Cuentos, mitos y leyendas mexicanas para toda la familia
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LA GRIETA: Guardianes del Quinto Sol Introducción
Antes de que existiera el reloj, antes de que existiera el calendario que cuelga hoy en tu cocina, ya existía alguien contando el tiempo en México: contando soles, contando lunas, contando historias.
Estas páginas que estás por leer no nacieron nada más para entretener, aunque ojalá lo logren de sobra, con sustos, risas y algún que otro salto al vacío. Nacieron, sobre todo, para recordar. Porque un pueblo que olvida sus mitos no es un pueblo que se volvió moderno: es un pueblo que se quedó sin raíz, y un árbol sin raíz, tarde o temprano, se cae con el primer viento fuerte.
Cada ser que vas a conocer aquí existió, y en muchos sentidos sigue existiendo, en el corazón de millones de mexicanos: en un altar de noviembre, en una fiesta de pueblo, en un mural, en el nombre de una calle que caminas sin saber su origen. No los inventamos. Los tomamos prestados, con todo el respeto que merecen, de la memoria de nuestros abuelos, y se los devolvemos a ustedes —niñas, niños, jóvenes de hoy— envueltos en una aventura, porque a veces la mejor forma de recordar algo importante no es memorizarlo, sino vivirlo.
Una nota antes de empezar, porque las palabras importan: vas a ver que en este libro no usamos, en ningún momento, las dos palabras que el español heredó del latín y del cristianismo para nombrar lo sagrado, ni tampoco buscamos un reemplazo español que cargue el mismo peso ajeno. En náhuatl existía teotl —en plural, teteo—, y en maya, k'uh. Esas son las palabras que de verdad les pertenecen, nacidas de la misma tierra que ellas. No describían a un ser con cuerpo fijo y voluntad personal, como el que llegó después con la conquista. Describían algo más parecido a un aliento vivo, capaz de moverse dentro del fuego, dentro del viento, dentro de una tormenta, dentro de un cerro, o dentro de la figura de un ser con nombre propio. Por eso, a lo largo de este libro, vamos a nombrarlos como teotl, como teteo, como k'uh, en su lengua original, o como lo que eran para quienes los honraban: guardianes. Lo hacemos así, de manera explícita e intencional, por respeto: a las tradiciones que los crearon, a las creencias que los sostuvieron durante siglos, y a la historia mexicana que merece ser contada con sus propias palabras, no con las que llegaron después a nombrarla desde afuera.
Y hay algo más, tal vez lo más importante de todo: cada aventura que vas a leer esconde, debajo de la magia, una pregunta muy humana. Qué se siente decir la verdad cuando duele. Qué se siente pedir ayuda en vez de cargar todo solo. Qué se siente honrar a quien ya no está. Qué se siente tener miedo y avanzar de todas formas. Los teteo, los k'uh y los guardianes de estas páginas no vienen a enseñarte moral con el dedo levantado —nadie aprende nada así—. Vienen a acompañarte mientras Emilio y Renata, dos primos comunes y corrientes, aprenden a hacerlo ellos mismos, un poco a la vez, grieta por grieta.
Así que antes de cruzar la primera puerta contigo, vale la pena presentarte a quienes vas a encontrar del otro lado. Este es su bestiario. Esta es su historia real, la que existió mucho antes que la nuestra.
Una aclaración más, breve pero necesaria: en las páginas que siguen, estos guardianes hablan, bromean, se preocupan y deciden, como si fueran personas. Eso es una licencia literaria, no una afirmación sobre lo que realmente son. Un aliento vivo que se mueve dentro del fuego o del viento no tiene, probablemente, una voz que pueda citarse en diálogo. Pero un libro necesita que el lector pueda sentarse frente a algo, mirarlo a los ojos, y escucharlo responder. Así que le prestamos a cada teotl, a cada k'uh, un rostro y unas palabras, sabiendo que son nuestras, no suyas —un préstamo hecho con cariño, para que la fuerza que representan se sienta cercana sin que se nos olvide que la forma es nuestra invención y el fondo es suyo.
QUETZALCÓATL Origen: cosmovisión mexica y tolteca, con raíces que se extienden por toda Mesoamérica.
Nadie que haya estudiado México puede no haber escuchado su nombre. La Serpiente Emplumada —mitad ave, mitad reptil, símbolo perfecto de un ser que pertenece igual al cielo que a la tierra— es uno de los teteo más antiguos y más queridos del mundo prehispánico. Se le atribuye haber creado a la humanidad actual con sus propios huesos, robados del inframundo, y haber entregado a los hombres el conocimiento: la agricultura, la escritura, el calendario. Los toltecas lo veneraron como su gobernante ideal, un rey-sacerdote que rechazaba los sacrificios humanos, y su leyenda viajó tan lejos que los mayas reconocieron al mismo teotl bajo otro nombre —Kukulkán— y los purépechas identificaron su sombra en sus propias tradiciones. Quetzalcóatl representa el equilibrio: entre el cielo y la tierra, entre la sabiduría y la humildad, entre lo que se hereda y lo que se elige.
EL CHANEQUE Origen: tradiciones nahuas y totonacas, especialmente del centro y del golfo de México.
Pequeños, traviesos, y dueños absolutos de cualquier rincón natural que decidan habitar —un río, una cueva, un bosque, hasta un rincón olvidado del metro, si les da la gana—, los chaneques son espíritus guardianes de la naturaleza. La tradición cuenta que si un niño se pierde en el monte, es porque un chaneque se lo llevó a jugar, y que solo devuelve a quien se pierde si alguien de confianza lo llama por su nombre de pila tres veces. No son malos. Son, más bien, la versión mitológica de esa regla que toda abuela mexicana conoce de memoria: respeta lo que no es tuyo, o vas a tener que negociar para recuperarlo.
LAS TZITZIMIME Origen: cosmovisión mexica.
Estrellas que dejaron de brillar, convertidas en teteo femeninos temidos y respetados a partes iguales. Los mexicas creían que, durante un eclipse solar, las Tzitzimime podían descender a devorar a la humanidad si el sol no regresaba a tiempo, y por eso, en esos momentos, se hacían rituales específicos para protegerse. Pero reducir a las Tzitzimime a simples "monstruos" sería injusto: en otras versiones del mito, también eran patronas del parto, la fertilidad y la transformación. Representan el filo exacto entre la destrucción y el renacimiento, ese punto donde toda oscuridad guarda, escondida, la posibilidad de una luz distinta.
EL NAHUAL Origen: tradición extendida por toda Mesoamérica, con especial fuerza en Oaxaca y el sureste mexicano.
Se cree que cada persona nace acompañada de un animal-espíritu, un tonal, ligado a su destino desde el primer día. Pero algunas personas, dice la tradición, aprenden algo más: a transformarse por completo en ese animal, cruzando la frontera entre lo humano y lo salvaje cuando su comunidad los necesita. Ser nahual nunca fue, en su origen, sinónimo de brujería oscura, sino de una responsabilidad enorme: cargar dos naturalezas a la vez, sin perder ninguna de las dos por el camino.
KUKULKÁN Origen: cosmovisión maya, con su templo más famoso en Chichén Itzá, Yucatán.
El mismo k'uh que los mexicas llamaban Quetzalcóatl, reconocido por los mayas bajo este nombre, y quizás el mito arquitectónico más impresionante de todo México: cada 21 de marzo y 21 de septiembre, durante el equinoccio, el sol proyecta sobre las escalinatas de su pirámide una sombra que simula, con precisión asombrosa, el cuerpo de una serpiente descendiendo del cielo hasta la tierra. No es casualidad ni leyenda urbana: es astronomía maya, calculada hace más de mil años, y sigue funcionando hoy exactamente igual que entonces.
IX CHEL Origen: cosmovisión maya, venerada especialmente en la isla de Cozumel.
K'uh de la luna, la medicina, el tejido y la sanación. Durante siglos, mujeres mayas viajaban en peregrinación real hasta su santuario en Cozumel, buscando su bendición para la fertilidad y la salud. Ix Chel representa algo que muchas culturas antiguas entendieron mejor que nosotros hoy: que sanar no es un acto de debilidad, sino uno de los actos más poderosos que existen.
CURICAUERI Origen: cosmovisión purépecha, Michoacán.
Guardián del fuego y presencia principal del pueblo purépecha, uno de los pocos pueblos mesoamericanos que jamás fue conquistado por el Imperio Mexica, gracias en buena parte a su dominio superior de la metalurgia. Curicaueri representa el fuego que cuida y que también advierte, el mismo fuego que forjaba el cobre en los talleres purépechas más avanzados de toda la región. Un fuego, dice su tradición, nunca se hereda solo: se hereda con la responsabilidad de seguir cuidándolo.
TLÁLOC Origen: cosmovisión mexica, aunque venerado bajo distintos nombres en casi toda Mesoamérica.
Teotl de la lluvia, de los rayos y de la fertilidad de la tierra, con anteojeras características que lo distinguen en cualquier representación. Tláloc podía dar la vida a través del agua, y quitarla a través de la tormenta: dos caras del mismo poder, dependiendo de si se cuidaba o se dejaba sin control. Su templo compartía la cima del Templo Mayor de Tenochtitlan con Huitzilopochtli, teotl de la guerra, un recordatorio de que, para los mexicas, el agua y la guerra eran, ambas, fuerzas que exigían el mismo respeto.
MICTLANTECUHTLI Origen: cosmovisión mexica.
Señor del Mictlán, el inframundo mexica, y uno de los teteo más importantes de esa cosmovisión, representado casi siempre con el cuerpo cubierto de huesos. Lejos de ser una figura de terror gratuito, Mictlantecuhtli cumplía una función esencial: recibir a las almas después de un largo viaje de cuatro años a través de nueve niveles del inframundo, y darles, finalmente, descanso. La muerte, para los mexicas, no era el final de la historia. Era apenas el penúltimo capítulo.
LAS CIHUATETEO Origen: cosmovisión mexica.
Espíritus de las mujeres que morían dando a luz, elevadas al mismo honor guerrero que los hombres que morían en batalla, porque traer vida al mundo se consideraba, con toda razón, una de las formas más valientes de servir a la comunidad. Se les rendía culto en encrucijadas de caminos, y se decía que, algunas noches del año, regresaban para acompañar a quienes las necesitaran.
EHÉCATL Origen: cosmovisión mexica, considerado un aspecto o advocación de Quetzalcóatl.
El viento que viaja, que empuja las nubes de lluvia, que impulsa los barcos, que dispersa las enfermedades. Se le representaba con una máscara bucal en forma de pico, porque se creía que, a través de ella, silbaba el viento del mundo entero. Ehécatl recuerda algo que toda la serie que estás por leer intenta recordar también: que el equilibrio nunca es estático. Necesita moverse para seguir siendo equilibrio.
Estos son los guardianes que vas a encontrar. Cada uno real, cada uno documentado, cada uno con siglos de historia sagrada detrás mucho antes de que decidiéramos ponerlos a caminar junto a Emilio y Renata por la Ciudad de México, Oaxaca, Yucatán, Michoacán, Puebla y Veracruz.
Ellos te van a acompañar en el camino. Pero la verdad —la de verdad, la que no se cuenta con magia— siempre la van a tener que decir Emilio y Renata solitos, en voz alta, sin ayuda de ningún teotl, de ningún k'uh, de ningún guardián.
Bienvenido a La Grieta. Bienvenida a Guardianes del Quinto Sol.
El viaje empieza donde siempre empiezan las mejores historias mexicanas: en medio de un apagón, con una luz verde brillando donde nadie la esperaba.
Episodio 1 — “La grieta en Chapultepec” (CDMX)
I. El mensaje a medianoche
Emilio odiaba los apagones, pero esa noche en la Ciudad de México, cuando la luz se fue de golpe en toda la colonia Condesa —los postes apagándose en cadena, calle por calle, como fichas de dominó cayendo en la oscuridad—, no le importó tanto. Tenía trece años y estaba tirado en su cama, con la tarea de matemáticas a medio hacer y el ventilador recién apagado zumbando su último giro, cuando su celular, con apenas el 12% de batería, iluminó el cuarto entero. Un mensaje sin remitente acababa de aparecer en la pantalla:
"Chapultepec. Ahora. Tráete a tu prima. No enciendas linterna."
—¿Quién te manda eso? —preguntó Renata, su prima, asomándose por encima de su hombro. Tenía catorce años y ya sabía, por instinto, que algo raro estaba pasando: la calle entera estaba a oscuras, pero el Cerro del Chapulín, a lo lejos, brillaba con una luz verde que nadie más parecía notar.
—No sé —dijo Emilio—, pero mira eso.
No hizo falta discutir mucho. Diez minutos después, corrían entre los árboles del bosque de Chapultepec, guiados por esa luz verde que subía en espiral desde la base del cerro, justo donde los arqueólogos llevaban meses excavando un templo que, según las noticias, "no debería estar ahí".
II. La grieta
La luz salía de una grieta en la roca, del tamaño justo para que un niño pasara agachado. De ella brotaba un calor húmedo, como el aliento de algo dormido que empezaba a despertar.
—No deberíamos entrar —susurró Renata, aunque ya tenía un pie dentro.
—Alguien nos citó aquí —respondió Emilio—. Si no vamos, tal vez nunca sepamos por qué.
Adentro, la grieta se convertía en un túnel de piedra tallada con serpientes que, juraría Emilio, se movían un poco cuando nadie las miraba directamente. Al final del túnel, una plataforma de piedra suspendida sobre un vacío estrellado —como si estuvieran, imposiblemente, flotando en el espacio— y sobre ella, una serpiente emplumada del tamaño de un autobús, con ojos dorados que brillaban con calma antigua.
—Por fin —dijo la serpiente, con una voz que resonaba directamente dentro de sus cabezas, no en sus oídos—. Tardaron más de lo que esperaba. Soy Quetzalcóatl. Y ustedes dos tienen un problema muy grande.
III. El pacto roto
Renata, temblando, apretó la mano de su primo.
—¿Nosotros? Nosotros no hicimos nada.
—No hablo de culpa —dijo Quetzalcóatl—, hablo de destino. Cada quinientos veinte años, el equilibrio entre la luz y la sombra debe renovarse mediante una ofrenda de verdad, no de sangre: alguien debe cruzar el inframundo y regresar contando una historia honesta sobre quién es. Ese ritual lleva generaciones haciéndose… hasta que dejó de hacerse. La ciudad creció, la gente olvidó, y ahora las Tzitzimime, hambrientas de oscuridad, están a punto de romper el sello que las mantiene alejadas del sol.
—¿Y por qué nosotros? —preguntó Emilio—. Ni siquiera sabíamos que esto era real.
—Porque ustedes dos encontraron la grieta sin que nadie los guiara —respondió Quetzalcóatl—. Eso, en mi mundo, significa algo. El corazón de la ciudad los eligió.
A lo lejos, bajo la plataforma estrellada, algo enorme se movió entre las sombras, y un aullido gélido subió desde el vacío, erizándoles la piel a ambos primos.
IV. El chaneque del metro
Quetzalcóatl no podía acompañarlos más allá de la grieta —"las reglas antiguas no me dejan cruzar dos veces en la misma luna"— así que les entregó una brújula tallada en jade que, en vez de señalar el norte, señalaba "lo que necesitas encontrar", y los envió al primer punto del ritual: una estación abandonada del metro capitalino, sellada desde un supuesto "accidente" hace treinta años.
Ahí, sentado sobre un torniquete oxidado, un niño de piel verdosa jugaba con una pelota de luz entre las manos.
—Vaya, vaya —dijo el chaneque, sin dejar de sonreír—. Turistas del inframundo. No es común verlos por aquí en temporada baja.
—Necesitamos pasar —dijo Renata, tratando de sonar más segura de lo que se sentía.
—Todo el mundo necesita algo —respondió el chaneque—. Yo también necesito algo: mi pelota de luz se está apagando, y sin ella, no puedo seguir jugando en la oscuridad de este túnel por otros cien años. Tráiganme una llama que no se apague con el viento, y les abriré el paso.
—¿Y dónde se supone que encontramos eso? —preguntó Emilio, exasperado.
El chaneque solo se rió y señaló la brújula de jade en la mano de Renata, que en ese momento apuntaba, tercamente, hacia el pecho de su propio primo.
V. La llama que no se apaga
Renata entendió antes que Emilio.
—No es una llama de fuego —dijo, mirando fijamente a su primo—. Es algo que llevas dentro y que no se apaga aunque sople el viento. Emilio, cuéntale al chaneque la verdad de algo que nunca le has dicho a nadie.
Emilio sintió que el estómago se le hacía nudo. Miró al chaneque, luego a su prima, y finalmente habló:
—Cuando mis papás se separaron el año pasado, dije que estaba bien. No estaba bien. Todavía no lo estoy del todo. Pero sigo aquí, sigo yendo a la escuela, sigo cuidando a mi prima cuando hace falta. Eso no se apaga, aunque a veces quisiera que sí, para dejar de sentirlo.
El chaneque dejó de sonreír, por primera vez, con algo parecido al respeto.
—Esa es una llama de verdad —dijo, y golpeó el torniquete oxidado, que se abrió como una puerta hacia un túnel iluminado por miles de luciérnagas—. Sigan derecho. Ahí está lo que buscan. Y niño… gracias por la verdad. No muchos se atreven a dármela.
VI. El encuentro con la oscuridad
Al final del túnel de luciérnagas, la Tzitzimitl los esperaba: una silueta femenina hecha de huesos y estrellas apagadas, con una corona de cráneos diminutos que giraban lentamente alrededor de su cabeza.
—Dos niños —dijo, con una voz que sonaba a mil cristales rotos—. Enviados a detenerme con… ¿qué? ¿Palabras bonitas?
—No venimos a detenerte —dijo Renata, sorprendiéndose a sí misma con su propia calma—. Venimos a completar el ritual. Solo necesitamos contar una historia honesta.
—Las historias honestas no detienen a nadie —se burló la Tzitzimitl, avanzando entre las sombras, que se estiraban como garras hacia los dos primos.
Emilio dio un paso al frente, con la voz temblando pero firme:
—Tal vez no te detengan a ti. Pero a nosotros sí nos sostienen. Y creo que por eso el ritual funciona: no es magia para vencerte, es magia para que nosotros no nos rompamos cuando la oscuridad como tú se acerca.
La corona de cráneos de la Tzitzimitl dejó de girar. Por un instante —solo un instante— algo parecido a la duda cruzó su rostro de huesos.
VII. El amanecer sobre Chapultepec
Lo que pasó después, ni Emilio ni Renata pudieron explicarlo del todo, ni siquiera entre ellos. La Tzitzimitl se disolvió en un remolino de luz plateada que subió hacia el techo del túnel y desapareció, como si nunca hubiera estado ahí. El túnel entero tembló, y de pronto ambos primos estaban de nuevo en la base del Cerro del Chapulín, bajo un cielo que empezaba a clarear con los primeros tonos naranjas del amanecer.
La grieta en la roca ya no brillaba. Ya no existía, de hecho: solo quedaba piedra sólida, como si nunca hubiera habido nada ahí.
La luz de la colonia Condesa volvió a encenderse a lo lejos, casa por casa, como si la ciudad entera despertara al mismo tiempo que ellos.
—¿Alguien nos va a creer esto? —preguntó Renata, todavía con la brújula de jade apretada en la mano, la única prueba de que todo había sido real.
Emilio se guardó la brújula en el bolsillo y sonrió, cansado pero tranquilo, como no se sentía en meses.
—No importa si nos creen —dijo—. Nosotros sabemos lo que pasó. Y sabemos que la próxima vez que la ciudad nos necesite… vamos a estar listos.
Fin (por ahora).
Episodio 2 — "El que camina en dos pieles" (Oaxaca)
I. El zumbido en la mochila
La brújula de jade no se había quedado quieta desde Chapultepec.
Emilio lo notó primero en el aeropuerto, cuando Renata sacó la mochila de la banda y algo dentro vibró contra su cadera, como un teléfono en silencio. Iban a Oaxaca porque su abuela —bisabuela, en realidad, pero todos la llamaban abuela— cumplía ochenta años, y toda la familia se había organizado para llegar el mismo fin de semana. Nadie más sabía que, además del vuelo y el regalo envuelto en papel de china, Renata cargaba una piedra tallada que, dos semanas atrás, había sido lo único que quedó de una noche entera peleando contra la oscuridad.
—Otra vez se puso caliente —dijo Renata, en voz baja, mientras esperaban las maletas—. Como en el metro, antes de que apareciera el chaneque.
—¿Tú crees que esto no se acabó? —preguntó Emilio, aunque ya sabía la respuesta.
—Emilio, una serpiente emplumada del tamaño de un camión nos dijo literalmente "esto lleva generaciones haciéndose". Eso no suena a "ya, listo, gracias, buen viaje".
—Yo tenía la esperanza de que fuera como una vacuna. Una sola dosis y ya.
—Las vacunas no dan tanto miedo.
—Dicen los que no le tienen miedo a las agujas.
Renata sacó la brújula lo suficiente para que solo él la viera. La aguja de obsidiana ya no apuntaba al norte. Apuntaba hacia las montañas, más allá de la ciudad, tercamente, como si tuviera prisa.
—Quetzalcóatl dijo que era el primer punto del ritual —contestó Renata—. Nunca dijo que fuera el único.
II. La fiesta de los que caminan en dos pieles
Llegaron a casa de la abuela pasado el mediodía, y para la noche ya estaban sentados en la plaza de San Bartolo Coyotepec, el pueblo donde ella había nacido, envueltos en el olor a copal que salía de un brasero de barro negro. Era la fiesta patronal, y un señor mayor, de manos oscuras y curtidas, se había sentado frente a la fogata para contar, como cada año, la historia que los viejos del pueblo no dejaban morir.
—Aquí se dice que cada persona nace con un compañero —explicó, primero en zapoteco y después en español, para que los niños de la ciudad entendieran—. Un animal que camina a su lado desde el primer día, aunque casi nadie llega a verlo. En náhuatl le dicen tonal; aquí tenemos nuestra propia palabra para nombrarlo, aunque la idea es la misma en medio México. Pero hay quienes, además, aprenden a volverse ese animal. A salir de su piel de gente y entrar en otra piel, cuando el pueblo los necesita.
—¿Como brujos? —preguntó un niño pequeño, sentado en primera fila.
—No como en las películas —dijo el señor, sonriendo apenas—. El que camina en dos pieles no lo hace por maldad. Lo hace porque trae dos verdades adentro, y una sola piel no siempre alcanza para cargar con las dos.
Emilio sintió que el estómago se le apretaba, aunque no supo explicar por qué. Pensó en su papá en un departamento y su mamá en otro, y en cómo él mismo era un poco distinto en cada casa, como si también caminara en dos pieles sin que nadie se lo hubiera dicho antes.
La brújula, entre las manos de Renata, empezó a vibrar tan fuerte que ella tuvo que sostenerla con las dos manos para que no se le resbalara.
III. El hombre del sombrero de palma
Del otro lado de la fogata, entre la gente sentada en el suelo, había un hombre delgado, de sombrero de palma, al que nadie más parecía notar. No aplaudía cuando el cuentista terminaba una parte de la historia. No se reía cuando los niños hacían preguntas. Solo miraba a Emilio y a Renata, fijamente, como si los estuviera esperando desde antes de que ellos llegaran.
Se disculparon con la abuela entre dientes —"ya venimos, vamos por agua"— y lo siguieron por una calle empedrada que subía entre casas de adobe, hasta donde el pueblo se terminaba y empezaba el monte.
—Llevan tiempo caminando por el lugar equivocado —dijo el hombre, cuando por fin se detuvo, con una voz que sonaba como dos voces habladas al mismo tiempo—. Chapultepec fue solo la primera grieta. Bajo este cerro hay otra, más vieja, y algo que no debería seguir despierto la está manteniendo abierta.
—¿Quién eres? —preguntó Renata, sin bajar la brújula, como si fuera un escudo.
—Fui nahual de este pueblo, hace mucho tiempo. Aprendí a caminar en dos pieles para proteger a mi gente de la sequía y de los que venían a robarnos la tierra. —Bajó la cabeza—. Pero un día me quedé demasiado tiempo del lado del animal. Y ya no supe cómo volver a ser, completamente, un solo hombre.
—Oiga, con todo respeto —dijo Emilio—, ¿entonces usted lleva como… cuánto, ¿cien años sin poder decidir si es señor o coyote?
—Ciento setenta y tres, si contamos bien.
—Uf. Yo llevo dos semanas sin poder decidir si quiero tacos o pizza y ya siento que es mucho.
El nahual lo miró un largo segundo, y algo parecido a una sonrisa —a medias humana, a medias animal— le cruzó la cara.
—Ustedes los de ahora sí que tienen problemas distintos.
IV. La cueva
El nahual los llevó hasta la boca de una cueva escondida entre los órganos y las piedras volcánicas, al pie del cerro. De adentro salía un aire tibio, húmedo, con olor a tierra recién partida —el mismo aliento dormido que Emilio recordaba de la grieta en Chapultepec.
—Si entran conmigo y me ayudan a encontrar mi otra mitad, tal vez yo pueda volver a ser una sola cosa —dijo el nahual—. Y tal vez, con eso, ustedes cierren el segundo tramo del ritual.
—¿Y si no podemos? —preguntó Emilio, con la voz más pequeña de lo que hubiera querido.
—Entonces vas a tener que decidir tú solo qué se siente estar partido en dos, sin nadie que te ayude a volver a ser uno. —El nahual lo miró directo a los ojos, y por primera vez su mirada no tuvo nada de animal—. Y creo que tú ya sabes algo de eso.
Adentro, la cueva se abría en un salón de piedra tallada con espirales, iluminado por una luz que no venía de ninguna antorcha. Al centro, sentada sobre una roca plana, los esperaba una silueta hecha de sombra y niebla, con la forma exacta del hombre del sombrero de palma, pero sin rostro.
—Tu otra mitad no se perdió —dijo Renata, entendiéndolo de golpe—. Está aquí. Nada más no la reconoces porque no sabes cuál de las dos eres tú de verdad.
V. La pregunta de la sombra
La sombra sin rostro se puso de pie, y el aire de la cueva se volvió más pesado, más frío.
—Dime quién eres —le exigió al nahual, con una voz que sonaba a piedra raspando piedra—. Sin mentiras. Sin escoger la mitad más cómoda.
El nahual titubeó. Miró al animal que llevaba dentro, y luego al hombre que había sido antes. Emilio reconoció ese silencio: era el mismo que él se tragaba cada vez que alguien le preguntaba "¿y con quién vives ahora?", como si tuviera que escoger una sola respuesta correcta.
—Yo también me quedo callado cuando me preguntan eso —dijo Emilio, sin planearlo—. Porque siento que si contesto la verdad completa, voy a partirme en dos. Pero la verdad es que soy el mismo Emilio en las dos casas. Nada más aprendí a mostrar pedazos distintos, según dónde estoy. Eso no me hace menos yo. Me hace… completo, aunque no se sienta así siempre.
El nahual cerró los ojos.
—Soy el hombre que cuidó este pueblo —dijo, por fin, con las dos voces habladas al mismo tiempo, pero ahora en el mismo tono, sin pelearse entre ellas—. Y soy el coyote que caminó tanto tiempo protegiéndolo, que se le olvidó volver a casa. Las dos cosas son ciertas. Las dos soy yo.
VI. Dos pieles, un solo hombre
La sombra sin rostro dejó de ser sombra. Por un instante brilló como la superficie pulida de un espejo de obsidiana, y luego se fundió con el nahual, que cayó de rodillas al suelo de piedra, respirando como si acabara de salir de debajo del agua. Cuando levantó la cara, ya no había dos voces. Solo una, cansada y humana.
—Gracias —dijo, mirando a Emilio—. Nadie me había dicho, en todos estos años, que se puede ser dos cosas verdaderas al mismo tiempo sin dejar de ser una sola persona.
La brújula de jade, en las manos de Renata, dejó de vibrar. La cueva tembló, suave, y las espirales talladas en la piedra brillaron una última vez antes de apagarse.
VII. El regalo de la abuela
Cuando salieron del monte, ya casi amanecía. Las luces de San Bartolo Coyotepec se encendían casa por casa, y el olor a copal de la fiesta se mezclaba con el del café recién hecho en las cocinas.
La abuela los recibió en la puerta, envuelta en su rebozo azul añil, sin preguntar dónde habían estado. Solo les dio un plato de pan de yema a cada uno y los miró con esos ojos que ya habían visto ochenta años de amaneceres.
—Ustedes dos traen cara de haber cargado algo pesado —dijo, sin más.
—Un poco —contestó Renata—. Pero ya lo dejamos donde tenía que quedarse.
Emilio se guardó la brújula de jade en el bolsillo del pantalón, todavía tibia. Por primera vez en meses, no sintió que tenía que escoger entre ser el Emilio de una casa o el de la otra.
Era, simplemente, el mismo Emilio en las dos.
—Dos puntos del ritual —le dijo a Renata, ya casi sin fuerzas para seguir despierto—. Faltan los demás.
Renata sonrió, guardando el plato vacío.
—Entonces hay que dormir. La próxima grieta va a esperar a que estemos listos, no antes.
Fin (por ahora).
Episodio 3 — "La sombra en el cenote" (Yucatán)
I. Un plan sin brújula
—Te juro que la apagué —dijo Emilio, sacudiendo la brújula como si fuera un control remoto con las pilas flojas—. Llevaba un mes tranquila. Ni un zumbido.
—Pues ahora está que arde —contestó Renata, sin quitarle la vista al mapa que su tía había dejado abierto sobre la mesa del hotel—. Y mira nada más adónde apunta.
La aguja de obsidiana señalaba, tercamente, hacia el sur del mapa: hacia un punto marcado con lápiz como "Cenote Sagrado — NO NADAR, zona restringida", a las afueras de Valladolid. Estaban en Yucatán de vacaciones de verano, con la promesa solemne de la tía Meche de "nada de aventuras raras esta vez", que llevaban exactamente cuatro horas rompiendo.
—A mí me cae que la brújula tiene su propio sentido del humor —murmuró Emilio—. Justo el único cenote con letrero de "no nadar" de todo el estado.
—No es humor, es simbolismo —dijo Renata, ya guardando el mapa en la mochila—. Los cenotes eran entradas al inframundo maya. Al Xibalbá. Obvio nos manda ahí.
—Ah, qué alivio. Nada más el inframundo. Yo pensé que era algo grave.
II. El letrero que no mentía
Llegaron al cenote pasada la medianoche, después de convencer al primo mayor de Renata —Toño, que se creía guía de turistas nocturnos desde que se compró una linterna de cabeza— de que los llevara "nada más a ver las estrellas".
El cenote era un círculo perfecto de agua negra, rodeado de raíces colgantes que caían desde la boca de piedra, treinta metros arriba. El letrero de "NO NADAR" tenía, debajo, uno más viejo y descolorido que decía algo en maya que ninguno de los tres pudo leer.
—Yo aquí me quedo —anunció Toño, sentándose en una roca con dignidad de guardia de seguridad—. Si se meten y les pasa algo, yo no sabía nada.
—Toño, tienes veintidós años —dijo Renata.
—Y pienso llegar a veintitrés.
Emilio se asomó al borde. El agua, negra como tinta, tenía un brillo raro debajo de la superficie, como si algo ahí abajo tuviera luz propia y estuviera decidiendo si mostrarla o no.
—Yo creo que esto no es un cenote normal —dijo.
—Ninguno de los últimos dos lugares a los que nos ha mandado la brújula ha sido "normal", Emilio.
—Nada más digo que a lo mejor deberíamos empezar a cobrarle consultoría a Quetzalcóatl.
III. Lo que se llevó el agua
Renata fue la primera en meter un pie. No lo decidió con la cabeza —dijo después que fue como si el agua la hubiera invitado, no al revés—. Y en cuanto su tobillo tocó la superficie, el cenote entero se iluminó desde el fondo, con una luz azul verdosa que subió en espiral, igual que la luz de Chapultepec.
—¡Espera! —gritó Emilio, pero ya era tarde: Renata se había hundido de golpe, como si el agua la hubiera jalado desde abajo.
Emilio saltó detrás sin pensarlo dos veces —lo cual, en retrospectiva, admitiría que no fue su decisión más racional de la temporada— y el agua se lo tragó también, fría y después, imposiblemente, tibia, hasta que ambos salieron a la superficie de otro cenote, uno que no existía en ningún mapa: paredes de piedra tallada con serpientes emplumadas, y en el centro, flotando sobre el agua sin mojarse, una mujer joven con un tocado de conchas y una luna creciente en el pecho.
—Vaya, vaya —dijo la mujer, con una voz que sonaba a río corriendo—. Otra vez ustedes dos. Kukulkán me avisó que andaban por aquí, aunque no dijo que iban a llegar empapados y sin avisar, como si esto fuera Airbnb.
—¿Ix Chel? —preguntó Renata, escurriendo agua de las trenzas.
—La misma. Diosa de la luna, la medicina y, últimamente, de aguantar turistas que se caen a mis cenotes sin invitación.
Emilio, todavía tosiendo agua, no pudo evitarlo:
—Con todo respeto, diosa… ¿tiene toalla?
Ix Chel se rió, una risa clara que hizo temblar el agua entera.
—Me caes bien, niño. Eso ya es más de lo que puedo decir de los últimos que vinieron.
IV. El peaje de Renata
Ix Chel los guió, flotando, hasta una plataforma de piedra al centro del cenote, donde el agua se abría como una cortina y dejaba ver, más abajo, algo que latía despacio, como un corazón dormido bajo la tierra.
—Aquí es donde curo lo que no se puede vendar —dijo la diosa, y por primera vez su voz perdió el tono ligero—. Pero hay algo atorado en este cenote desde hace tiempo. Un dolor que nunca terminó de sanar, y que ahora se está comiendo la luz del agua.
—¿De quién es ese dolor? —preguntó Emilio.
Ix Chel no contestó. Solo miró a Renata, directo, sin parpadear.
Renata sintió que el estómago se le encogía, y por primera vez desde que había empezado todo esto —Chapultepec, Oaxaca, meses de brújula y grietas— fue ella la que no supo qué decir.
—Yo… no tengo ningún dolor pendiente —dijo, muy rápido—. Estoy bien. Siempre estoy bien. Alguien tiene que estarlo, con este —señaló a Emilio con la cabeza— cayéndose a cenotes sin avisar.
—Oye —protestó Emilio.
—Cállate, te caíste literal detrás de mí sin pensarlo.
—¡Porque tú te caíste primero!
Ix Chel levantó una mano, y el agua entera se quedó en silencio, como si hasta el cenote quisiera escuchar la respuesta.
—Renata. La brújula te eligió a ti primero, ¿te acuerdas? No a Emilio. A ti. Y desde entonces has cargado la mitad racional de esta historia porque es más fácil ser la que resuelve, que la que siente. Pero aquí abajo yo no cobro peaje en lógica.
V. Lo que Renata no había dicho
El agua debajo de la plataforma empezó a moverse, y de ella emergió, despacio, una silueta borrosa: una niña más pequeña, de unos ocho años, con un vestido que Renata reconoció de inmediato porque había sido suyo.
—Esa era yo —dijo Renata, en voz muy baja—, cuando mi mamá estuvo internada. Todos me decían "sé fuerte, cuida a tu hermanito", y yo… nunca lloré. Ni una vez. Me acostumbré tanto a no llorar que ahora ni siquiera sé si todavía puedo.
Emilio, por primera vez en toda la serie, no dijo nada gracioso. Nada más se acercó y le tomó la mano.
—Renata, tú no tienes que ser siempre la que resuelve todo. Conmigo no. Yo también puedo cuidarte a ti.
La silueta de la niña en el agua sonrió, y por fin, después de años, se disolvió en luz —no de golpe, sino despacio, como si finalmente pudiera descansar.
Renata sintió que algo se le rompía en el pecho, de la manera buena, y las lágrimas le salieron sin permiso, mezclándose con el agua del cenote que todavía le escurría de las trenzas.
—Ahí está —dijo Ix Chel, con dulzura—. Eso no te hace menos fuerte. Te hace completa.
VI. El corazón que volvió a latir
El corazón dormido bajo la plataforma empezó a latir con fuerza, y la luz azul verdosa del cenote se encendió por completo, iluminando las serpientes talladas en la piedra hasta que parecieron, otra vez, moverse de verdad.
—Tercer punto del ritual, completado —dijo Ix Chel—. Y por si les sirve de propina: Kukulkán me pidió que les dijera que van bien. Que sigan así. Y que la próxima vez, por favor, toquen antes de aparecerse en un cenote ajeno.
—Anotado —dijo Emilio—. Aunque técnicamente el letrero decía "no nadar", no "no aparecerse mágicamente en el fondo".
—Eres imposible —dijo Renata, pero sonriendo, con los ojos todavía rojos.
VII. Estrellas sobre Valladolid
Salieron del cenote original justo antes del amanecer, empapados, con Toño dormido en su roca, roncando con la linterna de cabeza todavía encendida.
—¿Le contamos? —preguntó Emilio, señalando a su primo.
—Ni loca. Ya bastante trauma tiene con lo de anoche.
Caminaron de regreso al hotel mientras el cielo se aclaraba sobre las copas de los árboles, y por primera vez en meses, Renata caminaba un poco más ligera, como si hubiera dejado algo pesado en el fondo de ese cenote, donde ya no le hacía falta cargarlo sola.
—Tres puntos del ritual —dijo Emilio—. Faltan cinco.
—Faltan cinco —repitió Renata—, y ahora sí estamos parejos: tú lloraste en el metro, yo lloré en el cenote. Al que le toque llorar en el siguiente, que se aguante.
—Yo nada más digo que espero que el siguiente esté en un lugar con toallas.
Fin (por ahora).
Episodio 4 — "El fuego que no se hereda, se enciende" (Michoacán)
I. El paquete sin remitente
Llegó un martes cualquiera, envuelto en papel de estraza y amarrado con hilo de cáñamo, sin remitente, dirigido no a Renata —por primera vez desde Chapultepec— sino a Emilio.
—Yo no pedí nada —dijo, dándole vueltas a la caja como si esperara que explotara.
—Ábrelo ya, no seas dramático.
Adentro había una pieza de cobre martillado, del tamaño de una mano, con la forma de una llama estilizada, tan antigua que el metal se había vuelto casi negro en los bordes. Y una nota, escrita a mano, con letra temblorosa:
"Esto era de tu bisabuelo. Él decía que algún día alguien de la familia iba a saber qué hacer con esto. Yo ya no puedo cargarlo. — Tía Cuquis, Tzintzuntzan, Michoacán."
La brújula de jade, guardada en el cajón del buró desde Oaxaca, empezó a vibrar tan fuerte que se cayó al piso ella sola.
—Okay —dijo Emilio, mirando la pieza de cobre y luego la brújula—. Yo creo que esto no es coincidencia.
—Emilio, llevamos tres capítulos de tu vida sin coincidencias. Ya deberíamos dejar de sorprendernos.
II. Tzintzuntzan
Convencer a los papás de Emilio de un viaje a Michoacán fue, sorprendentemente, fácil: ninguno de los dos sabía que el otro había dicho que sí, y por primera vez en un año coincidieron en algo sin pelear por WhatsApp. Emilio decidió no analizar demasiado ese detalle.
La tía Cuquis resultó ser una señora de risa fácil y manos llenas de anillos, que los recibió en Tzintzuntzan con un plato de corundas todavía humeantes y una plática que no paraba.
—Su bisabuelo Refugio era el último de la familia que sabía trabajar el cobre como los antiguos —dijo, sirviendo más comida sin que nadie se lo pidiera—. Aquí en Michoacán eso no es cualquier cosa, m'ijo. Los purépechas de antes eran los mejores metalurgos de toda la región, mejores que los mismos mexicas. Y miren nomás: al imperio mexica nunca lo pudieron conquistar. Ni una sola vez.
—¿En serio? —preguntó Renata, ya sacando el celular para verificarlo, por costumbre—. Pensé que los mexicas conquistaron casi todo.
—Casi todo, menos aquí —dijo la tía, con un orgullo que no necesitaba levantar la voz para notarse—. Eso no me lo enseñaron en la escuela. Me lo enseñó mi abuela, que se lo enseñó su abuela.
Emilio sintió que la pieza de cobre en su bolsillo se calentaba, despacio, como si estuviera escuchando la conversación.
III. El hombre del lago
Esa noche, con el pretexto de "ver las estrellas sobre el lago" —la misma excusa gastada del Episodio 2, que ya empezaba a sonar sospechosa hasta para los papás de Emilio—, los dos primos caminaron hasta la orilla del lago de Pátzcuaro, donde un señor viejo remendaba una red de pesca junto a una canoa de madera.
—Ustedes no vienen a ver estrellas —dijo el señor, sin levantar la vista de la red—. Vienen porque el cobre los llamó.
—¿Cómo sabe eso? —preguntó Emilio.
—Porque yo llevo setenta años pescando en este lago, y el fuego dormido de las yácatas lleva más tiempo esperando a que alguien de la familia Refugio regrese. —Por fin levantó la vista, y sus ojos tenían un brillo anaranjado que no era normal—. Súbanse. Yo los llevo. Pero les advierto: no cobro en pesos.
—¿En qué cobra, entonces? —preguntó Renata, con la voz un poco menos segura que de costumbre.
—En verdad. Igual que siempre.
—Ay no —dijo Emilio—. Otra vez con lo mismo.
—¿Prefieres que te pida dinero una fuerza sagrada del fuego disfrazada de pescador? —contestó Renata—. Porque a mí ya no me sorprendería.
IV. Las yácatas
La canoa los llevó, sin remos que se movieran, hasta las ruinas de piedra de Tzintzuntzan: las yácatas, esas pirámides redondeadas tan distintas a las de Chapultepec o Cholula, que a la luz de la luna parecían respirar. El pescador los guió hasta una grieta entre dos piedras que ningún turista había notado jamás, y de ahí bajaron por una escalera tallada en la roca, iluminada por antorchas que se encendían solas a su paso.
Al fondo, en una cámara circular, ardía un fuego que no consumía leña ninguna —solo ardía, sin más, como llevaba ardiendo quién sabe cuántos siglos.
—Curicaueri —dijo el pescador, inclinando la cabeza—. Les traje a los que buscaban.
De entre las llamas se levantó una figura alta, hecha enteramente de fuego contenido, con una voz que crepitaba como leña quemándose despacio.
—El cobre no miente sobre el fuego que lo hizo —dijo, mirando a Emilio, sin apartar la vista del metal que colgaba de su cuello—. Se martilla caliente, nunca frío. Se dobla mientras arde, y se queda con la forma que tenía en el momento exacto en que se enfrió. Tu bisabuelo supo eso del metal, y también de la gente. Un secreto así no se hereda como una casa. Se hereda como se atiza un carbón: solo dura si alguien sigue soplando.
V. El miedo que Emilio no había dicho
—¿Y si yo no sé cuidar nada? —preguntó Emilio, con una voz que de pronto sonó mucho más pequeña que la de un chico bromista frente a una fuerza sagrada tan antigua—. Mi papá se fue de la casa. Mi bisabuelo, según la tía Cuquis, tampoco se quedó mucho tiempo en ningún lado. ¿Y si yo también soy de los que no se quedan?
Curicaueri no contestó de inmediato. El fuego de la cámara bajó de intensidad, como si estuviera pensando.
—Una brasa que se apaga no estaba destinada a apagarse —dijo, por fin—. Se apagó porque nadie la tapó a tiempo con ceniza para que aguantara la noche. Tú llevas tres grietas tapando brasas que no son tuyas: la de tu prima, la de este ritual, la de una brújula que no pediste cargar. Eso no suena a alguien que se va. Suena a alguien que ya aprendió a soplar despacio.
Renata, a su lado, sintió que algo se le atoraba en la garganta. Quiso decir algo lógico, algo que ordenara la situación como siempre hacía, y no le salió nada.
—Yo… —empezó, y se detuvo—. Yo siempre trato de explicarlo todo. La brújula, los mitos, hasta esto. Necesito que las cosas tengan una razón que se pueda medir. Pero esto no se puede medir. Y me está costando mucho no tener el control.
—Tu prima tiene razón en algo —dijo Curicaueri, con lo que en una cara humana hubiera sido una sonrisa—. El metal más fuerte no es el que nunca se dobla. Es el que se templa. Y eso no se mide con báscula.
VI. La llama que eligió quedarse
La pieza de cobre en el bolsillo de Emilio empezó a brillar, cada vez más fuerte, hasta que se elevó sola y flotó hacia el fuego central, fundiéndose con él sin quemarse.
—Tu bisabuelo Refugio no forjó esta pieza para que la guardaras en un cajón —dijo Curicaueri—. La forjó para que, cuando llegara el momento, tú decidieras si el fuego de esta familia se apaga contigo, o sigue.
—Sigue —dijo Emilio, sin dudar—. Yo me quedo con él.
El fuego de la cámara creció, cálido y no violento, y por un instante Emilio pudo jurar que, entre las llamas, vio la silueta de un hombre viejo, sonriendo, antes de que todo volviera a ser solo fuego otra vez.
—Cuarto punto del ritual, completado —dijo Curicaueri—. Y una última cosa, prima racional: la brújula que cargan fue forjada por la misma mano que forjó este cobre. No es casualidad que las eligiera a las dos. Sigan buscando, y algún día lo van a entender del todo.
—¿No puede simplemente decírnoslo ahora? —preguntó Renata.
—Podría. Pero algunas verdades hay que ganárselas, no que dárselas. Pregúntenle a su primo, él ya aprendió eso en Oaxaca.
VII. Corundas frías
Cuando regresaron a la orilla del lago, ya amanecía, y la tía Cuquis los esperaba en la puerta de su casa con los brazos cruzados y una sonrisa que decía que sabía mucho más de lo que dejaba ver.
—Las corundas se enfriaron —dijo, nomás—. Pero el café todavía está caliente.
Emilio se sentó a la mesa con la pieza de cobre otra vez en el bolsillo, más ligera que antes, como si ya no cargara sola todo el peso de una herencia que no había pedido.
—Cuatro puntos del ritual —le dijo a Renata, en voz baja—. Faltan cuatro.
