potencia—. Porque aquí estoy, gratis, sin que nadie me lo pidiera, como siempre.

Emilio sintió que algo se le aflojaba en el pecho, un nudo que llevaba diecinueve días apretándose.

V. Ostos, completo

El aire distorsionado sobre la plaza se abrió como una herida, y de ahí descendió Nemesio Ostos, ya sin ningún rastro del hombre elegante de la primera noche: el pelo blanco completamente revuelto, el traje hecho jirones, los ojos hundidos y rodeados de sombras oscuras, cargando entre las manos un aparato imposible, hecho de los restos de todos los anteriores –el telar, la esfera de cristal, la jaula de metal, la llave de piedra– fundidos en una sola estructura que zumbaba con una energía que hacía vibrar el pavimento entero de la plaza.

—Siete hilos —dijo, con la voz rota, casi sin fuerza—. Nada más necesito el octavo. Los hombres de dos cabezas. Dos caminos posibles del tiempo, mostrados a la vez. Nada más necesito tomar uno de los dos y cerrar el otro para siempre.

—¡Ostos, deténgase! —gritó Emilio, dando un paso hacia él, aunque las piernas le temblaban—. ¡Usted ya sabe que esto no arregla nada! ¡Usted mismo lo dijo en la Viga!

—¡LO SÉ! —rugió Ostos, con una desesperación que hizo eco por toda la plaza vacía—. ¡Lo sé perfectamente bien, y aun así no puedo parar, porque si paro, tengo que aceptar que perdí a mi hermana para siempre sin ninguna razón que valga la pena, y eso es algo que todavía no sé cómo cargar!

VI. Lo que Ostos nunca había dicho

El aparato, entre sus manos, empezó a abrir grietas de luz blanca en el aire alrededor de toda la plaza, y de cada grieta emergieron siluetas dobles: turistas duplicados, palomas con dos pares de alas, hasta el propio reflejo distorsionado de la Catedral apareciendo dos veces, superpuesto, como una fotografía movida.

—¡Cuéntame! —gritó Emilio, por encima del rugido creciente de las grietas, sintiendo que si Ostos seguía cargando eso solo, nadie iba a poder detenerlo a tiempo—. ¡Ya nos contó lo de la advertencia, lo de querer volver! ¡Pero nunca nos dijo a quién perdió de verdad!

Ostos, con las manos temblando sobre el aparato, cerró los ojos.

—Se llamaba Ixchel Ostos —dijo, la voz quebrándose por completo—. Como la teotl del cenote, sí, mi abuela era devota. Tenía nueve años. Murió en un terremoto, hace treinta y cinco años, en un edificio que se cayó porque se construyó con materiales baratos sobre lo que antes había sido un canal de este mismo lago que llevamos toda la temporada visitando. Un canal que, si esta ciudad hubiera cuidado su propia memoria en vez de enterrarla bajo concreto barato, tal vez nunca se hubiera vuelto una trampa mortal. Llevo treinta y cinco años pensando que si pudiera ir tan atrás, tan atrás, hasta el origen mismo de todo lo que salió mal en este valle, podría encontrar el punto exacto donde advertirles a todos, no nada más a los mexicas, sino a cada generación después, “cuiden esto, respeten esto, no lo entierren, no lo olviden”, y tal vez, tal vez, mi hermana nunca hubiera estado parada ese día exacto en ese edificio exacto.

VII. La cuerda que llegó a tiempo

El silencio que siguió fue roto por el chirrido de frenos de un camión foráneo deteniéndose, imposiblemente, justo en el borde de la plaza –algo que ningún camión hacía normalmente, y que Emilio decidió, en ese instante, no cuestionar ni un segundo–, y de él bajó Renata, con la mochila todavía puesta, el pelo revuelto de ocho horas de viaje, corriendo hacia el centro de la explanada sin importarle las grietas de luz abriéndose a su alrededor.