—Y ahora resulta que la brújula y tu herencia vienen de la misma mano —contestó ella, todavía dándole vueltas a esa idea, como quien no logra soltar un acertijo a medio resolver—. Eso no es un dato chico, Emilio.
—Lo sé. Pero por ahorita, nada más quiero comerme una corunda fría y no pensar en profecías por una hora, ¿va?
Renata sonrió, sirviéndose café.
—Una hora. Ni un minuto más.
Afuera, el cielo sobre Pátzcuaro empezaba a nublarse, aunque no había pronóstico de lluvia para esa semana.
Fin (por ahora).
Episodio 5 — "Lo que la lluvia no perdona" (Puebla/Cholula)
I. El cielo que no estaba en el pronóstico
El celular de la mamá de Emilio llevaba toda la semana marcando "soleado" para Cholula. Por eso nadie entendió por qué, la tarde en que llegaron para la fiesta de la Virgen de los Remedios —la que se celebra arriba de la pirámide más grande del mundo, aunque casi nadie sepa que es una pirámide, porque lleva quinientos años disfrazada de cerro con iglesia encima—, el cielo se puso del color de un moretón viejo, sin ningún aviso.
—Qué raro —dijo Renata, mirando las nubes con la misma cara que ponía cuando algo no le cuadraba en un examen—. La app seguía diciendo veintiocho grados y sol hace media hora.
Emilio no contestó enseguida. Tenía los ojos fijos en el cielo, y las manos, sin que se diera cuenta, se le habían cerrado en puños.
—¿Emilio?
—Nada. Es que no me gustan las tormentas. Nunca me han gustado.
Lo dijo con un tono que quiso sonar casual y no le salió del todo. Renata lo conocía lo suficiente para no preguntar más, pero sí para guardarse la pregunta para después.
II. El túnel bajo la pirámide
La familia se refugió de las primeras gotas dentro de los túneles arqueológicos de Cholula —los reales, los que sí existen, excavados dentro de la pirámide antes de que los españoles construyeran la iglesia encima sin saber, o sabiendo perfectamente, que estaban parados sobre el templo más grande jamás construido en volumen, más grande que la pirámide de Guiza en Egipto—. Un guía con chaleco oficial y cara de llevar quince años dando el mismo recorrido los invitó a pasar antes de que la tormenta se soltara en serio.
—Aquí abajo hay más de ocho kilómetros de túneles —explicó, con la voz de quien ha repetido la frase mil veces—, aunque al público solo le abrimos como cuatrocientos metros. El resto… digamos que no todo se ha explorado.
—¿Cómo que no todo? —preguntó Renata, ya con el radar encendido.
—Hay partes que se cierran. Derrumbes, humedad, cosas que no logramos explicar del todo. —El guía se rió, nervioso—. Ustedes ya saben, leyendas de turista.
Un trueno cayó tan cerca que las luces del túnel parpadearon. Emilio se pegó a la pared sin poder evitarlo.
—Oye —le dijo Renata, en voz baja, separándose del grupo—, ¿estás bien?
—Sí. Perfecto. Nunca he estado mejor en un túnel bajo tierra durante una tormenta que no estaba en el pronóstico. Todo normal.
—Ese fue tu sarcasmo más triste hasta la fecha.
III. La grieta detrás del letrero de "no pasar"
La brújula, que Renata cargaba desde Michoacán en una bolsita cosida especialmente para ella, empezó a vibrar apenas pusieron un pie en el túnel principal. Apuntaba, sin dudar, hacia una sección clausurada con un letrero descolorido: NO PASAR — ZONA EN RESTAURACIÓN.
—Otra vez con lo mismo —susurró Emilio.
—¿Prefieres que te pida disculpas la brújula antes de mandarnos a un lugar prohibido? Porque a este paso ya deberíamos tener una colección de letreros ignorados.
Esperaron a que el grupo avanzara con el guía, y se colaron detrás del letrero justo cuando otro trueno, todavía más fuerte, retumbó por encima de la pirámide entera. El túnel, más allá de la reja rota, se volvía angosto, húmedo, y el aire empezó a oler a tierra mojada y algo más: a copal viejo, quemado hace siglos y nunca del todo apagado.
Emilio sintió que el pecho se le apretaba. No por la oscuridad. Por el sonido, allá arriba, del agua cayendo con fuerza sobre piedra —el mismo sonido exacto de la noche en que sus papás se sentaron con él en la sala y le dijeron que ya no iban a vivir juntos. Esa noche también había tronado así.
IV. Lo que Tláloc pidió saber
El túnel terminó en una cámara circular, tallada con espirales de agua y rayos, iluminada por una luz azulada que parecía venir de la lluvia misma filtrándose por grietas invisibles en la roca. Al centro, una figura enorme, con anteojeras de jade y una capa que goteaba sin mojar el suelo, los esperaba sentada, como llevaba siglos esperando.
—Tláloc —dijo Renata, reconociéndolo por las anteojeras, un detalle que había leído hacía meses y que, para su propia sorpresa, ahora resultaba útil de verdad.
—Los dueños de la brújula —dijo Tláloc, con una voz que sonaba a lluvia cayendo sobre lámina—. El agua que no encuentra cauce se acumula donde no debe, y termina saliéndose por donde nadie la esperaba. Esta tormenta llevaba tiempo juntándose. Yo nada más dejé de contenerla.
—¿Usted mandó la tormenta? —preguntó Emilio, con la voz más temblorosa de lo que hubiera querido.
—No la mandé. Sentí el cauce lleno, y no pude contenerlo del todo. Igual que tú, ahora mismo, con lo que sientes cada vez que truena: se junta y se junta, hasta que ya no cabe.
Emilio se quedó helado.
—¿Cómo sabe eso?
—Porque tu miedo lleva cinco grietas juntándose sin cauce, niño. Y algo que no encuentra por dónde salir, tarde o temprano truena.
V. El peaje que Emilio no quería pagar
—No es nada —dijo Emilio, dando un paso atrás—. O sea, sí, no me gustan las tormentas, pero eso no es… no es un peaje. Es solo una cosa tonta.
—No hay miedos tontos —dijo Tláloc—. Hay miedos que no se nombran. Dime qué pasa cuando truena, y te dejo pasar. Es lo único que pido.
Emilio miró a Renata, que por primera vez en todo el episodio no dijo nada lógico, no dio ningún dato verificable, no sacó el celular para confirmar nada. Solo le sostuvo la mirada, esperando, con la misma calma con la que él la había sostenido a ella en el cenote.
—La noche que mis papás me dijeron que se separaban… estaba tronando —dijo Emilio, por fin, con la voz quebrándose un poco—. Desde entonces, cada vez que oigo un trueno, siento que algo se va a romper otra vez. Algo que no voy a poder arreglar. Por eso finjo que no me importa. Porque si dejo de fingir, tengo miedo de quedarme ahí, paralizado, sin poder hacer nada. Como esa noche.
Renata le tomó la mano, sin decir nada todavía.
—Esta vez no estás solo en el sillón de la sala —dijo, al fin—. Estoy yo. Y no me voy a ir a ningún lado, truene o no truene.
VI. La tormenta que se calmó desde adentro
Las anteojeras de jade de Tláloc brillaron, y el sonido de la lluvia allá arriba, que hasta ese momento había sido un rugido, bajó de intensidad, poco a poco, hasta convertirse en una llovizna tranquila.
—El miedo no se seca solo porque se nombró una vez —dijo Tláloc—. Eso no funciona así, ni con la gente ni con las tormentas. Pero ya tiene por dónde correr. Con eso basta.
—¿Y la tormenta de allá afuera? —preguntó Renata.
—Va a seguir lloviendo. Pero ya encontró su cauce.
Emilio respiró, tal vez por primera vez en toda la tarde, con el pecho completo.
—Gracias —dijo, y no hizo ningún chiste después. Por una vez, no hizo falta.
VII. El regreso bajo la llovizna
Cuando salieron del túnel prohibido, el grupo turístico ya se había ido, y el guía los esperaba en la entrada con cara de haberlos buscado por todos lados y de estar a punto de un ataque de nervios profesional.
—¡Se me perdieron dos! —les reclamó—. ¡Eso no se hace, jóvenes!
—Se nos hizo tarde viendo los túneles —dijo Renata, con una cara de inocencia que ni ella misma se creía—. Perdón.
Afuera, la llovizna caía suave sobre la explanada de la iglesia, encima de la pirámide más grande del mundo que casi nadie sabía que estaba pisando. Emilio levantó la cara hacia el cielo, dejando que le cayera el agua sin encogerse.
—Cinco puntos del ritual —le dijo a Renata—. Faltan tres.
—Y esta vez —contestó ella— sí lloraste tú primero. Ya vamos parejos otra vez.
—No estaba llorando. Era la lluvia.
—Emilio.
—Está bien. Un poquito. Pero cuéntalo como lluvia si alguien pregunta.
A lo lejos, sobre las calles empedradas de Puebla, las luces de los puestos de comida ya se estaban encendiendo para la fiesta que la tormenta no había logrado cancelar del todo, y en el bolsillo de Renata, la brújula, por primera vez desde Chapultepec, se quedó completamente quieta, como si también ella necesitara, aunque fuera por una noche, descansar.
Fin (por ahora).
Episodio 6 — "La foto que nadie puso" (CDMX, Día de Muertos)
I. La foto que nadie puso
Cada primero de noviembre, la casa de la abuela materna de Emilio se llenaba de cempasúchil, pan de muerto y las fotos de siempre: el abuelo Beto con su bigote de los ochenta, la tía Licha con su vestido de novia, el perro Capitán, que llevaba muerto más años de los que Emilio llevaba vivo.
Ese año, cuando terminaron de acomodar el altar, había una foto de más.
Era una fotografía en sepia, de bordes gastados, de una mujer joven con trenzas y un rebozo oscuro, parada frente a lo que parecía un taller de metal. Nadie en la familia la reconocía. Nadie recordaba haberla puesto ahí.
—¿Tú la pusiste? —le preguntó la mamá de Emilio a su hermana.
—Yo pensé que la habías puesto tú.
Renata, que había llegado temprano a ayudar con las flores, se acercó a ver la foto de cerca. En el marco de madera, tallada tan pequeña que apenas se notaba, había una llama estilizada. La misma forma exacta de la pieza de cobre que Emilio traía colgada del cuello desde Michoacán.
—Emilio —susurró—, ven a ver esto.
Cuando Emilio se acercó, la vela más cercana al altar tembló, aunque ninguna ventana estaba abierta. Por un segundo, un segundo nada más, la mujer de la foto pareció parpadear.
—Dime que tú también lo viste —dijo Emilio.
—Lo vi.
La brújula, guardada en la mochila de Renata, empezó a vibrar con una fuerza que no habían sentido desde Chapultepec.
II. El camino de cempasúchil
Esperaron a que la casa se quedara en silencio, con los adultos platicando en la sala con café de olla, y salieron al patio siguiendo un rastro de pétalos de cempasúchil que ninguno de los dos había regado: un camino angosto de flores naranjas que se perdía calle abajo, exactamente como marca la tradición real —el sendero que se traza para guiar a las almas de regreso a casa, una noche al año.
Solo que este camino, en vez de terminar en la puerta de la casa, salía de ella.
—Se supone que el cempasúchil guía a los muertos hacia adentro —dijo Renata, con el celular apagado, como si la luz artificial fuera a espantar algo—. No hacia afuera.
—Genial. Otra regla que se está rompiendo.
Caminaron seis cuadras, luego ocho, y el barrio que Emilio conocía de toda la vida empezó a sentirse distinto: las casas seguían ahí, pero las luces de las ventanas ya no eran luces de foco, sino de veladora, y el silencio no era el silencio normal de una noche de noviembre. Era un silencio que escuchaba.
—Renata.
—Ya lo sentí. Sigamos caminando. Como si nada.
Algo los seguía entre las sombras de los zaguanes, algo que no hacía ruido de pasos sino de huesos rozándose despacio, y que se detenía exactamente cuando ellos se detenían.
El camino de flores terminó frente a la reja cerrada de un panteón viejo que Emilio jamás había visto en ese rumbo, con un portón de fierro forjado que, cuando lo empujaron, no rechinó: se abrió en completo silencio, como si llevara toda la noche esperándolos, y se cerró detrás de ellos con un golpe seco que los hizo saltar a los dos.
III. El panteón que no estaba en ningún mapa
Adentro, las tumbas no eran de piedra gris. Eran de mármol negro con vetas doradas, y cada una tenía, encendida, una veladora que ardía sin viento que la apagara, aunque el aire soplaba fuerte entre los cipreses.
—Cuenta las veladoras —dijo Renata, de repente, agarrando a Emilio del brazo.
—¿Para qué?
—Nada más cuéntalas.
Emilio contó. Trece veladoras encendidas, en fila, cada una un poco más corta que la anterior.
—Se están consumiendo muy rápido para ser de cera normal —dijo Renata—. Yo creo que marcan un tiempo. Y yo creo que no es mucho.
Una voz profunda, que sonó desde todas partes del panteón al mismo tiempo, les contestó antes de que Emilio pudiera preguntar nada más.
—Trece veladoras. Trece minutos, en su medida del tiempo. Lo que tarda una vela en consumirse del todo es lo que dura, cada año, la puerta entre los mundos. Después de eso, la puerta se cierra, y quien se haya quedado del lado equivocado… se queda.
De entre las tumbas más antiguas se levantó una figura altísima, con la piel oscura como obsidiana pulida y una corona de ojos que no parpadeaban al mismo tiempo, mirando en todas direcciones a la vez.
—Mictlantecuhtli —susurró Renata, retrocediendo un paso—. Señor del Mictlán.
IV. El señor del inframundo
—Dos niños vivos, en mi panteón, en la noche en que la puerta está más abierta que en cualquier otra —dijo el señor de los muertos, con una voz que resonaba como piedra cayendo en un pozo sin fondo—. No es la primera vez que alguien de su sangre cruza esta reja. Pero sí van a ser los primeros en cruzarla y salir, si no se apuran.
—Solo veníamos a preguntar por una foto —dijo Emilio, con la voz más firme de lo que se sentía por dentro.
—Las preguntas, aquí abajo, se pagan con tiempo. Y su tiempo —señaló las trece veladoras, ya un poco más cortas que antes— se está acabando.
—¿Qué necesitamos hacer? —preguntó Renata.
—Al fondo de este panteón hay una cripta. Ahí está lo que buscan. El camino hasta ella no es recto: es un laberinto de tumbas, y todas, absolutamente todas, tienen tallado el mismo apellido que el de ustedes, para confundirlos. Solo una lleva a la cripta correcta. Las demás… los dejan caminando en círculos hasta que se consuma la última veladora.
—Eso no me suena justo —dijo Emilio.
—La muerte no es injusta, niño. Nada más es exacta. Encuentren el camino correcto, o quédense a hacerme compañía. Yo tengo todo el tiempo del mundo. Ustedes no.
Mictlantecuhtli se disolvió entre las sombras de los cipreses, dejando solo el eco de su voz y el conteo silencioso de las veladoras, cada vez más cortas.
V. El laberinto de tumbas
Corrieron entre las hileras de mármol negro, y tal como había advertido el señor del inframundo, cada lápida decía, tallado en piedra: FAMILIA. Ningún nombre de pila, ningún dato más. Solo esa palabra repetida cientos de veces, en todas direcciones, hasta perder la cuenta de por dónde habían entrado.
—Esto no tiene lógica —dijo Renata, casi sin aliento, deteniéndose en una esquina donde el camino se dividía en tres—. No hay ningún patrón. Puede ser cualquiera de estas.
—¿Y si en vez de buscar lógica, buscamos algo que tenga que ver con nosotros? —dijo Emilio, mirando alrededor—. Todo lo que hemos hecho en este viaje no se resolvió con lógica pura. Se resolvió con lo que sentíamos.
Renata cerró los ojos un segundo, algo que jamás hacía en medio de una crisis, y respiró.
—El cobre —dijo, de pronto—. Tu pieza de cobre. Si de verdad viene de la misma persona que la brújula, a lo mejor reacciona cerca de donde está enterrada.
Emilio se sacó la pieza de cobre del cuello y la sostuvo al frente, como una brújula improvisada. En dos de los tres caminos, no pasó nada. En el tercero, el metal se calentó de golpe, tanto que Emilio casi lo suelta.
—Por ahí.
Corrieron. Detrás de ellos, entre las tumbas, las sombras empezaron a moverse de verdad esta vez: figuras delgadas, hechas de niebla y hueso, que no atacaban pero tampoco dejaban de seguirlos, como perros guardianes decidiendo si morder.
—¡Renata, apúrate!
—¡Voy, voy, no me empujes!
Un cruce más, dos lápidas idénticas, y el cobre volvió a arder con más fuerza hacia la izquierda. Tomaron esa vuelta justo a tiempo: detrás de ellos, el camino de la derecha se cerró solo, con un chasquido de piedra contra piedra, como si el laberinto entero respirara y decidiera, en tiempo real, castigar a quien se equivocara.
VI. La mujer del taller de cobre
Llegaron a la cripta con las manos temblando y el pecho agitado. Ahí, tallada en la piedra más antigua de todo el panteón, la fotografía sepia del altar —la misma mujer, las mismas trenzas— aparecía ya no en blanco y negro, sino con los colores que debió tener en vida: piel morena, rebozo azul añil, ojos como los de la tía Cuquis, como los del bisabuelo Refugio, como los del propio Emilio si uno se fijaba bien.
De entre las sombras de la cripta salió, esta vez sin amenaza ninguna, la mujer con medio rostro de flores y medio de hueso que ya conocían de antes.
—Cihuateteo —dijo Renata, reconociéndola—. Usted nos había dejado la foto.
—Yo se las dejé, sí. Aunque no esperaba que Mictlantecuhtli decidiera ponerlos a prueba también. Es su costumbre, esta noche del año. No se lo tomen personal.
—¿Un poco tarde para avisarnos eso? —dijo Emilio, todavía respirando agitado.
—Se llamaba Altagracia —dijo la Cihuateteo, sin hacerle caso al reclamo, señalando la piedra tallada—. Bisabuela de tu bisabuelo Refugio. Ella forjó la pieza de cobre que ahora cargas. Y ella, mucho antes que nadie más en tu familia, forjó también una brújula de jade, la noche antes de morir trayendo al mundo al hijo que continuaría este linaje.
Renata sintió que se le doblaban un poco las rodillas.
—Entonces… ¿la brújula y el cobre siempre fueron de la misma persona?
—De la misma mano, sí. Altagracia sabía que algún día alguien de su sangre iba a necesitar las dos cosas juntas: el fuego que se hereda, y la guía que señala lo que hace falta encontrar. Como quien teje con dos hebras porque sabe que una sola se rompe. Por eso hizo dos objetos, no uno.
VII. Lo que Emilio no había dicho en voz alta
Emilio se quedó viendo la piedra tallada, sin decir nada por un momento largo. A lo lejos, en el laberinto, alcanzaba a escuchar cómo las sombras de niebla y hueso seguían rondando, esperando.
—Yo ni siquiera me acuerdo bien de mi abuelo Beto —dijo, por fin, con la voz apretada—. Se murió cuando yo tenía cinco años. Cada noviembre pongo su foto en el altar, y cada noviembre siento que se me olvida un poco más su cara. Y me da culpa, como si estuviera dejando que se muera otra vez, pero de a poquito, en mi cabeza.
La Cihuateteo se acercó, y por primera vez su mitad de huesos no dio ningún miedo, solo pareció antigua y amable.
—La memoria no es un hilo que se rompe porque se te olvide un nudo, niño. Es un tejido entero, y un tejido no se deshace por un solo nudo flojo. Tu abuelo dejó su hebra en el modo en que cuidas a tu prima, aunque nunca lo notaste. En el modo en que no te rindes, igual que tampoco se rindió el bisabuelo Refugio. No hace falta recordar cada nudo para seguir tejiendo con la misma tela.
—¿Y si algún día se me olvida por completo?
—Entonces vas a dejar tu propia hebra en un altar, para que otra mano la recoja. Nadie teje solo la memoria de una familia.
Renata se limpió una lágrima rápida antes de que Emilio la viera, aunque él sí la vio, y esta vez no dijo ningún chiste. Solo le puso una mano en el hombro.
—Oye —le dijo—, ¿tu mamá cómo sigue, por cierto? Nunca te pregunté después de Yucatán.
Renata sonrió, de verdad, sin el peso de antes.
—Bien. Mejor que bien, en realidad. El susto ya pasó hace tiempo. A veces se me olvida contarte las cosas buenas, nada más las malas.
—Pues cuéntamelas también. Para eso estamos.
VIII. La carrera contra la última vela
Un crujido, lejano pero clarísimo, les recordó que el tiempo no se había detenido para dejarlos tener su momento. La Cihuateteo levantó la vista hacia la entrada de la cripta, con gesto urgente.
—Les queda una veladora —dijo—. Corran. Ahora.
No hizo falta que lo repitiera. Salieron disparados por el mismo camino angosto entre las tumbas, esta vez guiados por el cobre ya sin necesidad de dudar en cada cruce, mientras a sus espaldas los muros de mármol negro empezaban a acercarse entre sí, muy despacio, como si el panteón entero se preparara para cerrarse sobre quien quedara adentro.
—¡No va a alcanzar el tiempo! —gritó Emilio, viendo la reja de fierro forjado todavía lejos.
—¡Sí va a alcanzar, corre y no hables!
Llegaron a la reja justo cuando la última veladora, allá en el centro del panteón, chisporroteaba sus últimos segundos de llama. Renata empujó el portón con todo el cuerpo, y ambos cayeron de bruces del otro lado, sobre la banqueta de la calle empedrada, justo cuando el fierro se cerró detrás de ellos con un golpe final, seco, definitivo.
Adentro, el panteón entero pareció suspirar, y luego, sencillamente, ya no estaba. En su lugar había un terreno baldío, cubierto de hierba seca, como si llevara así décadas.
IX. La sexta llama
—¿Estás bien? —preguntó Renata, todavía en el suelo, sin aliento.
—Creo que sí. Creo que en este viaje ya batí mi récord personal de casi-morir-de-miedo-real-y-no-solo-metafórico.
La pieza de cobre en el pecho de Emilio empezó a brillar, despacio, y de ella se desprendió una hebra de luz dorada que se elevó hacia el cielo nocturno antes de apagarse, suave, como una despedida.
—Sexto punto del ritual, completado —dijo la voz de la Cihuateteo, ya solo un susurro que venía de ningún lado y de todos lados—. Y de propina: ya no van a tener que preguntarse quién hizo la brújula. Ahora lo saben. Mictlantecuhtli no los va a poner a prueba dos veces en la misma vida, así que no se preocupen por eso. Descansen. Se lo ganaron.
X. Pan de muerto a medianoche
Caminaron de regreso, con las piernas todavía temblando y el corazón recuperando su ritmo normal poco a poco, hasta que el camino de cempasúchil —que, otra vez, ya no estaba, como si nunca hubiera existido— los dejó justo frente a la puerta de la casa, donde la fiesta seguía en la sala, con la abuela contando, otra vez, la misma historia del abuelo Beto bailando danzón en una boda ajena.
Emilio se paró frente al altar y dejó ahí, junto a la foto de Altagracia, la pieza de cobre, solo por esa noche.
—Para que se vea que sigue en la familia —le explicó a Renata—. Mañana me la vuelvo a llevar.
—Seis puntos del ritual —dijo ella, agarrando un pan de muerto de la mesa con manos que todavía no dejaban de temblarle un poco—. Faltan dos.
—Y el próximo es Veracruz, ¿no? Ya casi cerramos el círculo completo, si contamos que empezamos con Quetzalcóatl y el viento del Ehécatl nos está esperando ahí.
—Presumido. Hasta te aprendiste el dato tú solo, sin que yo te lo dijera.
—Oye, algo se me tenía que pegar después de casi morir contigo seis veces.
Afuera, sobre la Ciudad de México, miles de familias encendían sus propias veladoras esa misma noche, cada una con su propio altar, su propia foto de más, su propia manera silenciosa de decirle a alguien que no se les había olvidado. Ninguna de ellas sabía, ni falta que hacía, lo cerca que había estado de quedarse del otro lado de la reja esa misma noche un niño de trece años y su prima.
Fin (por ahora).
Episodio 7 — "El viento no empuja, sostiene" (Veracruz)
I. Cincuenta y dos vueltas
El calor de Papantla se sentía distinto al calor de la Ciudad de México: más espeso, más dulce, cargado del olor a vainilla que salía de los puestos alrededor de la plaza, mezclado con el humo de copal que un señor quemaba en un brasero de barro junto al atrio de la iglesia. Emilio llevaba la camiseta pegada a la espalda desde que habían bajado del camión, y aun así, cuando levantó la vista hacia el poste que se alzaba en el centro de la plaza, sintió que un escalofrío completamente fuera de lugar le subía por los brazos.
Treinta metros. Lo había medido con los ojos tres veces, y las tres veces le seguía pareciendo más alto que la torre más alta que hubiera visto en persona.
—No. Ni loco. Ni en un millón de años.
—Nada más te estoy diciendo lo que dijo el señor del taller —contestó Renata, sin despegar la vista del volante que les habían dado a la entrada, doblado ya en cuatro partes por sus dedos inquietos—. Un curso de una tarde para niños, "para que conozcan la tradición desde adentro". No te van a subir amarrado del tobillo desde el primer día, Emilio.
—Ese "desde el primer día" me preocupa más de lo que debería.
Cinco hombres, vestidos de rojo y blanco, con espejitos cosidos al pecho que lanzaban destellos cada vez que se movían, y listones largos colgando de las mangas como alas dobladas, empezaron a subir por el poste, uno detrás de otro, con una calma que a Emilio le pareció casi imposible. No se sujetaban con las manos temblando. No miraban hacia abajo con miedo. Subían como quien camina por una banqueta conocida.
El quinto, el más viejo del grupo, llegó hasta la plataforma diminuta de madera en la punta y se paró justo en el centro, sobre un disco giratorio del tamaño de un plato grande, sin ninguna cuerda amarrada a la cintura, solo el equilibrio y el viento.
—Cada uno de los que baja representa un punto cardinal —explicó Renata, en voz baja, como si hablar más fuerte pudiera romper algo—. Y dan trece vueltas cada uno. Cuatro por trece son cincuenta y dos. El mismo número de años del ciclo calendárico completo de nuestros antepasados. No es solo un espectáculo bonito, Emilio. Es un calendario humano, en movimiento.
—Qué bonito dato. Aun así, no.
La flauta empezó, aguda y delgada, seguida del tamborcito que el hombre de arriba tocaba con el pie mientras giraba despacio sobre el disco. Y entonces, en el bolsillo del pantalón de Renata, la brújula de jade empezó a vibrar con una fuerza que Emilio pudo sentir desde donde estaba parado, justo en el instante en que los cuatro voladores se dejaron caer del poste, boca abajo, brazos abiertos, girando en espiral hacia el suelo, sostenidos nada más de una cuerda amarrada a la cintura.
Por encima del sonido de la flauta, un viento fuera de temporada empezó a mover las banderas de papel picado de la plaza en direcciones que no coincidían entre sí. Unas apuntaban al norte. Otras, a solo un metro de distancia, apuntaban exactamente al sur. Como si dos corrientes de aire distintas estuvieran peleando por el mismo pedazo de cielo, y ninguna de las dos estuviera dispuesta a ceder.
Emilio sintió que se le erizaba la piel de los brazos, y esta vez no fue por el calor.
II. El caporal
Terminado el ritual —porque para los voladores de verdad no es un espectáculo para turistas, sino una ceremonia religiosa que llevan siglos haciendo, con permiso pedido antes a los cuatro vientos, con ayuno de por medio, con respeto que se nota hasta en la manera en que doblan la ropa ceremonial al terminar—, un señor mayor se acercó a ellos entre la gente que ya se dispersaba.
Tenía las manos curtidas de tanta cuerda, los nudillos gruesos, y una sonrisa que le llegaba hasta los ojos, aunque algo en su mirada, cuando se detuvo frente a los dos primos, dejó de sonreír por completo.
—Ustedes no vinieron nada más a ver —dijo, sin preguntar, con la vista clavada en el bolsillo donde la brújula seguía tibia, como si pudiera verla a través de la tela—. Vinieron porque el viento los llamó. Y esta noche anda de humor extraño. Hace tiempo que no sentía dos corrientes peleándose así.
—¿Eso es normal? —preguntó Renata, con la voz apenas un poco menos firme que de costumbre.
—Nada de lo que les está pasando a ustedes dos es normal, niña. Pero esto menos que lo demás. —Se quedó callado un momento, mirando hacia el cielo despejado, sin una sola nube, y aun así con ese aire que se movía mal, como agua corriendo contra su propia corriente—. Cuando el viento pelea consigo mismo, alguien tiene que decidir cuál de las dos corrientes va a ganar. Y por lo visto, esa decisión les tocó a ustedes.
—Genial —dijo Emilio, con una risa que le salió más nerviosa de lo que hubiera querido—. Justo lo que necesitaba. Más responsabilidad meteorológica.
III. El poste que no terminaba
El caporal los llevó hasta la base del poste principal ya entrada la noche, cuando la plaza se había vaciado del todo y solo quedaban los perros callejeros durmiendo bajo las bancas y el zumbido lejano de un radio encendido en alguna casa. Ahí, en vez de subir por la escalinata normal de madera que Emilio había visto usar a los turistas durante el día, el caporal los guio a una abertura escondida entre las raíces del poste.
Porque no era un poste de madera cualquiera. Era un árbol vivo, antiquísimo, con la corteza tallada de espirales que Emilio ya reconocía —las mismas que había visto en la cueva de Oaxaca, las mismas que rodeaban el fuego de Michoacán— y que ahora, bajo la luz de la luna, parecían moverse muy despacio, como si el árbol entero respirara.
—Sube usted primero —le dijo el caporal a Renata—. Y no lleve plan. Ahí arriba, planear de más solo estorba.
—¿Cómo que "no lleve plan"? —Renata sintió que se le revolvía el estómago solo de escucharlo, un nudo frío y desconocido, porque llevar plan era lo único que siempre había sabido hacer bien—. Siempre llevo plan. Es literalmente lo mío.
—Por eso mismo se lo digo.
Entraron por la abertura, agachados, y adentro el tronco hueco se abría en una escalera de madera oscura que giraba en espiral hacia arriba, iluminada apenas por un resplandor azulado que no venía de ninguna fuente visible. Subieron despacio al principio, luego más rápido, y la espiral empezó a girar cada vez con más fuerza, hasta que Emilio perdió la noción de si subían o si el mundo entero giraba alrededor de ellos, un mareo denso que le subía desde el estómago hasta la garganta.
El aire adentro del tronco empezó a soplar en su contra, frenándolos, empujándolos hacia abajo con una fuerza que no debería existir dentro de un espacio tan cerrado.
—¡Esto no debería costar tanto trabajo subir! —gritó Emilio, con la voz agitada, agarrándose de la escalera con las dos manos, sintiendo cómo el viento le jalaba la ropa hacia atrás, como manos invisibles tratando de arrastrarlo escaleras abajo.
—¡No pares, ya casi! —Renata iba dos escalones adelante, con el pelo pegado a la cara por el sudor y el viento, sin voltear, sin permitirse dudar.
Salieron, por fin, sin aliento, empapados en sudor frío, a una plataforma suspendida en un cielo que no era el cielo normal de Papantla: sin estrellas fijas, solo remolinos de aire visibles, corrientes que se enroscaban sobre sí mismas como listones de humo con luz propia, morados, plateados, casi negros en los bordes. Y ahí, por primera vez desde que había empezado la escalada, entendieron por qué les había costado tanto trabajo llegar: la plataforma entera vibraba bajo sus pies, sacudida por dos corrientes de viento que chocaban justo encima de sus cabezas, con un sonido que no era exactamente sonido, sino más bien una presión que se sentía en los oídos, en el pecho, en los dientes.
IV. Ehécatl
Ahí los esperaba una figura delgada, con una máscara en forma de pico de ave tallada en algo que no era madera ni piedra, y una capa que jamás dejaba de moverse, aunque no hubiera viento propio en el lugar: el viento era él, respirando en la tela, en cada pliegue.
Pero a su lado, enredada en una segunda corriente más oscura, casi negra, había otra presencia, más difusa, sin forma fija, que giraba en sentido contrario, como un espejo torcido del propio Ehécatl. Cada vez que se acercaba, la temperatura de la plataforma bajaba un poco más, y el olor a vainilla y copal de la plaza, que hasta ahí había subido tenue, se apagaba del todo, reemplazado por algo mineral, frío, como piedra de tumba recién abierta.
—Mi otra mitad. La que viaja. —Ehécatl ladeó la cabeza, y la máscara de pico crujió, como si sonriera—. Chapultepec fue el principio. Esto es la vuelta completa. El círculo se cierra aquí.
—¿Y ese quién es? —preguntó Emilio, señalando a la presencia oscura, que no dejaba de girar, cada vez más cerca de la orilla de la plataforma, tironeando de los listones de la ropa ceremonial que colgaban olvidados de un poste cercano.
—Mi otra cara. La que no guía. La que arrastra. —Ehécatl no apartó la vista de ella, y por primera vez su voz sonó tensa, como una cuerda a punto de romperse—. No lleva a ningún lado. Solo empuja. Y empuja. Hasta que uno se cae. Las Tzitzimime la alimentan. Esta noche… más de lo que quisiera decir.
—¿Usted no puede simplemente… apagarla? —preguntó Renata, con la voz baja, midiendo cada palabra como si el viento pudiera llevárselas antes de terminar la frase.
—No. Primero deciden ustedes. Cuál corriente siguen. —El viento le cortó la voz un instante, y siguió, más rápido—. No es una verdad dicha en voz alta, como antes. Es un salto. Hacia la corriente correcta. O la otra los alcanza primero.
V. El viento que no perdona
La plataforma se sacudió con fuerza, un crujido de madera vieja que a Emilio le heló la sangre más que cualquier otra cosa que hubiera escuchado en siete grietas, y sintió que el pie se le resbalaba hacia el borde, hacia esa nada llena de remolinos que ya no parecía tener fondo ni superficie, solo distancia infinita. Renata lo sujetó del brazo justo a tiempo, clavándole los dedos con una fuerza que no sabía que tenía, y por un instante los dos se quedaron ahí, al borde, respirando entrecortado, el mundo entero reducido al sonido del viento y al latido de sus propios corazones, tan fuerte que Emilio lo sentía en los oídos, en las yemas de los dedos, en cada centímetro de piel expuesta al frío que no debería existir en una noche de junio en Veracruz.
—¡No hay tiempo! —gritó Ehécatl, por encima del rugido del viento oscuro, que ya empezaba a formar un remolino completo alrededor de los dos primos, tirando de su ropa, de su cabello, de las pestañas casi, con manos invisibles que no golpeaban sino que jalaban, despacio, insistentes, como si tuvieran toda la eternidad para cansarlos hasta que soltaran—. ¡Ella no espera a que decidan! ¡Decide ella, si tardan!
—¡Necesito un plan! —gritó Renata, con los ojos cerrados con fuerza contra el viento, la voz quebrándose en la última sílaba.
—¡No hay plan, Renata! —le gritó Emilio de vuelta, sujetándola tan fuerte como ella lo sujetaba a él, sintiendo cómo el viento oscuro le arrancaba el aire de los pulmones antes de que pudiera terminar de inhalarlo—. ¡Eso fue lo que nos dijo el caporal! ¡A veces no hay plan, nada más hay que decidir y saltar!
Por un instante que se sintió mucho más largo de lo que cualquier reloj hubiera podido medir, el remolino oscuro los levantó a los dos unos centímetros del suelo de la plataforma, la madera crujiendo bajo sus pies suspendidos, y Emilio pudo ver, entre la neblina de viento negro que ya lo envolvía casi por completo, algo que se parecía demasiado a una silueta con corona de cráneos, observándolos desde muy lejos, con una calma helada, como quien mira un experimento sin ninguna prisa por intervenir.
—¡Renata, mira! —alcanzó a gritar, pero el viento se llevó su voz antes de que ella pudiera voltear, deshaciendo las palabras en el aire como si nunca hubieran existido.
VI. Lo que Emilio entendió sobre soltarse
—¡Nadie los obliga! —gritó Ehécatl, luchando visiblemente por mantener su propia corriente firme contra el embate de la otra, la capa golpeándole el cuerpo con violencia, la máscara de pico de ave inclinándose contra el viento como la proa de un barco en tormenta—. ¡Pero decidan ya! ¡Libertad no es sin miedo!
—¡¿ENTONCES QUÉ ES?! —gritó Renata, esta vez ella la que hacía la pregunta con la voz rota por el pánico, algo que Emilio jamás la había escuchado sonar, ni siquiera en el cenote, ni siquiera frente a Ix Chel.
—¡ES TENER CLARO PARA QUÉ! —contestó Ehécatl—. ¡Tan claro que el miedo deja de mandar! ¡Los de allá abajo no saltan sin miedo! ¡Saltan porque confían en la cuerda! ¡En sus compañeros! ¡En algo más grande que ellos!
El viento oscuro tiró con más fuerza, un tirón brutal que hizo a Emilio soltar un grito ahogado, y por un segundo eterno sintió que los dedos de Renata empezaban a resbalarse de su brazo, milímetro a milímetro, el sudor y el pánico haciendo lo que ningún viento debería poder hacer. El terror puro, el mismo terror de la tormenta en Cholula, le subió por el pecho como agua helada llenando un cuarto sin salida —pero esta vez, en vez de paralizarlo del todo, encontró algo debajo de ese miedo, algo sólido en medio de tanto viento: la cara de Renata, sosteniéndolo con los ojos tanto como con las manos; la pieza de cobre de Altagracia todavía tibia contra su pecho, latiendo casi como un segundo corazón; seis grietas enteras de haber aprendido, una por una, con esfuerzo, con lágrimas, con torpeza, a no cargar nada solo nunca más.
—¡RENATA! —gritó, con una claridad que lo sorprendió a él mismo, una voz que salió de un lugar que ni siquiera sabía que tenía—. ¡YO SOY TU CUERDA TAMBIÉN! ¡DESDE EL METRO, TÚ LO DIJISTE!
Renata abrió los ojos, y por primera vez en todo el episodio, en todo el año entero de grietas y guardianes, dejó de intentar encontrar un plan. Nada más le apretó la mano con todas sus fuerzas, un apretón que dolía y que, al mismo tiempo, era lo único que la mantenía entera.
—¡ENTONCES SALTEMOS JUNTOS! —gritó—. ¡AHORA!
VII. El salto
No hubo cuenta regresiva. No hubo un último instante de calma para prepararse. Saltaron hacia la corriente de Ehécatl, no hacia la oscura, en el mismo segundo exacto en que el remolino negro cerraba los dedos —si es que un viento puede tener dedos— sobre el lugar preciso donde habían estado parados medio segundo antes, tan cerca que Emilio sintió el frío rozarle los talones al despegar los pies de la madera.
Cayeron en espiral, el mundo entero convertido en un torbellino de luz morada y plateada, con el estómago subiéndoles hasta la garganta y el viento entero sosteniéndolos, sorprendentemente, como si fueran parte del ritual desde siempre —y de hecho, entendió Emilio a mitad de la caída, con una claridad extraña que solo llega en los momentos de mayor peligro, tal vez siempre lo habían sido, desde la primera grieta en Chapultepec, desde el primer mensaje sin remitente a medianoche. La corriente oscura aulló detrás de ellos, furiosa, un sonido que no era de este mundo, intentando alcanzarlos una última vez con dedos de niebla helada que a Emilio le rozaron el tobillo antes de perder fuerza. La corriente de Ehécatl los envolvió como un abrazo de aire tibio, oliendo otra vez a vainilla y a copal, y los alejó, cada vez más rápido, hacia la plaza que ya brillaba con las primeras luces del amanecer, diminuta allá abajo, cada vez menos diminuta.
—¡NO SUELTES! —gritó Renata, aunque nadie estaba soltando nada, con la voz deshecha entre risa y llanto.
—¡NO PIENSO SOLTAR NUNCA MÁS, TE LO JURO!
VIII. La cuerda que apareció a tiempo
A pocos metros del suelo, el giro se volvió demasiado rápido, descontrolado, y por un instante horrible, con el suelo empedrado acercándose a una velocidad que no debería ser posible sobrevivir, sintieron que iban a estrellarse contra las piedras de la plaza. El tiempo pareció espesarse, cada fracción de segundo estirándose como chicle, suficiente para que Emilio alcanzara a pensar, con una calma absurda en medio del pánico, en la cara de su abuelo Beto, en el altar de noviembre, en sus dos papás parados juntos por primera vez en meses.
Fue Renata quien, sin plan, sin dato, sin nada más que puro instinto animal, estiró la mano hacia la primera cosa sólida que alcanzó: una de las cuerdas reales de los voladores, todavía amarrada al poste desde la ceremonia de la tarde, olvidada ahí por algún descuido que, mirándolo ahora, ya no parecía un descuido en absoluto.
—¡AGÁRRATE!
Emilio se sujetó de ella justo a tiempo, la cuerda áspera rasgándole la palma de la mano, y la cuerda, tensándose de golpe con un chasquido que resonó por toda la plaza vacía, los frenó a los dos con una sacudida brutal que les sacó el aire de los pulmones de un solo golpe, dejándolos, por fin, colgando a solo un metro del suelo, meciéndose despacio en la quietud repentina, el corazón todavía galopando como si no supiera que el peligro ya había pasado.
Se soltaron y cayeron sentados sobre las piedras frías de la plaza, respirando como si acabaran de correr un maratón completo, el sudor mezclándose con las primeras gotas de rocío de la madrugada.
—Eso —dijo Emilio, entre jadeos, con la mano ardiéndole por el roce de la cuerda— no estaba en el volante del taller de una tarde.
—Cállate y abrázame, que todavía me tiemblan las piernas.
Emilio la abrazó, sin decir ningún chiste más, sintiendo cómo el temblor de los dos, poco a poco, se iba calmando al mismo tiempo, como si sus dos cuerpos hubieran decidido, juntos, que ya era momento de dejar de tener miedo.
IX. La séptima llama
El viento oscuro se disolvió detrás de ellos con un aullido que se fue apagando poco a poco entre los tejados de Papantla, hasta desaparecer del todo, y la corriente de Ehécatl bajó, tranquila, hasta rozarles la cara como una caricia tibia, oliendo a vainilla, a lluvia lejana, a algo que Emilio no supo nombrar pero que se sintió, sin duda, como alivio.
—Séptimo punto. Completado —dijo la voz de Ehécatl, ya solo un susurro entre las hojas de los árboles cercanos—. Escogieron a tiempo. La otra corriente va a tardar en juntarse otra vez. Pero no se fue. Nada más espera.
—¿El último va a ser peor que esto? —preguntó Emilio, todavía sin poder ponerse de pie del todo, las piernas convertidas en gelatina.
—Distinto —dijo Ehécatl, y por primera vez en todo el episodio, algo parecido a la preocupación se filtró en su voz de viento—. Ahí no pelean contra una corriente. Pelean contra la fuente. Descansen mientras puedan.
X. Café de olla al amanecer
El caporal los esperaba abajo, con una taza de peltre humeante en cada mano, sin ninguna sorpresa en la cara, como quien ya ha visto esto mismo pasar generación tras generación de su propia familia, aunque esta vez sí les revisó los brazos y el cuello con cuidado, palpando con dedos expertos, buscando algún golpe que necesitara atención antes que las palabras.
—¿Y bien? —preguntó, sirviéndoles café de un termo con manos que temblaban un poco menos que las de ellos—. ¿Aprendieron a subir con el miedo, en vez de sin él?
—Aprendimos a saltar con él —dijo Emilio, todavía con las piernas temblorosas, pero con una sonrisa que no se le quitaba de la cara, ni siquiera cuando el café quemaba—. Que creo que es peor y mejor al mismo tiempo.
—Siete puntos del ritual —dijo Renata, guardando la brújula, que por primera vez en todo el viaje se había quedado completamente tibia, sin arder ni un poco, como si también ella pudiera, por fin, descansar—. Falta uno.
—El último —dijo Emilio, ya sin ganas de bromear, mirando hacia el cielo que se aclaraba despacio sobre los tejados de Papantla—. Y por lo que dijo Ehécatl, ese va a ser el que de verdad nos va a costar.
Renata se quedó callada un momento, mirando hacia el poste, hacia el cielo que empezaba a aclarar sobre Papantla, todavía con restos de viento oscuro deshaciéndose entre las nubes bajas, como humo que tarda en irse del todo.
—No sé si alguien puede estar lista para un final así —dijo, por fin, en voz muy baja, casi para sí misma—. Pero prefiero no estarlo contigo al lado, que estarlo sola.
El caporal los vio alejarse por la calle empedrada, las dos siluetas cada vez más pequeñas contra la luz naranja del amanecer, y antes de que se perdieran de vista, alcanzó a decir, casi para sí mismo, mirando el cielo con los ojos entrecerrados y una arruga nueva de preocupación cruzándole la frente:
—Cincuenta y dos vueltas. Un ciclo completo. Ya casi cierran el suyo. Ojalá el viento los siga tratando con la misma suerte que esta noche.
Fin (por ahora).
Episodio 8 — "El Quinto Sol no se apaga solo" (CDMX — Final de temporada)
I. Un año, un día, una hora
Un año exacto después de aquel apagón en la colonia Condesa, Emilio estaba tirado en su cama, con la tarea de historia a medio hacer y la pieza de cobre de Altagracia colgada del cuello —ya nunca se la quitaba, ni para dormir, ni para bañarse, ni siquiera esa vez que su mamá insistió tanto que casi se la arranca del cuello con todo y cadena—, cuando notó algo que le puso los pelos de punta antes de que pasara nada extraño siquiera: el reloj de su buró marcaba las 11:58 de la noche, y llevaba exactamente un año, al minuto, desde el primer mensaje.
—No —dijo en voz alta, a la nada, como si eso pudiera detener lo inevitable—. No, no, no. Hoy no. Tengo examen de mate mañana.
Se quedó viendo el techo de su cuarto, y sin querer, como pasaba cada vez que se distraía un poco, empezó a repasar el año entero en su cabeza: el nahual de Oaxaca aprendiendo a ser una sola persona otra vez; el agua negra del cenote y la sombra de una niña que finalmente pudo descansar; el fuego de Curicaueri iluminando la cara de un bisabuelo que jamás conoció en persona pero que de pronto sentía suyo; la lluvia de Cholula cayendo sobre un miedo que llevaba guardando desde que tenía doce años; el laberinto de tumbas y las trece veladoras consumiéndose; el viento oscuro tratando de tirarlos del cielo en Papantla. Siete grietas. Siete lecciones que ahora traía cosidas debajo de la piel, como cicatrices que en vez de doler, sostenían.
La luz se fue en toda la colonia a las 11:59. Y a las 12:00 en punto, con la puntualidad más cruel del mundo, su celular al 12% de batería —siempre al 12%, como si el universo entero tuviera un sentido del humor muy específico y muy cansado— se encendió solo con un mensaje sin remitente:
"Chapultepec. Ahora. Es hora de cerrar lo que empezaron."
Emilio se quedó viendo la pantalla, respirando despacio, y por un segundo se rió, una risa medio histérica, medio resignada.
—Un año entero —le dijo al techo de su cuarto—. Un año entero y ni siquiera me dejaron dormir bien la noche antes del examen.
Le mandó una foto del mensaje a Renata sin escribir nada más. La respuesta llegó en menos de diez segundos:
"Ya lo vi. Ya voy para allá. No entres sin mí esta vez."
"Nunca entré sin ti, para que sepas."
"La primera vez sí. Técnicamente entraste medio segundo antes que yo."
"Eso no cuenta."
"Cuenta. Ya voy."
II. Lo que quedó atrás
Salió de su cuarto en pants de dormir, sin tiempo para cambiarse, bajando las escaleras de dos en dos mientras su mamá le preguntaba algo desde la cocina que no alcanzó a escuchar del todo, algo sobre la tarea, sobre la hora, sobre por qué llevaba tanta prisa un martes cualquiera. No se detuvo a explicar. Nunca sabía cómo explicarlo, en realidad, ni falta que hacía ya: bastaba con salir corriendo y confiar en que el mundo, otra vez, iba a esperar a que llegara.
Afuera, la calle de la Condesa estaba oscura por el apagón, las mismas jacarandas de siempre proyectando sombras alargadas bajo la luna, y por un instante Emilio sintió que el año entero se comprimía en un solo paso, como si no hubiera pasado el tiempo entre esa primera noche y esta, como si Oaxaca y Yucatán y Michoacán y Puebla y el Día de Muertos y Veracruz hubieran ocurrido todos, simultáneamente, en la misma respiración.
III. El cerro que los esperaba
Corrieron entre los mismos árboles del bosque de Chapultepec —Emilio en pants de dormir, Renata todavía con el delantal de la cocina puesto porque había salido de su casa a media cena, sin siquiera desatarse el moño de la espalda—, guiados otra vez por una luz verde en espiral que subía desde la base del cerro. Solo que esta vez la luz no era tranquila ni constante como la del primer año. Parpadeaba, se apagaba por completo un instante, y volvía a encenderse con más fuerza, como una vela luchando contra un viento que nadie más podía sentir.
—¿Se supone que la grieta no se había cerrado para siempre? —preguntó Emilio, sin dejar de correr, con el delantal de Renata ondeando ridículamente detrás de ella como una capa de superhéroe mal planeada.
—Se cerró la de hace un año —contestó Renata, con la brújula ardiendo entre las manos, más caliente de lo que jamás la habían sentido, tanto que tuvo que pasarla de una mano a la otra para no quemarse—. Esta es distinta. Esta se está abriendo por su cuenta. Y no debería.
—Oye, dato curioso e inútil para este momento —dijo Emilio, jadeando—: llevas puesto un delantal que dice "Bésame, estoy cocinando".
—CÁLLATE, EMILIO.
—Nada más digo que si esto es lo último que vemos en la vida, quiero que sepas que ese detalle me va a acompañar hasta el más allá.
—PUES YA ESTAMOS PRÁCTICAMENTE EN EL MÁS ALLÁ, ASÍ QUE APÚRATE.
Llegaron a la base del cerro justo cuando la roca se partió con un crujido que sacudió la tierra bajo sus pies, mucho más violento que el del año anterior, tan fuerte que ambos cayeron de rodillas sobre la tierra húmeda. De la grieta no salía solo luz esta vez: salía frío, un frío que no tenía nada que ver con la temperatura del aire, sino con algo más viejo y más hambriento, algo que Emilio sintió meterse debajo de la ropa, entre los huesos, como si mil dedos helados lo palparan buscando el lugar exacto donde más doliera.
IV. Siete llamas, una puerta
Adentro, el túnel de piedra tallada con serpientes —que juraría Emilio, otra vez, que se movían un poco cuando nadie las miraba directamente— los llevó hasta la plataforma suspendida sobre el vacío estrellado. Solo que esta vez no estaban solos con Quetzalcóatl.
Flotando en el vacío, formando un círculo alrededor de la plataforma, había siete presencias distintas, cada una reconocible al instante: el nahual de Oaxaca, ya completo, con su forma de hombre y coyote en paz consigo misma; Ix Chel, con su luz de luna serena flotando sobre un espejo de agua que no debería existir en pleno vacío estrellado; Curicaueri, ardiendo sin quemar nada a su alrededor, cada llama de su cuerpo temblando como si respirara; Tláloc, con su lluvia convertida en una llovizna casi cariñosa que caía hacia arriba en vez de hacia abajo; la Cihuateteo, con su mitad de flores brillando suave, la otra mitad de hueso reflejando la luz de las estrellas apagadas del vacío; y Ehécatl, moviendo el aire con una calma que contrastaba, dolorosamente, con lo que Emilio recordaba de Papantla.
—Guardianes del Quinto Sol —dijo Quetzalcóatl, con su voz resonando dentro de sus cabezas como la primera vez, aunque ahora con un peso distinto, más grave—. Completaron siete puntos del ritual. Cada uno de mis hermanos y hermanas les entregó parte de su fuerza.
—Y yo un poquito de humor, que buena falta les hacía a estos dos —agregó una voz mucho más chiquita, saliendo de detrás de una de las piernas de Curicaueri.
El chaneque del metro asomó la cabeza, con su pelota de luz ya completamente recargada, brillando fuerte, y con un moño improvisado en la cabeza que claramente había robado de algún puesto de dulces cercano al panteón.
—¿Tú qué haces aquí? —preguntó Emilio, genuinamente sorprendido.
—Me invitaron a la fiesta final. Aunque, viendo las caras que traen todos, no sé si "fiesta" es la palabra correcta. —Miró a Renata de arriba abajo—. Lindo delantal, por cierto.
—NO EMPIECES TÚ TAMBIÉN.
—No es una fiesta —dijo Quetzalcóatl, sin ningún humor en la voz—. Es una despedida, o un comienzo. Todavía no sabemos cuál de las dos.
El ambiente se volvió, de golpe, mucho más pesado. El chaneque se escondió otra vez detrás de Curicaueri, ya sin ganas de más chistes.
—¿Por qué esto se siente distinto a todo lo demás? —preguntó Renata, con la voz baja.
—Porque esto mismo hizo que las Tzitzimime entendieran lo que se les venía encima —dijo Quetzalcóatl—. Y no pensaban esperar tranquilas a que ustedes terminaran su trabajo.
—¿Dónde están? —preguntó Emilio, sintiendo que el aire se enfriaba más con cada palabra, un frío que ya conocía de la tormenta de Cholula y del viento oscuro de Papantla, pero multiplicado, concentrado, denso como agua a punto de convertirse en hielo.
Como respuesta, el vacío estrellado bajo la plataforma se abrió como una boca gigantesca, un desgarro de oscuridad total dentro de la oscuridad ya existente, y de ahí emergieron no una, sino docenas de siluetas de huesos y estrellas apagadas, con coronas de cráneos girando cada vez más rápido, todas mirando hacia arriba, hacia los dos primos, con un hambre que llevaba quinientos veinte días esperando exactamente este momento.
V. La primera oleada
—¡NO SE ACERQUEN MÁS! —rugió Curicaueri, y de sus manos brotaron dos columnas de fuego que se lanzaron hacia el frente de las Tzitzimime más cercanas, iluminando el vacío entero con un resplandor anaranjado que por un instante hizo retroceder a la horda entera.
—¡Yo las distraigo por el flanco! —gritó Ix Chel, y el agua del espejo se elevó en una ola gigantesca que se estrelló contra otro grupo de sombras, deshaciendo a varias de ellas en vapor plateado que se disolvió en el vacío.
Tláloc levantó los brazos y una lluvia de rayos diminutos, más parecidos a estrellas fugaces que a relámpagos, cayó sobre una tercera oleada, mientras Ehécatl formaba un remolino que empujaba a las Tzitzimime más lentas fuera del alcance de la plataforma.
Por un momento, un momento glorioso y breve, pareció que los siete guardianes juntos iban a poder contener a la horda entera. El chaneque corría de un lado a otro, lanzando su pelota de luz contra cualquier sombra que se acercara demasiado, gritando insultos que ni Emilio ni Renata lograban entender del todo, en una mezcla de náhuatl y groserías modernas que sonaban casi tiernas en su boca.
—¡ESTÁN GANANDO! —gritó Emilio, con una esperanza que le subió al pecho como aire fresco.
Pero las Tzitzimime que se deshacían no desaparecían del todo: se fundían unas con otras, formando sombras más grandes, más densas, más hambrientas, aprendiendo, en tiempo real, a esquivar el fuego de Curicaueri y las olas de Ix Chel.
—¡SE ESTÁN ADAPTANDO! —gritó Renata, viendo con horror cómo una de las sombras fusionadas avanzaba directamente hacia Tláloc, ignorando por completo su lluvia de rayos, y lo envolvía en un abrazo helado que lo hizo caer de rodillas.
—¡TLÁLOC! —gritó Ix Chel, volteando justo a tiempo para recibir el mismo trato: dos sombras más la rodearon, apagando su luz de luna poco a poco, como una vela cubierta con las manos.
VI. La barrera se rompe
Uno por uno, los guardianes empezaron a caer, no destruidos, pero sí silenciados, envueltos en capullos de sombra que los inmovilizaban contra los bordes del vacío estrellado. Curicaueri fue el último en resistir, con las llamas cada vez más pequeñas, más azules, gastando lo último de su fuerza en mantener una pared de fuego entre la horda y la plataforma.
—¡NO VAN A DURAR! —gritó el chaneque, esquivando por poco una garra de sombra que le pasó rozando la oreja—. ¡ESTO ESTÁ MUY MAL, ESTO ESTÁ MUY, MUY MAL!
—Un solo Emilio, una sola Renata —dijo la voz que hablaba por todas ellas al mismo tiempo, un coro de mil cristales rotos que hizo que a Emilio se le doblaran un poco las rodillas—. Y ustedes dos creyeron que podían cerrarnos la puerta. Qué ternura, ver a sus siete amiguitos intentando protegerlos. Qué inútil, también.
La última pared de fuego de Curicaueri se apagó con un siseo, y la barrera completa de sombra que aún los separaba de la horda se cerró de golpe, dejando a los siete guardianes atrapados afuera, golpeando contra ella sin lograr atravesarla, sus voces ahogadas y distantes, como gritos escuchados debajo del agua.
—Esto es entre nosotras y ellos dos —dijo el coro—. Como siempre debió ser.
VII. Lo que el miedo no puede tocar
Emilio se sujetó del borde de la plataforma con una mano, y con la otra, sin pensarlo, tomó la de Renata, que temblaba tanto como la de él. El chaneque, atrapado del lado equivocado de la barrera junto con los demás guardianes, les gritaba algo que ya no lograban escuchar, su pelota de luz reducida a un parpadeo desesperado contra el muro de sombra.
—Necesitamos un plan —dijo Renata, con la voz quebrada, buscando algo, cualquier cosa, en su cabeza siempre organizada, y no encontrando absolutamente nada, un vacío blanco donde siempre había habido estrategias, listas, pasos ordenados—. Necesito un plan y no tengo ninguno, Emilio, por primera vez en mi vida no tengo ningún plan. Y ahora ni siquiera tenemos a los guardianes para ayudarnos.
—Lo sé —dijo Emilio, sorprendentemente tranquilo, o tal vez tan aterrado que había cruzado al otro lado del miedo, a ese espacio raro donde ya no queda más que decidir—. Yo tampoco. Pero llevamos siete grietas sin plan y aquí seguimos. Y esta vez tampoco estamos solos del todo. Ellos siguen ahí afuera, luchando por llegar a nosotros. Eso también cuenta.
—¡ESTO ES DISTINTO! ¡ESTO ES TODAS ELLAS, JUNTAS, Y NOSOTROS DOS SOLOS!
—Entonces respondamos con todo lo que hemos juntado nosotros también.
Las Tzitzimime se acercaron más, y su frío empezó a quemar como fuego al revés, subiendo por los tobillos de los dos primos, que seguían sujetos al borde de la plataforma con las puntas de los dedos, la madera crujiendo, el vacío llamándolos con una gravedad que no debería existir.
—Cuéntenme sus miedos —exigió el coro, con cientos de voces superponiéndose en una sola, hambrienta—. Los de verdad. Los que no le han dicho a nadie. Aliméntennos, y tal vez los dejemos ir enteros.
—No —dijo Emilio, con la voz firme, aunque el frío ya le llegaba a las rodillas, subiendo despacio, como agua helada llenando una tina—. No les vamos a dar nuestros miedos. Les vamos a decir la verdad completa. Y esas no son la misma cosa.
VIII. La verdad completa
—Tengo miedo de que mis papás nunca vuelvan a estar en el mismo cuarto sin pelear —dijo Emilio, gritando por encima del rugido helado que subía desde el vacío, cada palabra costándole un esfuerzo físico, como si las estuviera arrancando de un lugar muy hondo—. Tengo miedo de olvidarme de la cara de mi abuelo, como se me olvida un poco más cada noviembre. Tengo miedo de las tormentas, desde aquella noche que tronaba mientras me decían que ya no iban a vivir juntos. Tengo miedo de las alturas, del vacío, de caerme sin que nadie me sostenga. Tengo miedo de no ser suficiente para cuidar a las personas que quiero. Todo eso es cierto. Pero también es cierto que aprendí a decirlo en voz alta sin que me partiera en dos. Y eso ustedes no me lo pueden quitar, porque ya no vive escondido donde lo puedan encontrar.
El frío, por un instante, titubeó, retrocediendo unos centímetros, como una ola que se detiene antes de romper del todo.
—Tengo miedo de no controlar nada —dijo Renata, con lágrimas que ya no intentaba esconder, cayéndole por la cara mezcladas con el sudor frío del pánico—. Tengo miedo de que un día mi mamá se vuelva a enfermar y yo no sepa qué hacer, otra vez, como cuando tenía ocho años y no lloré ni una sola vez porque alguien tenía que ser fuerte. Tengo miedo de necesitar a alguien tanto como necesito a Emilio, porque eso significa que también puedo perderlo. Tengo miedo de que planear todo, de que controlarlo todo, nunca sea suficiente para protegerlo. Pero aprendí, en un cenote, en una plataforma en el cielo sobre Papantla, que necesitar a alguien no es debilidad. Es la cosa más valiente que he hecho en toda mi vida.
La barrera de sombra que retenía a los siete guardianes tembló con un sonido de cristal a punto de romperse, y grietas de luz empezaron a abrirse entre ella, delgadas al principio, como venas de oro en piedra negra.
—¡ESO! ¡ASÍ SE HACE! —se alcanzó a escuchar la voz del chaneque, amortiguada del otro lado de la barrera—. ¡SIGAN, SIGAN, YA CASI!
—No es suficiente —dijo el coro, aunque su voz sonaba, por primera vez, menos segura, con una grieta propia abriéndose entre las mil voces superpuestas—. Palabras. Nada más son palabras.
IX. El sacrificio que no era el que esperaban
—Basta de palabras —rugió el coro de Tzitzimime, furioso, sintiendo que su fuerza empezaba a resbalarse entre los dedos que no tenían—. El ritual pide un sacrificio de verdad. Uno de los dos tiene que quedarse. Esa fue siempre la letra chica que Quetzalcóatl nunca les leyó completa.
—¡ESO NO ES CIERTO! —gritó Quetzalcóatl, golpeando la barrera desde afuera con todo el cuerpo, una y otra vez, sin lograr atravesarla, su voz cada vez más desesperada—. ¡EL SACRIFICIO NUNCA FUE DE SANGRE! ¡SE LOS DIJE DESDE EL PRIMER DÍA!
—Entonces que sacrifiquen lo único que de verdad les costaría soltar.
Emilio y Renata se miraron, empapados en sudor frío, con el vacío mordiéndoles ya las rodillas, y sin necesidad de hablarlo, entendieron al mismo tiempo, en ese lenguaje sin palabras que solo se construye después de siete grietas juntos. Emilio se quitó del cuello, con dedos temblorosos, la pieza de cobre de Altagracia, todavía brillando con el fuego de Curicaueri. Renata levantó la brújula de jade, la que la había elegido a ella primero, hacía ya más de un año, la que había cargado en cada bolsillo, en cada mochila, en cada momento de miedo.
—Nos vamos a quedar sin la prueba de que esto fue real —dijo Renata, con la voz rota pero decidida—. Sin el objeto. Pero no sin lo que aprendimos con él.
—El objeto nunca fue lo importante —dijo Emilio—. Eso también lo aprendimos.
—¡ESPEREN, ESPEREN! —se escuchó gritar al chaneque desde afuera de la barrera, su voz apenas audible entre el rugido del vacío—. ¿SEGUROS? ¡ESO SE VE COMO ALGO QUE NO SE PUEDE DESHACER!
—Segurísimos —contestó Emilio, sin voltear, sin dudar ni un segundo más.
Lanzaron el cobre y la brújula, juntos, hacia el centro del vacío estrellado, hacia las Tzitzimime, en vez de sujetarlos con miedo a perderlos, en el gesto exactamente opuesto a todo lo que el terror les había estado pidiendo hacer durante las últimas horas.
X. El Quinto Sol
Donde cayeron los dos objetos, estalló una luz dorada que no venía del fuego ni del jade. La luz se expandió como un amanecer completo dentro del vacío estrellado, una onda de calor dorado que hizo retroceder a Emilio un paso, cubriéndose los ojos, envolviendo a cada una de las Tzitzimime, que empezaron a deshacerse, no con violencia, sino como sombras que por fin encuentran una lámpara encendida en un cuarto que llevaban siglos a oscuras.
—No nos destruyen —susurró el coro, cada vez más débil, casi con algo parecido al alivio, la furia desmoronándose en algo mucho más suave—. Nos… completan.
La barrera de sombra se rompió del todo con un estruendo de cristal, y los siete guardianes, liberados de golpe, cruzaron corriendo hasta la plataforma, sosteniendo a Emilio y Renata justo cuando las fuerzas les fallaban a los dos y las piernas amenazaban con doblarse. Curicaueri, todavía débil, envolvió a ambos en un abrazo de calor que no quemaba, solo reconfortaba. Ix Chel les puso las manos en la frente, borrando el frío que aún les corría por las venas.
—¡AHÍ ESTÁN! —gritó el chaneque, llegando el último, sin aliento, con la pelota de luz brillando otra vez a máxima potencia—. NO PUEDO CREER QUE LO HICIERAN. O SEA, SÍ LO CREO, PERO NO PUEDO CREER LO BIEN QUE SE VIO. DIGO, ADEMÁS DE ATERRADOR. PERO TAMBIÉN MUY BIEN VISTO.
—Octavo punto del ritual —dijo Quetzalcóatl, con una voz que por primera vez sonó, además de antigua, orgullosa, casi emocionada—. Completado. El Quinto Sol sigue encendido. Y esta vez, con guardianes que entendieron que la luz nunca se cuida sola.
XI. Quien mandó el primer mensaje
—Una última cosa —dijo Emilio, ya con la respiración recuperándose poco a poco, todavía sentado en el suelo de la plataforma porque no confiaba del todo en sus propias piernas—. Hace un año, alguien nos mandó un mensaje a medianoche. Sin remitente. Nunca supimos quién.
Quetzalcóatl inclinó la cabeza hacia la Cihuateteo, que sonrió, con la mitad de flores de su rostro brillando suave.
—Fue la brújula —dijo ella—. O, más bien, fue Altagracia, dormida dentro de la brújula desde el día en que la forjó, esperando a que alguien de su sangre estuviera cerca de un teléfono con suficiente miedo adentro como para necesitar una grieta. Ella nunca dejó de cuidar a su familia. Nada más esperó pacientemente a que ustedes estuvieran listos para escucharla.
—¿Y ahora que ya no tenemos la brújula? —preguntó Renata, con un dejo de tristeza en la voz—. ¿Ella también se fue?
—Ella se dio, que es distinto a irse —dijo la Cihuateteo—. Y algo de ella se queda siempre, en cualquiera que aprenda a cuidar a los suyos como ella cuidó a los suyos.
Emilio sintió que se le cerraba la garganta, de una manera que ya no dolía, solo pesaba, como algo bueno que por fin encontraba su lugar.
—Oigan —dijo el chaneque, rompiendo el momento solemne con la delicadeza de quien no tiene ninguna—, ¿esto significa que ya no van a venir a visitarnos? Porque la neta me había acostumbrado a la emoción. Y a los amigos nuevos. Y honestamente a tener algo que contarle a los demás chaneques del túnel, que llevan siglos sin nada interesante que hacer más que jugar con pelotas de luz.
—Chaneque —dijo Ix Chel, sin abrir los ojos—, cállate un poquito.
—Ya, ya, entendido. Aunque para que sepan, sí me caen bien. Los dos. Aunque uno tiene mal gusto para delantales.
—CHANEQUE.
XII. El amanecer de siempre
Cuando salieron del cerro, tambaleándose, apoyados el uno en el otro, las luces de la colonia Condesa se encendían otra vez, casa por casa, como aquella primera noche, y el cielo se abría en los mismos tonos naranjas de hacía un año, aunque esta vez algo se sentía distinto: más quieto, más completo, como el silencio después de una tormenta que por fin escampó de verdad.
En la reja del bosque, esperando sin saber muy bien por qué habían sentido la necesidad de estar ahí esa madrugada, estaban el papá y la mamá de Emilio, parados juntos, no como pareja, pero sí como los dos adultos que, a su manera, nunca habían dejado de cuidarlo.
—¿Dónde andabas? —preguntó su papá, mitad regaño, mitad alivio, revisándolo de arriba abajo como buscando algún golpe.
—Es una historia larga —dijo Emilio, sonriendo, cansado como nunca en su vida, con la ropa sucia de tierra del túnel y una sonrisa que no le cabía en la cara—. Se las cuento en el desayuno. A las dos casas. Al mismo tiempo, si se puede.
Sus papás se miraron, sorprendidos, y por primera vez en mucho tiempo, sin pelear. Su mamá hasta se rió, un poco, algo que Emilio no le escuchaba hacer frente a su papá desde hacía más de un año.
—A las dos casas, entonces —dijo ella—. Aunque no sé si te van a creer nada de lo que digas.
—No importa si me creen —dijo Emilio, repitiendo, sin darse cuenta, las palabras exactas que él mismo había dicho un año atrás—. Nosotros sabemos lo que pasó. Y sabemos que la próxima vez que la ciudad nos necesite… vamos a estar listos.
Renata se guardó en el bolsillo un pedacito diminuto de jade que había quedado, intacto, entre la ceniza dorada del vacío estrellado —lo único que sobrevivió de la brújula original— y se lo mostró a Emilio con una sonrisa cansada, las dos caras todavía manchadas de tierra y lágrimas secas.
—Creo que Altagracia todavía tiene planes para nosotros —dijo—. Nada más que esta vez, va a tener que esperar a que terminemos la secundaria primero.
—Ocho puntos del ritual —dijo Emilio, mirando el amanecer completo sobre Chapultepec, el bosque entero despertando con ellos—. Ninguno pendiente.
—Por ahora —contestó Renata, guardando el pedacito de jade—. Con esta familia, nunca se sabe cuánto dura el "por ahora".
—Oye, Renata.
—¿Qué?
—Todavía traes puesto el delantal de "Bésame, estoy cocinando".
Renata se quedó viendo el delantal, manchado de ceniza dorada y tierra de túnel, y por primera vez en toda la noche, los dos se rieron de verdad, una risa que les sacudió el cuerpo entero, esa risa que solo llega cuando el peligro ya pasó de verdad y el cuerpo por fin se da permiso de soltar todo lo que estuvo cargando.
XIII. Epílogo — unos meses después
La vida, después de eso, siguió siendo exactamente lo que siempre había sido: tarea, exámenes de mate, comidas de domingo divididas entre dos casas, la rutina normal de dos primos de catorce y quince años, a nada de cumplir quince y dieciséis. La brújula ya no existía. El cobre tampoco. Y sin embargo, algunas tardes, sin ningún motivo aparente, el pedacito de jade que Renata guardaba en una cajita sobre su buró se ponía tibio durante unos segundos, como quien saluda de lejos, y luego volvía a enfriarse, tranquilo.
Un domingo cualquiera, meses después, Emilio y Renata visitaron juntos, por primera vez, la tumba de la que ahora sabían que era su tatarabuela Altagracia, en un panteón de verdad, sin grietas ni portones mágicos, nada más piedra y flores frescas que llevaron ellos mismos. No dijeron nada trascendental. Nada más se quedaron ahí un rato, en silencio, dejando las flores, y Emilio pensó que, de todas las cosas raras que le habían pasado ese año, esa era, sin duda, la más normal y la más importante al mismo tiempo.
—¿Crees que ya se acabó? —le preguntó a Renata, de regreso a casa—. Lo de las grietas, digo.
Renata se quedó pensando, con esa cara que ponía cuando de verdad no tenía la respuesta y, por primera vez en su vida, eso le parecía bien.
—No sé —dijo, por fin—. Pero si algo aprendí este año, es que no hace falta saberlo todo de antemano. Nada más hay que estar listos para cuando toque.
—Guardianes del Quinto Sol —dijo Emilio, con media sonrisa—. Suena bien en curriculum, ¿no crees?
—Nadie te va a creer eso en ninguna solicitud de trabajo, Emilio.
—Uno nunca sabe.
Caminaron el resto del camino a casa sin apurarse, sin brújula que los guiara, sin ninguna luz verde llamándolos desde ningún cerro, nada más los dos, primos, casi hermanos, cargando entre los dos un año entero de mitos que resultaron ser, después de todo, tan reales como el sol que los alumbraba esa tarde de domingo.
Fin. ( ahora de verdad.)
Los ocho episodios de la temporada, disponibles en formato Word:
Episodio 1 — La llama en el cielo
LA GRIETA
Los Ocho Presagios
Episodio Uno — “La llama en el cielo” (Ciudad de México)
Episodio 1 — “La llama en el cielo” (Ciudad de México)
I. Lo que salió en las noticias
Once meses después de aquel amanecer sobre Chapultepec, Emilio tenía quince años recién cumplidos, un examen de biología que no había estudiado, y la costumbre nueva de fingir que no le importaba cuando su papá mencionaba a Karina, la novia con la que llevaba saliendo desde marzo.
No estaba pensando en ninguna de esas dos cosas cuando su mamá le gritó desde la sala, por encima del ruido de la tele y del vaso de agua que él tenía a medio camino entre el refrigerador y la boca:
—¡Emilio, ven a ver esto!
El agua estaba helada, recién sacada del refri, y Emilio sintió el frío bajarle por la garganta mientras caminaba descalzo hacia la sala, las plantas de los pies pegándosele un poco al piso de duela recién trapeado. En la tele, un conductor de noticias con cara de no haber dormido bien señalaba una gráfica del cielo nocturno mientras, detrás de él, corría un video borroso grabado con celular, con ese sonido plano y metálico de micrófono de teléfono: una luz blanca, demasiado grande para ser una estrella y demasiado quieta para ser un avión, ardiendo justo encima de la Ciudad de México.
—Autoridades de la UNAM confirman que se trata de un fenómeno astronómico poco común —decía el conductor, con ese tono que usan cuando ni ellos mismos se lo creen del todo—, posiblemente un cometa o un bólido de gran tamaño, visible esta noche desde toda la capital…
Emilio se acercó a la ventana y corrió la cortina. Afuera, sobre los techos de la colonia, había una claridad rara en el cielo, como si alguien hubiera dejado encendido un foco de esos amarillos de emergencia detrás de las nubes delgadas. Se quedó viendo esa luz más tiempo del que hace falta para entender una noticia del clima, con la nariz casi pegada al vidrio frío, empañándolo un poco con el aliento. Porque esa luz, sin que ningún meteorólogo de la tele pareciera notarlo, no se movía como un cometa. No cruzaba el cielo. Ardía fija, exactamente encima del Zócalo, como si alguien hubiera clavado una vela gigante en medio de la noche y se hubiera olvidado de apagarla.
Sacó el celular, todavía con la mano fría por el vaso de agua, y le mandó a Renata una sola palabra: “¿Viste?”
La respuesta llegó antes de que le diera tiempo de guardar el teléfono, con esa vibración corta y ansiosa que Emilio ya asociaba, en algún lugar del estómago, con el peligro: “La caja de mi buró está que arde. Literal. Se me quemó un poco el dedo. Ven.”
II. Lo que quedaba de Altagracia
Emilio llegó a casa de Renata en bicicleta, con el aire de la noche pegándosele frío en la cara y en los brazos descubiertos, oliendo a la mezcla de siempre de esa calle: jazmín de la reja de doña Concha, tacos al pastor de la esquina, y el olor metálico y ligeramente dulzón que dejaba el camión de la basura cuando pasaba temprano. No avisó más que un “voy con mi prima, ya vuelvo” gritado desde la puerta, con el corazón latiéndole más rápido de lo que la subida de la cuadra ameritaba, la respiración agitada silbándole un poco en el pecho.
Renata lo esperaba en la puerta de su cuarto, con la cajita de madera abierta sobre las dos manos como si cargara un carbón encendido que no quería soltar ni tirar. Adentro, el pedacito de jade —lo único que había sobrevivido de la brújula de Altagracia, del tamaño de una uña de pulgar— brillaba con una luz verde que Emilio no había visto desde el vacío estrellado bajo Chapultepec, y que teñía de un tono fantasmal la cara de su prima, las paredes del cuarto, el techo.
Se acercó lo suficiente para sentir el calor que subía de la piedra, un calor extraño, seco, que no se parecía en nada al calor normal de una mano o de una taza de café: era más bien el calor que uno siente en el pecho justo antes de llorar, sin que hubiera ninguna razón física para que una piedra pudiera producir eso.
—Once meses quieto —dijo Renata, sin levantar la vista de la piedra, con la voz apretada—. Ni un parpadeo. Y justo la misma noche que sale un cometa que no se mueve como cometa.
—A lo mejor es casualidad.
—Emilio.
—Ya sé, ya sé. Con nosotros no existen las casualidades. Nada más tenía la esperanza de que, por una vez, sí.
Renata cerró los dedos sobre el jade, y por un segundo, en el silencio del cuarto —un silencio tan completo que Emilio alcanzó a escuchar el tic-tac del reloj de pared del pasillo, y el ladrido lejano de un perro tres casas más allá— los dos pudieron jurar que escucharon algo: no un mensaje sin remitente esta vez, sino un sonido bajito, casi como un suspiro, o como alguien tarareando muy despacio una canción de cuna en un idioma que ninguno de los dos hablaba, pero que de algún modo reconocían, un sonido que les vibró más adentro del oído que en el oído mismo.
Emilio sintió que se le enchinaba la piel de los brazos, cada vello parándose de golpe, un escalofrío que no tenía nada que ver con el aire acondicionado del cuarto.
—Esa no es la voz de Quetzalcóatl.
—No —dijo Renata, guardándose el jade en el bolsillo de la sudadera, ya con las llaves de la bici de su hermano en la otra mano—. Definitivamente no.
III. El Templo Mayor a medianoche
Llegar al centro histórico un martes a las once de la noche, en bicicleta, mintiéndoles a sus respectivas mamás sobre una tarea de último momento en casa del otro, no era exactamente el plan que Emilio tenía para esa semana. Pedalearon por avenidas casi vacías, el zumbido de las llantas sobre el asfalto mojado por una llovizna reciente, el olor a lluvia sobre piedra caliente todavía subiendo del pavimento, y el reflejo anaranjado de los faroles multiplicándose en los charcos. Frenaron junto a la reja del Templo Mayor con un chirrido de llantas que sonó demasiado fuerte en la calle vacía, con el resplandor de la falsa estrella iluminándoles la cara desde arriba, tan brillante que las sombras de los edificios coloniales se veían dobles, unas grises por la luna y otras, más tenues, de un verde pálido que no debería estar ahí.
—Está cerrado —dijo Emilio, jalando la reja de metal, el frío del fierro calándole en los dedos, más por formalidad que porque de verdad esperara que cediera—. Obvio está cerrado. Es un sitio arqueológico. A las once de la noche. Un martes.
—La reja está cerrada —contestó Renata, señalando un tramo de malla ciclónica, más adelante, doblada hacia adentro como si algo, o alguien, ya la hubiera forzado antes que ellos—. Eso no.
—Genial. Nada me tranquiliza más que un boquete en una reja de un sitio arqueológico protegido a medianoche.
Se colaron por la abertura, agachados, sintiendo cómo un alambre suelto le rasguñaba a Emilio la manga de la chamarra con un sonido seco de tela rasgándose apenas, con el corazón latiéndole en los oídos con más fuerza que cuando entró por primera vez a la grieta de Chapultepec. El aire, entre las ruinas del Hueyi Teocalli, cambió por completo apenas cruzaron: olía distinto al aire normal de la ciudad, a piedra mojada y mineral, a copal apagado hacía siglos que aun así seguía dejando un rastro dulzón y ahumado en el fondo de la garganta, y a algo más, algo eléctrico, un olor casi metálico, como el instante justo antes de que caiga un rayo, cuando el aire entero parece cargado de electricidad estática y los pelos de los brazos se erizan solos.
En el centro de las ruinas, flotando justo encima de la piedra tallada con la luna partida de Coyolxauhqui, la falsa estrella ardía tan cerca que Emilio sintió el calor en la cara, aunque no quemaba: era un calor que se sentía, de algún modo raro, como tristeza, un calor húmedo que le recordó, sin saber por qué, al vapor de una regadera después de llorar mucho tiempo bajo el agua caliente. El silencio de la noche se rompía apenas por un zumbido bajo, casi un lamento, que salía del fuego mismo.
—Esto no es un cometa —susurró Renata, con la voz llena de ese respeto casi religioso que le salía siempre frente a algo que confirmaba una de sus teorías—. Es fuego. Fuego real, ardiendo en el aire, sin nada que lo sostenga.
Del otro lado de las ruinas, algo crujió: una pisada sobre grava suelta, deliberada, nada apurada. Una sombra se movió entre las piedras. No era una sombra de teotl. Era, sin ninguna duda, una sombra con forma de persona, vestida de traje, agachada junto a la piedra de Coyolxauhqui con algo brillante en la mano.
IV. El hombre del traje gris
—Buenas noches —dijo el hombre, sin sobresaltarse, sin siquiera voltear del todo, como si llevara rato sintiéndolos ahí—. Qué raro encontrar turistas tan dedicados a esta hora.
Se enderezó despacio, y el sonido de la tela de su traje al moverse fue nítido en el silencio de las ruinas, un frufrú caro, casi quirúrgico. Era un señor mayor, de traje gris impecable a pesar de estar agachado sobre tierra arqueológica, con el pelo blanco perfectamente peinado y unos guantes finos de cuero que no pegaban para nada con la escena. Cuando el viento cambió de dirección, a Emilio le llegó su perfume: algo denso, a cedro y a cuero viejo, tan fuera de lugar entre el copal y la piedra mojada que resultaba, por sí solo, inquietante. En la mano sostenía un aparatito plateado, del tamaño de una brújula, que emitía un pulso de luz cada pocos segundos, acompañado de un clic diminuto, como si estuviera midiendo algo en el aire.
—Nosotros igual le podríamos preguntar lo mismo —dijo Emilio, tratando de sonar más seguro de lo que se sentía, con la boca de pronto seca, colocándose medio paso delante de Renata sin darse cuenta de que lo estaba haciendo—. ¿Usted trabaja aquí?
—Digamos que soy… coleccionista. —El hombre sonrió, una sonrisa que no le llegaba a los ojos, un gesto que a Emilio le recordó, sin poder evitarlo, al hielo agrietándose—. Mi nombre es Nemesio Ostos. Y llevo más años de los que quisiera admitir esperando una noche como esta: cuando el cielo decide, después de quinientos años, empezar a repetirse.
—¿Usted sabe lo que es esto? —preguntó Renata, sin poder contenerse, con esa mezcla suya de miedo y curiosidad que Emilio ya conocía de memoria, la voz apenas temblando en la última palabra.
—Sé que un fuego que arde sin leña, sobre un templo que ya no debería tener poder ninguno, vale una fortuna para la persona correcta —dijo Ostos, guardándose el aparato plateado en el bolsillo del saco con un movimiento tan tranquilo que resultaba más inquietante que cualquier grito—. Y sé que ustedes dos huelen a algo que llevo buscando desde hace mucho más tiempo del que aparento. Ese jade que trae tu prima en el bolsillo, por ejemplo. Chalchihuitl auténtico, forjado con intención, no comprado en un mercado de artesanías. Ese tipo de objeto casi no existe ya. Y lo que casi no existe… se vende carísimo.
Emilio sintió que el estómago se le apretaba, no de miedo esta vez, sino de algo más parecido a coraje, un calor que le subió por el pecho y le llegó hasta las orejas.
—Ese jade no está en venta.
—Todo está en venta, joven —dijo Ostos, con una calma que daba más miedo que cualquier amenaza gritada—. Nada más hay que encontrar el precio correcto. O la manera correcta de quitárselo a quien no quiere venderlo.
V. El fuego que llora
La falsa estrella, encima de ellos, tembló con un chisporroteo que sonó, por un instante, casi como un sollozo contenido, y por primera vez Emilio notó que dentro de la llama había una forma: la silueta borrosa de una mujer, con los brazos extendidos hacia el cielo, la boca abierta en un grito silencioso que no hacía ningún sonido y que, aun así, se sentía en el pecho como un peso, como cuando a uno se le cierra la garganta justo antes de llorar en público y hace todo el esfuerzo del mundo por no dejar que salga.
—Ella tampoco está en venta —dijo una voz nueva, profunda, que hizo eco entre las piedras del teocalli y que Emilio sintió vibrarle en el pecho antes de escucharla del todo con los oídos.
Quetzalcóatl apareció entre dos columnas caídas, más pequeño de lo que Emilio lo recordaba —del tamaño de un caballo grande, no de un camión—, con las escamas doradas apenas brillando bajo la luz de la falsa estrella, como si algo le hubiera costado fuerza para cruzar hasta ahí. Su respiración, si es que una serpiente emplumada respira, se escuchaba pesada, entrecortada. Sus ojos dorados, sin embargo, no habían perdido nada de su peso.
—Tú no deberías poder verme —dijo Quetzalcóatl, con algo parecido a la alarma cruzándole la voz por primera vez.
—Llevo treinta años aprendiendo a ver cosas que la mayoría de la gente decide no ver —contestó Ostos, ajustándose el guante izquierdo con un gesto tranquilo, el cuero crujiendo apenas—. Es, básicamente, mi trabajo.
Renata dio un paso hacia Quetzalcóatl, con los ojos todavía clavados en la silueta llorando dentro del fuego, los pies resbalando un poco sobre la piedra húmeda por el rocío de la noche.
—¿Quién es ella?
Quetzalcóatl tardó en contestar, y cuando lo hizo, su voz sonó más cansada que en cualquier otro momento del año anterior, un cansancio que Emilio pudo sentir físicamente, como una corriente de aire frío que le bajó por la nuca.
—Mi hermana. La que lloró antes que nadie por lo que se venía. Cihuacóatl. —El nombre pareció pesarle al decirlo, salirle despacio, como una piedra que cuesta trabajo levantar—. Y esta noche no es la primera vez que llora. Es la primera de ocho.
—¿Ocho como los ocho puntos del año pasado? —preguntó Emilio, con un mal presentimiento subiéndole por la espalda, frío, como una gota de sudor helado.
—Ocho como los ocho presagios que anunciaron la caída de Tenochtitlan —dijo Quetzalcóatl—. Los que vieron nuestros abuelos diez años antes de que llegaran los hombres del otro lado del mar. El fuego en el cielo. El templo que ardió sin remedio. El rayo sin tormenta. El lago que hirvió. El llanto nocturno. El ave con el espejo. Los hombres de dos cabezas. Ocho señales, ocho advertencias que nadie pudo evitar entonces. Y alguien encontró la manera de hacer que se repitan ahora, aquí, con ustedes dos en medio.
VI. La persecución bajo tierra
Ostos ya se estaba moviendo, con una rapidez que su traje impecable no dejaba sospechar, hacia una abertura entre las piedras que Emilio no había notado antes: la entrada a uno de los túneles de excavación, cerrados al público, que bajaban hacia las capas más viejas del teocalli.
—¡Se está yendo! —gritó Renata.
—¡Pues síguelo tú, yo nada más traje tenis de bicicleta, no de perseguir señores misteriosos bajo tierra! —contestó Emilio, ya corriendo detrás de ella de todos modos, porque quejarse y correr nunca le habían resultado actividades excluyentes.
El túnel bajaba en espiral entre piedras talladas con calendarios que Emilio no supo leer, el aire volviéndose más denso y más húmedo con cada escalón, un olor a tierra removida y a óxido viejo que se le pegaba en el fondo de la lengua. El sonido de sus propios pasos y su propia respiración rebotaba contra las paredes de piedra, multiplicado, como si un ejército entero de Emilios asustados corriera detrás de él. Iluminado apenas por la luz verde del jade que Renata sostenía al frente como una linterna desesperada, el túnel goteaba en algún punto que ninguno de los dos alcanzaba a ver, un plic, plic, plic constante que a Emilio le puso los nervios de punta más que cualquier otra cosa esa noche. Ostos corría adelante, sin perder nunca la elegancia, sus pasos secos y precisos contra la piedra, como si hasta huir bajo tierra a medianoche fuera, para él, un ejercicio de buenos modales.
—¡No van a alcanzarme! —gritó, sin siquiera voltear, la voz rebotando entre las paredes—. ¡Y aunque lo hicieran, no van a poder detenerme con las manos vacías!
El túnel se abrió, de golpe, en una cámara subterránea que ningún arqueólogo había registrado jamás: paredes cubiertas de pinturas descoloridas donde una mujer con la boca abierta en un grito aparecía, una y otra vez, en cada muro, rodeada de figuras diminutas huyendo hacia los bordes de la piedra. El aire aquí abajo era distinto: más frío, casi helado en comparación con el túnel, y tan quieto que Emilio podía escuchar el latido de su propio corazón golpeándole las costillas por dentro.
Ostos se detuvo en el centro, sin aliento por primera vez, el pecho subiéndole y bajándole bajo el saco gris, con una llave de piedra tallada en la mano que brillaba con el mismo verde del jade de Renata.
—Vaya —dijo, entre jadeos, mirando el objeto con una sonrisa que ya no fingía ninguna calma—. Once meses buscando el sitio exacto, y resulta que ustedes dos me lo entregaron en bandeja.
VII. Lo que Emilio no quería decir en voz alta
—Suelte eso —dijo Emilio, con la voz más firme de lo que sentía, aunque las piernas todavía le temblaban de la corrida y sentía el sudor frío pegándosele la playera a la espalda.
—¿O qué? —preguntó Ostos, con genuina curiosidad, sin ninguna amenaza en la voz, lo cual era, de algún modo, mucho peor que si hubiera gritado—. ¿Qué van a hacer dos adolescentes, exactamente?
El fuego de arriba —la llama que ardía sobre el teocalli, que de alguna manera Emilio podía sentir hasta ahí abajo, como un peso en el pecho, como una nota grave que no se escucha con los oídos sino con el esternón— pareció apretarse más fuerte alrededor del corazón de la mujer que lloraba.
—Ella no dejó de llorar en quinientos años —dijo Quetzalcóatl, llegando por fin al fondo del túnel, más despacio que ellos, respirando con esfuerzo, sus garras rozando la piedra con un sonido áspero—. Y este hombre encontró la manera de afinar ese llanto como quien afina una cuerda, hasta convertirlo en algo que se puede usar. Cada presagio que se complete del todo le da más fuerza a lo que sea que busca. No sé qué es. Pero sé que no le importa nada de lo que se rompa en el camino para conseguirlo.
Ostos se guardó la llave de piedra en el bolsillo interior del saco, con el mismo cuidado con que un cirujano guarda un instrumento.
—Su hermana lloró porque vio venir algo que no pudo detener —dijo, mirando a Quetzalcóatl directo a los ojos dorados, sin ningún miedo—. Yo nada más estoy terminando lo que ella empezó a anunciar. Llámenlo destino, si eso los hace sentir mejor.
Emilio sintió algo subirle por el pecho que no era exactamente miedo, aunque se le parecía mucho: la sensación exacta de cuando su papá le presentó a Karina por primera vez, esa certeza fría de que algo ya estaba decidido sin que a él le preguntaran nada, ese mismo nudo apretado en la garganta.
—Yo llevo un año entero aprendiendo que las cosas no tienen que pasar solo porque alguien más ya decidió que van a pasar —dijo, con la voz quebrándose apenas al principio y volviéndose más firme con cada palabra, el eco de la cámara devolviéndole cada frase multiplicada—. Mi papá tiene novia nueva. Mis papás llevan un año separados. Y aun así yo decido, todos los días, quién quiero ser en cada una de las dos casas. Usted no puede simplemente anunciar el futuro y esperar que nosotros nos hagamos a un lado.
Ostos se quedó quieto un segundo, algo parecido a la sorpresa cruzándole la cara por primera vez en toda la noche.
—Qué comentario tan específicamente personal —dijo, por fin—. Guárdenselo para su terapeuta.
—¡Oiga! —gritó Emilio, genuinamente indignado, olvidando por un segundo que estaban en medio de una persecución sobrenatural—. ¡Eso sí que no se vale, yo aquí abriéndome el corazón y usted burlándose!