—¡EMILIO! —gritó, esquivando un reflejo duplicado de una fuente que le salió al paso, llegando por fin junto a él, tomándole la mano con una fuerza que le devolvió, de golpe, todo el aire a los pulmones.

—Llegaste —dijo Emilio, con la voz rota de alivio.

—Te dije que no me iba a perder el final —contestó ella, sin aliento, mirando hacia Ostos, que seguía sosteniendo el aparato con manos temblorosas, la historia de su hermana todavía flotando pesada en el aire de la plaza—. Escuchamos todo desde la ventana del camión, con el radio de un pasajero puesto en las noticias de emergencia. Señor Ostos… su hermana no necesita que usted borre este mundo. Necesita que usted siga en él, recordándola bien.

VIII. Lo que nadie le había ofrecido antes

—No es tan fácil —dijo Ostos, la voz apenas un susurro, el aparato entre sus manos brillando cada vez más fuerte, las grietas dobles multiplicándose por toda la plaza—. Llevo treinta y cinco años solo con esto. Nadie más lo cargó conmigo.

—Ahora sí —dijo Emilio, dando un paso hacia él, sin miedo esta vez, con Renata firme a su lado y siete guardianes rodeándolos en un círculo silencioso—. Nosotros pasamos toda esta temporada aprendiendo lo mismo, una y otra vez, hasta que por fin se nos quedó bien aprendido: el dolor que se carga solo se vuelve más pesado cada año. El que se comparte, aunque no se arregle, por lo menos deja de aplastar tanto.

—Cuéntenos de ella —dijo Renata, con una ternura genuina, no como estrategia, sino porque de verdad quería escuchar—. No la Ixchel que perdió. La Ixchel que tuvo, aunque hayan sido solo nueve años.

IX. Ixchel Ostos, nueve años

Algo en la cara de Ostos se quebró por completo, y por primera vez en toda la temporada, las lágrimas le corrieron libres, sin ningún intento de contenerlas.

—Le encantaban los perros callejeros —dijo, con una risa rota mezclada con el llanto—. Les ponía nombre a todos los del barrio. Cantaba desafinadísimo, pero cantaba de todos modos, sin ninguna vergüenza. Quería ser bióloga marina, aunque vivíamos a horas de cualquier mar. La última vez que la vi, esa mañana, me pidió prestado mi suéter azul porque el de ella estaba en la lavadora, y yo se lo presté de mal humor, porque llegaba tarde a la escuela, y ni siquiera me despedí bien.

El aparato entre sus manos, con cada palabra, empezó a brillar menos, las grietas dobles alrededor de la plaza cerrándose poco a poco, los reflejos duplicados desvaneciéndose no con violencia, sino como quien por fin se permite descansar.

—Eso —dijo Cihuacóatl, acercándose despacio— es lo que hace falta para cerrar el octavo presagio. No borrar el dolor de haberla perdido. Contar, en voz alta, quién fue ella de verdad.

X. Lo que Ostos soltó

Con las manos ya sin fuerza, Ostos dejó caer el aparato al piso de la plaza, donde se hizo pedazos con un sonido suave, casi aliviado, los siete hilos de tiempo que llevaba un año robando disolviéndose en el aire como hebras de luz que regresaban, cada una, a su presagio original.

—No sé quién soy —dijo, arrodillado sobre las piedras, agotado hasta los huesos—, si no soy el hombre que lleva treinta y cinco años tratando de arreglar esto.

—Va a tener que averiguarlo —dijo Tezcatlipoca, apareciendo por primera vez esa noche entre las sombras de la Catedral, con el telar roto que le había arrebatado en Tula todavía entre los pliegues de su capa—. Yo guardé esto porque sabía que este momento iba a llegar. Tómelo. Ya no tiene ningún poder. Pero tal vez le sirva para recordar, cada vez que lo mire, hasta dónde estuvo dispuesto a llegar, y hasta dónde decidió, al final, no llegar.

Le entregó el telar apagado, y Ostos lo recibió con las dos manos, como quien recibe algo mucho más frágil de lo que parece.