A pesar de todo, Renata soltó una risa nerviosa, mitad terror, mitad la costumbre de un año entero de que Emilio encontrara el chiste hasta en el peor momento posible, una risa que le salió temblorosa y que retumbó, rara, entre las paredes pintadas.
VIII. Lo que se llevó Ostos
La distracción, mínima como fue, le bastó a Ostos. Con un movimiento rápido sacó del otro bolsillo un puñado de polvo dorado que lanzó contra las paredes pintadas, y las figuras de la mujer llorando, en cada muro, se encendieron de golpe con una luz cegadora, un fogonazo blanco acompañado de un chasquido seco como de electricidad estática, que hizo que Emilio y Renata se cubrieran los ojos por instinto, el calor de la explosión de luz rozándoles la piel de la cara por una fracción de segundo.
Cuando la luz bajó y Emilio pudo volver a abrir los ojos, parpadeando contra las manchas verdes que le quedaron flotando en la vista, la cámara estaba vacía, con un fuerte olor a quemado flotando en el aire, como cerillo recién apagado. Ostos ya no estaba, y con él se había ido también la llave de piedra tallada.
—¡NO! —gritó Quetzalcóatl, golpeando la pared con una fuerza que hizo temblar todo el túnel, un estruendo sordo que Emilio sintió en las plantas de los pies, algo que jamás lo había visto hacer, ni siquiera en el peor momento del año anterior—. Esa llave abría el segundo presagio. La necesitaba para poder guiarlos con seguridad. Sin ella, van a tener que encontrar el camino solos.
—Genial —dijo Emilio, sentándose de golpe en el piso de piedra, sintiendo el frío húmedo calarle a través de los pantalones, con las piernas por fin rindiéndose después de tanta adrenalina—. Absolutamente genial. Un villano con guantes de cuero y modales de mayordomo nos acaba de ganar la primera ronda.
—No la ganó del todo —dijo Renata, muy despacio, mirando su propio bolsillo.
El jade, ahí adentro, había dejado de arder. Ya no brillaba verde intenso: brillaba, apenas, con una calidez tranquila contra la palma de su mano, como una brasa que sabe que todavía le queda mucho por delante.
IX. El fuego que encontró su cauce
Arriba, cuando por fin subieron de vuelta a las ruinas, con el aire fresco de la madrugada golpeándoles la cara después del encierro húmedo del túnel, la falsa estrella sobre el Zócalo empezaba a apagarse, poco a poco, no como si alguien la hubiera vencido, sino como si, por primera vez en quinientos años, alguien la hubiera escuchado de verdad. El zumbido triste que había llenado el aire toda la noche se fue apagando también, hasta dejar solo el silencio normal de una madrugada de martes, roto apenas por el ladrido lejano de un perro y el motor de un camión de limpia arrancando varias cuadras más allá.
—No completamos nada —dijo Emilio, mirando hacia arriba, sin entender del todo—. Ostos se llevó la llave. ¿Por qué se está apagando?
—Porque el primer presagio nunca pidió que ganaran una pelea —dijo Quetzalcóatl, con la voz todavía cansada, pero un poco menos—. Pedía que alguien, después de quinientos años, se quedara a escuchar su llanto sin salir corriendo. Ustedes se quedaron. Eso ya cuenta, aunque Ostos se haya ido con la llave.
La silueta de la mujer, dentro de lo que quedaba de la llama, pareció voltear hacia ellos por un instante, y aunque no tenía rostro definido, Emilio pudo jurar que, por un segundo, dejó de llorar.
—Primer presagio, contenido, no cerrado —dijo Quetzalcóatl—. Faltan siete. Y ahora, además, alguien más los está buscando con ustedes.
X. Camino a casa
Pedalearon de vuelta por calles ya casi vacías, con el amanecer empezando a teñir de naranja los edificios coloniales del centro, el aire todavía frío pegándose en la piel sudada, demasiado cansados para hablar mucho, hasta que Emilio, sin poder evitarlo, rompió el silencio.
—Oye, Renata.
—¿Qué?
—¿Tú crees que el señor Ostos tenga, tipo, una tarjeta de presentación? Porque “coleccionista siniestro con guantes de cuero que roba llaves mágicas” suena a una profesión con nombre más corto.
—Se llama villano, Emilio. La palabra que buscas es villano.
—Nada más digo que para ser un villano tiene mejores modales que la mitad de mis maestros.
Renata se rió, cansada, con el jade otra vez tibio y tranquilo en el bolsillo de la sudadera, el sonido de las llantas contra el pavimento mojado marcando el ritmo de su risa.
—Un presagio contenido —dijo, más para sí misma que para él—. Faltan siete.
—Y ahora con villano de traje incluido —agregó Emilio—. El año pasado nada más eran teteo. Este año subimos de nivel.
Sobre sus cabezas, el cielo de la Ciudad de México se aclaraba despacio, con el primer canto de un zanate rompiendo el silencio desde algún cable de luz, sin ningún rastro ya de la falsa estrella, aunque ninguno de los dos pudo evitar, esa noche, revisar dos veces que no hubiera ninguna luz rara asomándose entre las nubes antes de por fin quedarse dormidos.
Fin (por ahora).
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LA GRIETA
Los Ocho Presagios
Episodio Uno — “La llama en el cielo” (Ciudad de México)
Episodio 1 — “La llama en el cielo” (Ciudad de México)
I. Lo que salió en las noticias
Once meses después de aquel amanecer sobre Chapultepec, Emilio tenía quince años recién cumplidos, un examen de biología que no había estudiado, y la costumbre nueva de fingir que no le importaba cuando su papá mencionaba a Karina, la novia con la que llevaba saliendo desde marzo.
No estaba pensando en ninguna de esas dos cosas cuando su mamá le gritó desde la sala, por encima del ruido de la tele y del vaso de agua que él tenía a medio camino entre el refrigerador y la boca:
—¡Emilio, ven a ver esto!
El agua estaba helada, recién sacada del refri, y Emilio sintió el frío bajarle por la garganta mientras caminaba descalzo hacia la sala, las plantas de los pies pegándosele un poco al piso de duela recién trapeado. En la tele, un conductor de noticias con cara de no haber dormido bien señalaba una gráfica del cielo nocturno mientras, detrás de él, corría un video borroso grabado con celular, con ese sonido plano y metálico de micrófono de teléfono: una luz blanca, demasiado grande para ser una estrella y demasiado quieta para ser un avión, ardiendo justo encima de la Ciudad de México.
—Autoridades de la UNAM confirman que se trata de un fenómeno astronómico poco común —decía el conductor, con ese tono que usan cuando ni ellos mismos se lo creen del todo—, posiblemente un cometa o un bólido de gran tamaño, visible esta noche desde toda la capital…
Emilio se acercó a la ventana y corrió la cortina. Afuera, sobre los techos de la colonia, había una claridad rara en el cielo, como si alguien hubiera dejado encendido un foco de esos amarillos de emergencia detrás de las nubes delgadas. Se quedó viendo esa luz más tiempo del que hace falta para entender una noticia del clima, con la nariz casi pegada al vidrio frío, empañándolo un poco con el aliento. Porque esa luz, sin que ningún meteorólogo de la tele pareciera notarlo, no se movía como un cometa. No cruzaba el cielo. Ardía fija, exactamente encima del Zócalo, como si alguien hubiera clavado una vela gigante en medio de la noche y se hubiera olvidado de apagarla.
Sacó el celular, todavía con la mano fría por el vaso de agua, y le mandó a Renata una sola palabra: “¿Viste?”
La respuesta llegó antes de que le diera tiempo de guardar el teléfono, con esa vibración corta y ansiosa que Emilio ya asociaba, en algún lugar del estómago, con el peligro: “La caja de mi buró está que arde. Literal. Se me quemó un poco el dedo. Ven.”
II. Lo que quedaba de Altagracia
Emilio llegó a casa de Renata en bicicleta, con el aire de la noche pegándosele frío en la cara y en los brazos descubiertos, oliendo a la mezcla de siempre de esa calle: jazmín de la reja de doña Concha, tacos al pastor de la esquina, y el olor metálico y ligeramente dulzón que dejaba el camión de la basura cuando pasaba temprano. No avisó más que un “voy con mi prima, ya vuelvo” gritado desde la puerta, con el corazón latiéndole más rápido de lo que la subida de la cuadra ameritaba, la respiración agitada silbándole un poco en el pecho.
Renata lo esperaba en la puerta de su cuarto, con la cajita de madera abierta sobre las dos manos como si cargara un carbón encendido que no quería soltar ni tirar. Adentro, el pedacito de jade —lo único que había sobrevivido de la brújula de Altagracia, del tamaño de una uña de pulgar— brillaba con una luz verde que Emilio no había visto desde el vacío estrellado bajo Chapultepec, y que teñía de un tono fantasmal la cara de su prima, las paredes del cuarto, el techo.
Se acercó lo suficiente para sentir el calor que subía de la piedra, un calor extraño, seco, que no se parecía en nada al calor normal de una mano o de una taza de café: era más bien el calor que uno siente en el pecho justo antes de llorar, sin que hubiera ninguna razón física para que una piedra pudiera producir eso.
—Once meses quieto —dijo Renata, sin levantar la vista de la piedra, con la voz apretada—. Ni un parpadeo. Y justo la misma noche que sale un cometa que no se mueve como cometa.
—A lo mejor es casualidad.
—Emilio.
—Ya sé, ya sé. Con nosotros no existen las casualidades. Nada más tenía la esperanza de que, por una vez, sí.
Renata cerró los dedos sobre el jade, y por un segundo, en el silencio del cuarto —un silencio tan completo que Emilio alcanzó a escuchar el tic-tac del reloj de pared del pasillo, y el ladrido lejano de un perro tres casas más allá— los dos pudieron jurar que escucharon algo: no un mensaje sin remitente esta vez, sino un sonido bajito, casi como un suspiro, o como alguien tarareando muy despacio una canción de cuna en un idioma que ninguno de los dos hablaba, pero que de algún modo reconocían, un sonido que les vibró más adentro del oído que en el oído mismo.
Emilio sintió que se le enchinaba la piel de los brazos, cada vello parándose de golpe, un escalofrío que no tenía nada que ver con el aire acondicionado del cuarto.
—Esa no es la voz de Quetzalcóatl.
—No —dijo Renata, guardándose el jade en el bolsillo de la sudadera, ya con las llaves de la bici de su hermano en la otra mano—. Definitivamente no.
III. El Templo Mayor a medianoche
Llegar al centro histórico un martes a las once de la noche, en bicicleta, mintiéndoles a sus respectivas mamás sobre una tarea de último momento en casa del otro, no era exactamente el plan que Emilio tenía para esa semana. Pedalearon por avenidas casi vacías, el zumbido de las llantas sobre el asfalto mojado por una llovizna reciente, el olor a lluvia sobre piedra caliente todavía subiendo del pavimento, y el reflejo anaranjado de los faroles multiplicándose en los charcos. Frenaron junto a la reja del Templo Mayor con un chirrido de llantas que sonó demasiado fuerte en la calle vacía, con el resplandor de la falsa estrella iluminándoles la cara desde arriba, tan brillante que las sombras de los edificios coloniales se veían dobles, unas grises por la luna y otras, más tenues, de un verde pálido que no debería estar ahí.
—Está cerrado —dijo Emilio, jalando la reja de metal, el frío del fierro calándole en los dedos, más por formalidad que porque de verdad esperara que cediera—. Obvio está cerrado. Es un sitio arqueológico. A las once de la noche. Un martes.
—La reja está cerrada —contestó Renata, señalando un tramo de malla ciclónica, más adelante, doblada hacia adentro como si algo, o alguien, ya la hubiera forzado antes que ellos—. Eso no.
—Genial. Nada me tranquiliza más que un boquete en una reja de un sitio arqueológico protegido a medianoche.
Se colaron por la abertura, agachados, sintiendo cómo un alambre suelto le rasguñaba a Emilio la manga de la chamarra con un sonido seco de tela rasgándose apenas, con el corazón latiéndole en los oídos con más fuerza que cuando entró por primera vez a la grieta de Chapultepec. El aire, entre las ruinas del Hueyi Teocalli, cambió por completo apenas cruzaron: olía distinto al aire normal de la ciudad, a piedra mojada y mineral, a copal apagado hacía siglos que aun así seguía dejando un rastro dulzón y ahumado en el fondo de la garganta, y a algo más, algo eléctrico, un olor casi metálico, como el instante justo antes de que caiga un rayo, cuando el aire entero parece cargado de electricidad estática y los pelos de los brazos se erizan solos.
En el centro de las ruinas, flotando justo encima de la piedra tallada con la luna partida de Coyolxauhqui, la falsa estrella ardía tan cerca que Emilio sintió el calor en la cara, aunque no quemaba: era un calor que se sentía, de algún modo raro, como tristeza, un calor húmedo que le recordó, sin saber por qué, al vapor de una regadera después de llorar mucho tiempo bajo el agua caliente. El silencio de la noche se rompía apenas por un zumbido bajo, casi un lamento, que salía del fuego mismo.
—Esto no es un cometa —susurró Renata, con la voz llena de ese respeto casi religioso que le salía siempre frente a algo que confirmaba una de sus teorías—. Es fuego. Fuego real, ardiendo en el aire, sin nada que lo sostenga.
Del otro lado de las ruinas, algo crujió: una pisada sobre grava suelta, deliberada, nada apurada. Una sombra se movió entre las piedras. No era una sombra de teotl. Era, sin ninguna duda, una sombra con forma de persona, vestida de traje, agachada junto a la piedra de Coyolxauhqui con algo brillante en la mano.
IV. El hombre del traje gris
—Buenas noches —dijo el hombre, sin sobresaltarse, sin siquiera voltear del todo, como si llevara rato sintiéndolos ahí—. Qué raro encontrar turistas tan dedicados a esta hora.
Se enderezó despacio, y el sonido de la tela de su traje al moverse fue nítido en el silencio de las ruinas, un frufrú caro, casi quirúrgico. Era un señor mayor, de traje gris impecable a pesar de estar agachado sobre tierra arqueológica, con el pelo blanco perfectamente peinado y unos guantes finos de cuero que no pegaban para nada con la escena. Cuando el viento cambió de dirección, a Emilio le llegó su perfume: algo denso, a cedro y a cuero viejo, tan fuera de lugar entre el copal y la piedra mojada que resultaba, por sí solo, inquietante. En la mano sostenía un aparatito plateado, del tamaño de una brújula, que emitía un pulso de luz cada pocos segundos, acompañado de un clic diminuto, como si estuviera midiendo algo en el aire.
—Nosotros igual le podríamos preguntar lo mismo —dijo Emilio, tratando de sonar más seguro de lo que se sentía, con la boca de pronto seca, colocándose medio paso delante de Renata sin darse cuenta de que lo estaba haciendo—. ¿Usted trabaja aquí?
—Digamos que soy… coleccionista. —El hombre sonrió, una sonrisa que no le llegaba a los ojos, un gesto que a Emilio le recordó, sin poder evitarlo, al hielo agrietándose—. Mi nombre es Nemesio Ostos. Y llevo más años de los que quisiera admitir esperando una noche como esta: cuando el cielo decide, después de quinientos años, empezar a repetirse.
—¿Usted sabe lo que es esto? —preguntó Renata, sin poder contenerse, con esa mezcla suya de miedo y curiosidad que Emilio ya conocía de memoria, la voz apenas temblando en la última palabra.
—Sé que un fuego que arde sin leña, sobre un templo que ya no debería tener poder ninguno, vale una fortuna para la persona correcta —dijo Ostos, guardándose el aparato plateado en el bolsillo del saco con un movimiento tan tranquilo que resultaba más inquietante que cualquier grito—. Y sé que ustedes dos huelen a algo que llevo buscando desde hace mucho más tiempo del que aparento. Ese jade que trae tu prima en el bolsillo, por ejemplo. Chalchihuitl auténtico, forjado con intención, no comprado en un mercado de artesanías. Ese tipo de objeto casi no existe ya. Y lo que casi no existe… se vende carísimo.
Emilio sintió que el estómago se le apretaba, no de miedo esta vez, sino de algo más parecido a coraje, un calor que le subió por el pecho y le llegó hasta las orejas.
—Ese jade no está en venta.
—Todo está en venta, joven —dijo Ostos, con una calma que daba más miedo que cualquier amenaza gritada—. Nada más hay que encontrar el precio correcto. O la manera correcta de quitárselo a quien no quiere venderlo.
V. El fuego que llora
La falsa estrella, encima de ellos, tembló con un chisporroteo que sonó, por un instante, casi como un sollozo contenido, y por primera vez Emilio notó que dentro de la llama había una forma: la silueta borrosa de una mujer, con los brazos extendidos hacia el cielo, la boca abierta en un grito silencioso que no hacía ningún sonido y que, aun así, se sentía en el pecho como un peso, como cuando a uno se le cierra la garganta justo antes de llorar en público y hace todo el esfuerzo del mundo por no dejar que salga.
—Ella tampoco está en venta —dijo una voz nueva, profunda, que hizo eco entre las piedras del teocalli y que Emilio sintió vibrarle en el pecho antes de escucharla del todo con los oídos.
Quetzalcóatl apareció entre dos columnas caídas, más pequeño de lo que Emilio lo recordaba —del tamaño de un caballo grande, no de un camión—, con las escamas doradas apenas brillando bajo la luz de la falsa estrella, como si algo le hubiera costado fuerza para cruzar hasta ahí. Su respiración, si es que una serpiente emplumada respira, se escuchaba pesada, entrecortada. Sus ojos dorados, sin embargo, no habían perdido nada de su peso.
—Tú no deberías poder verme —dijo Quetzalcóatl, con algo parecido a la alarma cruzándole la voz por primera vez.
—Llevo treinta años aprendiendo a ver cosas que la mayoría de la gente decide no ver —contestó Ostos, ajustándose el guante izquierdo con un gesto tranquilo, el cuero crujiendo apenas—. Es, básicamente, mi trabajo.
Renata dio un paso hacia Quetzalcóatl, con los ojos todavía clavados en la silueta llorando dentro del fuego, los pies resbalando un poco sobre la piedra húmeda por el rocío de la noche.
—¿Quién es ella?
Quetzalcóatl tardó en contestar, y cuando lo hizo, su voz sonó más cansada que en cualquier otro momento del año anterior, un cansancio que Emilio pudo sentir físicamente, como una corriente de aire frío que le bajó por la nuca.
—Mi hermana. La que lloró antes que nadie por lo que se venía. Cihuacóatl. —El nombre pareció pesarle al decirlo, salirle despacio, como una piedra que cuesta trabajo levantar—. Y esta noche no es la primera vez que llora. Es la primera de ocho.
—¿Ocho como los ocho puntos del año pasado? —preguntó Emilio, con un mal presentimiento subiéndole por la espalda, frío, como una gota de sudor helado.
—Ocho como los ocho presagios que anunciaron la caída de Tenochtitlan —dijo Quetzalcóatl—. Los que vieron nuestros abuelos diez años antes de que llegaran los hombres del otro lado del mar. El fuego en el cielo. El templo que ardió sin remedio. El rayo sin tormenta. El lago que hirvió. El llanto nocturno. El ave con el espejo. Los hombres de dos cabezas. Ocho señales, ocho advertencias que nadie pudo evitar entonces. Y alguien encontró la manera de hacer que se repitan ahora, aquí, con ustedes dos en medio.
VI. La persecución bajo tierra
Ostos ya se estaba moviendo, con una rapidez que su traje impecable no dejaba sospechar, hacia una abertura entre las piedras que Emilio no había notado antes: la entrada a uno de los túneles de excavación, cerrados al público, que bajaban hacia las capas más viejas del teocalli.
—¡Se está yendo! —gritó Renata.
—¡Pues síguelo tú, yo nada más traje tenis de bicicleta, no de perseguir señores misteriosos bajo tierra! —contestó Emilio, ya corriendo detrás de ella de todos modos, porque quejarse y correr nunca le habían resultado actividades excluyentes.
El túnel bajaba en espiral entre piedras talladas con calendarios que Emilio no supo leer, el aire volviéndose más denso y más húmedo con cada escalón, un olor a tierra removida y a óxido viejo que se le pegaba en el fondo de la lengua. El sonido de sus propios pasos y su propia respiración rebotaba contra las paredes de piedra, multiplicado, como si un ejército entero de Emilios asustados corriera detrás de él. Iluminado apenas por la luz verde del jade que Renata sostenía al frente como una linterna desesperada, el túnel goteaba en algún punto que ninguno de los dos alcanzaba a ver, un plic, plic, plic constante que a Emilio le puso los nervios de punta más que cualquier otra cosa esa noche. Ostos corría adelante, sin perder nunca la elegancia, sus pasos secos y precisos contra la piedra, como si hasta huir bajo tierra a medianoche fuera, para él, un ejercicio de buenos modales.
—¡No van a alcanzarme! —gritó, sin siquiera voltear, la voz rebotando entre las paredes—. ¡Y aunque lo hicieran, no van a poder detenerme con las manos vacías!
El túnel se abrió, de golpe, en una cámara subterránea que ningún arqueólogo había registrado jamás: paredes cubiertas de pinturas descoloridas donde una mujer con la boca abierta en un grito aparecía, una y otra vez, en cada muro, rodeada de figuras diminutas huyendo hacia los bordes de la piedra. El aire aquí abajo era distinto: más frío, casi helado en comparación con el túnel, y tan quieto que Emilio podía escuchar el latido de su propio corazón golpeándole las costillas por dentro.
Ostos se detuvo en el centro, sin aliento por primera vez, el pecho subiéndole y bajándole bajo el saco gris, con una llave de piedra tallada en la mano que brillaba con el mismo verde del jade de Renata.
—Vaya —dijo, entre jadeos, mirando el objeto con una sonrisa que ya no fingía ninguna calma—. Once meses buscando el sitio exacto, y resulta que ustedes dos me lo entregaron en bandeja.
VII. Lo que Emilio no quería decir en voz alta
—Suelte eso —dijo Emilio, con la voz más firme de lo que sentía, aunque las piernas todavía le temblaban de la corrida y sentía el sudor frío pegándosele la playera a la espalda.
—¿O qué? —preguntó Ostos, con genuina curiosidad, sin ninguna amenaza en la voz, lo cual era, de algún modo, mucho peor que si hubiera gritado—. ¿Qué van a hacer dos adolescentes, exactamente?
El fuego de arriba —la llama que ardía sobre el teocalli, que de alguna manera Emilio podía sentir hasta ahí abajo, como un peso en el pecho, como una nota grave que no se escucha con los oídos sino con el esternón— pareció apretarse más fuerte alrededor del corazón de la mujer que lloraba.
—Ella no dejó de llorar en quinientos años —dijo Quetzalcóatl, llegando por fin al fondo del túnel, más despacio que ellos, respirando con esfuerzo, sus garras rozando la piedra con un sonido áspero—. Y este hombre encontró la manera de afinar ese llanto como quien afina una cuerda, hasta convertirlo en algo que se puede usar. Cada presagio que se complete del todo le da más fuerza a lo que sea que busca. No sé qué es. Pero sé que no le importa nada de lo que se rompa en el camino para conseguirlo.
Ostos se guardó la llave de piedra en el bolsillo interior del saco, con el mismo cuidado con que un cirujano guarda un instrumento.
—Su hermana lloró porque vio venir algo que no pudo detener —dijo, mirando a Quetzalcóatl directo a los ojos dorados, sin ningún miedo—. Yo nada más estoy terminando lo que ella empezó a anunciar. Llámenlo destino, si eso los hace sentir mejor.
Emilio sintió algo subirle por el pecho que no era exactamente miedo, aunque se le parecía mucho: la sensación exacta de cuando su papá le presentó a Karina por primera vez, esa certeza fría de que algo ya estaba decidido sin que a él le preguntaran nada, ese mismo nudo apretado en la garganta.
—Yo llevo un año entero aprendiendo que las cosas no tienen que pasar solo porque alguien más ya decidió que van a pasar —dijo, con la voz quebrándose apenas al principio y volviéndose más firme con cada palabra, el eco de la cámara devolviéndole cada frase multiplicada—. Mi papá tiene novia nueva. Mis papás llevan un año separados. Y aun así yo decido, todos los días, quién quiero ser en cada una de las dos casas. Usted no puede simplemente anunciar el futuro y esperar que nosotros nos hagamos a un lado.
Ostos se quedó quieto un segundo, algo parecido a la sorpresa cruzándole la cara por primera vez en toda la noche.
—Qué comentario tan específicamente personal —dijo, por fin—. Guárdenselo para su terapeuta.
—¡Oiga! —gritó Emilio, genuinamente indignado, olvidando por un segundo que estaban en medio de una persecución sobrenatural—. ¡Eso sí que no se vale, yo aquí abriéndome el corazón y usted burlándose!
A pesar de todo, Renata soltó una risa nerviosa, mitad terror, mitad la costumbre de un año entero de que Emilio encontrara el chiste hasta en el peor momento posible, una risa que le salió temblorosa y que retumbó, rara, entre las paredes pintadas.
VIII. Lo que se llevó Ostos
La distracción, mínima como fue, le bastó a Ostos. Con un movimiento rápido sacó del otro bolsillo un puñado de polvo dorado que lanzó contra las paredes pintadas, y las figuras de la mujer llorando, en cada muro, se encendieron de golpe con una luz cegadora, un fogonazo blanco acompañado de un chasquido seco como de electricidad estática, que hizo que Emilio y Renata se cubrieran los ojos por instinto, el calor de la explosión de luz rozándoles la piel de la cara por una fracción de segundo.
Cuando la luz bajó y Emilio pudo volver a abrir los ojos, parpadeando contra las manchas verdes que le quedaron flotando en la vista, la cámara estaba vacía, con un fuerte olor a quemado flotando en el aire, como cerillo recién apagado. Ostos ya no estaba, y con él se había ido también la llave de piedra tallada.
—¡NO! —gritó Quetzalcóatl, golpeando la pared con una fuerza que hizo temblar todo el túnel, un estruendo sordo que Emilio sintió en las plantas de los pies, algo que jamás lo había visto hacer, ni siquiera en el peor momento del año anterior—. Esa llave abría el segundo presagio. La necesitaba para poder guiarlos con seguridad. Sin ella, van a tener que encontrar el camino solos.
—Genial —dijo Emilio, sentándose de golpe en el piso de piedra, sintiendo el frío húmedo calarle a través de los pantalones, con las piernas por fin rindiéndose después de tanta adrenalina—. Absolutamente genial. Un villano con guantes de cuero y modales de mayordomo nos acaba de ganar la primera ronda.
—No la ganó del todo —dijo Renata, muy despacio, mirando su propio bolsillo.
El jade, ahí adentro, había dejado de arder. Ya no brillaba verde intenso: brillaba, apenas, con una calidez tranquila contra la palma de su mano, como una brasa que sabe que todavía le queda mucho por delante.
IX. El fuego que encontró su cauce
Arriba, cuando por fin subieron de vuelta a las ruinas, con el aire fresco de la madrugada golpeándoles la cara después del encierro húmedo del túnel, la falsa estrella sobre el Zócalo empezaba a apagarse, poco a poco, no como si alguien la hubiera vencido, sino como si, por primera vez en quinientos años, alguien la hubiera escuchado de verdad. El zumbido triste que había llenado el aire toda la noche se fue apagando también, hasta dejar solo el silencio normal de una madrugada de martes, roto apenas por el ladrido lejano de un perro y el motor de un camión de limpia arrancando varias cuadras más allá.
—No completamos nada —dijo Emilio, mirando hacia arriba, sin entender del todo—. Ostos se llevó la llave. ¿Por qué se está apagando?
—Porque el primer presagio nunca pidió que ganaran una pelea —dijo Quetzalcóatl, con la voz todavía cansada, pero un poco menos—. Pedía que alguien, después de quinientos años, se quedara a escuchar su llanto sin salir corriendo. Ustedes se quedaron. Eso ya cuenta, aunque Ostos se haya ido con la llave.
La silueta de la mujer, dentro de lo que quedaba de la llama, pareció voltear hacia ellos por un instante, y aunque no tenía rostro definido, Emilio pudo jurar que, por un segundo, dejó de llorar.
—Primer presagio, contenido, no cerrado —dijo Quetzalcóatl—. Faltan siete. Y ahora, además, alguien más los está buscando con ustedes.
X. Camino a casa
Pedalearon de vuelta por calles ya casi vacías, con el amanecer empezando a teñir de naranja los edificios coloniales del centro, el aire todavía frío pegándose en la piel sudada, demasiado cansados para hablar mucho, hasta que Emilio, sin poder evitarlo, rompió el silencio.
—Oye, Renata.
—¿Qué?
—¿Tú crees que el señor Ostos tenga, tipo, una tarjeta de presentación? Porque “coleccionista siniestro con guantes de cuero que roba llaves mágicas” suena a una profesión con nombre más corto.
—Se llama villano, Emilio. La palabra que buscas es villano.
—Nada más digo que para ser un villano tiene mejores modales que la mitad de mis maestros.
Renata se rió, cansada, con el jade otra vez tibio y tranquilo en el bolsillo de la sudadera, el sonido de las llantas contra el pavimento mojado marcando el ritmo de su risa.
—Un presagio contenido —dijo, más para sí misma que para él—. Faltan siete.
—Y ahora con villano de traje incluido —agregó Emilio—. El año pasado nada más eran teteo. Este año subimos de nivel.
Sobre sus cabezas, el cielo de la Ciudad de México se aclaraba despacio, con el primer canto de un zanate rompiendo el silencio desde algún cable de luz, sin ningún rastro ya de la falsa estrella, aunque ninguno de los dos pudo evitar, esa noche, revisar dos veces que no hubiera ninguna luz rara asomándose entre las nubes antes de por fin quedarse dormidos.
Episodio 2 — “El fuego que no se apaga” (Teotihuacan, Estado de México)
I. El camión de las seis de la mañana
El camión escolar olía a plástico de asiento recalentado, a las tortas que alguien ya se estaba comiendo a las seis y cuarto de la mañana, y al perfume dulzón de la maestra Bermúdez, que se sentaba siempre hasta adelante con un megáfono que nadie le había pedido que trajera. Emilio iba junto a la ventana, con la frente pegada al vidrio frío, viendo pasar los cerros pelones del Estado de México bajo un cielo todavía gris de las seis de la mañana, cuando sintió una vibración conocida contra la pierna.
El mensaje era de Renata: “Ya me subí al camión de tu escuela. La maestra Bermúdez piensa que soy nueva. No preguntes cómo.”
Emilio volteó hacia atrás, tres filas, y ahí estaba su prima, con la capucha de la sudadera puesta y una gorra encima, sentada junto a una niña de primero que la veía con desconfianza.
—¿Qué haces aquí? —le susurró, agachándose entre los asientos, con el olor a plástico caliente y refresco derramado subiéndole más fuerte mientras se inclinaba.
—El jade empezó a arder otra vez a las cinco de la mañana —contestó Renata, igual de bajito, sacando apenas la cajita del bolsillo lo suficiente para que Emilio viera el resplandor verde filtrándose entre sus dedos—. Y tú tenías excursión a Teotihuacan hoy. No soy tonta, Emilio.
—¡Nomás digo que colarte a un camión escolar ajeno es un nivel de compromiso que no esperaba ni de ti!
—Silencio allá atrás —dijo la maestra Bermúdez por el megáfono, sin siquiera voltear, con esa autoridad que solo tienen las maestras de excursión con quince años de experiencia y cero paciencia.
Karina, la novia de su papá, iba dos asientos delante de la maestra Bermúdez, con una gorra de la escuela prestada y una sonrisa demasiado entusiasta para las seis y media de la mañana. Se había ofrecido de chaperona –por qué, exactamente, seguía siendo un misterio doloroso para Emilio– y cada vez que el camión pasaba por un bache, ella se volteaba a preguntarle si estaba bien, con una amabilidad que a Emilio le sabía, sin poder explicar por qué, a traición.
II. Polvo, sol y una columna de humo que no debería estar ahí
Para las diez de la mañana, el sol ya pegaba de lleno sobre la Calzada de los Muertos, un calor seco y directo que se sentía distinto al calor húmedo de la ciudad: un calor que subía del piso de tierra apisonada en oleadas visibles, que hacía brillar el aire sobre las piedras y que le dejaba a Emilio la garganta reseca cada vez que respiraba hondo. El polvo se le pegaba en los tobillos, fino y claro, y el olor a tierra caliente se mezclaba con el de los elotes que vendían junto a la entrada, con chile y limón, y con el protector solar de coco que la mitad del grupo se había puesto de más.
—Recuerden, jóvenes, la Pirámide del Sol es la tercera más grande del mundo —repetía la maestra Bermúdez por el megáfono, con un eco metálico que rebotaba contra las piedras—, construida hace más de mil ochocientos años, mucho antes de que llegaran los mexicas a este valle…
Emilio, medio escuchando, sintió que el jade en el bolsillo de Renata –caminaba justo a su lado, fingiendo tomar fotos con el celular– empezaba a vibrar con más fuerza. Al mismo tiempo, del lado este de la Pirámide del Sol, donde ningún guía llevaba nunca a los grupos porque ahí solo había piedras sueltas y un cordón de “zona restringida”, una columna delgada de humo negro empezó a subir hacia el cielo azul sin una sola nube.
—¿Tú ves eso? —preguntó Renata, en voz baja, sin dejar de fingir que tomaba fotos.
—Nadie más parece verlo —dijo Emilio, mirando alrededor: turistas, compañeros, la propia maestra Bermúdez, todos ajenos, todos viendo hacia la pirámide y no hacia esa columna de humo que subía cada vez más gruesa, sin que ningún guardia de seguridad corriera hacia allá.
—Genial —susurró Renata—. Otra vez el mismo truco de siempre: lo importante pasa justo donde nadie más está mirando.
III. La excusa de las trescientas y algo escalinatas
Convencer a la maestra Bermúdez de que necesitaban “ir al baño, es una emergencia, de las dos, sí, es contagioso” les costó una mirada de sospecha profesional de quince años de experiencia, pero funcionó. En cuanto se separaron del grupo, cruzaron el cordón de “zona restringida” agachados, con el corazón de Emilio latiendo tan fuerte que casi ahogaba el ruido de sus propios pasos sobre la grava suelta.
El sol de mediodía pegaba directo, sin ninguna sombra que los cubriera entre las piedras sueltas del lado este, y el sudor le corría a Emilio por la espalda, empapándole la playera contra la piel. El aire, mientras se acercaban a la columna de humo, empezó a oler distinto: ya no a polvo ni a elote, sino a algo quemado, a madera vieja ardiendo, mezclado con un aroma resinoso y dulzón que Emilio reconoció de inmediato.
—Copal —dijo, sintiendo cómo el olor se le metía hasta el fondo de la garganta, espeso—. Está ardiendo copal. Mucho copal.
Detrás de un montículo de piedras sueltas, donde los mapas turísticos no marcaban nada, había un altar pequeño, de piedra ennegrecida por siglos de humo, y sobre él ardía un fuego que no debería tener nada que quemar: sin leña, sin copal visible, solo fuego puro, alto como una persona, crepitando con un sonido seco y furioso que Emilio sintió vibrarle en el pecho antes de escucharlo del todo.
IV. El fuego que no se deja apagar
—Hay que apagarlo —dijo Renata, ya buscando con la mirada algo, cualquier cosa—. Antes de que alguien más lo vea y se arme un escándalo.
Encontró una botella de agua olvidada junto a las piedras, medio llena, y sin pensarlo dos veces la vació entera sobre las llamas.
El agua, al tocar el fuego, no lo apagó. Se evaporó de golpe, con un siseo violento que sonó casi como un grito, levantando una nube de vapor caliente que les llenó la cara de gotitas ardientes, obligándolos a retroceder tosiendo, los ojos escociéndoles.
—¡Eso no debería pasar! —gritó Emilio, limpiándose la cara con la manga—. ¡El agua apaga el fuego! ¡Esa es literalmente la única regla que conozco sobre el fuego!
—Con este no —dijo una voz nueva, profunda y áspera como madera vieja crujiendo, que salió de dentro de la columna de llamas—. Este fuego no se apaga con agua. Se apaga con memoria. O no se apaga nunca.
De entre las llamas emergió una figura encorvada, anciana, con la piel agrietada como cerámica cocida al fuego durante mil años, y sobre la cabeza, sostenido con un equilibrio imposible, un brasero de piedra del que salían chispas doradas que subían y se apagaban antes de tocar el suelo.
—Huehuetéotl —susurró Renata, con ese tono de quien reconoce algo que estudió pero jamás esperó ver en persona—. El fuego más viejo de todos.
V. El abuelo del fuego
—Me llaman así, sí —dijo el anciano de fuego, con una voz que crepitaba entre cada palabra, como leña acomodándose en una fogata—. El primero. El que ardió antes que ningún otro teotl tuviera nombre. Y hoy, el segundo presagio que alguien decidió despertar.
—¿Por qué usted? —preguntó Emilio, todavía con las manos escociéndole por el vapor—. Pensé que el primer presagio era de Cihuacóatl.
—Cada presagio despierta a quien tiene algo que ver con él —dijo Huehuetéotl—. Un templo se incendió sin remedio, hace quinientos años, en Tenochtitlan. Se llamaba Tlacateco. Ardió tres días completos sin que nadie pudiera apagarlo, ni con agua, ni con arena, ni con rezos. Y quien ordenó ese incendio para robarse lo que ardía adentro, fue el mismo tipo de hombre que anda ahora suelto con una llave de piedra en el bolsillo.
Como si lo hubiera invocado con la mención, un chasquido de zapatos finos sobre grava anunció, con la puntualidad de siempre, la llegada de Nemesio Ostos, que se acercaba entre las piedras sueltas con el mismo traje impecable de la primera noche, ahora ligeramente empolvado por el camino, y con la llave de piedra tallada brillando entre sus dedos enguantados.
VI. Segunda ronda
—Vaya, vaya —dijo Ostos, sin ninguna prisa, deteniéndose a una distancia prudente del fuego, cuyo calor le hacía brillar el sudor en la frente a pesar de su calma—. Qué eficientes son ustedes dos encontrando exactamente lo que yo también busco. Deberían cobrarme por el favor.
—¿Qué quiere con el fuego? —preguntó Renata, colocándose entre Ostos y Emilio sin pensarlo, la voz firme aunque las manos le temblaban un poco.
—No quiero el fuego —dijo Ostos, levantando la llave de piedra, que empezó a resonar con un zumbido grave apenas la acercó a las llamas—. Quiero lo que el fuego guarda. Cada teotl antiguo carga un poco de la memoria original de este lugar, niña. Memoria suficiente, si se junta toda, para reescribir cosas que ya deberían estar decididas.
Metió la llave directo en el corazón del fuego, y las llamas, en vez de consumirla, empezaron a girar alrededor de ella en una espiral cada vez más rápida, más alta, el crepitar convirtiéndose en un rugido que Emilio sintió en los dientes, en las costillas, en la planta de los pies a través de la tierra.
—¡ESTÁ ROBÁNDOSE LA MEMORIA DEL FUEGO! —gritó Huehuetéotl, con una furia que hizo temblar el brasero sobre su cabeza, las chispas doradas cayendo ahora hasta el suelo, encendiendo pequeñas llamitas donde tocaban la tierra seca—. ¡DETÉNGANLO!
VII. Lo que Emilio no había dicho sobre Karina
El calor, de golpe, se multiplicó, empujándolos hacia atrás como una mano invisible, y Emilio sintió que el aire mismo se volvía difícil de respirar, espeso, ardiente contra la garganta cada vez que inhalaba.
—¡Necesita algo de nosotros! —gritó Renata, por encima del rugido del fuego, cubriéndose la cara con el brazo—. ¡Igual que Cihuacóatl! ¡El fuego pide algo, no lo va a dar gratis!
—¡Memoria, dijo Ostos! —gritó Emilio de vuelta, el sudor cayéndole en los ojos, ardiéndole—. ¡Algo que se recuerde y algo que se olvide!
Huehuetéotl, luchando por mantener el fuego bajo control, apenas volteó hacia Emilio, sus ojos antiguos brillando entre las llamas.
—El fuego que se comparte con alguien nuevo no apaga el fuego viejo, niño —dijo, con esfuerzo, cada palabra costándole visiblemente—. Eso es lo único que puede detener a este presagio: alguien dispuesto a admitir que teme lo contrario.
Emilio sintió que el estómago se le encogía, un nudo que llevaba semanas cargando sin nombrarlo del todo.
—Tengo miedo de que Karina apague algo —dijo, con la voz quebrándose, casi sin poder creer que lo estaba diciendo en voz alta, frente a un teotl de fuego, en medio de Teotihuacan, con un villano de traje gris robándose una memoria de quinientos años—. Tengo miedo de que si mi papá es feliz con ella, se le vaya a olvidar cómo era cuando éramos nada más nosotros dos, él y yo, antes de que todo se rompiera. Tengo miedo de que su fuego viejo, el de antes, se apague solo porque encendió uno nuevo.
El rugido del fuego, por un instante, bajó de intensidad, como si la confesión misma le hubiera quitado algo de fuerza al remolino de llamas alrededor de la llave.
VIII. El fuego que se comparte no se apaga
—Esa fue siempre la mentira más vieja del miedo —dijo Huehuetéotl, con la voz ya más firme, aprovechando el respiro—. Que el amor es una vela con cera limitada, y que si alguien enciende otra, la primera se queda con menos. Pero el fuego no funciona así, niño. Nunca ha funcionado así. Yo llevo ardiendo desde antes del primer amanecer, y cada fuego que se encendió de mí desde entonces — cada fogata, cada vela, cada brasero de cada casa de este país— no me apagó ni un poco. Me multiplicó.
Ostos, sintiendo que el remolino de fuego perdía fuerza entre sus manos, apretó los dientes por primera vez en toda la noche, la calma resbalándosele apenas de la cara.
—Sentimentalismo de teotl viejo —masculló, forzando la llave más adentro del fuego—. Esto no cambia nada.
—Sí cambia —dijo Renata, tomando la mano de Emilio, sus dedos calientes y sudorosos entrelazándose con los de él—. Porque el fuego de Curicaueri, el que tu bisabuelo Refugio te heredó, tampoco se apagó cuando te enteraste de que existía Altagracia. Se hizo más grande. Igual va a pasar con esto.
El fuego, de golpe, se dividió en dos columnas separadas: una que seguía envolviendo la llave de piedra en manos de Ostos, y otra, más pequeña pero constante, que se apartó hacia Emilio y Renata, cálida esta vez, no violenta, lamiéndoles los brazos sin quemar, como una caricia hecha de calor puro.
—¡NO! —gritó Ostos, sintiendo que la llave se enfriaba entre sus dedos enguantados, la memoria que intentaba robar escapándosele—. ¡No otra vez esta ridiculez sentimental arruinándome el trabajo!
IX. Lo que Ostos no logró llevarse
Con un gruñido de frustración genuina, la primera grieta real en su compostura de toda la noche, Ostos retrocedió, guardándose la llave –ahora apagada, gris, sin ningún brillo– en el bolsillo del saco.
—Esta ronda es suya —dijo, ajustándose el saco con dignidad forzada, el polvo de Teotihuacan claramente incomodándolo más de lo que estaba dispuesto a admitir—. Pero llevo seis presagios más por delante, y ustedes dos no pueden ganarse todos con discursos bonitos sobre sentimientos.
Se alejó entre las piedras sueltas, sin correr, sin perder jamás esa calma insoportable, hasta perderse de vista detrás del montículo.
El fuego del altar volvió a ser un fuego normal: pequeño, contenido, ardiendo con leña de verdad que Emilio hubiera jurado que no estaba ahí antes. Huehuetéotl, ya más tranquilo, con el brasero sobre la cabeza otra vez estable, los miró con algo parecido, en su cara antigua y agrietada, a una sonrisa.
—Segundo presagio, contenido —dijo—. Y una memoria menos para que ese hombre se robe. Faltan seis.
—¿Y qué va a pasar con lo que él ya se llevó del primer presagio? —preguntó Renata.
—Eso —dijo Huehuetéotl, ya empezando a disolverse otra vez entre el humo del altar— es exactamente lo que ustedes van a tener que averiguar antes de que junte los ocho.
X. Tortas frías y una llamada pendiente
Volvieron corriendo al grupo justo quince minutos antes de que la maestra Bermúdez pasara lista, sudados, con tierra en la ropa y un olor a copal quemado que ninguno de los dos lograba explicar cuando Karina, arrugando la nariz, preguntó de dónde venía ese aroma tan fuerte.
—Incienso de un puesto —mintió Emilio, sin mirarla del todo a los ojos, aunque por primera vez en semanas el tono no le salió tan cortante como de costumbre.
En el camión de regreso, con el sol ya bajando anaranjado sobre los cerros pelones y el aire acondicionado zumbando bajito sobre sus cabezas, Emilio se quedó viendo su celular un rato largo, con el chat de su papá abierto y sin escribir nada, hasta que por fin tecleó: “Oye pá. ¿Un día de estos cenamos los tres? Tú, yo, y Karina. Como para conocerla bien, sin que sea rara la cosa.”
La respuesta llegó casi al instante, con más signos de exclamación de los que su papá usaba normalmente: “¡Claro que sí, hijo! Cuando tú quieras.”
Renata, dos asientos atrás, le mandó un mensaje aparte: “¿Estás bien?”
“Creo que sí”, contestó Emilio, mirando por la ventana cómo Teotihuacan se hacía cada vez más chiquito detrás de ellos, dos pirámides grises recortadas contra un cielo naranja que, por primera vez en toda la tarde, no tenía ni una sola columna de humo fuera de lugar. “El fuego viejo sigue ahí. Nada más va a tener compañía nueva. Creo que puedo con eso.”
“Segundo presagio”, escribió Renata. “Faltan seis.”
“Y un señor con guantes de cuero todavía suelto en algún lado con una llave apagada”, contestó Emilio. “Este año sí que nos está saliendo cargado.”
Fin (por ahora).
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Episodio 2 — “El fuego que no se apaga” (Teotihuacan, Estado de México)
I. El camión de las seis de la mañana
El camión escolar olía a plástico de asiento recalentado, a las tortas que alguien ya se estaba comiendo a las seis y cuarto de la mañana, y al perfume dulzón de la maestra Bermúdez, que se sentaba siempre hasta adelante con un megáfono que nadie le había pedido que trajera. Emilio iba junto a la ventana, con la frente pegada al vidrio frío, viendo pasar los cerros pelones del Estado de México bajo un cielo todavía gris de las seis de la mañana, cuando sintió una vibración conocida contra la pierna.
El mensaje era de Renata: “Ya me subí al camión de tu escuela. La maestra Bermúdez piensa que soy nueva. No preguntes cómo.”
Emilio volteó hacia atrás, tres filas, y ahí estaba su prima, con la capucha de la sudadera puesta y una gorra encima, sentada junto a una niña de primero que la veía con desconfianza.
—¿Qué haces aquí? —le susurró, agachándose entre los asientos, con el olor a plástico caliente y refresco derramado subiéndole más fuerte mientras se inclinaba.
—El jade empezó a arder otra vez a las cinco de la mañana —contestó Renata, igual de bajito, sacando apenas la cajita del bolsillo lo suficiente para que Emilio viera el resplandor verde filtrándose entre sus dedos—. Y tú tenías excursión a Teotihuacan hoy. No soy tonta, Emilio.
—¡Nomás digo que colarte a un camión escolar ajeno es un nivel de compromiso que no esperaba ni de ti!
—Silencio allá atrás —dijo la maestra Bermúdez por el megáfono, sin siquiera voltear, con esa autoridad que solo tienen las maestras de excursión con quince años de experiencia y cero paciencia.
Karina, la novia de su papá, iba dos asientos delante de la maestra Bermúdez, con una gorra de la escuela prestada y una sonrisa demasiado entusiasta para las seis y media de la mañana. Se había ofrecido de chaperona –por qué, exactamente, seguía siendo un misterio doloroso para Emilio– y cada vez que el camión pasaba por un bache, ella se volteaba a preguntarle si estaba bien, con una amabilidad que a Emilio le sabía, sin poder explicar por qué, a traición.
II. Polvo, sol y una columna de humo que no debería estar ahí
Para las diez de la mañana, el sol ya pegaba de lleno sobre la Calzada de los Muertos, un calor seco y directo que se sentía distinto al calor húmedo de la ciudad: un calor que subía del piso de tierra apisonada en oleadas visibles, que hacía brillar el aire sobre las piedras y que le dejaba a Emilio la garganta reseca cada vez que respiraba hondo. El polvo se le pegaba en los tobillos, fino y claro, y el olor a tierra caliente se mezclaba con el de los elotes que vendían junto a la entrada, con chile y limón, y con el protector solar de coco que la mitad del grupo se había puesto de más.
—Recuerden, jóvenes, la Pirámide del Sol es la tercera más grande del mundo —repetía la maestra Bermúdez por el megáfono, con un eco metálico que rebotaba contra las piedras—, construida hace más de mil ochocientos años, mucho antes de que llegaran los mexicas a este valle…
Emilio, medio escuchando, sintió que el jade en el bolsillo de Renata –caminaba justo a su lado, fingiendo tomar fotos con el celular– empezaba a vibrar con más fuerza. Al mismo tiempo, del lado este de la Pirámide del Sol, donde ningún guía llevaba nunca a los grupos porque ahí solo había piedras sueltas y un cordón de “zona restringida”, una columna delgada de humo negro empezó a subir hacia el cielo azul sin una sola nube.
—¿Tú ves eso? —preguntó Renata, en voz baja, sin dejar de fingir que tomaba fotos.
—Nadie más parece verlo —dijo Emilio, mirando alrededor: turistas, compañeros, la propia maestra Bermúdez, todos ajenos, todos viendo hacia la pirámide y no hacia esa columna de humo que subía cada vez más gruesa, sin que ningún guardia de seguridad corriera hacia allá.
—Genial —susurró Renata—. Otra vez el mismo truco de siempre: lo importante pasa justo donde nadie más está mirando.
III. La excusa de las trescientas y algo escalinatas
Convencer a la maestra Bermúdez de que necesitaban “ir al baño, es una emergencia, de las dos, sí, es contagioso” les costó una mirada de sospecha profesional de quince años de experiencia, pero funcionó. En cuanto se separaron del grupo, cruzaron el cordón de “zona restringida” agachados, con el corazón de Emilio latiendo tan fuerte que casi ahogaba el ruido de sus propios pasos sobre la grava suelta.
El sol de mediodía pegaba directo, sin ninguna sombra que los cubriera entre las piedras sueltas del lado este, y el sudor le corría a Emilio por la espalda, empapándole la playera contra la piel. El aire, mientras se acercaban a la columna de humo, empezó a oler distinto: ya no a polvo ni a elote, sino a algo quemado, a madera vieja ardiendo, mezclado con un aroma resinoso y dulzón que Emilio reconoció de inmediato.
—Copal —dijo, sintiendo cómo el olor se le metía hasta el fondo de la garganta, espeso—. Está ardiendo copal. Mucho copal.
Detrás de un montículo de piedras sueltas, donde los mapas turísticos no marcaban nada, había un altar pequeño, de piedra ennegrecida por siglos de humo, y sobre él ardía un fuego que no debería tener nada que quemar: sin leña, sin copal visible, solo fuego puro, alto como una persona, crepitando con un sonido seco y furioso que Emilio sintió vibrarle en el pecho antes de escucharlo del todo.
IV. El fuego que no se deja apagar
—Hay que apagarlo —dijo Renata, ya buscando con la mirada algo, cualquier cosa—. Antes de que alguien más lo vea y se arme un escándalo.
Encontró una botella de agua olvidada junto a las piedras, medio llena, y sin pensarlo dos veces la vació entera sobre las llamas.
El agua, al tocar el fuego, no lo apagó. Se evaporó de golpe, con un siseo violento que sonó casi como un grito, levantando una nube de vapor caliente que les llenó la cara de gotitas ardientes, obligándolos a retroceder tosiendo, los ojos escociéndoles.
—¡Eso no debería pasar! —gritó Emilio, limpiándose la cara con la manga—. ¡El agua apaga el fuego! ¡Esa es literalmente la única regla que conozco sobre el fuego!
—Con este no —dijo una voz nueva, profunda y áspera como madera vieja crujiendo, que salió de dentro de la columna de llamas—. Este fuego no se apaga con agua. Se apaga con memoria. O no se apaga nunca.
De entre las llamas emergió una figura encorvada, anciana, con la piel agrietada como cerámica cocida al fuego durante mil años, y sobre la cabeza, sostenido con un equilibrio imposible, un brasero de piedra del que salían chispas doradas que subían y se apagaban antes de tocar el suelo.
—Huehuetéotl —susurró Renata, con ese tono de quien reconoce algo que estudió pero jamás esperó ver en persona—. El fuego más viejo de todos.
V. El abuelo del fuego
—Me llaman así, sí —dijo el anciano de fuego, con una voz que crepitaba entre cada palabra, como leña acomodándose en una fogata—. El primero. El que ardió antes que ningún otro teotl tuviera nombre. Y hoy, el segundo presagio que alguien decidió despertar.
—¿Por qué usted? —preguntó Emilio, todavía con las manos escociéndole por el vapor—. Pensé que el primer presagio era de Cihuacóatl.
—Cada presagio despierta a quien tiene algo que ver con él —dijo Huehuetéotl—. Un templo se incendió sin remedio, hace quinientos años, en Tenochtitlan. Se llamaba Tlacateco. Ardió tres días completos sin que nadie pudiera apagarlo, ni con agua, ni con arena, ni con rezos. Y quien ordenó ese incendio para robarse lo que ardía adentro, fue el mismo tipo de hombre que anda ahora suelto con una llave de piedra en el bolsillo.
Como si lo hubiera invocado con la mención, un chasquido de zapatos finos sobre grava anunció, con la puntualidad de siempre, la llegada de Nemesio Ostos, que se acercaba entre las piedras sueltas con el mismo traje impecable de la primera noche, ahora ligeramente empolvado por el camino, y con la llave de piedra tallada brillando entre sus dedos enguantados.
VI. Segunda ronda
—Vaya, vaya —dijo Ostos, sin ninguna prisa, deteniéndose a una distancia prudente del fuego, cuyo calor le hacía brillar el sudor en la frente a pesar de su calma—. Qué eficientes son ustedes dos encontrando exactamente lo que yo también busco. Deberían cobrarme por el favor.
—¿Qué quiere con el fuego? —preguntó Renata, colocándose entre Ostos y Emilio sin pensarlo, la voz firme aunque las manos le temblaban un poco.
—No quiero el fuego —dijo Ostos, levantando la llave de piedra, que empezó a resonar con un zumbido grave apenas la acercó a las llamas—. Quiero lo que el fuego guarda. Cada teotl antiguo carga un poco de la memoria original de este lugar, niña. Memoria suficiente, si se junta toda, para reescribir cosas que ya deberían estar decididas.
Metió la llave directo en el corazón del fuego, y las llamas, en vez de consumirla, empezaron a girar alrededor de ella en una espiral cada vez más rápida, más alta, el crepitar convirtiéndose en un rugido que Emilio sintió en los dientes, en las costillas, en la planta de los pies a través de la tierra.
—¡ESTÁ ROBÁNDOSE LA MEMORIA DEL FUEGO! —gritó Huehuetéotl, con una furia que hizo temblar el brasero sobre su cabeza, las chispas doradas cayendo ahora hasta el suelo, encendiendo pequeñas llamitas donde tocaban la tierra seca—. ¡DETÉNGANLO!
VII. Lo que Emilio no había dicho sobre Karina
El calor, de golpe, se multiplicó, empujándolos hacia atrás como una mano invisible, y Emilio sintió que el aire mismo se volvía difícil de respirar, espeso, ardiente contra la garganta cada vez que inhalaba.
—¡Necesita algo de nosotros! —gritó Renata, por encima del rugido del fuego, cubriéndose la cara con el brazo—. ¡Igual que Cihuacóatl! ¡El fuego pide algo, no lo va a dar gratis!
—¡Memoria, dijo Ostos! —gritó Emilio de vuelta, el sudor cayéndole en los ojos, ardiéndole—. ¡Algo que se recuerde y algo que se olvide!
Huehuetéotl, luchando por mantener el fuego bajo control, apenas volteó hacia Emilio, sus ojos antiguos brillando entre las llamas.
—El fuego que se comparte con alguien nuevo no apaga el fuego viejo, niño —dijo, con esfuerzo, cada palabra costándole visiblemente—. Eso es lo único que puede detener a este presagio: alguien dispuesto a admitir que teme lo contrario.
Emilio sintió que el estómago se le encogía, un nudo que llevaba semanas cargando sin nombrarlo del todo.
—Tengo miedo de que Karina apague algo —dijo, con la voz quebrándose, casi sin poder creer que lo estaba diciendo en voz alta, frente a un teotl de fuego, en medio de Teotihuacan, con un villano de traje gris robándose una memoria de quinientos años—. Tengo miedo de que si mi papá es feliz con ella, se le vaya a olvidar cómo era cuando éramos nada más nosotros dos, él y yo, antes de que todo se rompiera. Tengo miedo de que su fuego viejo, el de antes, se apague solo porque encendió uno nuevo.
El rugido del fuego, por un instante, bajó de intensidad, como si la confesión misma le hubiera quitado algo de fuerza al remolino de llamas alrededor de la llave.
VIII. El fuego que se comparte no se apaga
—Esa fue siempre la mentira más vieja del miedo —dijo Huehuetéotl, con la voz ya más firme, aprovechando el respiro—. Que el amor es una vela con cera limitada, y que si alguien enciende otra, la primera se queda con menos. Pero el fuego no funciona así, niño. Nunca ha funcionado así. Yo llevo ardiendo desde antes del primer amanecer, y cada fuego que se encendió de mí desde entonces — cada fogata, cada vela, cada brasero de cada casa de este país— no me apagó ni un poco. Me multiplicó.
Ostos, sintiendo que el remolino de fuego perdía fuerza entre sus manos, apretó los dientes por primera vez en toda la noche, la calma resbalándosele apenas de la cara.
—Sentimentalismo de teotl viejo —masculló, forzando la llave más adentro del fuego—. Esto no cambia nada.
—Sí cambia —dijo Renata, tomando la mano de Emilio, sus dedos calientes y sudorosos entrelazándose con los de él—. Porque el fuego de Curicaueri, el que tu bisabuelo Refugio te heredó, tampoco se apagó cuando te enteraste de que existía Altagracia. Se hizo más grande. Igual va a pasar con esto.
El fuego, de golpe, se dividió en dos columnas separadas: una que seguía envolviendo la llave de piedra en manos de Ostos, y otra, más pequeña pero constante, que se apartó hacia Emilio y Renata, cálida esta vez, no violenta, lamiéndoles los brazos sin quemar, como una caricia hecha de calor puro.
—¡NO! —gritó Ostos, sintiendo que la llave se enfriaba entre sus dedos enguantados, la memoria que intentaba robar escapándosele—. ¡No otra vez esta ridiculez sentimental arruinándome el trabajo!
IX. Lo que Ostos no logró llevarse
Con un gruñido de frustración genuina, la primera grieta real en su compostura de toda la noche, Ostos retrocedió, guardándose la llave –ahora apagada, gris, sin ningún brillo– en el bolsillo del saco.
—Esta ronda es suya —dijo, ajustándose el saco con dignidad forzada, el polvo de Teotihuacan claramente incomodándolo más de lo que estaba dispuesto a admitir—. Pero llevo seis presagios más por delante, y ustedes dos no pueden ganarse todos con discursos bonitos sobre sentimientos.
Se alejó entre las piedras sueltas, sin correr, sin perder jamás esa calma insoportable, hasta perderse de vista detrás del montículo.
El fuego del altar volvió a ser un fuego normal: pequeño, contenido, ardiendo con leña de verdad que Emilio hubiera jurado que no estaba ahí antes. Huehuetéotl, ya más tranquilo, con el brasero sobre la cabeza otra vez estable, los miró con algo parecido, en su cara antigua y agrietada, a una sonrisa.
—Segundo presagio, contenido —dijo—. Y una memoria menos para que ese hombre se robe. Faltan seis.
—¿Y qué va a pasar con lo que él ya se llevó del primer presagio? —preguntó Renata.
—Eso —dijo Huehuetéotl, ya empezando a disolverse otra vez entre el humo del altar— es exactamente lo que ustedes van a tener que averiguar antes de que junte los ocho.
X. Tortas frías y una llamada pendiente
Volvieron corriendo al grupo justo quince minutos antes de que la maestra Bermúdez pasara lista, sudados, con tierra en la ropa y un olor a copal quemado que ninguno de los dos lograba explicar cuando Karina, arrugando la nariz, preguntó de dónde venía ese aroma tan fuerte.
—Incienso de un puesto —mintió Emilio, sin mirarla del todo a los ojos, aunque por primera vez en semanas el tono no le salió tan cortante como de costumbre.
En el camión de regreso, con el sol ya bajando anaranjado sobre los cerros pelones y el aire acondicionado zumbando bajito sobre sus cabezas, Emilio se quedó viendo su celular un rato largo, con el chat de su papá abierto y sin escribir nada, hasta que por fin tecleó: “Oye pá. ¿Un día de estos cenamos los tres? Tú, yo, y Karina. Como para conocerla bien, sin que sea rara la cosa.”
La respuesta llegó casi al instante, con más signos de exclamación de los que su papá usaba normalmente: “¡Claro que sí, hijo! Cuando tú quieras.”
Renata, dos asientos atrás, le mandó un mensaje aparte: “¿Estás bien?”
“Creo que sí”, contestó Emilio, mirando por la ventana cómo Teotihuacan se hacía cada vez más chiquito detrás de ellos, dos pirámides grises recortadas contra un cielo naranja que, por primera vez en toda la tarde, no tenía ni una sola columna de humo fuera de lugar. “El fuego viejo sigue ahí. Nada más va a tener compañía nueva. Creo que puedo con eso.”
Episodio 3 — “El rayo sin tormenta” (Templo Mayor, Ciudad de México)
I. Cielo despejado, cien por ciento
La cena con Karina resultó mejor de lo que Emilio había imaginado en sus peores escenarios mentales: tacos al pastor en la esquina de siempre, su papá contando el mismo chiste malo de hacía diez años sobre el mesero, y Karina riéndose en el momento correcto sin que se sintiera forzado. Nadie lloró. Nadie se peleó. Emilio hasta se sorprendió, de camino a casa, sintiéndose casi ligero, con el sabor a cilantro y limón todavía en la boca.
Esa ligereza le duró hasta las once y media de la noche, cuando el celular le vibró sobre el buró con un mensaje de Renata que no tenía ninguna palabra, solo una foto: la cajita de madera abierta, y adentro, el pedacito de jade lanzando chispitas azules diminutas, como electricidad estática saltando entre los dedos de alguien que acaba de tocar un suéter de lana.
“Esto es nuevo”, escribió después. “No es calor. Es como si tuviera pilas.”
Emilio se asomó a la ventana. El cielo de la ciudad estaba completamente despejado, sin una sola nube, con la luna llena iluminando los tinacos y las antenas de la colonia en un silencio perfecto, sin el más mínimo indicio de tormenta.
“La app del clima dice cero por ciento de lluvia”, contestó.
“Por eso mismo me preocupa”, escribió Renata. “Ya sabes cómo las gasta esta familia con el cero por ciento.”
II. El mismo boquete, una rutina distinta
Llegar al Templo Mayor esta vez les tomó la mitad de tiempo que la primera noche: conocían el camino, sabían exactamente en qué punto de la reja estaba el boquete, y Emilio ya ni siquiera se quejó de los tenis de bicicleta, porque esta vez había venido preparado con una linterna de verdad y una chamarra que no le importaba que se ensuciara.
—Fíjate qué expertos nos hemos vuelto en allanamiento de sitios arqueológicos —dijo, colándose por el hueco de la malla con un movimiento casi elegante, comparado con el tropezón torpe de la primera vez—. Deberíamos poner esto en el currículum.
—Nadie va a creer eso en ninguna solicitud de trabajo, Emilio.
—Uno nunca sabe.
El aire de esa noche era distinto al de la primera visita: más seco, más quieto, con un silencio pesado que a Emilio le pareció, desde el primer paso entre las ruinas, casi antinatural, como si la ciudad entera hubiera bajado el volumen. Ni el zumbido lejano de los coches en Eje Central se escuchaba con la misma claridad de siempre.
III. El olor que anuncia un rayo
Fue Renata quien lo notó primero, deteniéndose de golpe con una mano en el brazo de Emilio.
—¿Hueles eso?
Emilio respiró hondo. Un olor metálico, punzante, como el que deja un enchufe al chisporrotear, le raspó el fondo de la nariz. Al mismo tiempo, sintió cómo el vello de los brazos y de la nuca se le erizaba solo, no de miedo esta vez, sino de algo físico, real, una carga eléctrica flotando en el aire que le hacía cosquillas en la piel.
—Eso es ozono —dijo Renata, con la voz baja, la que usaba cuando un dato que había leído alguna vez de pronto se volvía terrorífico en la vida real—. Ese olor se produce cuando hay electricidad muy concentrada en el aire. Como justo antes de que caiga un rayo.
—¿Y por qué habría electricidad concentrada en un cielo sin una sola nube?
Como respondiéndole, un chispazo azul brincó entre dos piedras cercanas, con un chasquido seco que sonó exactamente como un dedo tronando, seguido de otro, y otro, pequeños arcos de electricidad estática saltando entre las piedras talladas del recinto, iluminando por fracciones de segundo los relieves de serpientes y calaveras con una luz azulada, fantasmal.
IV. Tláloc, otra vez
—Esto no es mío —dijo una voz que Emilio reconoció al instante, aunque venía cargada de una furia que jamás le había escuchado antes—. Y eso, para mí, es casi peor que si lo fuera.
Tláloc apareció entre las ruinas, sus anteojeras de jade brillando con un resplandor eléctrico en vez del azul tranquilo de lluvia que Emilio recordaba de Cholula, la capa que siempre le goteaba sin mojar el suelo ahora chisporroteando con pequeñas descargas en cada pliegue, como si él mismo estuviera hecho, esa noche, de una tormenta a punto de estallar.
—¡Tláloc! —dijo Emilio, con un alivio genuino que lo sorprendió a él mismo—. Qué gusto verlo, aunque sea en medio de — ¿esto qué es exactamente?
—Un rayo sin tormenta —dijo Tláloc, con la voz tensa, cada palabra costándole un esfuerzo visible—. El tercer presagio. Hace quinientos años, un rayo cayó sobre el Tzonmolco, el teocalli del fuego, sin que hubiera una sola nube en el cielo esa noche, prendiéndole fuego al techo de paja. Los ancianos lo entendieron enseguida: cuando el cielo golpea sin avisar, es porque algo ya decidió romper las reglas por las que se rige el mundo.
—¿Y usted no puede simplemente… apagarlo? —preguntó Renata, recordando, sin poder evitarlo, la misma pregunta que le había hecho en Papantla a Ehécatl.
—No es mi rayo para apagar —dijo Tláloc, con algo parecido a la vergüenza cruzándole la voz—. Alguien está usando mi fuerza sin pedirla. Como quien le roba la voz a alguien para decir cosas que esa persona jamás diría.
V. El aparato de Ostos
Un trueno –el primero real de la noche, seco, sin ningún eco de lluvia detrás– retumbó justo encima de ellos, y en el resplandor blanco que dejó, Emilio alcanzó a ver, sobre la plataforma más alta de las ruinas, la silueta inconfundible de Nemesio Ostos, esta vez sin el aire relajado de las dos ocasiones anteriores: tenía el pelo blanco despeinado por el viento eléctrico, el saco gris manchado de tierra, y en las manos sostenía un aparato mucho más grande que el de la primera noche –una especie de jaula de metal con varillas que apuntaban hacia el cielo, zumbando con una energía que hacía vibrar el aire alrededor.
—¡Ahí está! —gritó Renata.
—¡Esta vez no viene con modales de mayordomo! —gritó Emilio de vuelta, notando cómo, por primera vez, Ostos ya no se veía tranquilo: se veía desesperado, con gotas de sudor bajándole por la sien a pesar del frío eléctrico de la noche.
—¡No es momento para acercarse! —rugió Ostos, sin siquiera voltear a verlos, con toda su concentración puesta en la jaula de metal, que zumbaba cada vez más fuerte—. ¡Este rayo va a caer en menos de un minuto, y necesito que caiga exactamente aquí!
Otro chispazo saltó entre las piedras, más grande esta vez, lo suficientemente cerca de Emilio para que sintiera el calor y el olor a quemado pasarle rozando la mejilla, el corazón dándole un vuelco tan fuerte que por un segundo pensó que se le iba a salir del pecho.
VI. El rayo que casi los alcanza
—¡EMILIO, CUIDADO! —gritó Renata, jalándolo del brazo justo a tiempo, los dos cayendo de lado sobre la piedra fría un instante antes de que un rayo real, blanco y cegador, cayera exactamente donde Emilio había estado parado, con un estruendo que le retumbó en el pecho y le dejó un pitido agudo zumbándole en los oídos.
El olor a piedra chamuscada llenó el aire, mezclado con el ozono, tan fuerte que Emilio sintió que le raspaba la garganta con cada respiración. Tenía la mano de Renata todavía apretada contra su brazo, temblando, y notó, con un frío que no tenía nada que ver con la noche, que un mechón de su propio pelo, cerca de la sien, todavía humeaba un poco por lo cerca que había estado el rayo.
—¿Estás bien? —preguntó Renata, sin soltarlo, la voz quebrada.
—Creo que sí —dijo Emilio, con las manos temblándole más de lo que hubiera querido admitir—. Creo que acabo de entender por qué a la gente le da tanto miedo esto, en serio, de verdad, con toda la razón del mundo.
Ostos, mientras tanto, seguía forcejeando con la jaula de metal, que ahora chispeaba de manera descontrolada, la energía escapándosele de las manos enguantadas.
—¡No debía caer ahí! —gritó, con una frustración que ya no lograba esconder—. ¡El aparato se está saliendo de control!
VII. Lo que Renata cargaba sola
—Es su culpa —dijo Renata, poniéndose de pie con las piernas todavía temblorosas, la voz ganando fuerza con cada palabra—. Está intentando usar algo que no le pertenece, y por eso se le está resbalando de las manos.
—¿Y ustedes qué saben de cargar algo que no les pertenece del todo? —contestó Ostos, sin dejar de pelear con la jaula, que ya despedía chispas en todas direcciones—. Yo he visto cómo cargas ese jade, niña. Como si fuera tuyo por derecho, cuando en realidad es un préstamo que le hiciste a la casualidad.
Las palabras le pegaron a Renata más fuerte de lo que Emilio esperaba. La vio quedarse quieta un segundo, con la mano cerrada sobre el bolsillo donde guardaba la cajita.
—A veces siento que tiene razón —le dijo a Emilio, en voz baja, casi para sí misma, mientras el aire seguía cargado de electricidad a su alrededor—. Yo fui quien decidió lanzar la brújula al vacío el año pasado. Yo cargo el pedacito que quedó. Si algún día lo pierdo, o Ostos me lo quita, o simplemente lo rompo por accidente… voy a ser yo la que perdió lo último que quedaba de Altagracia. No tú. Yo.
—Renata.
—Llevo un año entera cuidando esto como si fuera lo único que me toca hacer bien —dijo, con la voz rompiéndosele por fin, el trueno retumbando otra vez a lo lejos, más débil—. Y tengo miedo de que un día se me resbale de verdad, y ya no haya manera de arreglarlo.
VIII. El rayo que encontró su cauce
—Cargar algo con miedo a perderlo no es lo mismo que cargarlo mal —dijo Tláloc, acercándose, su voz ya más tranquila, las anteojeras de jade recuperando poco a poco su brillo azul de siempre en vez del chispazo eléctrico—. Yo cargo el agua de todo este valle desde hace mil años, niña. Y créeme: el miedo a soltarla es justo lo que me ha enseñado a sostenerla bien.
Emilio le tomó la mano a Renata, esta vez sin ningún chiste de por medio.
—Yo también la cargo contigo —dijo—. No nada más tú. Desde el metro, ¿te acuerdas? Yo soy tu cuerda igual que tú fuiste la mía en Papantla.
La cajita de madera, en el bolsillo de Renata, dejó de chispear con violencia y empezó a brillar con una luz constante, tranquila, verde otra vez en vez de azul eléctrico. El aire alrededor de ellos, poco a poco, perdió esa carga pesada, el olor a ozono disolviéndose en la brisa normal de la noche.
Ostos, sintiendo que el aparato perdía toda su energía entre las manos, lo soltó con un gesto de disgusto, dejándolo caer entre las piedras con un estrépito metálico.
—Tercera vez —dijo, respirando con dificultad, el pelo blanco todavía revuelto—. Tercera vez que su sentimentalismo de telenovela me arruina meses de trabajo.
IX. Lo que Ostos dejó escapar
—¿Meses? —repitió Renata, entrecerrando los ojos—. ¿Cuánto tiempo lleva planeando esto exactamente?
Ostos se dio cuenta, un segundo demasiado tarde, de lo que había dicho de más. Por primera vez en las tres noches, algo parecido a la incomodidad le cruzó la cara.
—Eso no es asunto de ustedes —dijo, recogiendo el aparato dañado del suelo con movimientos bruscos, ya sin ninguna elegancia—. Nada más sepan que cuando junte los ocho, no va a ser para venderlo en una subasta privada, como seguramente se imaginan. Va a ser para corregir algo que debió corregirse hace mucho tiempo. Y ninguno de sus discursitos sobre sentir cosas va a poder detener eso.
Se alejó cojeando ligeramente, la primera grieta física, no solo emocional, que Emilio le había visto en toda la noche, y desapareció entre las sombras de las ruinas sin decir nada más.
—“Corregir algo” —repitió Emilio, viéndolo irse—. Eso suena mucho peor que “venderlo caro”.
—Sí —dijo Tláloc, con gravedad—. Suena a alguien que no quiere el poder de los presagios. Quiere reescribir por qué existieron.
X. Bajo un cielo por fin tranquilo
Cuando por fin salieron de las ruinas, el cielo sobre el centro histórico había vuelto a la normalidad completa: despejado, estrellado, sin ningún rastro de la carga eléctrica que lo había llenado toda la noche, solo el aire fresco y limpio de después de una tormenta que técnicamente nunca había existido.
—Tercer presagio, contenido —dijo Emilio, todavía con el pitido leve en los oídos—. Faltan cinco.
—Y ahora sabemos que Ostos no quiere el poder nada más para él —dijo Renata, guardando la cajita, ya tibia y tranquila, en el bolsillo—. Quiere corregir algo. Eso me asusta más que cualquier rayo.
—A mí lo que más me asusta —dijo Emilio, sacudiéndose un poco de tierra chamuscada del pelo— es que ya perdí la cuenta de cuántas veces por poco me electrocuto, me quemo o casi me caigo en un vacío interdimensional este año. Deberíamos empezar a cobrar seguro de vida antes de cada presagio.
Renata soltó una risa cansada, subiéndose a la bici.
—Cinco presagios más, Emilio.
—Cinco presagios más —repitió él, montándose en la suya—. Y un villano con crisis existencial de villano de telenovela suelto por ahí, planeando corregir quién sabe qué.
Pedalearon de regreso por las calles vacías del centro, el amanecer todavía lejos, pero el cielo, por primera vez en toda la noche, completamente en silencio.
Fin (por ahora).
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Episodio 3 — “El rayo sin tormenta” (Templo Mayor, Ciudad de México)
I. Cielo despejado, cien por ciento
La cena con Karina resultó mejor de lo que Emilio había imaginado en sus peores escenarios mentales: tacos al pastor en la esquina de siempre, su papá contando el mismo chiste malo de hacía diez años sobre el mesero, y Karina riéndose en el momento correcto sin que se sintiera forzado. Nadie lloró. Nadie se peleó. Emilio hasta se sorprendió, de camino a casa, sintiéndose casi ligero, con el sabor a cilantro y limón todavía en la boca.
Esa ligereza le duró hasta las once y media de la noche, cuando el celular le vibró sobre el buró con un mensaje de Renata que no tenía ninguna palabra, solo una foto: la cajita de madera abierta, y adentro, el pedacito de jade lanzando chispitas azules diminutas, como electricidad estática saltando entre los dedos de alguien que acaba de tocar un suéter de lana.
“Esto es nuevo”, escribió después. “No es calor. Es como si tuviera pilas.”
Emilio se asomó a la ventana. El cielo de la ciudad estaba completamente despejado, sin una sola nube, con la luna llena iluminando los tinacos y las antenas de la colonia en un silencio perfecto, sin el más mínimo indicio de tormenta.
“La app del clima dice cero por ciento de lluvia”, contestó.
“Por eso mismo me preocupa”, escribió Renata. “Ya sabes cómo las gasta esta familia con el cero por ciento.”
II. El mismo boquete, una rutina distinta
Llegar al Templo Mayor esta vez les tomó la mitad de tiempo que la primera noche: conocían el camino, sabían exactamente en qué punto de la reja estaba el boquete, y Emilio ya ni siquiera se quejó de los tenis de bicicleta, porque esta vez había venido preparado con una linterna de verdad y una chamarra que no le importaba que se ensuciara.
—Fíjate qué expertos nos hemos vuelto en allanamiento de sitios arqueológicos —dijo, colándose por el hueco de la malla con un movimiento casi elegante, comparado con el tropezón torpe de la primera vez—. Deberíamos poner esto en el currículum.
—Nadie va a creer eso en ninguna solicitud de trabajo, Emilio.
—Uno nunca sabe.
El aire de esa noche era distinto al de la primera visita: más seco, más quieto, con un silencio pesado que a Emilio le pareció, desde el primer paso entre las ruinas, casi antinatural, como si la ciudad entera hubiera bajado el volumen. Ni el zumbido lejano de los coches en Eje Central se escuchaba con la misma claridad de siempre.
III. El olor que anuncia un rayo
Fue Renata quien lo notó primero, deteniéndose de golpe con una mano en el brazo de Emilio.
—¿Hueles eso?
Emilio respiró hondo. Un olor metálico, punzante, como el que deja un enchufe al chisporrotear, le raspó el fondo de la nariz. Al mismo tiempo, sintió cómo el vello de los brazos y de la nuca se le erizaba solo, no de miedo esta vez, sino de algo físico, real, una carga eléctrica flotando en el aire que le hacía cosquillas en la piel.
—Eso es ozono —dijo Renata, con la voz baja, la que usaba cuando un dato que había leído alguna vez de pronto se volvía terrorífico en la vida real—. Ese olor se produce cuando hay electricidad muy concentrada en el aire. Como justo antes de que caiga un rayo.
—¿Y por qué habría electricidad concentrada en un cielo sin una sola nube?
Como respondiéndole, un chispazo azul brincó entre dos piedras cercanas, con un chasquido seco que sonó exactamente como un dedo tronando, seguido de otro, y otro, pequeños arcos de electricidad estática saltando entre las piedras talladas del recinto, iluminando por fracciones de segundo los relieves de serpientes y calaveras con una luz azulada, fantasmal.
IV. Tláloc, otra vez
—Esto no es mío —dijo una voz que Emilio reconoció al instante, aunque venía cargada de una furia que jamás le había escuchado antes—. Y eso, para mí, es casi peor que si lo fuera.
Tláloc apareció entre las ruinas, sus anteojeras de jade brillando con un resplandor eléctrico en vez del azul tranquilo de lluvia que Emilio recordaba de Cholula, la capa que siempre le goteaba sin mojar el suelo ahora chisporroteando con pequeñas descargas en cada pliegue, como si él mismo estuviera hecho, esa noche, de una tormenta a punto de estallar.
—¡Tláloc! —dijo Emilio, con un alivio genuino que lo sorprendió a él mismo—. Qué gusto verlo, aunque sea en medio de — ¿esto qué es exactamente?
—Un rayo sin tormenta —dijo Tláloc, con la voz tensa, cada palabra costándole un esfuerzo visible—. El tercer presagio. Hace quinientos años, un rayo cayó sobre el Tzonmolco, el teocalli del fuego, sin que hubiera una sola nube en el cielo esa noche, prendiéndole fuego al techo de paja. Los ancianos lo entendieron enseguida: cuando el cielo golpea sin avisar, es porque algo ya decidió romper las reglas por las que se rige el mundo.
—¿Y usted no puede simplemente… apagarlo? —preguntó Renata, recordando, sin poder evitarlo, la misma pregunta que le había hecho en Papantla a Ehécatl.
—No es mi rayo para apagar —dijo Tláloc, con algo parecido a la vergüenza cruzándole la voz—. Alguien está usando mi fuerza sin pedirla. Como quien le roba la voz a alguien para decir cosas que esa persona jamás diría.
V. El aparato de Ostos
Un trueno –el primero real de la noche, seco, sin ningún eco de lluvia detrás– retumbó justo encima de ellos, y en el resplandor blanco que dejó, Emilio alcanzó a ver, sobre la plataforma más alta de las ruinas, la silueta inconfundible de Nemesio Ostos, esta vez sin el aire relajado de las dos ocasiones anteriores: tenía el pelo blanco despeinado por el viento eléctrico, el saco gris manchado de tierra, y en las manos sostenía un aparato mucho más grande que el de la primera noche –una especie de jaula de metal con varillas que apuntaban hacia el cielo, zumbando con una energía que hacía vibrar el aire alrededor.
—¡Ahí está! —gritó Renata.
—¡Esta vez no viene con modales de mayordomo! —gritó Emilio de vuelta, notando cómo, por primera vez, Ostos ya no se veía tranquilo: se veía desesperado, con gotas de sudor bajándole por la sien a pesar del frío eléctrico de la noche.
—¡No es momento para acercarse! —rugió Ostos, sin siquiera voltear a verlos, con toda su concentración puesta en la jaula de metal, que zumbaba cada vez más fuerte—. ¡Este rayo va a caer en menos de un minuto, y necesito que caiga exactamente aquí!
Otro chispazo saltó entre las piedras, más grande esta vez, lo suficientemente cerca de Emilio para que sintiera el calor y el olor a quemado pasarle rozando la mejilla, el corazón dándole un vuelco tan fuerte que por un segundo pensó que se le iba a salir del pecho.
VI. El rayo que casi los alcanza
—¡EMILIO, CUIDADO! —gritó Renata, jalándolo del brazo justo a tiempo, los dos cayendo de lado sobre la piedra fría un instante antes de que un rayo real, blanco y cegador, cayera exactamente donde Emilio había estado parado, con un estruendo que le retumbó en el pecho y le dejó un pitido agudo zumbándole en los oídos.
El olor a piedra chamuscada llenó el aire, mezclado con el ozono, tan fuerte que Emilio sintió que le raspaba la garganta con cada respiración. Tenía la mano de Renata todavía apretada contra su brazo, temblando, y notó, con un frío que no tenía nada que ver con la noche, que un mechón de su propio pelo, cerca de la sien, todavía humeaba un poco por lo cerca que había estado el rayo.
—¿Estás bien? —preguntó Renata, sin soltarlo, la voz quebrada.
—Creo que sí —dijo Emilio, con las manos temblándole más de lo que hubiera querido admitir—. Creo que acabo de entender por qué a la gente le da tanto miedo esto, en serio, de verdad, con toda la razón del mundo.
Ostos, mientras tanto, seguía forcejeando con la jaula de metal, que ahora chispeaba de manera descontrolada, la energía escapándosele de las manos enguantadas.
—¡No debía caer ahí! —gritó, con una frustración que ya no lograba esconder—. ¡El aparato se está saliendo de control!
VII. Lo que Renata cargaba sola
—Es su culpa —dijo Renata, poniéndose de pie con las piernas todavía temblorosas, la voz ganando fuerza con cada palabra—. Está intentando usar algo que no le pertenece, y por eso se le está resbalando de las manos.
—¿Y ustedes qué saben de cargar algo que no les pertenece del todo? —contestó Ostos, sin dejar de pelear con la jaula, que ya despedía chispas en todas direcciones—. Yo he visto cómo cargas ese jade, niña. Como si fuera tuyo por derecho, cuando en realidad es un préstamo que le hiciste a la casualidad.
Las palabras le pegaron a Renata más fuerte de lo que Emilio esperaba. La vio quedarse quieta un segundo, con la mano cerrada sobre el bolsillo donde guardaba la cajita.
—A veces siento que tiene razón —le dijo a Emilio, en voz baja, casi para sí misma, mientras el aire seguía cargado de electricidad a su alrededor—. Yo fui quien decidió lanzar la brújula al vacío el año pasado. Yo cargo el pedacito que quedó. Si algún día lo pierdo, o Ostos me lo quita, o simplemente lo rompo por accidente… voy a ser yo la que perdió lo último que quedaba de Altagracia. No tú. Yo.
—Renata.
—Llevo un año entera cuidando esto como si fuera lo único que me toca hacer bien —dijo, con la voz rompiéndosele por fin, el trueno retumbando otra vez a lo lejos, más débil—. Y tengo miedo de que un día se me resbale de verdad, y ya no haya manera de arreglarlo.
VIII. El rayo que encontró su cauce
—Cargar algo con miedo a perderlo no es lo mismo que cargarlo mal —dijo Tláloc, acercándose, su voz ya más tranquila, las anteojeras de jade recuperando poco a poco su brillo azul de siempre en vez del chispazo eléctrico—. Yo cargo el agua de todo este valle desde hace mil años, niña. Y créeme: el miedo a soltarla es justo lo que me ha enseñado a sostenerla bien.
Emilio le tomó la mano a Renata, esta vez sin ningún chiste de por medio.
—Yo también la cargo contigo —dijo—. No nada más tú. Desde el metro, ¿te acuerdas? Yo soy tu cuerda igual que tú fuiste la mía en Papantla.
La cajita de madera, en el bolsillo de Renata, dejó de chispear con violencia y empezó a brillar con una luz constante, tranquila, verde otra vez en vez de azul eléctrico. El aire alrededor de ellos, poco a poco, perdió esa carga pesada, el olor a ozono disolviéndose en la brisa normal de la noche.
Ostos, sintiendo que el aparato perdía toda su energía entre las manos, lo soltó con un gesto de disgusto, dejándolo caer entre las piedras con un estrépito metálico.
—Tercera vez —dijo, respirando con dificultad, el pelo blanco todavía revuelto—. Tercera vez que su sentimentalismo de telenovela me arruina meses de trabajo.
IX. Lo que Ostos dejó escapar
—¿Meses? —repitió Renata, entrecerrando los ojos—. ¿Cuánto tiempo lleva planeando esto exactamente?
Ostos se dio cuenta, un segundo demasiado tarde, de lo que había dicho de más. Por primera vez en las tres noches, algo parecido a la incomodidad le cruzó la cara.
—Eso no es asunto de ustedes —dijo, recogiendo el aparato dañado del suelo con movimientos bruscos, ya sin ninguna elegancia—. Nada más sepan que cuando junte los ocho, no va a ser para venderlo en una subasta privada, como seguramente se imaginan. Va a ser para corregir algo que debió corregirse hace mucho tiempo. Y ninguno de sus discursitos sobre sentir cosas va a poder detener eso.
Se alejó cojeando ligeramente, la primera grieta física, no solo emocional, que Emilio le había visto en toda la noche, y desapareció entre las sombras de las ruinas sin decir nada más.
—“Corregir algo” —repitió Emilio, viéndolo irse—. Eso suena mucho peor que “venderlo caro”.
—Sí —dijo Tláloc, con gravedad—. Suena a alguien que no quiere el poder de los presagios. Quiere reescribir por qué existieron.
X. Bajo un cielo por fin tranquilo
Cuando por fin salieron de las ruinas, el cielo sobre el centro histórico había vuelto a la normalidad completa: despejado, estrellado, sin ningún rastro de la carga eléctrica que lo había llenado toda la noche, solo el aire fresco y limpio de después de una tormenta que técnicamente nunca había existido.
—Tercer presagio, contenido —dijo Emilio, todavía con el pitido leve en los oídos—. Faltan cinco.
—Y ahora sabemos que Ostos no quiere el poder nada más para él —dijo Renata, guardando la cajita, ya tibia y tranquila, en el bolsillo—. Quiere corregir algo. Eso me asusta más que cualquier rayo.
—A mí lo que más me asusta —dijo Emilio, sacudiéndose un poco de tierra chamuscada del pelo— es que ya perdí la cuenta de cuántas veces por poco me electrocuto, me quemo o casi me caigo en un vacío interdimensional este año. Deberíamos empezar a cobrar seguro de vida antes de cada presagio.
Renata soltó una risa cansada, subiéndose a la bici.
—Cinco presagios más, Emilio.
—Cinco presagios más —repitió él, montándose en la suya—. Y un villano con crisis existencial de villano de telenovela suelto por ahí, planeando corregir quién sabe qué.
Pedalearon de regreso por las calles vacías del centro, el amanecer todavía lejos, pero el cielo, por primera vez en toda la noche, completamente en silencio.
Episodio 4 — “El cometa de tres colas” (Chichén Itzá, Yucatán)
I. Lo que ya no era un secreto de familia
—Miren nada más, ya hasta CNN le entró —dijo Toño, con los pies sobre el tablero de la camioneta de tía Meche, señalando el celular donde un conductor de noticias en inglés hablaba, con más seriedad de la que Emilio hubiera esperado, sobre “an unusual celestial phenomenon observed across the Yucatán Peninsula.”
Iban rumbo a Chichén Itzá para el espectáculo de luz y sonido, un plan que tía Meche llevaba organizando desde antes de que Emilio y Renata llegaran de vacaciones, sin sospechar que esta vez el cielo mismo se les iba a adelantar al espectáculo. Por la ventana, incluso con la tarde todavía clara, se distinguía una mancha borrosa en el cielo, como si alguien hubiera tallado tres rayas de tiza blanca sobre un pizarrón azul: un cometa con tres colas larguísimas, visible pleno día, algo que ni el astrónomo más veterano entrevistado en la tele sabía explicar del todo.
—Esta vez sí lo está viendo todo el mundo —le susurró Renata a Emilio, con la voz tensa, mientras el aire acondicionado de la camioneta les soplaba frío en la cara y afuera el calor de la carretera hacía ondular el asfalto a lo lejos—. El primer presagio nada más lo vimos nosotros. Esto ya salió en las noticias internacionales. Se está haciendo más grande, y más público, cada vez.
—Genial —murmuró Emilio—. Justo lo que necesitábamos: presión de fecha límite y ahora también audiencia mundial.
II. Chicharras, piedra caliente y un letrero de “cupo lleno”
Para cuando llegaron a Chichén Itzá, el sol de la tarde pegaba directo sobre la explanada, un calor húmedo y pegajoso que se le metía a Emilio por debajo de la playera, empapándosela contra la espalda en cuestión de minutos. El aire vibraba con el canto ensordecedor de las chicharras entre los árboles, un sonido constante y agudo que subía y bajaba de intensidad como una alarma viva, mezclado con el murmullo de cientos de turistas hablando en media docena de idiomas distintos y el olor a elote asado y aguas frescas que flotaba desde los puestos junto a la entrada.
—Cupo lleno para el espectáculo de esta noche —anunció un guía con megáfono, provocando un quejido colectivo entre la fila de turistas—. Ha habido… una demanda inusual, dado el fenómeno astronómico. Por su seguridad, el recinto va a cerrar más temprano de lo habitual.
—“Por su seguridad” —repitió Renata, en voz baja, mirando hacia El Caracol, el observatorio circular que se alzaba al fondo del sitio, con sus ventanitas estrechas alineadas hacia el cielo—. Eso nunca es buena señal en nuestra familia.
La cajita de madera, en el bolsillo del short de Renata, ya llevaba toda la tarde tibia, pero en cuanto pusieron un pie dentro del recinto, empezó a vibrar con una fuerza distinta: no un calor parejo, sino pulsos rítmicos, regulares, como un metrónomo, o como un corazón latiendo cada vez más rápido.