XI. Octavo presagio, cerrado

El cielo sobre la plaza, poco a poco, dejó de doblarse, las ondas de calor desapareciendo, los edificios coloniales volviendo a su forma normal, sólida, quieta bajo las estrellas de una noche de martes cualquiera.

—Octavo presagio —dijo Quetzalcóatl, con una voz que sonó, por primera vez en toda la temporada, completamente en paz—. Cerrado. Los ocho, completos. Ninguno robado. Ninguno vuelto arma.

Ostos, todavía de rodillas, levantó la vista hacia Emilio y Renata, con los ojos hinchados pero, por primera vez, sin ninguna desesperación detrás.

—No sé cómo se pide perdón después de un año entero de esto —dijo.

—No lo sabemos tampoco —dijo Renata, con honestidad—. Pero puede empezar por dejar de cargarlo solo. Hay grupos de apoyo para gente que perdió a alguien así. Nosotros podemos ayudarlo a buscar uno, si quiere.

Fue Emilio quien, sin planearlo, le tendió la mano para ayudarlo a levantarse, un gesto pequeño que, en ese momento, pesó mucho más que cualquier batalla de toda la temporada.

XII. Lo que quedó, meses después

Los meses siguientes trajeron una normalidad extraña, con Renata terminando su verano en Guadalajara entre videollamadas nocturnas donde ya no hablaban de presagios sino de tacos de birria y compañeros de cuarto ruidosos, y Emilio empezando el nuevo semestre con Karina cada vez menos rara y más simplemente presente, como el fuego nuevo de Huehuetéotl que nunca apagó al viejo.

De Ostos supieron poco, y lo poco que supieron llegó por una carta corta, escrita a mano, que Renata encontró un día en su buró sin ninguna explicación de cómo había llegado ahí: “Empecé terapia. Empecé, también, a donar tiempo a un programa que enseña a niños de la Viga sobre el lago que hubo ahí antes. No es lo mismo que arreglar el pasado. Pero es, tal vez, la manera correcta de cargarlo. Gracias por no dejarme solo con esto. — N.O.”

XIII. Epílogo — un año exacto después

Un año exacto después de la primera llama sobre el Zócalo, Emilio –dieciséis años ya cumplidos– y Renata –de visita el fin de semana, con nuevas anécdotas de Guadalajara y una camiseta ridícula de recuerdo que insistía en usar– caminaron juntos hasta el Templo Mayor, ahora convertido en un sitio cualquiera, sin ninguna luz verde, sin ningún llanto en la noche, solo turistas tomando fotos bajo el sol de la tarde.

—¿Crees que ya se acabó de verdad esta vez? —preguntó Emilio, sentándose en una banca frente a las ruinas.

Renata se quedó pensando un momento largo, con esa cara que ponía cuando de verdad no tenía la respuesta.

—No sé —dijo, por fin—. Pero aprendí algo nuevo este año, además de todo lo de los presagios: que no hace falta que se acabe del todo para que valga la pena vivirlo bien mientras dura. Ocho semanas en Guadalajara no se acabaron con nosotros. Ocho presagios tampoco se llevaron lo que de verdad importaba.

—La Grieta: Los Ocho Presagios —dijo Emilio, con media sonrisa—. Suena bien para otro currículum que nadie me va a creer.

—Nadie, Emilio. Absolutamente nadie.

Caminaron el resto de la tarde entre las ruinas del Templo Mayor, sin ninguna prisa, sin ninguna brújula que los guiara, nada más los dos, primos, casi hermanos, cargando entre los dos un año entero de dolor ajeno que aprendieron a escuchar sin necesidad de borrarlo, tan real como el sol que empezaba a bajar sobre la Ciudad de México esa tarde de sábado.

Fin. (Por ahora de verdad, otra vez.)

Emilio y Renata en Los hombres de dos cabezas, episodio 8 de Los Ocho Presagios.

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