III. Las ventanas que no debían ver eso
Convencer a tía Meche de que los dejara “ir a comprar un recuerdito rápido antes de que cierren la tienda” les compró apenas quince minutos, que usaron para cruzar corriendo la explanada de piedra caliza –el calor subiéndoles desde el suelo a través de las suelas de los tenis– hasta la base de El Caracol, ya vacía de turistas por la hora.
Desde una de las ventanitas estrechas de la torre, diseñadas hace más de mil años para alinearse con posiciones exactas de Venus en el horizonte, salía una luz que no correspondía a ningún atardecer normal: un resplandor blanco azulado, frío, que parpadeaba con un patrón demasiado regular para ser natural.
—Esas ventanas están alineadas con el ciclo de Venus —dijo Renata, con la voz agitada, mirando hacia arriba—, no deberían mostrar nada más que el cielo normal a esta hora.
Un hombre mayor, de piel curtida por el sol y camisa de guardia del sitio ya desabotonada por el calor, salió de entre las sombras de la base de la torre, secándose el sudor de la frente con un paliacate rojo.
—Ustedes también lo sintieron —dijo, sin preguntar, con un acento pausado del oriente de Yucatán—. El corazón les está latiendo distinto desde que cruzaron la reja, ¿verdad?
IV. Don Pedro Canul
—¿Cómo sabe eso? —preguntó Emilio, dando un paso atrás, instintivamente.
—Porque a mí me pasó lo mismo la primera vez que un k’uh me habló, hace más años de los que ustedes tienen juntos —dijo el hombre, guardándose el paliacate en el bolsillo trasero—. Pedro Canul, para servirles. Guardián nocturno de este sitio desde hace treinta y dos años, y antes de eso, aprendiz de mi abuelo en cosas que no salen en los letreros turísticos.
—¿Usted sabe lo que está pasando ahí arriba? —preguntó Renata, señalando la torre.
—Sé que esa luz no le pertenece al cielo —dijo don Pedro, mirando hacia la ventanita con el ceño fruncido—. Y sé que un hombre de traje gris, con guantes que no pegan para nada con este calor, entró ahí hace menos de una hora, cargando algo que zumbaba como panal de avispas.
El estómago de Emilio dio un vuelco.
—Ostos.
—No me dio su nombre —dijo don Pedro—, pero tampoco me pidió permiso para entrar. Y en treinta y dos años, eso solo lo hace la gente que trae mala intención o demasiada prisa. Síganme. Conozco una entrada que los turistas nunca ven.
V. La escalera de caracol
La entrada secreta resultó ser una abertura baja en la base de la torre, disimulada entre las piedras, por donde tuvieron que agacharse para pasar, el aire adentro cambiando de golpe: más fresco que afuera, pero cargado de un olor mineral, a piedra vieja y polvo de siglos, con un eco extraño que hacía que cada respiración sonara más fuerte de lo normal.
La escalera subía en espiral apretada, tallada directamente en la piedra, tan angosta que Emilio tuvo que subir de lado en algunos tramos, sintiendo la piedra fría y rugosa rozándole el hombro con cada vuelta. El zumbido que don Pedro había mencionado se hacía más fuerte con cada escalón, un sonido grave y vibrante que Emilio sentía en las plantas de los pies antes de escucharlo del todo con los oídos, como el motor de algo enorme funcionando muy cerca.
—¿Cuántas vueltas lleva esta escalera? —preguntó Emilio, ya sin aliento, el sudor cayéndole por la sien.
—Las que hagan falta —contestó don Pedro, sin voltear, subiendo con una agilidad que desmentía sus más de sesenta años—. Como todo lo importante en esta tierra.
Llegaron, por fin, a la cámara superior, circular, con las estrechas ventanas alineadas hacia el horizonte, y ahí, flotando en el centro del cuarto, el cometa de tres colas ardía tan cerca que llenaba todo el espacio de una luz blanca azulada que hacía brillar el polvo suspendido en el aire como si fueran miles de estrellas diminutas y quietas.
VI. Kukulkán y la estrella que camina dos veces
—Por fin —dijo una voz que resonó dentro de sus cabezas, no en sus oídos, con la misma calidez que Emilio recordaba de un cenote hacía casi dos años—. Aunque esta vez llegaron acompañados de alguien que ya conocía el camino.
Kukulkán apareció entre las tres colas del cometa, su cuerpo de serpiente emplumada enroscándose alrededor de la luz como si la abrazara, las plumas verdes y doradas ondeando aunque no había ningún viento adentro de la torre.
—El mismo k’uh que ustedes conocen como Quetzalcóatl —dijo don Pedro, sin ninguna sorpresa, inclinando apenas la cabeza con un respeto antiguo—. Bienvenido de nuevo, hermano de las estrellas.
—Cuarto presagio —dijo Kukulkán, sin perder tiempo, la luz del cometa reflejándose en sus ojos dorados—. Hace quinientos años, tres estrellas con colas larguísimas cruzaron el cielo incluso de día, señal de que Venus, la estrella que camina dos veces –una como lucero de la mañana, otra como lucero de la tarde– estaba a punto de romper su ciclo. Igual que ahora.
—¿Y eso qué significa? —preguntó Renata, con la libreta mental de siempre encendida a pesar del miedo.
—Significa que el tiempo mismo se está tropezando —dijo Kukulkán—. Y alguien, en algún lugar de esta torre, está intentando atrapar ese tropiezo antes de que el cielo se corrija solo.
VII. El zumbido en la cima
El zumbido de panal de avispas que don Pedro había mencionado llegaba de un rincón sombreado de la cámara, donde Nemesio Ostos, de rodillas sobre la piedra fría, ajustaba con manos temblorosas un aparato nuevo: una esfera de cristal rodeada de anillos metálicos que giraban cada vez más rápido, atrapando dentro de sí un hilo delgado de la luz del cometa, como quien enrolla un listón.
—Un movimiento más y van a arruinarme el trabajo de un año entero —dijo, sin voltear, la voz cargada de un cansancio que ya no intentaba disimular—. Este es el cuarto. Llevo cuatro de ocho. No me van a detener ahora.
—¿Qué es exactamente lo que está juntando? —preguntó Emilio, acercándose despacio, con don Pedro poniéndole una mano firme en el hombro para que no se apurara de más.
—Tiempo —dijo Ostos, por primera vez sin ninguna evasiva—. Cada presagio guarda un hilo del tiempo exacto en que ocurrió. Ocho hilos juntos son suficientes para deshacer un nudo que nunca debió amarrarse. Eso es todo lo que necesitan saber.
La esfera de cristal, entre sus manos, brilló con más fuerza, el hilo de luz del cometa enrollándose cada vez más rápido, y por un instante pareció que Ostos, por fin, iba a lograrlo.
VIII. Lo que Renata no había dicho sobre el verano
—¡Deténgalo! —gritó Renata, pero Kukulkán, tenso, negó con la cabeza.
—No puedo tocar ese aparato sin arriesgarme a romper el ciclo entero de Venus —dijo—. Tiene que ser alguien que no le tenga miedo a que el tiempo avance sin control. Y ahí está el problema: casi nadie deja de tenerle miedo a eso.
Emilio volteó hacia Renata, y la encontró con la vista clavada en la esfera de cristal, la cara pálida, algo más que miedo cruzándole la expresión.
—Renata.
—Me aceptaron —dijo ella, de golpe, casi sin querer decirlo, la voz temblando—. En el programa de verano de ciencias, en Guadalajara. Ocho semanas. Me llegó la carta la semana pasada y no te dije nada porque… porque si lo decía en voz alta, se volvía real que este verano no vamos a estar juntos por primera vez en toda nuestra vida, y no sé qué tanto miedo me da eso hasta ahora mismo, viendo cómo el tiempo se enrolla en esa bola de cristal como si fuera lo más fácil del mundo dejar que las cosas avancen.
Emilio sintió que se le apretaba el pecho, pero, para su propia sorpresa, no de tristeza pura: de algo más complicado, orgullo mezclado con un miedo pequeño y honesto.
—Renata, eso es increíble —dijo, con la voz firme—. Y sí, me da un poco de miedo también. Pero el tiempo no es un cometa que hay que atrapar en una bola de cristal para que no se mueva. Es más como esta escalera de caracol: sigue subiendo, dé las vueltas que dé, y nosotros seguimos subiéndola juntos, aunque cada vuelta se vea distinta.
IX. El hilo que se soltó solo
La confesión, extrañamente, hizo algo que ninguna pelea directa había logrado: el hilo de luz del cometa, dentro de la esfera de cristal de Ostos, tembló, y en vez de seguir enrollándose, empezó a desenrollarse, escapándosele entre los dedos enguantados como agua entre las manos.
—¡No, no, no! —gritó Ostos, cerrando los puños alrededor de la esfera, pero el hilo de luz ya salía disparado hacia las ventanas de la torre, buscando el cielo, buscando volver a su lugar—. ¡El tiempo no se supone que quiera regresar solo!
—Tal vez es porque, por primera vez en todo el año, alguien le dijo que no le tenía miedo a que avanzara —dijo Kukulkán, con algo parecido al alivio suavizándole la voz.
Don Pedro, aprovechando la distracción, se movió rápido –más rápido de lo que su edad sugería– y le arrebató a Ostos, de un manotazo certero, un fragmento pequeño y brillante que se le había desprendido de la esfera durante el forcejeo, guardándoselo enseguida en el bolsillo de la camisa.
—Eso es mío —dijo Ostos, furioso, aunque ya sin fuerzas para pelear por recuperarlo, con la esfera ahora vacía y opaca entre sus manos.
—Era del cielo, primero —contestó don Pedro, sin ceder ni un centímetro—. Y hoy le toca volver un poco más cerca de casa.
X. Cuatro de ocho
Ostos se retiró escaleras abajo, cojeando otra vez, sin decir nada más, el silencio de su derrota más elocuente que cualquier amenaza. Arriba, el cometa de tres colas se había reducido a una luz pequeña y tranquila, ya casi indistinguible de una estrella normal, y afuera, a través de las ventanitas alineadas con Venus, el cielo del atardecer yucateco se pintaba de naranjas y morados como si nada extraordinario hubiera pasado esa tarde.
—Cuarto presagio, contenido —dijo Kukulkán, con la voz ya en calma—. La mitad del camino. Y esta vez, además, le quitamos algo a él, en vez de solo quitarle algo a nosotros.
Don Pedro les mostró el fragmento brillante que había rescatado, un pedacito de cristal del tamaño de una canica, latiendo con una luz suave.
—Guárdenlo bien —dijo, entregándoselo a Renata—. No sé para qué va a servir. Pero algo me dice que cuando lo sepan, se van a alegrar de tenerlo de su lado y no del suyo.
Bajaron la escalera de caracol mucho más despacio que como habían subido, las piernas cansadas, el corazón todavía acelerado, hasta la explanada donde tía Meche y Toño los esperaban, ajenos por completo, discutiendo cuál puesto tenía las mejores marquesitas.
—¿Ya vieron el cometa? —preguntó Toño, señalando hacia el cielo, donde ya no quedaba nada fuera de lo normal—. Qué decepción, la neta. Pensé que iba a ser más dramático.
Emilio y Renata se miraron, con el fragmento de cristal todavía tibio en el bolsillo, y decidieron, sin necesidad de hablarlo, que esa era una broma que se iban a guardar para ellos solos por mucho, mucho tiempo.
—Fue más dramático de lo que te imaginas, primo —dijo Renata, comprando una marquesita como si nada, con la voz apenas un poco más ligera que antes—. Créeme.
Fin (por ahora).
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Episodio 4 — “El cometa de tres colas” (Chichén Itzá, Yucatán)
I. Lo que ya no era un secreto de familia
—Miren nada más, ya hasta CNN le entró —dijo Toño, con los pies sobre el tablero de la camioneta de tía Meche, señalando el celular donde un conductor de noticias en inglés hablaba, con más seriedad de la que Emilio hubiera esperado, sobre “an unusual celestial phenomenon observed across the Yucatán Peninsula.”
Iban rumbo a Chichén Itzá para el espectáculo de luz y sonido, un plan que tía Meche llevaba organizando desde antes de que Emilio y Renata llegaran de vacaciones, sin sospechar que esta vez el cielo mismo se les iba a adelantar al espectáculo. Por la ventana, incluso con la tarde todavía clara, se distinguía una mancha borrosa en el cielo, como si alguien hubiera tallado tres rayas de tiza blanca sobre un pizarrón azul: un cometa con tres colas larguísimas, visible pleno día, algo que ni el astrónomo más veterano entrevistado en la tele sabía explicar del todo.
—Esta vez sí lo está viendo todo el mundo —le susurró Renata a Emilio, con la voz tensa, mientras el aire acondicionado de la camioneta les soplaba frío en la cara y afuera el calor de la carretera hacía ondular el asfalto a lo lejos—. El primer presagio nada más lo vimos nosotros. Esto ya salió en las noticias internacionales. Se está haciendo más grande, y más público, cada vez.
—Genial —murmuró Emilio—. Justo lo que necesitábamos: presión de fecha límite y ahora también audiencia mundial.
II. Chicharras, piedra caliente y un letrero de “cupo lleno”
Para cuando llegaron a Chichén Itzá, el sol de la tarde pegaba directo sobre la explanada, un calor húmedo y pegajoso que se le metía a Emilio por debajo de la playera, empapándosela contra la espalda en cuestión de minutos. El aire vibraba con el canto ensordecedor de las chicharras entre los árboles, un sonido constante y agudo que subía y bajaba de intensidad como una alarma viva, mezclado con el murmullo de cientos de turistas hablando en media docena de idiomas distintos y el olor a elote asado y aguas frescas que flotaba desde los puestos junto a la entrada.
—Cupo lleno para el espectáculo de esta noche —anunció un guía con megáfono, provocando un quejido colectivo entre la fila de turistas—. Ha habido… una demanda inusual, dado el fenómeno astronómico. Por su seguridad, el recinto va a cerrar más temprano de lo habitual.
—“Por su seguridad” —repitió Renata, en voz baja, mirando hacia El Caracol, el observatorio circular que se alzaba al fondo del sitio, con sus ventanitas estrechas alineadas hacia el cielo—. Eso nunca es buena señal en nuestra familia.
La cajita de madera, en el bolsillo del short de Renata, ya llevaba toda la tarde tibia, pero en cuanto pusieron un pie dentro del recinto, empezó a vibrar con una fuerza distinta: no un calor parejo, sino pulsos rítmicos, regulares, como un metrónomo, o como un corazón latiendo cada vez más rápido.
III. Las ventanas que no debían ver eso
Convencer a tía Meche de que los dejara “ir a comprar un recuerdito rápido antes de que cierren la tienda” les compró apenas quince minutos, que usaron para cruzar corriendo la explanada de piedra caliza –el calor subiéndoles desde el suelo a través de las suelas de los tenis– hasta la base de El Caracol, ya vacía de turistas por la hora.
Desde una de las ventanitas estrechas de la torre, diseñadas hace más de mil años para alinearse con posiciones exactas de Venus en el horizonte, salía una luz que no correspondía a ningún atardecer normal: un resplandor blanco azulado, frío, que parpadeaba con un patrón demasiado regular para ser natural.
—Esas ventanas están alineadas con el ciclo de Venus —dijo Renata, con la voz agitada, mirando hacia arriba—, no deberían mostrar nada más que el cielo normal a esta hora.
Un hombre mayor, de piel curtida por el sol y camisa de guardia del sitio ya desabotonada por el calor, salió de entre las sombras de la base de la torre, secándose el sudor de la frente con un paliacate rojo.
—Ustedes también lo sintieron —dijo, sin preguntar, con un acento pausado del oriente de Yucatán—. El corazón les está latiendo distinto desde que cruzaron la reja, ¿verdad?
IV. Don Pedro Canul
—¿Cómo sabe eso? —preguntó Emilio, dando un paso atrás, instintivamente.
—Porque a mí me pasó lo mismo la primera vez que un k’uh me habló, hace más años de los que ustedes tienen juntos —dijo el hombre, guardándose el paliacate en el bolsillo trasero—. Pedro Canul, para servirles. Guardián nocturno de este sitio desde hace treinta y dos años, y antes de eso, aprendiz de mi abuelo en cosas que no salen en los letreros turísticos.
—¿Usted sabe lo que está pasando ahí arriba? —preguntó Renata, señalando la torre.
—Sé que esa luz no le pertenece al cielo —dijo don Pedro, mirando hacia la ventanita con el ceño fruncido—. Y sé que un hombre de traje gris, con guantes que no pegan para nada con este calor, entró ahí hace menos de una hora, cargando algo que zumbaba como panal de avispas.
El estómago de Emilio dio un vuelco.
—Ostos.
—No me dio su nombre —dijo don Pedro—, pero tampoco me pidió permiso para entrar. Y en treinta y dos años, eso solo lo hace la gente que trae mala intención o demasiada prisa. Síganme. Conozco una entrada que los turistas nunca ven.
V. La escalera de caracol
La entrada secreta resultó ser una abertura baja en la base de la torre, disimulada entre las piedras, por donde tuvieron que agacharse para pasar, el aire adentro cambiando de golpe: más fresco que afuera, pero cargado de un olor mineral, a piedra vieja y polvo de siglos, con un eco extraño que hacía que cada respiración sonara más fuerte de lo normal.
La escalera subía en espiral apretada, tallada directamente en la piedra, tan angosta que Emilio tuvo que subir de lado en algunos tramos, sintiendo la piedra fría y rugosa rozándole el hombro con cada vuelta. El zumbido que don Pedro había mencionado se hacía más fuerte con cada escalón, un sonido grave y vibrante que Emilio sentía en las plantas de los pies antes de escucharlo del todo con los oídos, como el motor de algo enorme funcionando muy cerca.
—¿Cuántas vueltas lleva esta escalera? —preguntó Emilio, ya sin aliento, el sudor cayéndole por la sien.
—Las que hagan falta —contestó don Pedro, sin voltear, subiendo con una agilidad que desmentía sus más de sesenta años—. Como todo lo importante en esta tierra.
Llegaron, por fin, a la cámara superior, circular, con las estrechas ventanas alineadas hacia el horizonte, y ahí, flotando en el centro del cuarto, el cometa de tres colas ardía tan cerca que llenaba todo el espacio de una luz blanca azulada que hacía brillar el polvo suspendido en el aire como si fueran miles de estrellas diminutas y quietas.
VI. Kukulkán y la estrella que camina dos veces
—Por fin —dijo una voz que resonó dentro de sus cabezas, no en sus oídos, con la misma calidez que Emilio recordaba de un cenote hacía casi dos años—. Aunque esta vez llegaron acompañados de alguien que ya conocía el camino.
Kukulkán apareció entre las tres colas del cometa, su cuerpo de serpiente emplumada enroscándose alrededor de la luz como si la abrazara, las plumas verdes y doradas ondeando aunque no había ningún viento adentro de la torre.
—El mismo k’uh que ustedes conocen como Quetzalcóatl —dijo don Pedro, sin ninguna sorpresa, inclinando apenas la cabeza con un respeto antiguo—. Bienvenido de nuevo, hermano de las estrellas.
—Cuarto presagio —dijo Kukulkán, sin perder tiempo, la luz del cometa reflejándose en sus ojos dorados—. Hace quinientos años, tres estrellas con colas larguísimas cruzaron el cielo incluso de día, señal de que Venus, la estrella que camina dos veces –una como lucero de la mañana, otra como lucero de la tarde– estaba a punto de romper su ciclo. Igual que ahora.
—¿Y eso qué significa? —preguntó Renata, con la libreta mental de siempre encendida a pesar del miedo.
—Significa que el tiempo mismo se está tropezando —dijo Kukulkán—. Y alguien, en algún lugar de esta torre, está intentando atrapar ese tropiezo antes de que el cielo se corrija solo.
VII. El zumbido en la cima
El zumbido de panal de avispas que don Pedro había mencionado llegaba de un rincón sombreado de la cámara, donde Nemesio Ostos, de rodillas sobre la piedra fría, ajustaba con manos temblorosas un aparato nuevo: una esfera de cristal rodeada de anillos metálicos que giraban cada vez más rápido, atrapando dentro de sí un hilo delgado de la luz del cometa, como quien enrolla un listón.
—Un movimiento más y van a arruinarme el trabajo de un año entero —dijo, sin voltear, la voz cargada de un cansancio que ya no intentaba disimular—. Este es el cuarto. Llevo cuatro de ocho. No me van a detener ahora.
—¿Qué es exactamente lo que está juntando? —preguntó Emilio, acercándose despacio, con don Pedro poniéndole una mano firme en el hombro para que no se apurara de más.
—Tiempo —dijo Ostos, por primera vez sin ninguna evasiva—. Cada presagio guarda un hilo del tiempo exacto en que ocurrió. Ocho hilos juntos son suficientes para deshacer un nudo que nunca debió amarrarse. Eso es todo lo que necesitan saber.
La esfera de cristal, entre sus manos, brilló con más fuerza, el hilo de luz del cometa enrollándose cada vez más rápido, y por un instante pareció que Ostos, por fin, iba a lograrlo.
VIII. Lo que Renata no había dicho sobre el verano
—¡Deténgalo! —gritó Renata, pero Kukulkán, tenso, negó con la cabeza.
—No puedo tocar ese aparato sin arriesgarme a romper el ciclo entero de Venus —dijo—. Tiene que ser alguien que no le tenga miedo a que el tiempo avance sin control. Y ahí está el problema: casi nadie deja de tenerle miedo a eso.
Emilio volteó hacia Renata, y la encontró con la vista clavada en la esfera de cristal, la cara pálida, algo más que miedo cruzándole la expresión.
—Renata.
—Me aceptaron —dijo ella, de golpe, casi sin querer decirlo, la voz temblando—. En el programa de verano de ciencias, en Guadalajara. Ocho semanas. Me llegó la carta la semana pasada y no te dije nada porque… porque si lo decía en voz alta, se volvía real que este verano no vamos a estar juntos por primera vez en toda nuestra vida, y no sé qué tanto miedo me da eso hasta ahora mismo, viendo cómo el tiempo se enrolla en esa bola de cristal como si fuera lo más fácil del mundo dejar que las cosas avancen.
Emilio sintió que se le apretaba el pecho, pero, para su propia sorpresa, no de tristeza pura: de algo más complicado, orgullo mezclado con un miedo pequeño y honesto.
—Renata, eso es increíble —dijo, con la voz firme—. Y sí, me da un poco de miedo también. Pero el tiempo no es un cometa que hay que atrapar en una bola de cristal para que no se mueva. Es más como esta escalera de caracol: sigue subiendo, dé las vueltas que dé, y nosotros seguimos subiéndola juntos, aunque cada vuelta se vea distinta.
IX. El hilo que se soltó solo
La confesión, extrañamente, hizo algo que ninguna pelea directa había logrado: el hilo de luz del cometa, dentro de la esfera de cristal de Ostos, tembló, y en vez de seguir enrollándose, empezó a desenrollarse, escapándosele entre los dedos enguantados como agua entre las manos.
—¡No, no, no! —gritó Ostos, cerrando los puños alrededor de la esfera, pero el hilo de luz ya salía disparado hacia las ventanas de la torre, buscando el cielo, buscando volver a su lugar—. ¡El tiempo no se supone que quiera regresar solo!
—Tal vez es porque, por primera vez en todo el año, alguien le dijo que no le tenía miedo a que avanzara —dijo Kukulkán, con algo parecido al alivio suavizándole la voz.
Don Pedro, aprovechando la distracción, se movió rápido –más rápido de lo que su edad sugería– y le arrebató a Ostos, de un manotazo certero, un fragmento pequeño y brillante que se le había desprendido de la esfera durante el forcejeo, guardándoselo enseguida en el bolsillo de la camisa.
—Eso es mío —dijo Ostos, furioso, aunque ya sin fuerzas para pelear por recuperarlo, con la esfera ahora vacía y opaca entre sus manos.
—Era del cielo, primero —contestó don Pedro, sin ceder ni un centímetro—. Y hoy le toca volver un poco más cerca de casa.
X. Cuatro de ocho
Ostos se retiró escaleras abajo, cojeando otra vez, sin decir nada más, el silencio de su derrota más elocuente que cualquier amenaza. Arriba, el cometa de tres colas se había reducido a una luz pequeña y tranquila, ya casi indistinguible de una estrella normal, y afuera, a través de las ventanitas alineadas con Venus, el cielo del atardecer yucateco se pintaba de naranjas y morados como si nada extraordinario hubiera pasado esa tarde.
—Cuarto presagio, contenido —dijo Kukulkán, con la voz ya en calma—. La mitad del camino. Y esta vez, además, le quitamos algo a él, en vez de solo quitarle algo a nosotros.
Don Pedro les mostró el fragmento brillante que había rescatado, un pedacito de cristal del tamaño de una canica, latiendo con una luz suave.
—Guárdenlo bien —dijo, entregándoselo a Renata—. No sé para qué va a servir. Pero algo me dice que cuando lo sepan, se van a alegrar de tenerlo de su lado y no del suyo.
Bajaron la escalera de caracol mucho más despacio que como habían subido, las piernas cansadas, el corazón todavía acelerado, hasta la explanada donde tía Meche y Toño los esperaban, ajenos por completo, discutiendo cuál puesto tenía las mejores marquesitas.
—¿Ya vieron el cometa? —preguntó Toño, señalando hacia el cielo, donde ya no quedaba nada fuera de lo normal—. Qué decepción, la neta. Pensé que iba a ser más dramático.
Emilio y Renata se miraron, con el fragmento de cristal todavía tibio en el bolsillo, y decidieron, sin necesidad de hablarlo, que esa era una broma que se iban a guardar para ellos solos por mucho, mucho tiempo.
—Fue más dramático de lo que te imaginas, primo —dijo Renata, comprando una marquesita como si nada, con la voz apenas un poco más ligera que antes—. Créeme.
Episodio 5 — “El lago que hierve” (Xochimilco, Ciudad de México)
I. La respuesta que Renata no había dado
—Nada más te falta confirmar, mi amor —le dijo su mamá, por tercera vez esa semana, señalando el formulario todavía abierto en la laptop de la sala—. El programa empieza en dos semanas. Si no contestas hoy, le dan tu lugar a alguien de la lista de espera.
Renata cerró la laptop sin contestar, otra vez, y se guardó el pretexto de siempre –“lo pienso en la noche, tengo tarea”– mientras por dentro sentía que algo se le apretaba en el pecho cada vez más fuerte, como una liga estirándose demasiado.
Fue justo esa tarde, mientras ayudaba a inflar globos para el cumpleaños de su hermanito en el jardín, cuando la cajita de madera, guardada en su mochila sobre una silla del patio, empezó a vibrar con un ritmo que a Renata le recordó, sin poder evitarlo, al oleaje: un vaivén constante, subiendo y bajando, subiendo y bajando.
“Ya empezó otra vez”, le escribió a Emilio, con la mano todavía sosteniendo un globo azul a medio inflar. “Y mi mamá insiste en que la fiesta de mi hermano sea en Xochimilco este sábado. Con trajineras y todo.”
“¿Coincidencia?”, contestó Emilio.
“Ya sabes que en esta familia esa palabra no existe.”
II. Flores, mariachi y agua que no debería moverse así
El sábado, el embarcadero de Xochimilco olía a una mezcla imposible de cosas: flores recién cortadas apiladas en canastas de mimbre, aceite caliente de los puestos de flotantes fritos que vendían desde canoas más pequeñas, y el olor verde y un poco fangoso del agua del canal, mezclado con el humo dulzón de un carrito de elotes que pasaba flotando junto a ellos. El sol de mediodía pegaba fuerte, reflejándose en el agua en destellos que obligaban a Emilio a entrecerrar los ojos.
La trajinera de la familia, pintada de rojo y amarillo con el nombre “Doña Herlinda” en letras grandes al frente, se deslizaba despacio entre canales bordeados de chinampas, con un trío de mariachi flotando en una canoa vecina tocando “Las Mañanitas” para otra familia tres trajineras más allá, la música mezclándose con el chapoteo constante de los remos y el parloteo alegre de decenas de familias celebrando al mismo tiempo.
El hermanito de Renata, con su corona de cumpleañero de cartón torcida sobre la cabeza, señaló hacia el agua con un dedo regordete.
—Mira, hace burbujitas.
Emilio se asomó por el borde de la trajinera. En efecto, el agua verdosa del canal burbujeaba, pequeñas columnas de vapor subiendo desde el fondo, como una olla puesta a hervir a fuego lento, aunque no había ningún calor visible que lo explicara, ni siquiera bajo el sol de mediodía.
—Eso no es normal —susurró Renata, sintiendo la cajita, en su mochila entre sus pies, ya casi ardiendo.
III. Pánico entre las chinampas
En cuestión de minutos, el burbujeo se hizo más violento, y otras trajineras cercanas empezaron a mecerse de un lado a otro sin ningún viento que lo explicara, provocando gritos y risas nerviosas entre los turistas, que al principio pensaron que era parte del ambiente festivo hasta que el agua, en algunos puntos, empezó a levantarse en pequeñas olas que rompían contra los bordes de tierra de las chinampas, arrastrando macetas y sillas de jardín hacia el canal.
—¡Algo le está pasando al agua! —gritó alguien desde otra trajinera, ya sin ninguna risa en la voz.
—Necesitamos bajarnos —le dijo Renata a su mamá, con una calma forzada que no sentía para nada por dentro—. Emilio y yo vamos a ayudar a guiar a los niños hacia la orilla, tú quédate con mi hermano.
Su mamá, demasiado ocupada calmando al niño que empezaba a llorar por el zangoloteo de la trajinera, apenas asintió, y eso les bastó para saltar hacia una chinampa cercana, la tierra húmeda y blanda cediendo bajo sus pies, el olor a lodo y raíces mojadas subiéndoles fuerte a la nariz mientras corrían hacia el punto donde el burbujeo se veía más intenso.
IV. Lo que emergió del canal
Detrás de una hilera de árboles de ahuejote, en un tramo de canal que ya no tenía ninguna trajinera cerca, el agua entera se había convertido en un remolino furioso de vapor y espuma, el calor húmedo golpeándoles la cara desde varios metros de distancia, un calor que olía, extrañamente, a metal quemado y a algo más profundo, más antiguo, como el fondo de un pozo que lleva siglos sin ver la luz.
Del centro del remolino emergió, poco a poco, una silueta chorreante, del tamaño de un perro grande pero con proporciones equivocadas: patas palmeadas terminadas en manos casi humanas, un pelaje negro y brillante empapado, y en la punta de la cola, una segunda mano, abriéndose y cerrándose despacio, como invitando a alguien a acercarse.
—Un Ahuízotl —dijo Renata, con la voz apenas un hilo, retrocediendo un paso instintivo—. Se supone que atraen a la gente con el llanto de un bebé y los jalan al fondo del agua.
Como si lo hubiera escuchado, la criatura abrió el hocico, y de él salió, imposible y espeluznante, el llanto perfecto de un bebé recién nacido, agudo y desesperado, resonando por todo el canal.
V. Chalchiuhtlicue
El llanto se cortó de golpe cuando el agua entera, alrededor del Ahuízotl, se levantó en una columna alta y se solidificó, por un instante, en la figura de una mujer con falda de jade líquido y un tocado de plumas de garza, sus ojos tan azules como el agua más profunda de un cenote.
—Eso no es un juego, criatura —dijo, con una voz que sonaba como olas rompiendo en la orilla, dirigiéndose al Ahuízotl con una autoridad que hizo que la criatura se encogiera un poco, sumergiéndose de nuevo en el remolino—. Vuelve a tu cauce. Este no es tu momento.
Se volteó hacia Emilio y Renata, el agua de su falda goteando sin mojar la chinampa bajo sus pies.
—Chalchiuhtlicue —dijo, inclinando la cabeza apenas—. Guardiana del agua dulce, hermana de Tláloc. Y quinto presagio, hoy, aunque preferiría no haber tenido que despertar a un pobre Ahuízotl confundido nada más para cumplir con la fecha.
—¿Por qué está pasando esto aquí? —preguntó Emilio, sin dejar de vigilar el remolino, donde la criatura seguía moviéndose, inquieta.
—Porque el lago que hirvió, hace quinientos años, era este mismo lago —dijo Chalchiuhtlicue, señalando con un gesto amplio los canales que se extendían en todas direcciones—. Lo que ven ahora es apenas un espejo, un recuerdo de agua de lo que fue el lago de Texcoco completo. Y alguien está tratando de hervirlo entero otra vez, aunque sea nada más este pedacito que quedó.
VI. Ostos y el mapa de canales
—Cinco de ocho —dijo la voz de Nemesio Ostos, llegando desde una chinampa vecina en una canoa pequeña que remaba él mismo, sin ningún guía, el saco gris esta vez cambiado por una chamarra ligera, aunque los guantes de cuero seguían intactos—. Empiezo a sentir que ustedes dos disfrutan más esto que yo.
—Suelte a esa cosa en paz —dijo Renata, señalando hacia el remolino donde el Ahuízotl seguía agitándose—. No tiene nada que ver con lo que sea que está buscando.
—Tiene todo que ver —contestó Ostos, sacando de la canoa un mapa antiguo, doblado en cuartos, con los canales de Xochimilco marcados en tinta descolorida—. Este lago conectaba, hace siglos, con el corazón mismo de Tenochtitlan. Cada canal es una vena. Y las venas, cuando se calientan lo suficiente, sueltan lo que llevan dentro.
El agua a su alrededor volvió a burbujear con más fuerza, el Ahuízotl lanzando otra vez su llanto de bebé falso, esta vez más cerca de donde estaba parada la familia de Renata, todavía en la trajinera, ajena al peligro real que se escondía detrás del “espectáculo”.
—¡Mi hermano sigue ahí! —gritó Renata, con el terror subiéndole por la garganta, real y filoso, distinto a cualquier miedo mágico que hubiera sentido antes—. ¡Si esa cosa se acerca a la trajinera…!
VII. Lo que Renata gritó sin pensar
Sin esperar ningún plan, Renata corrió hacia el borde de la chinampa, metiéndose al agua tibia y turbia hasta las rodillas, agitando los brazos hacia el Ahuízotl para llamar su atención lejos de las trajineras.
—¡AQUÍ! —gritó, con una voz que Emilio no le había escuchado nunca, cruda, sin ningún filtro—. ¡VEN POR MÍ, NO POR ELLOS!
El Ahuízotl volteó, atraído por el movimiento y el grito, nadando hacia ella con una velocidad aterradora, la mano en la punta de su cola abriéndose y cerrándose con más urgencia.
—¡RENATA, NO! —gritó Emilio, metiéndose al agua detrás de ella sin dudarlo, sintiendo el lodo del fondo tragándose sus tenis con cada paso, el corazón latiéndole tan fuerte que le dolía el pecho.
—¡Tenía que alejarlo de mi hermano! —gritó ella de vuelta, sin dejar de retroceder hacia aguas más profundas, la criatura ganándole terreno—. ¡No tenía tiempo para un plan mejor!
Emilio la alcanzó justo cuando el agua les llegaba a la cintura, tomándola de la mano con fuerza, sintiendo el jalón frío de una corriente que no debería existir en un canal tan tranquilo, arrastrándolos hacia el centro del remolino.
VIII. Lo que se dijeron en el agua
—¡Chalchiuhtlicue! —gritó Emilio, luchando contra la corriente, el agua entrándole por la nariz, ardiéndole—. ¡Ayúdenos!
—No puedo pelear esta batalla por ustedes —contestó la diosa, su voz llegando extrañamente clara a pesar del caos del agua—. Pero puedo decirles lo mismo que le dije a mi hermano en la tormenta de Cholula: el agua que se comparte no se pierde. Nada más cambia de cauce.
Renata, con el agua ya en los hombros, apretó la mano de Emilio con toda su fuerza, la respiración entrecortada por el miedo y el esfuerzo.
—Tengo miedo de irme a Guadalajara —dijo, de golpe, las palabras saliéndole atropelladas, como si llevaran semanas atoradas y por fin encontraran una grieta por dónde escapar—. Tengo miedo de que ocho semanas sin ti se sientan como para siempre. Tengo miedo de volver distinta, o de que tú sigas adelante sin mí, con nuevos amigos, nueva vida, y que cuando regrese ya no encaje del todo en el espacio que dejé.
El Ahuízotl se detuvo, a solo un metro de ellos, la mano de su cola quieta por primera vez, como si también estuviera escuchando.
—Yo tengo miedo de lo mismo —dijo Emilio, sin soltarla, el agua fría calándole hasta los huesos—. De que te vayas y aprendas que puedes sostenerte sola perfectamente bien, y que ya no me necesites como cuerda. Pero Renata… eso no es lo mismo que perdernos. Los canales de este lago no dejan de estar conectados nada más porque una chinampa flote un poco más lejos de otra. Siguen siendo el mismo lago, por debajo.
IX. El lago que encontró su nivel
El agua alrededor de ellos, poco a poco, dejó de hervir. El vapor se disolvió en el aire caliente de la tarde, y el Ahuízotl, ya tranquilo, se hundió despacio en el canal hasta desaparecer por completo, sin ningún rastro de violencia, como una mascota que por fin se calma después de un buen susto.
—Quinto presagio, contenido —dijo Chalchiuhtlicue, ayudándolos a salir del agua con una corriente suave que los empujó de vuelta hacia la chinampa—. Y una lección que ni yo misma sabía que hacía falta repetir: la distancia no hierve nada que ya esté bien enraizado.
Ostos, en su canoa, dobló el mapa de canales con un chasquido de fastidio.
—Tres más —dijo, remando ya lejos de ahí, sin ninguna despedida—. Y cada vez me cuesta más trabajo fingir que esto todavía va según lo planeado.
Emilio y Renata se quedaron viendo cómo se alejaba, empapados de pies a cabeza, el lodo del canal pegado hasta en el cabello, sin poder evitar sentir, por primera vez, algo parecido a lástima por el villano de guantes de cuero.
X. Confirmar
De vuelta en la trajinera, envueltos en las toallas que la mamá de Renata sacó de la mochila sin hacer demasiadas preguntas –ya se había acostumbrado, sin admitirlo del todo, a que sus hijos volvieran de sus salidas oliendo raro y empapados–, Renata sacó su celular, todavía con las manos temblando un poco, y abrió el formulario del programa de Guadalajara.
Escribió una sola palabra –“Confirmo”– y presionó enviar antes de que el miedo pudiera hacerla dudar otra vez.
—Listo —dijo, mostrándole la pantalla a Emilio—. Ocho semanas. Tú y yo, en canales distintos del mismo lago.
—Te voy a mandar tantos mensajes que vas a tener que bloquearme por spam —dijo Emilio, sonriendo, todavía goteando—. Nada más para que el lago no se te olvide ni un día.
—Cinco presagios —dijo Renata, guardando el celular, el sol de la tarde secándole poco a poco el pelo—. Faltan tres.
—Y un villano que ya hasta a mí me está empezando a caer un poquito bien, contra toda lógica —agregó Emilio—. Qué año tan raro estamos teniendo, prima.
Detrás de ellos, el trío de mariachi seguía tocando, ajeno a todo, mientras el sol de la tarde se reflejaba dorado sobre un canal que, por fin, volvía a fluir tranquilo entre las chinampas.
Fin (por ahora).
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Episodio 5 — “El lago que hierve” (Xochimilco, Ciudad de México)
I. La respuesta que Renata no había dado
—Nada más te falta confirmar, mi amor —le dijo su mamá, por tercera vez esa semana, señalando el formulario todavía abierto en la laptop de la sala—. El programa empieza en dos semanas. Si no contestas hoy, le dan tu lugar a alguien de la lista de espera.
Renata cerró la laptop sin contestar, otra vez, y se guardó el pretexto de siempre –“lo pienso en la noche, tengo tarea”– mientras por dentro sentía que algo se le apretaba en el pecho cada vez más fuerte, como una liga estirándose demasiado.
Fue justo esa tarde, mientras ayudaba a inflar globos para el cumpleaños de su hermanito en el jardín, cuando la cajita de madera, guardada en su mochila sobre una silla del patio, empezó a vibrar con un ritmo que a Renata le recordó, sin poder evitarlo, al oleaje: un vaivén constante, subiendo y bajando, subiendo y bajando.
“Ya empezó otra vez”, le escribió a Emilio, con la mano todavía sosteniendo un globo azul a medio inflar. “Y mi mamá insiste en que la fiesta de mi hermano sea en Xochimilco este sábado. Con trajineras y todo.”
“¿Coincidencia?”, contestó Emilio.
“Ya sabes que en esta familia esa palabra no existe.”
II. Flores, mariachi y agua que no debería moverse así
El sábado, el embarcadero de Xochimilco olía a una mezcla imposible de cosas: flores recién cortadas apiladas en canastas de mimbre, aceite caliente de los puestos de flotantes fritos que vendían desde canoas más pequeñas, y el olor verde y un poco fangoso del agua del canal, mezclado con el humo dulzón de un carrito de elotes que pasaba flotando junto a ellos. El sol de mediodía pegaba fuerte, reflejándose en el agua en destellos que obligaban a Emilio a entrecerrar los ojos.
La trajinera de la familia, pintada de rojo y amarillo con el nombre “Doña Herlinda” en letras grandes al frente, se deslizaba despacio entre canales bordeados de chinampas, con un trío de mariachi flotando en una canoa vecina tocando “Las Mañanitas” para otra familia tres trajineras más allá, la música mezclándose con el chapoteo constante de los remos y el parloteo alegre de decenas de familias celebrando al mismo tiempo.
El hermanito de Renata, con su corona de cumpleañero de cartón torcida sobre la cabeza, señaló hacia el agua con un dedo regordete.
—Mira, hace burbujitas.
Emilio se asomó por el borde de la trajinera. En efecto, el agua verdosa del canal burbujeaba, pequeñas columnas de vapor subiendo desde el fondo, como una olla puesta a hervir a fuego lento, aunque no había ningún calor visible que lo explicara, ni siquiera bajo el sol de mediodía.
—Eso no es normal —susurró Renata, sintiendo la cajita, en su mochila entre sus pies, ya casi ardiendo.
III. Pánico entre las chinampas
En cuestión de minutos, el burbujeo se hizo más violento, y otras trajineras cercanas empezaron a mecerse de un lado a otro sin ningún viento que lo explicara, provocando gritos y risas nerviosas entre los turistas, que al principio pensaron que era parte del ambiente festivo hasta que el agua, en algunos puntos, empezó a levantarse en pequeñas olas que rompían contra los bordes de tierra de las chinampas, arrastrando macetas y sillas de jardín hacia el canal.
—¡Algo le está pasando al agua! —gritó alguien desde otra trajinera, ya sin ninguna risa en la voz.
—Necesitamos bajarnos —le dijo Renata a su mamá, con una calma forzada que no sentía para nada por dentro—. Emilio y yo vamos a ayudar a guiar a los niños hacia la orilla, tú quédate con mi hermano.
Su mamá, demasiado ocupada calmando al niño que empezaba a llorar por el zangoloteo de la trajinera, apenas asintió, y eso les bastó para saltar hacia una chinampa cercana, la tierra húmeda y blanda cediendo bajo sus pies, el olor a lodo y raíces mojadas subiéndoles fuerte a la nariz mientras corrían hacia el punto donde el burbujeo se veía más intenso.
IV. Lo que emergió del canal
Detrás de una hilera de árboles de ahuejote, en un tramo de canal que ya no tenía ninguna trajinera cerca, el agua entera se había convertido en un remolino furioso de vapor y espuma, el calor húmedo golpeándoles la cara desde varios metros de distancia, un calor que olía, extrañamente, a metal quemado y a algo más profundo, más antiguo, como el fondo de un pozo que lleva siglos sin ver la luz.
Del centro del remolino emergió, poco a poco, una silueta chorreante, del tamaño de un perro grande pero con proporciones equivocadas: patas palmeadas terminadas en manos casi humanas, un pelaje negro y brillante empapado, y en la punta de la cola, una segunda mano, abriéndose y cerrándose despacio, como invitando a alguien a acercarse.
—Un Ahuízotl —dijo Renata, con la voz apenas un hilo, retrocediendo un paso instintivo—. Se supone que atraen a la gente con el llanto de un bebé y los jalan al fondo del agua.
Como si lo hubiera escuchado, la criatura abrió el hocico, y de él salió, imposible y espeluznante, el llanto perfecto de un bebé recién nacido, agudo y desesperado, resonando por todo el canal.
V. Chalchiuhtlicue
El llanto se cortó de golpe cuando el agua entera, alrededor del Ahuízotl, se levantó en una columna alta y se solidificó, por un instante, en la figura de una mujer con falda de jade líquido y un tocado de plumas de garza, sus ojos tan azules como el agua más profunda de un cenote.
—Eso no es un juego, criatura —dijo, con una voz que sonaba como olas rompiendo en la orilla, dirigiéndose al Ahuízotl con una autoridad que hizo que la criatura se encogiera un poco, sumergiéndose de nuevo en el remolino—. Vuelve a tu cauce. Este no es tu momento.
Se volteó hacia Emilio y Renata, el agua de su falda goteando sin mojar la chinampa bajo sus pies.
—Chalchiuhtlicue —dijo, inclinando la cabeza apenas—. Guardiana del agua dulce, hermana de Tláloc. Y quinto presagio, hoy, aunque preferiría no haber tenido que despertar a un pobre Ahuízotl confundido nada más para cumplir con la fecha.
—¿Por qué está pasando esto aquí? —preguntó Emilio, sin dejar de vigilar el remolino, donde la criatura seguía moviéndose, inquieta.
—Porque el lago que hirvió, hace quinientos años, era este mismo lago —dijo Chalchiuhtlicue, señalando con un gesto amplio los canales que se extendían en todas direcciones—. Lo que ven ahora es apenas un espejo, un recuerdo de agua de lo que fue el lago de Texcoco completo. Y alguien está tratando de hervirlo entero otra vez, aunque sea nada más este pedacito que quedó.
VI. Ostos y el mapa de canales
—Cinco de ocho —dijo la voz de Nemesio Ostos, llegando desde una chinampa vecina en una canoa pequeña que remaba él mismo, sin ningún guía, el saco gris esta vez cambiado por una chamarra ligera, aunque los guantes de cuero seguían intactos—. Empiezo a sentir que ustedes dos disfrutan más esto que yo.
—Suelte a esa cosa en paz —dijo Renata, señalando hacia el remolino donde el Ahuízotl seguía agitándose—. No tiene nada que ver con lo que sea que está buscando.
—Tiene todo que ver —contestó Ostos, sacando de la canoa un mapa antiguo, doblado en cuartos, con los canales de Xochimilco marcados en tinta descolorida—. Este lago conectaba, hace siglos, con el corazón mismo de Tenochtitlan. Cada canal es una vena. Y las venas, cuando se calientan lo suficiente, sueltan lo que llevan dentro.
El agua a su alrededor volvió a burbujear con más fuerza, el Ahuízotl lanzando otra vez su llanto de bebé falso, esta vez más cerca de donde estaba parada la familia de Renata, todavía en la trajinera, ajena al peligro real que se escondía detrás del “espectáculo”.
—¡Mi hermano sigue ahí! —gritó Renata, con el terror subiéndole por la garganta, real y filoso, distinto a cualquier miedo mágico que hubiera sentido antes—. ¡Si esa cosa se acerca a la trajinera…!
VII. Lo que Renata gritó sin pensar
Sin esperar ningún plan, Renata corrió hacia el borde de la chinampa, metiéndose al agua tibia y turbia hasta las rodillas, agitando los brazos hacia el Ahuízotl para llamar su atención lejos de las trajineras.
—¡AQUÍ! —gritó, con una voz que Emilio no le había escuchado nunca, cruda, sin ningún filtro—. ¡VEN POR MÍ, NO POR ELLOS!
El Ahuízotl volteó, atraído por el movimiento y el grito, nadando hacia ella con una velocidad aterradora, la mano en la punta de su cola abriéndose y cerrándose con más urgencia.
—¡RENATA, NO! —gritó Emilio, metiéndose al agua detrás de ella sin dudarlo, sintiendo el lodo del fondo tragándose sus tenis con cada paso, el corazón latiéndole tan fuerte que le dolía el pecho.
—¡Tenía que alejarlo de mi hermano! —gritó ella de vuelta, sin dejar de retroceder hacia aguas más profundas, la criatura ganándole terreno—. ¡No tenía tiempo para un plan mejor!
Emilio la alcanzó justo cuando el agua les llegaba a la cintura, tomándola de la mano con fuerza, sintiendo el jalón frío de una corriente que no debería existir en un canal tan tranquilo, arrastrándolos hacia el centro del remolino.
VIII. Lo que se dijeron en el agua
—¡Chalchiuhtlicue! —gritó Emilio, luchando contra la corriente, el agua entrándole por la nariz, ardiéndole—. ¡Ayúdenos!
—No puedo pelear esta batalla por ustedes —contestó la diosa, su voz llegando extrañamente clara a pesar del caos del agua—. Pero puedo decirles lo mismo que le dije a mi hermano en la tormenta de Cholula: el agua que se comparte no se pierde. Nada más cambia de cauce.
Renata, con el agua ya en los hombros, apretó la mano de Emilio con toda su fuerza, la respiración entrecortada por el miedo y el esfuerzo.
—Tengo miedo de irme a Guadalajara —dijo, de golpe, las palabras saliéndole atropelladas, como si llevaran semanas atoradas y por fin encontraran una grieta por dónde escapar—. Tengo miedo de que ocho semanas sin ti se sientan como para siempre. Tengo miedo de volver distinta, o de que tú sigas adelante sin mí, con nuevos amigos, nueva vida, y que cuando regrese ya no encaje del todo en el espacio que dejé.
El Ahuízotl se detuvo, a solo un metro de ellos, la mano de su cola quieta por primera vez, como si también estuviera escuchando.
—Yo tengo miedo de lo mismo —dijo Emilio, sin soltarla, el agua fría calándole hasta los huesos—. De que te vayas y aprendas que puedes sostenerte sola perfectamente bien, y que ya no me necesites como cuerda. Pero Renata… eso no es lo mismo que perdernos. Los canales de este lago no dejan de estar conectados nada más porque una chinampa flote un poco más lejos de otra. Siguen siendo el mismo lago, por debajo.
IX. El lago que encontró su nivel
El agua alrededor de ellos, poco a poco, dejó de hervir. El vapor se disolvió en el aire caliente de la tarde, y el Ahuízotl, ya tranquilo, se hundió despacio en el canal hasta desaparecer por completo, sin ningún rastro de violencia, como una mascota que por fin se calma después de un buen susto.
—Quinto presagio, contenido —dijo Chalchiuhtlicue, ayudándolos a salir del agua con una corriente suave que los empujó de vuelta hacia la chinampa—. Y una lección que ni yo misma sabía que hacía falta repetir: la distancia no hierve nada que ya esté bien enraizado.
Ostos, en su canoa, dobló el mapa de canales con un chasquido de fastidio.
—Tres más —dijo, remando ya lejos de ahí, sin ninguna despedida—. Y cada vez me cuesta más trabajo fingir que esto todavía va según lo planeado.
Emilio y Renata se quedaron viendo cómo se alejaba, empapados de pies a cabeza, el lodo del canal pegado hasta en el cabello, sin poder evitar sentir, por primera vez, algo parecido a lástima por el villano de guantes de cuero.
X. Confirmar
De vuelta en la trajinera, envueltos en las toallas que la mamá de Renata sacó de la mochila sin hacer demasiadas preguntas –ya se había acostumbrado, sin admitirlo del todo, a que sus hijos volvieran de sus salidas oliendo raro y empapados–, Renata sacó su celular, todavía con las manos temblando un poco, y abrió el formulario del programa de Guadalajara.
Escribió una sola palabra –“Confirmo”– y presionó enviar antes de que el miedo pudiera hacerla dudar otra vez.
—Listo —dijo, mostrándole la pantalla a Emilio—. Ocho semanas. Tú y yo, en canales distintos del mismo lago.
—Te voy a mandar tantos mensajes que vas a tener que bloquearme por spam —dijo Emilio, sonriendo, todavía goteando—. Nada más para que el lago no se te olvide ni un día.
—Cinco presagios —dijo Renata, guardando el celular, el sol de la tarde secándole poco a poco el pelo—. Faltan tres.
—Y un villano que ya hasta a mí me está empezando a caer un poquito bien, contra toda lógica —agregó Emilio—. Qué año tan raro estamos teniendo, prima.
Detrás de ellos, el trío de mariachi seguía tocando, ajeno a todo, mientras el sol de la tarde se reflejaba dorado sobre un canal que, por fin, volvía a fluir tranquilo entre las chinampas.
Episodio 6 — “El llanto nocturno” (Centro histórico y antigua Calzada de la Viga, Ciudad de México)
I. Lo que ya era tendencia
—Miren esto, está en todos lados —dijo un compañero de la escuela, pasándole el celular a Emilio en el recreo, con el video ya reproduciéndose: una calle vacía de noche, temblorosa por el pulso de quien grababa, y de fondo, apenas audible entre el ruido del tráfico lejano, un llanto de mujer que subía y bajaba de intensidad, quebrado, desesperado—. Ya van como quince videos distintos esta semana. Dicen que es una señora fantasma que llora por sus hijos en el centro. Hasta hay streamers yendo a grabar “cacerías” de eso en la noche.
Emilio sintió que se le helaba algo por dentro, un frío que no tenía nada que ver con el aire acondicionado del salón.
Esa tarde, camino a casa de Renata –que salía para Guadalajara en seis días, una cuenta regresiva que ninguno de los dos mencionaba en voz alta más de lo estrictamente necesario–, encontró a su prima ya con la laptop abierta, viendo el mismo tipo de videos, la cara pálida bajo la luz de la pantalla.
—Es ella —dijo Renata, sin necesidad de que Emilio preguntara—. Cihuacóatl. Y esta vez no está esperando a que nosotros la encontremos. La está encontrando la ciudad entera.
La cajita de madera, sobre el buró, ya no vibraba con pulsos regulares como en los presagios anteriores. Vibraba sin ningún ritmo, errática, como un llanto que no encuentra dónde respirar.
II. La calle que ya no tiene canal
Siguieron el rastro –videos geolocalizados, comentarios de vecinos asustados, un grupo de Facebook del barrio lleno de mayúsculas y signos de exclamación– hasta un tramo de la antigua Calzada de la Viga, esa avenida ancha y arbolada que doscientos años atrás había sido un canal de verdad, uno de los últimos brazos vivos del lago que alguna vez rodeó Tenochtitlan, rellenado hacía más de un siglo para convertirse en calle.
A las once de la noche, la calle estaba casi vacía, apenas iluminada por faroles amarillentos que zumbaban bajito, con una neblina fina y baja arrastrándose entre los camellones, algo poco común para esa época del año, que les mojaba los tobillos al caminar y les enfriaba el aire hasta hacerlo visible en cada respiración. El silencio era denso, distinto al silencio normal de una calle dormida: ni un perro ladraba, ni un motor lejano rompía la quietud, como si la ciudad entera hubiera bajado la voz para escuchar algo.
—¿Sientes eso? —preguntó Renata, deteniéndose de golpe, con los brazos cruzados sobre el pecho, aunque no hacía tanto frío como para justificarlo del todo.
Emilio asintió, sin poder explicar del todo la sensación: un peso en el aire, como si estuvieran parados sobre algo que alguna vez había sido agua profunda, y esa profundidad, aunque ya no estaba ahí físicamente, seguía dejándose sentir bajo el pavimento, como una cicatriz que duele aunque la herida ya cerró.
III. El primer llanto
Llegó sin avisar, quebrando el silencio de golpe: un llanto de mujer, agudo al principio y luego bajando a un lamento gutural, desgarrado, que venía de todas direcciones a la vez y de ninguna en particular, rebotando entre las fachadas de los edificios como si la calle entera llorara con ella.
“Ay, mis hijos… ya nos vamos, ya nos vamos para siempre…”
Emilio sintió que se le erizaba cada vello del cuerpo, un escalofrío que le subió por la espalda y le cerró la garganta, no solo de miedo, sino de algo más antiguo, algo que reconocía sin haberlo escuchado nunca: el sonido exacto de un dolor que no ha encontrado descanso en quinientos años.
—No corras —dijo Renata, con la voz temblando pero firme, tomándole la mano con fuerza—. Lo que sea que es esto, correr nunca ha funcionado en este año que llevamos.
La neblina, alrededor de ellos, se espesó de golpe, tragándose los faroles de la calle uno por uno, hasta que solo quedó un círculo estrecho de visibilidad alrededor de los dos primos, el resto del mundo desaparecido detrás de un muro blanco que se movía como si respirara.
IV. Cihuacóatl
De la neblina emergió una silueta alta, envuelta en un huipil que parecía tejido de la misma niebla, con el rostro medio cubierto por una máscara de hueso pulido en la mitad izquierda y piel de mujer, todavía joven, en la mitad derecha: dos caras en una sola, la del guerrero y la de la madre, la de quien da vida y la de quien la defiende hasta la muerte.
—Han tardado —dijo, con una voz que resonaba en capas, como si mil mujeres hablaran al mismo tiempo, una fracción de segundo desincronizadas entre sí—. Yo llevo quinientos años esperando a que alguien viniera nada más a escuchar, en vez de venir a callarme.
—Nosotros no venimos a callarla —dijo Emilio, con la voz más firme de lo que sentía por dentro, el corazón latiéndole tan fuerte que estaba seguro de que ella podía escucharlo—. Venimos porque un hombre está usando su llanto para algo que no le pertenece.
Los ojos de Cihuacóatl, uno humano y oscuro, el otro vacío como la cuenca de una calavera, se posaron sobre ellos con una intensidad que hizo que Emilio sintiera, por un instante, que lo estaban viendo por completo, cada miedo, cada mentira pequeña, cada verdad que alguna vez había callado.
—Lo sé —dijo ella—. Puedo sentir cómo estira mi dolor como quien estira una cuerda demasiado vieja. Cada noche que grito, él guarda un poco más. Y ya casi tiene suficiente.
V. Las cadenas de luz
Fue entonces cuando Emilio notó, apenas visibles entre los pliegues del huipil de niebla, hilos delgados de luz dorada enredados alrededor de las muñecas de Cihuacóatl, tensos, vibrando, extendiéndose hacia algún punto más adelante en la calle donde la neblina se arremolinaba con más fuerza.
Siguieron los hilos hasta un punto donde Nemesio Ostos, arrodillado sobre el pavimento, sostenía con las dos manos un aparato mucho más grande que cualquiera de los anteriores: una especie de telar metálico donde los hilos dorados se enredaban una y otra vez, tejiendo algo que brillaba con una luz cegadora, casi líquida.
—Sexto de ocho —dijo, sin voltear, la voz cargada de un cansancio que ya sonaba más a desesperación que a fastidio—. Y el más importante de todos. Ustedes no tienen idea de lo que está en juego, así que ahórrense el discurso esta vez.
—Suéltela —dijo Renata, con una furia que Emilio no le había escuchado en todo el año, avanzando hacia él sin dudar—. No es un hilo que se pueda tejer. Es dolor de verdad.
—Es dolor documentado, medible, cuantificable —contestó Ostos, sin dejar de tejer, sus manos moviéndose con una precisión desesperada—. Y es exactamente lo que necesito para terminar esto.
VI. Lo que Ostos quiere corregir
—¿Terminar qué? —exigió Emilio—. Ya nos cansamos de sus medias verdades. ¿Qué es lo que quiere de verdad?
Ostos, por primera vez en todo el año, se detuvo por completo, y cuando volteó a verlos, su cara ya no tenía nada de la calma elegante de la primera noche: tenía la mirada de alguien que lleva mucho tiempo cargando algo que ya no puede seguir cargando solo.
—Quiero volver —dijo, con la voz quebrada—. No a vender nada. No a robar nada para mí. Quiero juntar los ocho hilos de tiempo, usarlos para abrir una grieta lo suficientemente profunda como para llegar hasta antes de que empezara todo, y advertirles. A los que estaban aquí antes. Darles el tiempo que a mi propia familia nunca le dieron. Que puedan prepararse, pelear distinto, ganar, tal vez. Que la mujer que llora deje de tener que llorar, porque nunca hizo falta.
El silencio que siguió fue más pesado que cualquier llanto.
—Eso no arregla nada —dijo Renata, muy despacio, entendiendo el peso completo de lo que Ostos estaba diciendo—. Eso borra todo. Quinientos años de gente que nació después. Nuestros abuelos. Nuestros papás. Nosotros. Si usted “corrige” ese momento, nada de lo que vino después de ahí existe nunca. Ni siquiera nosotros dos, parados aquí, discutiéndolo con usted.
Ostos cerró los ojos, y por un segundo, un segundo nada más, algo en su cara se derrumbó por completo.
—Lo sé —dijo, casi en un susurro—. Llevo años sabiéndolo. Y aun así no he logrado encontrar una sola razón lo suficientemente buena para detenerme.
VII. La cuerda que no se corta
Cihuacóatl, sintiendo el momento de duda de Ostos, tiró con fuerza de los hilos dorados que la ataban, y por un instante pareció que iba a lograr romperlos, hasta que el telar, en manos de Ostos, brilló con una energía desesperada y volvió a tensarlos, arrancándole a ella un grito que hizo temblar el pavimento bajo sus pies, las ventanas de los edificios cercanos vibrando en sus marcos.
—¡No puedo parar ahora! —gritó Ostos, con lágrimas mezclándose por fin con el sudor en su cara, sus manos temblando sobre el telar—. ¡Si paro, todo esto habrá sido para nada, y ella va a seguir llorando otros quinientos años más, y yo no voy a tener ni siquiera el consuelo de haberlo intentado!
—Ella no está llorando porque quiera que alguien la arregle —dijo Renata, acercándose despacio, con las manos abiertas, sin ninguna amenaza en el gesto, la voz firme a pesar del pavimento todavía temblando bajo sus pies—. Está llorando porque nadie se había quedado, en quinientos años, a escucharla completa sin taparse los oídos ni intentar callarla. Nosotros llevamos toda esta serie de presagios aprendiendo lo mismo, una y otra vez: el dolor no necesita que lo borren. Necesita que alguien se quede.
VIII. Lo que se dijo sin borrar nada
Emilio se arrodilló junto a Cihuacóatl, con cuidado, sintiendo el frío de la neblina calándole hasta los huesos, y le habló como le hubiera hablado a su propia abuela, la que apenas recordaba, la que dejaba una foto cada noviembre en el altar.
—No podemos prometerle que lo que pasó no debió pasar —dijo, con la voz temblorosa pero clara—. Sería mentirle, y usted ya cargó suficientes mentiras durante quinientos años. Pero le podemos prometer esto: no se nos va a olvidar. No la vamos a dejar llorando sola en un video viral que la gente comparte y olvida en un día. Vamos a llevar su historia con nosotros, completa, con todo y lo que dolió, porque borrar el dolor no es lo mismo que sanarlo. Nada más lo esconde para que le duela a alguien más después.
El huipil de niebla de Cihuacóatl se agitó, y por primera vez, el lado de su rostro cubierto por la máscara de hueso pareció suavizarse, no desaparecer, pero sí aflojarse, como un puño que finalmente se abre después de sostenerse cerrado durante demasiado tiempo.
—Nadie me había dicho eso en quinientos años —dijo, con la voz ya sin las mil capas superpuestas, una sola voz, cansada y profundamente humana—. Que no hacía falta que dejara de doler para que valiera la pena seguir aquí.
Los hilos dorados que la ataban, sin ninguna violencia, empezaron a deshacerse solos, cayendo al pavimento como ceniza tibia.
IX. Lo que le quedó a Ostos
—¡NO! —gritó Ostos, viendo cómo el telar entre sus manos se apagaba, la luz cegadora reduciéndose a un brillo débil y después a nada—. ¡Después de todo este tiempo, no puede ser que la respuesta fuera nada más… quedarse a escuchar!
Cayó de rodillas sobre el pavimento, el telar vacío resbalándosele de las manos con un golpe metálico, y por primera vez en toda la noche no se veía como un villano elegante ni como un genio desesperado: se veía, nada más, como un hombre profundamente cansado que llevaba demasiado tiempo cargando un dolor propio que jamás había mencionado.
—¿A quién perdió usted? —preguntó Renata, en voz baja, acercándose despacio—. Porque nadie hace lo que usted lleva un año haciendo por un plan solamente. Alguien de su familia también se quedó atrapado en esa historia, ¿verdad?
Ostos no contestó. Se limitó a guardarse el telar apagado en el bolsillo del saco, con manos que ya no tenían nada de la firmeza elegante de la primera noche, y se puso de pie, tambaleándose un poco.
Faltan dos —dijo, con la voz rota, ya sin ninguna amenaza detrás—. Y ahora entienden por qué no pienso detenerme, aunque cada vez me cueste más creer que voy a lograrlo.
Se perdió entre la neblina que ya empezaba a disolverse, sin que ninguno de los dos, esta vez, sintiera ganas de perseguirlo.
X. La calle que volvió a respirar
La neblina se disolvió por completo, dejando ver otra vez los faroles amarillentos, el tráfico lejano, un perro ladrando a dos cuadras, la ciudad normal de siempre, como si nada hubiera pasado ahí. Cihuacóatl, antes de desvanecerse del todo, se inclinó hacia ellos con algo parecido, en su rostro ya sereno, a una sonrisa.
—Sexto presagio, sostenido, no roto —dijo—. Cuéntenle a alguien, algún día, lo que aprendieron aquí esta noche. No para que se les olvide a ustedes. Para que a la próxima generación no le cueste quinientos años aprenderlo también.
Y desapareció, esta vez sin llanto, solo un silencio tranquilo que se sintió, extrañamente, como un descanso merecido.
Caminaron de regreso por la antigua Calzada de la Viga, ya sin neblina, el amanecer todavía lejos pero el peso en el pecho de Emilio, por primera vez en toda la noche, un poco más ligero.
—Seis presagios —dijo, por fin, rompiendo el silencio—. Faltan dos.
—Y un villano que resultó tener más corazón roto que maldad —dijo Renata, con la voz todavía un poco temblorosa—. Eso no lo vi venir.
—Yo tampoco —dijo Emilio—. Aunque, para ser justos, este año nadie ha sido exactamente lo que parecía al principio. Ni los teteo, ni el villano, ni — se detuvo, mirándola de reojo— ni tú, yéndote a Guadalajara en seis días como si fuera cualquier cosa.
—Cinco días —corrigió Renata, con una sonrisa cansada—. Ya se me pasó uno platicando con teotles llorones, gracias a ti.
Siguieron caminando, cada uno con su parte del silencio, hasta que las luces de la ciudad, poco a poco, los llevaron de vuelta a casa.
Fin (por ahora).
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Episodio 6 — “El llanto nocturno” (Centro histórico y antigua Calzada de la Viga, Ciudad de México)
I. Lo que ya era tendencia
—Miren esto, está en todos lados —dijo un compañero de la escuela, pasándole el celular a Emilio en el recreo, con el video ya reproduciéndose: una calle vacía de noche, temblorosa por el pulso de quien grababa, y de fondo, apenas audible entre el ruido del tráfico lejano, un llanto de mujer que subía y bajaba de intensidad, quebrado, desesperado—. Ya van como quince videos distintos esta semana. Dicen que es una señora fantasma que llora por sus hijos en el centro. Hasta hay streamers yendo a grabar “cacerías” de eso en la noche.
Emilio sintió que se le helaba algo por dentro, un frío que no tenía nada que ver con el aire acondicionado del salón.
Esa tarde, camino a casa de Renata –que salía para Guadalajara en seis días, una cuenta regresiva que ninguno de los dos mencionaba en voz alta más de lo estrictamente necesario–, encontró a su prima ya con la laptop abierta, viendo el mismo tipo de videos, la cara pálida bajo la luz de la pantalla.
—Es ella —dijo Renata, sin necesidad de que Emilio preguntara—. Cihuacóatl. Y esta vez no está esperando a que nosotros la encontremos. La está encontrando la ciudad entera.
La cajita de madera, sobre el buró, ya no vibraba con pulsos regulares como en los presagios anteriores. Vibraba sin ningún ritmo, errática, como un llanto que no encuentra dónde respirar.
II. La calle que ya no tiene canal
Siguieron el rastro –videos geolocalizados, comentarios de vecinos asustados, un grupo de Facebook del barrio lleno de mayúsculas y signos de exclamación– hasta un tramo de la antigua Calzada de la Viga, esa avenida ancha y arbolada que doscientos años atrás había sido un canal de verdad, uno de los últimos brazos vivos del lago que alguna vez rodeó Tenochtitlan, rellenado hacía más de un siglo para convertirse en calle.
A las once de la noche, la calle estaba casi vacía, apenas iluminada por faroles amarillentos que zumbaban bajito, con una neblina fina y baja arrastrándose entre los camellones, algo poco común para esa época del año, que les mojaba los tobillos al caminar y les enfriaba el aire hasta hacerlo visible en cada respiración. El silencio era denso, distinto al silencio normal de una calle dormida: ni un perro ladraba, ni un motor lejano rompía la quietud, como si la ciudad entera hubiera bajado la voz para escuchar algo.
—¿Sientes eso? —preguntó Renata, deteniéndose de golpe, con los brazos cruzados sobre el pecho, aunque no hacía tanto frío como para justificarlo del todo.
Emilio asintió, sin poder explicar del todo la sensación: un peso en el aire, como si estuvieran parados sobre algo que alguna vez había sido agua profunda, y esa profundidad, aunque ya no estaba ahí físicamente, seguía dejándose sentir bajo el pavimento, como una cicatriz que duele aunque la herida ya cerró.
III. El primer llanto
Llegó sin avisar, quebrando el silencio de golpe: un llanto de mujer, agudo al principio y luego bajando a un lamento gutural, desgarrado, que venía de todas direcciones a la vez y de ninguna en particular, rebotando entre las fachadas de los edificios como si la calle entera llorara con ella.
“Ay, mis hijos… ya nos vamos, ya nos vamos para siempre…”
Emilio sintió que se le erizaba cada vello del cuerpo, un escalofrío que le subió por la espalda y le cerró la garganta, no solo de miedo, sino de algo más antiguo, algo que reconocía sin haberlo escuchado nunca: el sonido exacto de un dolor que no ha encontrado descanso en quinientos años.
—No corras —dijo Renata, con la voz temblando pero firme, tomándole la mano con fuerza—. Lo que sea que es esto, correr nunca ha funcionado en este año que llevamos.
La neblina, alrededor de ellos, se espesó de golpe, tragándose los faroles de la calle uno por uno, hasta que solo quedó un círculo estrecho de visibilidad alrededor de los dos primos, el resto del mundo desaparecido detrás de un muro blanco que se movía como si respirara.
IV. Cihuacóatl
De la neblina emergió una silueta alta, envuelta en un huipil que parecía tejido de la misma niebla, con el rostro medio cubierto por una máscara de hueso pulido en la mitad izquierda y piel de mujer, todavía joven, en la mitad derecha: dos caras en una sola, la del guerrero y la de la madre, la de quien da vida y la de quien la defiende hasta la muerte.
—Han tardado —dijo, con una voz que resonaba en capas, como si mil mujeres hablaran al mismo tiempo, una fracción de segundo desincronizadas entre sí—. Yo llevo quinientos años esperando a que alguien viniera nada más a escuchar, en vez de venir a callarme.
—Nosotros no venimos a callarla —dijo Emilio, con la voz más firme de lo que sentía por dentro, el corazón latiéndole tan fuerte que estaba seguro de que ella podía escucharlo—. Venimos porque un hombre está usando su llanto para algo que no le pertenece.
Los ojos de Cihuacóatl, uno humano y oscuro, el otro vacío como la cuenca de una calavera, se posaron sobre ellos con una intensidad que hizo que Emilio sintiera, por un instante, que lo estaban viendo por completo, cada miedo, cada mentira pequeña, cada verdad que alguna vez había callado.
—Lo sé —dijo ella—. Puedo sentir cómo estira mi dolor como quien estira una cuerda demasiado vieja. Cada noche que grito, él guarda un poco más. Y ya casi tiene suficiente.
V. Las cadenas de luz
Fue entonces cuando Emilio notó, apenas visibles entre los pliegues del huipil de niebla, hilos delgados de luz dorada enredados alrededor de las muñecas de Cihuacóatl, tensos, vibrando, extendiéndose hacia algún punto más adelante en la calle donde la neblina se arremolinaba con más fuerza.
Siguieron los hilos hasta un punto donde Nemesio Ostos, arrodillado sobre el pavimento, sostenía con las dos manos un aparato mucho más grande que cualquiera de los anteriores: una especie de telar metálico donde los hilos dorados se enredaban una y otra vez, tejiendo algo que brillaba con una luz cegadora, casi líquida.
—Sexto de ocho —dijo, sin voltear, la voz cargada de un cansancio que ya sonaba más a desesperación que a fastidio—. Y el más importante de todos. Ustedes no tienen idea de lo que está en juego, así que ahórrense el discurso esta vez.
—Suéltela —dijo Renata, con una furia que Emilio no le había escuchado en todo el año, avanzando hacia él sin dudar—. No es un hilo que se pueda tejer. Es dolor de verdad.
—Es dolor documentado, medible, cuantificable —contestó Ostos, sin dejar de tejer, sus manos moviéndose con una precisión desesperada—. Y es exactamente lo que necesito para terminar esto.
VI. Lo que Ostos quiere corregir
—¿Terminar qué? —exigió Emilio—. Ya nos cansamos de sus medias verdades. ¿Qué es lo que quiere de verdad?
Ostos, por primera vez en todo el año, se detuvo por completo, y cuando volteó a verlos, su cara ya no tenía nada de la calma elegante de la primera noche: tenía la mirada de alguien que lleva mucho tiempo cargando algo que ya no puede seguir cargando solo.
—Quiero volver —dijo, con la voz quebrada—. No a vender nada. No a robar nada para mí. Quiero juntar los ocho hilos de tiempo, usarlos para abrir una grieta lo suficientemente profunda como para llegar hasta antes de que empezara todo, y advertirles. A los que estaban aquí antes. Darles el tiempo que a mi propia familia nunca le dieron. Que puedan prepararse, pelear distinto, ganar, tal vez. Que la mujer que llora deje de tener que llorar, porque nunca hizo falta.
El silencio que siguió fue más pesado que cualquier llanto.
—Eso no arregla nada —dijo Renata, muy despacio, entendiendo el peso completo de lo que Ostos estaba diciendo—. Eso borra todo. Quinientos años de gente que nació después. Nuestros abuelos. Nuestros papás. Nosotros. Si usted “corrige” ese momento, nada de lo que vino después de ahí existe nunca. Ni siquiera nosotros dos, parados aquí, discutiéndolo con usted.
Ostos cerró los ojos, y por un segundo, un segundo nada más, algo en su cara se derrumbó por completo.
—Lo sé —dijo, casi en un susurro—. Llevo años sabiéndolo. Y aun así no he logrado encontrar una sola razón lo suficientemente buena para detenerme.
VII. La cuerda que no se corta
Cihuacóatl, sintiendo el momento de duda de Ostos, tiró con fuerza de los hilos dorados que la ataban, y por un instante pareció que iba a lograr romperlos, hasta que el telar, en manos de Ostos, brilló con una energía desesperada y volvió a tensarlos, arrancándole a ella un grito que hizo temblar el pavimento bajo sus pies, las ventanas de los edificios cercanos vibrando en sus marcos.
—¡No puedo parar ahora! —gritó Ostos, con lágrimas mezclándose por fin con el sudor en su cara, sus manos temblando sobre el telar—. ¡Si paro, todo esto habrá sido para nada, y ella va a seguir llorando otros quinientos años más, y yo no voy a tener ni siquiera el consuelo de haberlo intentado!
—Ella no está llorando porque quiera que alguien la arregle —dijo Renata, acercándose despacio, con las manos abiertas, sin ninguna amenaza en el gesto, la voz firme a pesar del pavimento todavía temblando bajo sus pies—. Está llorando porque nadie se había quedado, en quinientos años, a escucharla completa sin taparse los oídos ni intentar callarla. Nosotros llevamos toda esta serie de presagios aprendiendo lo mismo, una y otra vez: el dolor no necesita que lo borren. Necesita que alguien se quede.
VIII. Lo que se dijo sin borrar nada
Emilio se arrodilló junto a Cihuacóatl, con cuidado, sintiendo el frío de la neblina calándole hasta los huesos, y le habló como le hubiera hablado a su propia abuela, la que apenas recordaba, la que dejaba una foto cada noviembre en el altar.
—No podemos prometerle que lo que pasó no debió pasar —dijo, con la voz temblorosa pero clara—. Sería mentirle, y usted ya cargó suficientes mentiras durante quinientos años. Pero le podemos prometer esto: no se nos va a olvidar. No la vamos a dejar llorando sola en un video viral que la gente comparte y olvida en un día. Vamos a llevar su historia con nosotros, completa, con todo y lo que dolió, porque borrar el dolor no es lo mismo que sanarlo. Nada más lo esconde para que le duela a alguien más después.
El huipil de niebla de Cihuacóatl se agitó, y por primera vez, el lado de su rostro cubierto por la máscara de hueso pareció suavizarse, no desaparecer, pero sí aflojarse, como un puño que finalmente se abre después de sostenerse cerrado durante demasiado tiempo.
—Nadie me había dicho eso en quinientos años —dijo, con la voz ya sin las mil capas superpuestas, una sola voz, cansada y profundamente humana—. Que no hacía falta que dejara de doler para que valiera la pena seguir aquí.
Los hilos dorados que la ataban, sin ninguna violencia, empezaron a deshacerse solos, cayendo al pavimento como ceniza tibia.
IX. Lo que le quedó a Ostos
—¡NO! —gritó Ostos, viendo cómo el telar entre sus manos se apagaba, la luz cegadora reduciéndose a un brillo débil y después a nada—. ¡Después de todo este tiempo, no puede ser que la respuesta fuera nada más… quedarse a escuchar!
Cayó de rodillas sobre el pavimento, el telar vacío resbalándosele de las manos con un golpe metálico, y por primera vez en toda la noche no se veía como un villano elegante ni como un genio desesperado: se veía, nada más, como un hombre profundamente cansado que llevaba demasiado tiempo cargando un dolor propio que jamás había mencionado.
—¿A quién perdió usted? —preguntó Renata, en voz baja, acercándose despacio—. Porque nadie hace lo que usted lleva un año haciendo por un plan solamente. Alguien de su familia también se quedó atrapado en esa historia, ¿verdad?
Ostos no contestó. Se limitó a guardarse el telar apagado en el bolsillo del saco, con manos que ya no tenían nada de la firmeza elegante de la primera noche, y se puso de pie, tambaleándose un poco.
Faltan dos —dijo, con la voz rota, ya sin ninguna amenaza detrás—. Y ahora entienden por qué no pienso detenerme, aunque cada vez me cueste más creer que voy a lograrlo.
Se perdió entre la neblina que ya empezaba a disolverse, sin que ninguno de los dos, esta vez, sintiera ganas de perseguirlo.
X. La calle que volvió a respirar
La neblina se disolvió por completo, dejando ver otra vez los faroles amarillentos, el tráfico lejano, un perro ladrando a dos cuadras, la ciudad normal de siempre, como si nada hubiera pasado ahí. Cihuacóatl, antes de desvanecerse del todo, se inclinó hacia ellos con algo parecido, en su rostro ya sereno, a una sonrisa.
—Sexto presagio, sostenido, no roto —dijo—. Cuéntenle a alguien, algún día, lo que aprendieron aquí esta noche. No para que se les olvide a ustedes. Para que a la próxima generación no le cueste quinientos años aprenderlo también.
Y desapareció, esta vez sin llanto, solo un silencio tranquilo que se sintió, extrañamente, como un descanso merecido.
Caminaron de regreso por la antigua Calzada de la Viga, ya sin neblina, el amanecer todavía lejos pero el peso en el pecho de Emilio, por primera vez en toda la noche, un poco más ligero.
—Seis presagios —dijo, por fin, rompiendo el silencio—. Faltan dos.
—Y un villano que resultó tener más corazón roto que maldad —dijo Renata, con la voz todavía un poco temblorosa—. Eso no lo vi venir.
—Yo tampoco —dijo Emilio—. Aunque, para ser justos, este año nadie ha sido exactamente lo que parecía al principio. Ni los teteo, ni el villano, ni — se detuvo, mirándola de reojo— ni tú, yéndote a Guadalajara en seis días como si fuera cualquier cosa.
—Cinco días —corrigió Renata, con una sonrisa cansada—. Ya se me pasó uno platicando con teotles llorones, gracias a ti.
Siguieron caminando, cada uno con su parte del silencio, hasta que las luces de la ciudad, poco a poco, los llevaron de vuelta a casa.
Episodio 7 — “El ave del espejo” (Tula, Hidalgo)
I. La maleta ya hecha
La maleta de Renata llevaba dos días armada junto a la puerta de su cuarto, cerrada, con una etiqueta de “GDL” colgando del asa que a Emilio le costaba trabajo mirar directamente sin sentir un nudo raro en el estómago. Faltaban menos de veinticuatro horas para que su prima subiera a un camión hacia ocho semanas de canales distintos del mismo lago, como habían decidido llamarlo, y ninguno de los dos había mencionado en voz alta lo obvio: si el octavo presagio llegaba mientras ella estaba fuera, no tenían ni idea de qué iban a hacer.
Fue esa misma tarde, mientras Renata metía el cargador del celular en un bolsillo lateral por tercera vez, cuando la cajita de madera, ya casi olvidada sobre el buró en medio del caos de la maleta, empezó a brillar con una luz plateada que ninguno de los dos había visto antes, fría, como la superficie de un espejo bajo la luna.
—Séptimo —dijo Renata, guardando el celular a medias, con la voz tensa—. La noche antes de que me vaya. Por supuesto que sí.
—¿Alcanzamos a ir y volver? —preguntó Emilio, ya buscando en el mapa del celular—. Tu camión sale a las nueve de la mañana.
—Vamos a tener que alcanzar.
II. La carretera hacia Tula
Convencer a la mamá de Renata de “una última salida de despedida entre primos” resultó, sorprendentemente, la mentira más fácil de contar en todo el año, porque hasta cierto punto era completamente verdad. Manejaron –Toño, otra vez de chofer improvisado, sobornado con la promesa de tacos al pastor de regreso– por la carretera hacia el norte, el paisaje cambiando poco a poco del gris urbano a lomas secas cubiertas de matorrales, el aire entrando por la ventana cada vez más seco y polvoso, con un olor a tierra caliente y a algo resinoso, casi medicinal, que subía de los arbustos junto a la carretera.
Para cuando llegaron a Tula, el sol ya se ponía detrás de los cerros, tiñendo el cielo de un naranja quemado que hacía ver las ruinas, a lo lejos, casi negras contra la luz, como recortes de papel pegados sobre un fondo de fuego.
—Aquí los espero, con las luces intermitentes puestas y cara de inocente —dijo Toño, estacionándose junto a la reja cerrada del sitio—. Ya me acostumbré a esta parte del trabajo, para que sepan.
III. Los guerreros de piedra
Se colaron, como siempre, por un tramo mal cuidado de la reja, el viento del atardecer silbando entre las piedras sueltas con un sonido agudo, casi como un lamento distante, mientras subían la pirámide principal hacia la plataforma donde cuatro gigantes de piedra basáltica, de más de cuatro metros de altura, montaban guardia contra un cielo cada vez más oscuro: los Atlantes de Tula, guerreros tallados hacía más de mil años, con sus tocados cuadrados, sus pectorales de mariposa y sus lanzadardos sostenidos con un rigor que ni el tiempo ni el viento habían logrado ablandar.
—Se ven distinto de noche —susurró Emilio, sintiendo un escalofrío que no tenía nada que ver con la temperatura, que ya empezaba a bajar rápido con la puesta del sol—. Como si en cualquier momento fueran a voltear a vernos.
Detrás de la plataforma, un muro largo tallado con serpientes devorando figuras esqueléticas –el Coatepantli, el “muro de serpientes”– se extendía en la penumbra, y fue justo ahí, sobre la cabeza del Atlante más cercano al muro, donde Emilio vio, posada con una quietud antinatural, un ave gris de tamaño imposible, del tamaño de una persona agachada, con un disco de obsidiana pulida incrustado directamente en la frente, brillando con luz propia a pesar de que ya no quedaba sol para reflejar.
IV. Lo que el espejo mostraba
—Ese es el séptimo presagio —dijo Renata, con la voz baja, mirando el ave con una mezcla de fascinación científica y puro terror—. Un ave con un espejo en la cabeza. Moctezuma vio en ese espejo las estrellas del amanecer, y después, guerreros extraños viniendo a la guerra.
El ave giró la cabeza hacia ellos, despacio, con un chirrido metálico que no encajaba para nada con ningún sonido animal, y el disco de obsidiana en su frente empezó a girar también, cada vez más rápido, proyectando sobre el muro de serpientes una imagen borrosa que poco a poco se hizo nítida: estrellas desconocidas, y después, siluetas de hombres armados, avanzando en formación bajo un cielo extraño.
—No mires directo —dijo una voz nueva, grave y áspera como piedra volcánica raspando piedra, que hizo que Emilio se le enchinara la piel de los brazos antes de voltear—. El que mira demasiado tiempo el humo de mi espejo, termina viendo lo que más desea, no lo que más necesita ver.
V. Tezcatlipoca
De entre las sombras del Coatepantli emergió una figura envuelta en una capa de plumas negras, con un espejo circular de obsidiana en el lugar donde debería estar un pie, humeando con un vapor negro y denso que olía a copal quemado y a algo más profundo, más frío, como el fondo de una cueva que nunca ha visto el sol.
—Tezcatlipoca —susurró Renata, dando un paso atrás sin poder evitarlo—. El espejo humeante.
—La misma persona que ustedes ya conocen los previno de mí, seguramente —dijo el teotl, con una sonrisa que no terminaba de ser amable ni tampoco cruel, algo intermedio y mucho más inquietante—. Mi hermano Quetzalcóatl y yo llevamos siglos sin ponernos de acuerdo en casi nada. Él construye. Yo pruebo qué tan firme es lo construido. No somos enemigos, exactamente. Nada más… incómodos el uno para el otro.
—¿Usted es aliado o amenaza? —preguntó Emilio, directo, sin ánimo de andarse con rodeos con alguien que olía a humo y hablaba con acertijos.
—Esa es exactamente la pregunta correcta —dijo Tezcatlipoca, con genuino aprecio en la voz—. Y la respuesta, niño, depende enteramente de lo que ustedes elijan mirar en mi espejo esta noche.
VI. Ostos, sin nada que perder
El chirrido metálico del ave se intensificó, y de entre los guerreros de piedra, con pasos que ya no tenían nada de la elegancia de las primeras noches, apareció Nemesio Ostos: el saco gris rasgado en un hombro, el pelo blanco completamente despeinado, los ojos hundidos de alguien que llevaba días sin dormir bien.
—Séptimo —dijo, con la voz ronca—. Y esta vez no vengo a discutir. Vengo a terminarlo, cueste lo que cueste.
Se lanzó directo hacia el ave, con las manos extendidas hacia el espejo de obsidiana en su frente, y el Atlante más cercano, como si hubiera esperado quinientos años exactamente ese instante, giró la cabeza de piedra con un crujido sordo que retumbó por toda la plataforma, el lanzadardos tallado en su mano brillando de pronto con una energía que no debería tener ninguna estatua.
—¡Los guerreros están despertando! —gritó Renata, jalando a Emilio hacia atrás justo cuando el brazo de piedra del Atlante se movía, lento pero imparable, hacia donde habían estado parados un segundo antes.
—¡Esto es nuevo y no me gusta nada! —gritó Emilio, esquivando por poco una segunda estatua que empezaba a moverse, el suelo temblando bajo el peso de la piedra viva.
VII. El espejo que ofrece lo que más se desea
En medio del caos, el disco de obsidiana del ave giró hacia Emilio directamente, y por un instante, sin poder evitarlo, se quedó viendo su propio reflejo –que poco a poco dejó de ser un reflejo y se convirtió en una escena: su casa, las dos casas fundidas en una sola, su papá y su mamá riendo juntos en la misma cocina, sin ningún departamento nuevo, sin Karina, sin ninguna de las noches de tormenta llorando solo en su cuarto. Una vida entera sin la grieta que se había abierto hacía dos años en su familia.
—Ahí está —dijo Tezcatlipoca, con la voz suave, casi tierna, a su lado—. Lo que más deseas. Podría ser tuyo, niño. Nada más tendrías que dejar que Ostos termine lo que empezó.
Emilio sintió que el pecho se le apretaba, el deseo tirando de él con una fuerza física, real, los ojos escociéndole de las ganas de creer que esa versión de su vida todavía era posible.
—Pero si eso pasa —dijo, con la voz temblando, luchando contra sus propias palabras—, entonces Renata no se va mañana a Guadalajara. Renata no existe. Yo no aprendí nada de lo que aprendí este año, ni el anterior. No hay grietas, no hay guardianes, no hay nada de lo que me hizo ser quien soy ahora, con todo y lo que dolió.
VIII. Lo que Emilio eligió no mirar más
Cerró los ojos, apartándose del espejo con un esfuerzo que le costó más que cualquier persecución de las últimas siete noches.
—No quiero esa vida —dijo, la voz rota pero segura—. Quiero esta. La que sí duele a veces. Porque en esta, aprendí a decir la verdad completa. Aprendí a pedir ayuda. Aprendí que mi papá me quiere aunque las cosas no salieran como yo quería. Y sobre todo, en esta vida, tengo a Renata, exactamente como es, no como una foto perfecta que nunca aprendió nada.
El disco de obsidiana del ave dejó de girar de golpe, la imagen de la cocina feliz desvaneciéndose como humo, y el ave entera, liberada de su quietud antinatural, extendió las alas y desapareció hacia el cielo oscuro con un último chirrido, esta vez sonando, extrañamente, satisfecho.
Los Atlantes, en el mismo instante, se quedaron quietos otra vez, la energía abandonándolos, volviendo a ser piedra inmóvil bajo las estrellas.
IX. Lo que Tezcatlipoca decidió
—Interesante —dijo Tezcatlipoca, observando a Emilio con una mirada que ya no tenía nada de burla, solo una curiosidad genuina—. La mayoría elige la mentira cómoda. Muy pocos eligen la verdad que duele, sabiendo exactamente cuánto va a doler.
Ostos, arrodillado entre los Atlantes ya inmóviles, golpeó el suelo con el puño, la derrota pesándole visiblemente sobre los hombros.
—Séptimo, perdido —dijo, sin ninguna fuerza ya en la voz—. Queda uno. Y ya no sé si me queda a mí la fuerza para intentarlo.
Tezcatlipoca se acercó a él, despacio, el humo de su pie de obsidiana arrastrándose por el suelo, y por un momento pareció que iba a ofrecerle algo –ayuda, una salida, una segunda oportunidad–, pero en vez de eso, con un movimiento rápido, le arrebató de las manos el telar apagado que Ostos había cargado desde la noche de Cihuacóatl.
—Esto —dijo el teotl, examinándolo con un interés frío— ya no te sirve de nada roto. Pero a mí me sirve de recordatorio. Los espejos rotos, cuando se guardan bien, a veces enseñan más que los enteros.
Se lo guardó entre los pliegues de su capa de plumas negras, sin dar ninguna explicación más, dejando claro, con ese único gesto, que su ayuda nunca había sido gratis del todo.
X. La despedida en la central de camiones
Volvieron a la ciudad ya de madrugada, con Toño manejando en silencio por primera vez en toda la noche, respetando, sin decirlo, el peso de lo que fuera que había pasado en esas ruinas. Para las ocho de la mañana, Emilio y Renata estaban parados frente a la puerta del camión hacia Guadalajara, la maleta con la etiqueta de “GDL” ya facturada, el sol apenas subiendo sobre la central camionera.
—Siete presagios —dijo Renata, abrazándolo fuerte, la voz apretada—. Falta uno.
—Y no sabemos cuándo va a llegar —dijo Emilio, sin soltarla—. Podría ser mañana. Podría ser en siete semanas, justo cuando estés en Guadalajara.
—Entonces me llamas —dijo ella, separándose apenas para verlo a los ojos—. Sea la hora que sea. Video llamada, bocina al máximo, lo que haga falta. No pienso perderme el final de esto por estar ocho semanas fuera.
—Prometido —dijo Emilio—. Aunque técnicamente ya rompimos la promesa de “nunca entrar sin el otro” una vez, así que no sé qué tan en serio debas tomarte mis promesas.
Renata se rió, con los ojos brillosos, subiendo por fin al camión con la mochila –el jade adentro, tibio y tranquilo por ahora– apretada contra el pecho.
—Cuídate, Emilio.
—Tú también. Y mándame fotos de tacos de Guadalajara para comparar con los de aquí, es importante para la ciencia.
El camión arrancó, y Emilio se quedó ahí, parado en el andén, viéndolo alejarse hasta perderse en el tráfico de la mañana, con la sensación extraña de estar, por primera vez en dos años, completamente solo frente a lo que fuera que faltaba por venir.
Fin (por ahora).
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Episodio 7 — “El ave del espejo” (Tula, Hidalgo)
I. La maleta ya hecha
La maleta de Renata llevaba dos días armada junto a la puerta de su cuarto, cerrada, con una etiqueta de “GDL” colgando del asa que a Emilio le costaba trabajo mirar directamente sin sentir un nudo raro en el estómago. Faltaban menos de veinticuatro horas para que su prima subiera a un camión hacia ocho semanas de canales distintos del mismo lago, como habían decidido llamarlo, y ninguno de los dos había mencionado en voz alta lo obvio: si el octavo presagio llegaba mientras ella estaba fuera, no tenían ni idea de qué iban a hacer.
Fue esa misma tarde, mientras Renata metía el cargador del celular en un bolsillo lateral por tercera vez, cuando la cajita de madera, ya casi olvidada sobre el buró en medio del caos de la maleta, empezó a brillar con una luz plateada que ninguno de los dos había visto antes, fría, como la superficie de un espejo bajo la luna.
—Séptimo —dijo Renata, guardando el celular a medias, con la voz tensa—. La noche antes de que me vaya. Por supuesto que sí.
—¿Alcanzamos a ir y volver? —preguntó Emilio, ya buscando en el mapa del celular—. Tu camión sale a las nueve de la mañana.
—Vamos a tener que alcanzar.
II. La carretera hacia Tula
Convencer a la mamá de Renata de “una última salida de despedida entre primos” resultó, sorprendentemente, la mentira más fácil de contar en todo el año, porque hasta cierto punto era completamente verdad. Manejaron –Toño, otra vez de chofer improvisado, sobornado con la promesa de tacos al pastor de regreso– por la carretera hacia el norte, el paisaje cambiando poco a poco del gris urbano a lomas secas cubiertas de matorrales, el aire entrando por la ventana cada vez más seco y polvoso, con un olor a tierra caliente y a algo resinoso, casi medicinal, que subía de los arbustos junto a la carretera.
Para cuando llegaron a Tula, el sol ya se ponía detrás de los cerros, tiñendo el cielo de un naranja quemado que hacía ver las ruinas, a lo lejos, casi negras contra la luz, como recortes de papel pegados sobre un fondo de fuego.
—Aquí los espero, con las luces intermitentes puestas y cara de inocente —dijo Toño, estacionándose junto a la reja cerrada del sitio—. Ya me acostumbré a esta parte del trabajo, para que sepan.
III. Los guerreros de piedra
Se colaron, como siempre, por un tramo mal cuidado de la reja, el viento del atardecer silbando entre las piedras sueltas con un sonido agudo, casi como un lamento distante, mientras subían la pirámide principal hacia la plataforma donde cuatro gigantes de piedra basáltica, de más de cuatro metros de altura, montaban guardia contra un cielo cada vez más oscuro: los Atlantes de Tula, guerreros tallados hacía más de mil años, con sus tocados cuadrados, sus pectorales de mariposa y sus lanzadardos sostenidos con un rigor que ni el tiempo ni el viento habían logrado ablandar.
—Se ven distinto de noche —susurró Emilio, sintiendo un escalofrío que no tenía nada que ver con la temperatura, que ya empezaba a bajar rápido con la puesta del sol—. Como si en cualquier momento fueran a voltear a vernos.
Detrás de la plataforma, un muro largo tallado con serpientes devorando figuras esqueléticas –el Coatepantli, el “muro de serpientes”– se extendía en la penumbra, y fue justo ahí, sobre la cabeza del Atlante más cercano al muro, donde Emilio vio, posada con una quietud antinatural, un ave gris de tamaño imposible, del tamaño de una persona agachada, con un disco de obsidiana pulida incrustado directamente en la frente, brillando con luz propia a pesar de que ya no quedaba sol para reflejar.
IV. Lo que el espejo mostraba
—Ese es el séptimo presagio —dijo Renata, con la voz baja, mirando el ave con una mezcla de fascinación científica y puro terror—. Un ave con un espejo en la cabeza. Moctezuma vio en ese espejo las estrellas del amanecer, y después, guerreros extraños viniendo a la guerra.
El ave giró la cabeza hacia ellos, despacio, con un chirrido metálico que no encajaba para nada con ningún sonido animal, y el disco de obsidiana en su frente empezó a girar también, cada vez más rápido, proyectando sobre el muro de serpientes una imagen borrosa que poco a poco se hizo nítida: estrellas desconocidas, y después, siluetas de hombres armados, avanzando en formación bajo un cielo extraño.
—No mires directo —dijo una voz nueva, grave y áspera como piedra volcánica raspando piedra, que hizo que Emilio se le enchinara la piel de los brazos antes de voltear—. El que mira demasiado tiempo el humo de mi espejo, termina viendo lo que más desea, no lo que más necesita ver.
V. Tezcatlipoca
De entre las sombras del Coatepantli emergió una figura envuelta en una capa de plumas negras, con un espejo circular de obsidiana en el lugar donde debería estar un pie, humeando con un vapor negro y denso que olía a copal quemado y a algo más profundo, más frío, como el fondo de una cueva que nunca ha visto el sol.
—Tezcatlipoca —susurró Renata, dando un paso atrás sin poder evitarlo—. El espejo humeante.
—La misma persona que ustedes ya conocen los previno de mí, seguramente —dijo el teotl, con una sonrisa que no terminaba de ser amable ni tampoco cruel, algo intermedio y mucho más inquietante—. Mi hermano Quetzalcóatl y yo llevamos siglos sin ponernos de acuerdo en casi nada. Él construye. Yo pruebo qué tan firme es lo construido. No somos enemigos, exactamente. Nada más… incómodos el uno para el otro.
—¿Usted es aliado o amenaza? —preguntó Emilio, directo, sin ánimo de andarse con rodeos con alguien que olía a humo y hablaba con acertijos.
—Esa es exactamente la pregunta correcta —dijo Tezcatlipoca, con genuino aprecio en la voz—. Y la respuesta, niño, depende enteramente de lo que ustedes elijan mirar en mi espejo esta noche.
VI. Ostos, sin nada que perder
El chirrido metálico del ave se intensificó, y de entre los guerreros de piedra, con pasos que ya no tenían nada de la elegancia de las primeras noches, apareció Nemesio Ostos: el saco gris rasgado en un hombro, el pelo blanco completamente despeinado, los ojos hundidos de alguien que llevaba días sin dormir bien.
—Séptimo —dijo, con la voz ronca—. Y esta vez no vengo a discutir. Vengo a terminarlo, cueste lo que cueste.
Se lanzó directo hacia el ave, con las manos extendidas hacia el espejo de obsidiana en su frente, y el Atlante más cercano, como si hubiera esperado quinientos años exactamente ese instante, giró la cabeza de piedra con un crujido sordo que retumbó por toda la plataforma, el lanzadardos tallado en su mano brillando de pronto con una energía que no debería tener ninguna estatua.
—¡Los guerreros están despertando! —gritó Renata, jalando a Emilio hacia atrás justo cuando el brazo de piedra del Atlante se movía, lento pero imparable, hacia donde habían estado parados un segundo antes.
—¡Esto es nuevo y no me gusta nada! —gritó Emilio, esquivando por poco una segunda estatua que empezaba a moverse, el suelo temblando bajo el peso de la piedra viva.
VII. El espejo que ofrece lo que más se desea
En medio del caos, el disco de obsidiana del ave giró hacia Emilio directamente, y por un instante, sin poder evitarlo, se quedó viendo su propio reflejo –que poco a poco dejó de ser un reflejo y se convirtió en una escena: su casa, las dos casas fundidas en una sola, su papá y su mamá riendo juntos en la misma cocina, sin ningún departamento nuevo, sin Karina, sin ninguna de las noches de tormenta llorando solo en su cuarto. Una vida entera sin la grieta que se había abierto hacía dos años en su familia.
—Ahí está —dijo Tezcatlipoca, con la voz suave, casi tierna, a su lado—. Lo que más deseas. Podría ser tuyo, niño. Nada más tendrías que dejar que Ostos termine lo que empezó.
Emilio sintió que el pecho se le apretaba, el deseo tirando de él con una fuerza física, real, los ojos escociéndole de las ganas de creer que esa versión de su vida todavía era posible.
—Pero si eso pasa —dijo, con la voz temblando, luchando contra sus propias palabras—, entonces Renata no se va mañana a Guadalajara. Renata no existe. Yo no aprendí nada de lo que aprendí este año, ni el anterior. No hay grietas, no hay guardianes, no hay nada de lo que me hizo ser quien soy ahora, con todo y lo que dolió.
VIII. Lo que Emilio eligió no mirar más
Cerró los ojos, apartándose del espejo con un esfuerzo que le costó más que cualquier persecución de las últimas siete noches.
—No quiero esa vida —dijo, la voz rota pero segura—. Quiero esta. La que sí duele a veces. Porque en esta, aprendí a decir la verdad completa. Aprendí a pedir ayuda. Aprendí que mi papá me quiere aunque las cosas no salieran como yo quería. Y sobre todo, en esta vida, tengo a Renata, exactamente como es, no como una foto perfecta que nunca aprendió nada.
El disco de obsidiana del ave dejó de girar de golpe, la imagen de la cocina feliz desvaneciéndose como humo, y el ave entera, liberada de su quietud antinatural, extendió las alas y desapareció hacia el cielo oscuro con un último chirrido, esta vez sonando, extrañamente, satisfecho.
Los Atlantes, en el mismo instante, se quedaron quietos otra vez, la energía abandonándolos, volviendo a ser piedra inmóvil bajo las estrellas.
IX. Lo que Tezcatlipoca decidió
—Interesante —dijo Tezcatlipoca, observando a Emilio con una mirada que ya no tenía nada de burla, solo una curiosidad genuina—. La mayoría elige la mentira cómoda. Muy pocos eligen la verdad que duele, sabiendo exactamente cuánto va a doler.
Ostos, arrodillado entre los Atlantes ya inmóviles, golpeó el suelo con el puño, la derrota pesándole visiblemente sobre los hombros.
—Séptimo, perdido —dijo, sin ninguna fuerza ya en la voz—. Queda uno. Y ya no sé si me queda a mí la fuerza para intentarlo.
Tezcatlipoca se acercó a él, despacio, el humo de su pie de obsidiana arrastrándose por el suelo, y por un momento pareció que iba a ofrecerle algo –ayuda, una salida, una segunda oportunidad–, pero en vez de eso, con un movimiento rápido, le arrebató de las manos el telar apagado que Ostos había cargado desde la noche de Cihuacóatl.
—Esto —dijo el teotl, examinándolo con un interés frío— ya no te sirve de nada roto. Pero a mí me sirve de recordatorio. Los espejos rotos, cuando se guardan bien, a veces enseñan más que los enteros.
Se lo guardó entre los pliegues de su capa de plumas negras, sin dar ninguna explicación más, dejando claro, con ese único gesto, que su ayuda nunca había sido gratis del todo.
X. La despedida en la central de camiones
Volvieron a la ciudad ya de madrugada, con Toño manejando en silencio por primera vez en toda la noche, respetando, sin decirlo, el peso de lo que fuera que había pasado en esas ruinas. Para las ocho de la mañana, Emilio y Renata estaban parados frente a la puerta del camión hacia Guadalajara, la maleta con la etiqueta de “GDL” ya facturada, el sol apenas subiendo sobre la central camionera.
—Siete presagios —dijo Renata, abrazándolo fuerte, la voz apretada—. Falta uno.
—Y no sabemos cuándo va a llegar —dijo Emilio, sin soltarla—. Podría ser mañana. Podría ser en siete semanas, justo cuando estés en Guadalajara.
—Entonces me llamas —dijo ella, separándose apenas para verlo a los ojos—. Sea la hora que sea. Video llamada, bocina al máximo, lo que haga falta. No pienso perderme el final de esto por estar ocho semanas fuera.
—Prometido —dijo Emilio—. Aunque técnicamente ya rompimos la promesa de “nunca entrar sin el otro” una vez, así que no sé qué tan en serio debas tomarte mis promesas.
Renata se rió, con los ojos brillosos, subiendo por fin al camión con la mochila –el jade adentro, tibio y tranquilo por ahora– apretada contra el pecho.
—Cuídate, Emilio.
—Tú también. Y mándame fotos de tacos de Guadalajara para comparar con los de aquí, es importante para la ciencia.
El camión arrancó, y Emilio se quedó ahí, parado en el andén, viéndolo alejarse hasta perderse en el tráfico de la mañana, con la sensación extraña de estar, por primera vez en dos años, completamente solo frente a lo que fuera que faltaba por venir.
Episodio 8 — “Los hombres de dos cabezas” (Ciudad de México — Cierre de temporada)
I. Lo que vio en el espejo del baño
Diecinueve días después de la despedida en la central de camiones, un martes cualquiera a las diez de la noche, Emilio se estaba lavando los dientes cuando levantó la vista al espejo del baño y, por una fracción de segundo que se sintió mucho más larga de lo que cualquier reloj podría haber medido, vio dos reflejos en vez de uno: él mismo, con la boca llena de espuma de pasta dental, y junto a él, exactamente igual, otro Emilio, con los ojos completamente negros, mirándolo sin parpadear.
Escupió, se limpió la boca de un manotazo, y cuando volvió a ver, el espejo mostraba nada más un reflejo. El suyo. Normal.
Con las manos todavía temblando, sacó el celular y buscó las noticias locales. Ya había tres notas distintas, subidas esa misma tarde: reportes de gente en el centro de la ciudad viendo “duplicados” de sí mismos o de extraños en reflejos, vidrios de tiendas, cámaras de seguridad. Un video, con casi un millón de vistas, mostraba a una señora en el metro gritando y señalando a alguien que, en la grabación, parecía tener dos cabezas superpuestas, una encima de la otra, antes de desaparecer del cuadro.
En su buró, la cajita de madera –que llevaba diecinueve días completamente apagada, guardada casi como un recuerdo triste– se encendió de golpe con una luz blanca tan intensa que iluminó todo el cuarto.
II. La llamada a las diez y cuarto
Marcó a Renata sin pensarlo dos veces, con el corazón latiéndole tan fuerte que le costaba trabajo respirar bien.
—Ya empezó —dijo, en cuanto ella contestó, la voz de fondo del cuarto de residencia de Renata, ajena y lejana, con música de alguien más sonando dos puertas más allá—. El octavo. Hombres de dos cabezas. Está en las noticias, Renata, todo el mundo lo está viendo.
—¿Estás bien? ¿Dónde estás? —la voz de Renata, del otro lado de la línea, ya cargada de una urgencia que la distancia no lograba disimular.
—En mi cuarto. Voy a ir al Zócalo. No puedo esperar a que…
—¡No entres sin mí! —interrumpió ella, con una fuerza que hizo eco de una promesa mucho más vieja—. Emilio, faltan horas para el último camión de la noche hacia México. Voy a alcanzar a llegar. Nada más… por favor, no entres solo.
Emilio se quedó viendo la ventana de su cuarto, donde a lo lejos, sobre los techos de la colonia, ya se distinguía un resplandor extraño, pálido, parpadeante, subiendo desde el rumbo del centro histórico.
—No puedo prometerte eso —dijo, con la voz quebrándose apenas—. Pero te prometo que voy a intentar aguantar hasta que llegues.
III. Solo, otra vez
Llegó al Zócalo en camión, no en bicicleta –las piernas le temblaban demasiado para pedalear seguro–, con el corazón dándole tumbos y una sensación extraña de estar repitiendo, casi exactamente, la primera noche de todo esto, casi dos años atrás, salvo que esta vez no había ningún mensaje sin remitente esperándolo. Nada más un cielo que empezaba a torcerse.
La plaza, a esa hora, estaba casi vacía de turistas, salvo por grupos pequeños grabando con el celular hacia el cielo, donde el aire mismo parecía doblarse, como el calor que se ve subir del asfalto en un día caluroso, pero mucho más intenso, distorsionando los edificios coloniales alrededor en ondas que se movían despacio, mareantes.
Emilio se paró en el centro de la explanada, solo, sintiendo el peso completo de esa palabra –solo– de una manera que no había sentido en meses, desde antes de Chapultepec, desde antes de que existiera la palabra “nosotros” para describir lo que él y Renata hacían cada vez que el mundo se rompía un poco.
—Bueno —dijo en voz alta, a la nada, tratando de sonar más valiente de lo que se sentía—. Aquí vamos. Otra vez.
IV. El primero en llegar
—No estás tan solo como crees —dijo una voz conocida, resonando dentro de su cabeza con la calidez de siempre.
Quetzalcóatl apareció entre las sombras de la Catedral, esta vez de tamaño completo, del tamaño de un camión, con las escamas doradas brillando bajo la luz distorsionada del cielo.
—Llevo un año entero esperando que me dejaran ayudar más de lo que las reglas antiguas permiten —dijo—. Hoy esas reglas ya no importan. Es el octavo. El último. Y hoy vengo acompañado.
Uno por uno, como si la plaza misma los hubiera convocado, fueron llegando: Huehuetéotl, con su brasero humeando de urgencia sobre la cabeza; Tláloc, con sus anteojeras de jade brillando firmes; Kukulkán, enroscándose en el aire sobre la Catedral; Chalchiuhtlicue, emergiendo de una fuente cercana en una columna de agua serena; y por último, envuelta todavía en jirones de niebla pero con el rostro ya sereno, Cihuacóatl, que se acercó a Emilio y le puso una mano fría, casi maternal, sobre el hombro.
—Gracias por quedarte a escuchar, aquella noche —dijo—. Hoy me toca quedarme yo.
De entre las piernas de Huehuetéotl asomó una cabeza pequeña y verdosa, con una sonrisa que Emilio reconoció al instante.
—¿Alguien pidió un chaneque con experiencia en situaciones desesperadas? —preguntó el chaneque, con su pelota de luz ya brillando a toda potencia—. Porque aquí estoy, gratis, sin que nadie me lo pidiera, como siempre.
Emilio sintió que algo se le aflojaba en el pecho, un nudo que llevaba diecinueve días apretándose.
V. Ostos, completo
El aire distorsionado sobre la plaza se abrió como una herida, y de ahí descendió Nemesio Ostos, ya sin ningún rastro del hombre elegante de la primera noche: el pelo blanco completamente revuelto, el traje hecho jirones, los ojos hundidos y rodeados de sombras oscuras, cargando entre las manos un aparato imposible, hecho de los restos de todos los anteriores –el telar, la esfera de cristal, la jaula de metal, la llave de piedra– fundidos en una sola estructura que zumbaba con una energía que hacía vibrar el pavimento entero de la plaza.
—Siete hilos —dijo, con la voz rota, casi sin fuerza—. Nada más necesito el octavo. Los hombres de dos cabezas. Dos caminos posibles del tiempo, mostrados a la vez. Nada más necesito tomar uno de los dos y cerrar el otro para siempre.
—¡Ostos, deténgase! —gritó Emilio, dando un paso hacia él, aunque las piernas le temblaban—. ¡Usted ya sabe que esto no arregla nada! ¡Usted mismo lo dijo en la Viga!
—¡LO SÉ! —rugió Ostos, con una desesperación que hizo eco por toda la plaza vacía—. ¡Lo sé perfectamente bien, y aun así no puedo parar, porque si paro, tengo que aceptar que perdí a mi hermana para siempre sin ninguna razón que valga la pena, y eso es algo que todavía no sé cómo cargar!
VI. Lo que Ostos nunca había dicho
El aparato, entre sus manos, empezó a abrir grietas de luz blanca en el aire alrededor de toda la plaza, y de cada grieta emergieron siluetas dobles: turistas duplicados, palomas con dos pares de alas, hasta el propio reflejo distorsionado de la Catedral apareciendo dos veces, superpuesto, como una fotografía movida.
—¡Cuéntame! —gritó Emilio, por encima del rugido creciente de las grietas, sintiendo que si Ostos seguía cargando eso solo, nadie iba a poder detenerlo a tiempo—. ¡Ya nos contó lo de la advertencia, lo de querer volver! ¡Pero nunca nos dijo a quién perdió de verdad!
Ostos, con las manos temblando sobre el aparato, cerró los ojos.
—Se llamaba Ixchel Ostos —dijo, la voz quebrándose por completo—. Como la teotl del cenote, sí, mi abuela era devota. Tenía nueve años. Murió en un terremoto, hace treinta y cinco años, en un edificio que se cayó porque se construyó con materiales baratos sobre lo que antes había sido un canal de este mismo lago que llevamos toda la temporada visitando. Un canal que, si esta ciudad hubiera cuidado su propia memoria en vez de enterrarla bajo concreto barato, tal vez nunca se hubiera vuelto una trampa mortal. Llevo treinta y cinco años pensando que si pudiera ir tan atrás, tan atrás, hasta el origen mismo de todo lo que salió mal en este valle, podría encontrar el punto exacto donde advertirles a todos, no nada más a los mexicas, sino a cada generación después, “cuiden esto, respeten esto, no lo entierren, no lo olviden”, y tal vez, tal vez, mi hermana nunca hubiera estado parada ese día exacto en ese edificio exacto.
VII. La cuerda que llegó a tiempo
El silencio que siguió fue roto por el chirrido de frenos de un camión foráneo deteniéndose, imposiblemente, justo en el borde de la plaza –algo que ningún camión hacía normalmente, y que Emilio decidió, en ese instante, no cuestionar ni un segundo–, y de él bajó Renata, con la mochila todavía puesta, el pelo revuelto de ocho horas de viaje, corriendo hacia el centro de la explanada sin importarle las grietas de luz abriéndose a su alrededor.
—¡EMILIO! —gritó, esquivando un reflejo duplicado de una fuente que le salió al paso, llegando por fin junto a él, tomándole la mano con una fuerza que le devolvió, de golpe, todo el aire a los pulmones.
—Llegaste —dijo Emilio, con la voz rota de alivio.
—Te dije que no me iba a perder el final —contestó ella, sin aliento, mirando hacia Ostos, que seguía sosteniendo el aparato con manos temblorosas, la historia de su hermana todavía flotando pesada en el aire de la plaza—. Escuchamos todo desde la ventana del camión, con el radio de un pasajero puesto en las noticias de emergencia. Señor Ostos… su hermana no necesita que usted borre este mundo. Necesita que usted siga en él, recordándola bien.
VIII. Lo que nadie le había ofrecido antes
—No es tan fácil —dijo Ostos, la voz apenas un susurro, el aparato entre sus manos brillando cada vez más fuerte, las grietas dobles multiplicándose por toda la plaza—. Llevo treinta y cinco años solo con esto. Nadie más lo cargó conmigo.
—Ahora sí —dijo Emilio, dando un paso hacia él, sin miedo esta vez, con Renata firme a su lado y siete guardianes rodeándolos en un círculo silencioso—. Nosotros pasamos toda esta temporada aprendiendo lo mismo, una y otra vez, hasta que por fin se nos quedó bien aprendido: el dolor que se carga solo se vuelve más pesado cada año. El que se comparte, aunque no se arregle, por lo menos deja de aplastar tanto.
—Cuéntenos de ella —dijo Renata, con una ternura genuina, no como estrategia, sino porque de verdad quería escuchar—. No la Ixchel que perdió. La Ixchel que tuvo, aunque hayan sido solo nueve años.
IX. Ixchel Ostos, nueve años
Algo en la cara de Ostos se quebró por completo, y por primera vez en toda la temporada, las lágrimas le corrieron libres, sin ningún intento de contenerlas.
—Le encantaban los perros callejeros —dijo, con una risa rota mezclada con el llanto—. Les ponía nombre a todos los del barrio. Cantaba desafinadísimo, pero cantaba de todos modos, sin ninguna vergüenza. Quería ser bióloga marina, aunque vivíamos a horas de cualquier mar. La última vez que la vi, esa mañana, me pidió prestado mi suéter azul porque el de ella estaba en la lavadora, y yo se lo presté de mal humor, porque llegaba tarde a la escuela, y ni siquiera me despedí bien.
El aparato entre sus manos, con cada palabra, empezó a brillar menos, las grietas dobles alrededor de la plaza cerrándose poco a poco, los reflejos duplicados desvaneciéndose no con violencia, sino como quien por fin se permite descansar.
—Eso —dijo Cihuacóatl, acercándose despacio— es lo que hace falta para cerrar el octavo presagio. No borrar el dolor de haberla perdido. Contar, en voz alta, quién fue ella de verdad.
X. Lo que Ostos soltó
Con las manos ya sin fuerza, Ostos dejó caer el aparato al piso de la plaza, donde se hizo pedazos con un sonido suave, casi aliviado, los siete hilos de tiempo que llevaba un año robando disolviéndose en el aire como hebras de luz que regresaban, cada una, a su presagio original.
—No sé quién soy —dijo, arrodillado sobre las piedras, agotado hasta los huesos—, si no soy el hombre que lleva treinta y cinco años tratando de arreglar esto.
—Va a tener que averiguarlo —dijo Tezcatlipoca, apareciendo por primera vez esa noche entre las sombras de la Catedral, con el telar roto que le había arrebatado en Tula todavía entre los pliegues de su capa—. Yo guardé esto porque sabía que este momento iba a llegar. Tómelo. Ya no tiene ningún poder. Pero tal vez le sirva para recordar, cada vez que lo mire, hasta dónde estuvo dispuesto a llegar, y hasta dónde decidió, al final, no llegar.
Le entregó el telar apagado, y Ostos lo recibió con las dos manos, como quien recibe algo mucho más frágil de lo que parece.
XI. Octavo presagio, cerrado
El cielo sobre la plaza, poco a poco, dejó de doblarse, las ondas de calor desapareciendo, los edificios coloniales volviendo a su forma normal, sólida, quieta bajo las estrellas de una noche de martes cualquiera.
—Octavo presagio —dijo Quetzalcóatl, con una voz que sonó, por primera vez en toda la temporada, completamente en paz—. Cerrado. Los ocho, completos. Ninguno robado. Ninguno vuelto arma.
Ostos, todavía de rodillas, levantó la vista hacia Emilio y Renata, con los ojos hinchados pero, por primera vez, sin ninguna desesperación detrás.
—No sé cómo se pide perdón después de un año entero de esto —dijo.
—No lo sabemos tampoco —dijo Renata, con honestidad—. Pero puede empezar por dejar de cargarlo solo. Hay grupos de apoyo para gente que perdió a alguien así. Nosotros podemos ayudarlo a buscar uno, si quiere.
Fue Emilio quien, sin planearlo, le tendió la mano para ayudarlo a levantarse, un gesto pequeño que, en ese momento, pesó mucho más que cualquier batalla de toda la temporada.
XII. Lo que quedó, meses después
Los meses siguientes trajeron una normalidad extraña, con Renata terminando su verano en Guadalajara entre videollamadas nocturnas donde ya no hablaban de presagios sino de tacos de birria y compañeros de cuarto ruidosos, y Emilio empezando el nuevo semestre con Karina cada vez menos rara y más simplemente presente, como el fuego nuevo de Huehuetéotl que nunca apagó al viejo.
De Ostos supieron poco, y lo poco que supieron llegó por una carta corta, escrita a mano, que Renata encontró un día en su buró sin ninguna explicación de cómo había llegado ahí: “Empecé terapia. Empecé, también, a donar tiempo a un programa que enseña a niños de la Viga sobre el lago que hubo ahí antes. No es lo mismo que arreglar el pasado. Pero es, tal vez, la manera correcta de cargarlo. Gracias por no dejarme solo con esto. — N.O.”
XIII. Epílogo — un año exacto después
Un año exacto después de la primera llama sobre el Zócalo, Emilio –dieciséis años ya cumplidos– y Renata –de visita el fin de semana, con nuevas anécdotas de Guadalajara y una camiseta ridícula de recuerdo que insistía en usar– caminaron juntos hasta el Templo Mayor, ahora convertido en un sitio cualquiera, sin ninguna luz verde, sin ningún llanto en la noche, solo turistas tomando fotos bajo el sol de la tarde.
—¿Crees que ya se acabó de verdad esta vez? —preguntó Emilio, sentándose en una banca frente a las ruinas.
Renata se quedó pensando un momento largo, con esa cara que ponía cuando de verdad no tenía la respuesta.
—No sé —dijo, por fin—. Pero aprendí algo nuevo este año, además de todo lo de los presagios: que no hace falta que se acabe del todo para que valga la pena vivirlo bien mientras dura. Ocho semanas en Guadalajara no se acabaron con nosotros. Ocho presagios tampoco se llevaron lo que de verdad importaba.
—La Grieta: Los Ocho Presagios —dijo Emilio, con media sonrisa—. Suena bien para otro currículum que nadie me va a creer.
—Nadie, Emilio. Absolutamente nadie.
Caminaron el resto de la tarde entre las ruinas del Templo Mayor, sin ninguna prisa, sin ninguna brújula que los guiara, nada más los dos, primos, casi hermanos, cargando entre los dos un año entero de dolor ajeno que aprendieron a escuchar sin necesidad de borrarlo, tan real como el sol que empezaba a bajar sobre la Ciudad de México esa tarde de sábado.
Fin. (Por ahora de verdad, otra vez.)
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Episodio 8 — “Los hombres de dos cabezas” (Ciudad de México — Cierre de temporada)
I. Lo que vio en el espejo del baño
Diecinueve días después de la despedida en la central de camiones, un martes cualquiera a las diez de la noche, Emilio se estaba lavando los dientes cuando levantó la vista al espejo del baño y, por una fracción de segundo que se sintió mucho más larga de lo que cualquier reloj podría haber medido, vio dos reflejos en vez de uno: él mismo, con la boca llena de espuma de pasta dental, y junto a él, exactamente igual, otro Emilio, con los ojos completamente negros, mirándolo sin parpadear.
Escupió, se limpió la boca de un manotazo, y cuando volvió a ver, el espejo mostraba nada más un reflejo. El suyo. Normal.
Con las manos todavía temblando, sacó el celular y buscó las noticias locales. Ya había tres notas distintas, subidas esa misma tarde: reportes de gente en el centro de la ciudad viendo “duplicados” de sí mismos o de extraños en reflejos, vidrios de tiendas, cámaras de seguridad. Un video, con casi un millón de vistas, mostraba a una señora en el metro gritando y señalando a alguien que, en la grabación, parecía tener dos cabezas superpuestas, una encima de la otra, antes de desaparecer del cuadro.
En su buró, la cajita de madera –que llevaba diecinueve días completamente apagada, guardada casi como un recuerdo triste– se encendió de golpe con una luz blanca tan intensa que iluminó todo el cuarto.
II. La llamada a las diez y cuarto
Marcó a Renata sin pensarlo dos veces, con el corazón latiéndole tan fuerte que le costaba trabajo respirar bien.
—Ya empezó —dijo, en cuanto ella contestó, la voz de fondo del cuarto de residencia de Renata, ajena y lejana, con música de alguien más sonando dos puertas más allá—. El octavo. Hombres de dos cabezas. Está en las noticias, Renata, todo el mundo lo está viendo.
—¿Estás bien? ¿Dónde estás? —la voz de Renata, del otro lado de la línea, ya cargada de una urgencia que la distancia no lograba disimular.
—En mi cuarto. Voy a ir al Zócalo. No puedo esperar a que…
—¡No entres sin mí! —interrumpió ella, con una fuerza que hizo eco de una promesa mucho más vieja—. Emilio, faltan horas para el último camión de la noche hacia México. Voy a alcanzar a llegar. Nada más… por favor, no entres solo.
Emilio se quedó viendo la ventana de su cuarto, donde a lo lejos, sobre los techos de la colonia, ya se distinguía un resplandor extraño, pálido, parpadeante, subiendo desde el rumbo del centro histórico.
—No puedo prometerte eso —dijo, con la voz quebrándose apenas—. Pero te prometo que voy a intentar aguantar hasta que llegues.
III. Solo, otra vez
Llegó al Zócalo en camión, no en bicicleta –las piernas le temblaban demasiado para pedalear seguro–, con el corazón dándole tumbos y una sensación extraña de estar repitiendo, casi exactamente, la primera noche de todo esto, casi dos años atrás, salvo que esta vez no había ningún mensaje sin remitente esperándolo. Nada más un cielo que empezaba a torcerse.
La plaza, a esa hora, estaba casi vacía de turistas, salvo por grupos pequeños grabando con el celular hacia el cielo, donde el aire mismo parecía doblarse, como el calor que se ve subir del asfalto en un día caluroso, pero mucho más intenso, distorsionando los edificios coloniales alrededor en ondas que se movían despacio, mareantes.
Emilio se paró en el centro de la explanada, solo, sintiendo el peso completo de esa palabra –solo– de una manera que no había sentido en meses, desde antes de Chapultepec, desde antes de que existiera la palabra “nosotros” para describir lo que él y Renata hacían cada vez que el mundo se rompía un poco.
—Bueno —dijo en voz alta, a la nada, tratando de sonar más valiente de lo que se sentía—. Aquí vamos. Otra vez.
IV. El primero en llegar
—No estás tan solo como crees —dijo una voz conocida, resonando dentro de su cabeza con la calidez de siempre.
Quetzalcóatl apareció entre las sombras de la Catedral, esta vez de tamaño completo, del tamaño de un camión, con las escamas doradas brillando bajo la luz distorsionada del cielo.
—Llevo un año entero esperando que me dejaran ayudar más de lo que las reglas antiguas permiten —dijo—. Hoy esas reglas ya no importan. Es el octavo. El último. Y hoy vengo acompañado.
Uno por uno, como si la plaza misma los hubiera convocado, fueron llegando: Huehuetéotl, con su brasero humeando de urgencia sobre la cabeza; Tláloc, con sus anteojeras de jade brillando firmes; Kukulkán, enroscándose en el aire sobre la Catedral; Chalchiuhtlicue, emergiendo de una fuente cercana en una columna de agua serena; y por último, envuelta todavía en jirones de niebla pero con el rostro ya sereno, Cihuacóatl, que se acercó a Emilio y le puso una mano fría, casi maternal, sobre el hombro.
—Gracias por quedarte a escuchar, aquella noche —dijo—. Hoy me toca quedarme yo.
De entre las piernas de Huehuetéotl asomó una cabeza pequeña y verdosa, con una sonrisa que Emilio reconoció al instante.
—¿Alguien pidió un chaneque con experiencia en situaciones desesperadas? —preguntó el chaneque, con su pelota de luz ya brillando a toda potencia—. Porque aquí estoy, gratis, sin que nadie me lo pidiera, como siempre.
Emilio sintió que algo se le aflojaba en el pecho, un nudo que llevaba diecinueve días apretándose.
V. Ostos, completo
El aire distorsionado sobre la plaza se abrió como una herida, y de ahí descendió Nemesio Ostos, ya sin ningún rastro del hombre elegante de la primera noche: el pelo blanco completamente revuelto, el traje hecho jirones, los ojos hundidos y rodeados de sombras oscuras, cargando entre las manos un aparato imposible, hecho de los restos de todos los anteriores –el telar, la esfera de cristal, la jaula de metal, la llave de piedra– fundidos en una sola estructura que zumbaba con una energía que hacía vibrar el pavimento entero de la plaza.
—Siete hilos —dijo, con la voz rota, casi sin fuerza—. Nada más necesito el octavo. Los hombres de dos cabezas. Dos caminos posibles del tiempo, mostrados a la vez. Nada más necesito tomar uno de los dos y cerrar el otro para siempre.
—¡Ostos, deténgase! —gritó Emilio, dando un paso hacia él, aunque las piernas le temblaban—. ¡Usted ya sabe que esto no arregla nada! ¡Usted mismo lo dijo en la Viga!
—¡LO SÉ! —rugió Ostos, con una desesperación que hizo eco por toda la plaza vacía—. ¡Lo sé perfectamente bien, y aun así no puedo parar, porque si paro, tengo que aceptar que perdí a mi hermana para siempre sin ninguna razón que valga la pena, y eso es algo que todavía no sé cómo cargar!
VI. Lo que Ostos nunca había dicho
El aparato, entre sus manos, empezó a abrir grietas de luz blanca en el aire alrededor de toda la plaza, y de cada grieta emergieron siluetas dobles: turistas duplicados, palomas con dos pares de alas, hasta el propio reflejo distorsionado de la Catedral apareciendo dos veces, superpuesto, como una fotografía movida.
—¡Cuéntame! —gritó Emilio, por encima del rugido creciente de las grietas, sintiendo que si Ostos seguía cargando eso solo, nadie iba a poder detenerlo a tiempo—. ¡Ya nos contó lo de la advertencia, lo de querer volver! ¡Pero nunca nos dijo a quién perdió de verdad!
Ostos, con las manos temblando sobre el aparato, cerró los ojos.
—Se llamaba Ixchel Ostos —dijo, la voz quebrándose por completo—. Como la teotl del cenote, sí, mi abuela era devota. Tenía nueve años. Murió en un terremoto, hace treinta y cinco años, en un edificio que se cayó porque se construyó con materiales baratos sobre lo que antes había sido un canal de este mismo lago que llevamos toda la temporada visitando. Un canal que, si esta ciudad hubiera cuidado su propia memoria en vez de enterrarla bajo concreto barato, tal vez nunca se hubiera vuelto una trampa mortal. Llevo treinta y cinco años pensando que si pudiera ir tan atrás, tan atrás, hasta el origen mismo de todo lo que salió mal en este valle, podría encontrar el punto exacto donde advertirles a todos, no nada más a los mexicas, sino a cada generación después, “cuiden esto, respeten esto, no lo entierren, no lo olviden”, y tal vez, tal vez, mi hermana nunca hubiera estado parada ese día exacto en ese edificio exacto.
VII. La cuerda que llegó a tiempo
El silencio que siguió fue roto por el chirrido de frenos de un camión foráneo deteniéndose, imposiblemente, justo en el borde de la plaza –algo que ningún camión hacía normalmente, y que Emilio decidió, en ese instante, no cuestionar ni un segundo–, y de él bajó Renata, con la mochila todavía puesta, el pelo revuelto de ocho horas de viaje, corriendo hacia el centro de la explanada sin importarle las grietas de luz abriéndose a su alrededor.
—¡EMILIO! —gritó, esquivando un reflejo duplicado de una fuente que le salió al paso, llegando por fin junto a él, tomándole la mano con una fuerza que le devolvió, de golpe, todo el aire a los pulmones.
—Llegaste —dijo Emilio, con la voz rota de alivio.
—Te dije que no me iba a perder el final —contestó ella, sin aliento, mirando hacia Ostos, que seguía sosteniendo el aparato con manos temblorosas, la historia de su hermana todavía flotando pesada en el aire de la plaza—. Escuchamos todo desde la ventana del camión, con el radio de un pasajero puesto en las noticias de emergencia. Señor Ostos… su hermana no necesita que usted borre este mundo. Necesita que usted siga en él, recordándola bien.
VIII. Lo que nadie le había ofrecido antes
—No es tan fácil —dijo Ostos, la voz apenas un susurro, el aparato entre sus manos brillando cada vez más fuerte, las grietas dobles multiplicándose por toda la plaza—. Llevo treinta y cinco años solo con esto. Nadie más lo cargó conmigo.
—Ahora sí —dijo Emilio, dando un paso hacia él, sin miedo esta vez, con Renata firme a su lado y siete guardianes rodeándolos en un círculo silencioso—. Nosotros pasamos toda esta temporada aprendiendo lo mismo, una y otra vez, hasta que por fin se nos quedó bien aprendido: el dolor que se carga solo se vuelve más pesado cada año. El que se comparte, aunque no se arregle, por lo menos deja de aplastar tanto.
—Cuéntenos de ella —dijo Renata, con una ternura genuina, no como estrategia, sino porque de verdad quería escuchar—. No la Ixchel que perdió. La Ixchel que tuvo, aunque hayan sido solo nueve años.
IX. Ixchel Ostos, nueve años
Algo en la cara de Ostos se quebró por completo, y por primera vez en toda la temporada, las lágrimas le corrieron libres, sin ningún intento de contenerlas.
—Le encantaban los perros callejeros —dijo, con una risa rota mezclada con el llanto—. Les ponía nombre a todos los del barrio. Cantaba desafinadísimo, pero cantaba de todos modos, sin ninguna vergüenza. Quería ser bióloga marina, aunque vivíamos a horas de cualquier mar. La última vez que la vi, esa mañana, me pidió prestado mi suéter azul porque el de ella estaba en la lavadora, y yo se lo presté de mal humor, porque llegaba tarde a la escuela, y ni siquiera me despedí bien.
El aparato entre sus manos, con cada palabra, empezó a brillar menos, las grietas dobles alrededor de la plaza cerrándose poco a poco, los reflejos duplicados desvaneciéndose no con violencia, sino como quien por fin se permite descansar.
—Eso —dijo Cihuacóatl, acercándose despacio— es lo que hace falta para cerrar el octavo presagio. No borrar el dolor de haberla perdido. Contar, en voz alta, quién fue ella de verdad.
X. Lo que Ostos soltó
Con las manos ya sin fuerza, Ostos dejó caer el aparato al piso de la plaza, donde se hizo pedazos con un sonido suave, casi aliviado, los siete hilos de tiempo que llevaba un año robando disolviéndose en el aire como hebras de luz que regresaban, cada una, a su presagio original.
—No sé quién soy —dijo, arrodillado sobre las piedras, agotado hasta los huesos—, si no soy el hombre que lleva treinta y cinco años tratando de arreglar esto.
—Va a tener que averiguarlo —dijo Tezcatlipoca, apareciendo por primera vez esa noche entre las sombras de la Catedral, con el telar roto que le había arrebatado en Tula todavía entre los pliegues de su capa—. Yo guardé esto porque sabía que este momento iba a llegar. Tómelo. Ya no tiene ningún poder. Pero tal vez le sirva para recordar, cada vez que lo mire, hasta dónde estuvo dispuesto a llegar, y hasta dónde decidió, al final, no llegar.
Le entregó el telar apagado, y Ostos lo recibió con las dos manos, como quien recibe algo mucho más frágil de lo que parece.
XI. Octavo presagio, cerrado
El cielo sobre la plaza, poco a poco, dejó de doblarse, las ondas de calor desapareciendo, los edificios coloniales volviendo a su forma normal, sólida, quieta bajo las estrellas de una noche de martes cualquiera.
—Octavo presagio —dijo Quetzalcóatl, con una voz que sonó, por primera vez en toda la temporada, completamente en paz—. Cerrado. Los ocho, completos. Ninguno robado. Ninguno vuelto arma.
Ostos, todavía de rodillas, levantó la vista hacia Emilio y Renata, con los ojos hinchados pero, por primera vez, sin ninguna desesperación detrás.
—No sé cómo se pide perdón después de un año entero de esto —dijo.
—No lo sabemos tampoco —dijo Renata, con honestidad—. Pero puede empezar por dejar de cargarlo solo. Hay grupos de apoyo para gente que perdió a alguien así. Nosotros podemos ayudarlo a buscar uno, si quiere.
Fue Emilio quien, sin planearlo, le tendió la mano para ayudarlo a levantarse, un gesto pequeño que, en ese momento, pesó mucho más que cualquier batalla de toda la temporada.
XII. Lo que quedó, meses después
Los meses siguientes trajeron una normalidad extraña, con Renata terminando su verano en Guadalajara entre videollamadas nocturnas donde ya no hablaban de presagios sino de tacos de birria y compañeros de cuarto ruidosos, y Emilio empezando el nuevo semestre con Karina cada vez menos rara y más simplemente presente, como el fuego nuevo de Huehuetéotl que nunca apagó al viejo.
De Ostos supieron poco, y lo poco que supieron llegó por una carta corta, escrita a mano, que Renata encontró un día en su buró sin ninguna explicación de cómo había llegado ahí: “Empecé terapia. Empecé, también, a donar tiempo a un programa que enseña a niños de la Viga sobre el lago que hubo ahí antes. No es lo mismo que arreglar el pasado. Pero es, tal vez, la manera correcta de cargarlo. Gracias por no dejarme solo con esto. — N.O.”
XIII. Epílogo — un año exacto después
Un año exacto después de la primera llama sobre el Zócalo, Emilio –dieciséis años ya cumplidos– y Renata –de visita el fin de semana, con nuevas anécdotas de Guadalajara y una camiseta ridícula de recuerdo que insistía en usar– caminaron juntos hasta el Templo Mayor, ahora convertido en un sitio cualquiera, sin ninguna luz verde, sin ningún llanto en la noche, solo turistas tomando fotos bajo el sol de la tarde.
—¿Crees que ya se acabó de verdad esta vez? —preguntó Emilio, sentándose en una banca frente a las ruinas.
Renata se quedó pensando un momento largo, con esa cara que ponía cuando de verdad no tenía la respuesta.
—No sé —dijo, por fin—. Pero aprendí algo nuevo este año, además de todo lo de los presagios: que no hace falta que se acabe del todo para que valga la pena vivirlo bien mientras dura. Ocho semanas en Guadalajara no se acabaron con nosotros. Ocho presagios tampoco se llevaron lo que de verdad importaba.
—La Grieta: Los Ocho Presagios —dijo Emilio, con media sonrisa—. Suena bien para otro currículum que nadie me va a creer.
—Nadie, Emilio. Absolutamente nadie.
Caminaron el resto de la tarde entre las ruinas del Templo Mayor, sin ninguna prisa, sin ninguna brújula que los guiara, nada más los dos, primos, casi hermanos, cargando entre los dos un año entero de dolor ajeno que aprendieron a escuchar sin necesidad de borrarlo, tan real como el sol que empezaba a bajar sobre la Ciudad de México esa tarde de sábado.