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En la hondura de una gota,
donde el mundo cabe entero sin hacer ruido,
nace él,
el diminuto guardián del aliento primitivo:
el rotífero,
susurro líquido,
latido que no necesita corazón
para afirmar que existe.

Gira su corona de cilios
como quien teje luz sobre el agua,
como quien enreda el tiempo
en un remolino silencioso.
Parece una rueda,
pero es un poema en movimiento,
una danza que no busca escenario,
un secreto compartido solo con quien sabe ver
sin pretender comprenderlo todo.

En su cuerpo de cristal
habita una fábrica de milagros:
máxtax que muerde el universo,
vientre que transforma lo simple,
piel que deja pasar la vida
sin temer a la transparencia.
No tiene huesos,
y sin embargo sostiene siglos.
No tiene voz,
pero su existencia entera es un canto
que repite:
la grandeza no tiene tamaño,
solo profundidad.

Reproduce el mundo desde sí misma,
como si dijera:
“cuando la vida quiere continuar,
ningún desierto la detiene.”
Crea huevos que duermen años,
siglos,
eras,
esperando una humedad cualquiera
para renacer
con la paciencia que el ser humano
ha olvidado en medio de su prisa.

Su tiempo es breve,
pero su historia infinita.
Nosotros contamos años,
él cuenta ciclos.
Nosotros buscamos cumbres,
él habita en la perfección diminuta
de lo inacabado.
Nosotros proclamamos grandeza,
él la encarna sin reclamarla.

Míralo —
pequeño,
transparente,
eterno—
y entiende que la vida no se inclina ante el hombre;
el hombre debería inclinarse ante la vida.
Porque este ser que cabe en una lágrima
tiene una maquinaria más antigua que nuestros mitos,
y un propósito más puro que nuestras ambiciones.

Es un soplo,
un susurro,
un verso escrito por el agua
antes de que existieran los poetas.
Y si acercas el oído a la gota donde flota
quizá escuches su murmullo:

“No soy menos por ser pequeño.
No eres más por ser grande.
Somos la misma vida
buscando luz
en distintos tamaños.”

Gustavo Luna.

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En la hondura de una gota,
donde el mundo cabe entero sin hacer ruido,
nace él,
el diminuto guardián del aliento primitivo:
el rotífero,
susurro líquido,
latido que no necesita corazón
para afirmar que existe.

Gira su corona de cilios
como quien teje luz sobre el agua,
como quien enreda el tiempo
en un remolino silencioso.
Parece una rueda,
pero es un poema en movimiento,
una danza que no busca escenario,
un secreto compartido solo con quien sabe ver
sin pretender comprenderlo todo.

En su cuerpo de cristal
habita una fábrica de milagros:
máxtax que muerde el universo,
vientre que transforma lo simple,
piel que deja pasar la vida
sin temer a la transparencia.
No tiene huesos,
y sin embargo sostiene siglos.
No tiene voz,
pero su existencia entera es un canto
que repite:
la grandeza no tiene tamaño,
solo profundidad.

Reproduce el mundo desde sí misma,
como si dijera:
“cuando la vida quiere continuar,
ningún desierto la detiene.”
Crea huevos que duermen años,
siglos,
eras,
esperando una humedad cualquiera
para renacer
con la paciencia que el ser humano
ha olvidado en medio de su prisa.

Su tiempo es breve,
pero su historia infinita.
Nosotros contamos años,
él cuenta ciclos.
Nosotros buscamos cumbres,
él habita en la perfección diminuta
de lo inacabado.
Nosotros proclamamos grandeza,
él la encarna sin reclamarla.

Míralo —
pequeño,
transparente,
eterno—
y entiende que la vida no se inclina ante el hombre;
el hombre debería inclinarse ante la vida.
Porque este ser que cabe en una lágrima
tiene una maquinaria más antigua que nuestros mitos,
y un propósito más puro que nuestras ambiciones.

Es un soplo,
un susurro,
un verso escrito por el agua
antes de que existieran los poetas.
Y si acercas el oído a la gota donde flota
quizá escuches su murmullo:

“No soy menos por ser pequeño.
No eres más por ser grande.
Somos la misma vida
buscando luz
en distintos tamaños.”

Gustavo Luna.

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En la hondura de una gota,
donde el mundo cabe entero sin hacer ruido,
nace él,
el diminuto guardián del aliento primitivo:
el rotífero,
susurro líquido,
latido que no necesita corazón
para afirmar que existe.

Gira su corona de cilios
como quien teje luz sobre el agua,
como quien enreda el tiempo
en un remolino silencioso.
Parece una rueda,
pero es un poema en movimiento,
una danza que no busca escenario,
un secreto compartido solo con quien sabe ver
sin pretender comprenderlo todo.

En su cuerpo de cristal
habita una fábrica de milagros:
máxtax que muerde el universo,
vientre que transforma lo simple,
piel que deja pasar la vida
sin temer a la transparencia.
No tiene huesos,
y sin embargo sostiene siglos.
No tiene voz,
pero su existencia entera es un canto
que repite:
la grandeza no tiene tamaño,
solo profundidad.

Reproduce el mundo desde sí misma,
como si dijera:
“cuando la vida quiere continuar,
ningún desierto la detiene.”
Crea huevos que duermen años,
siglos,
eras,
esperando una humedad cualquiera
para renacer
con la paciencia que el ser humano
ha olvidado en medio de su prisa.

Su tiempo es breve,
pero su historia infinita.
Nosotros contamos años,
él cuenta ciclos.
Nosotros buscamos cumbres,
él habita en la perfección diminuta
de lo inacabado.
Nosotros proclamamos grandeza,
él la encarna sin reclamarla.

Míralo —
pequeño,
transparente,
eterno—
y entiende que la vida no se inclina ante el hombre;
el hombre debería inclinarse ante la vida.
Porque este ser que cabe en una lágrima
tiene una maquinaria más antigua que nuestros mitos,
y un propósito más puro que nuestras ambiciones.

Es un soplo,
un susurro,
un verso escrito por el agua
antes de que existieran los poetas.
Y si acercas el oído a la gota donde flota
quizá escuches su murmullo:

“No soy menos por ser pequeño.
No eres más por ser grande.
Somos la misma vida
buscando luz
en distintos tamaños.”

Gustavo Luna.

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donde el mundo cabe entero sin hacer ruido,
nace él,
el diminuto guardián del aliento primitivo:
el rotífero,
susurro líquido,
latido que no necesita corazón
para afirmar que existe.

Gira su corona de cilios
como quien teje luz sobre el agua,
como quien enreda el tiempo
en un remolino silencioso.
Parece una rueda,
pero es un poema en movimiento,
una danza que no busca escenario,
un secreto compartido solo con quien sabe ver
sin pretender comprenderlo todo.

En su cuerpo de cristal
habita una fábrica de milagros:
máxtax que muerde el universo,
vientre que transforma lo simple,
piel que deja pasar la vida
sin temer a la transparencia.
No tiene huesos,
y sin embargo sostiene siglos.
No tiene voz,
pero su existencia entera es un canto
que repite:
la grandeza no tiene tamaño,
solo profundidad.

Reproduce el mundo desde sí misma,
como si dijera:
“cuando la vida quiere continuar,
ningún desierto la detiene.”
Crea huevos que duermen años,
siglos,
eras,
esperando una humedad cualquiera
para renacer
con la paciencia que el ser humano
ha olvidado en medio de su prisa.

Su tiempo es breve,
pero su historia infinita.
Nosotros contamos años,
él cuenta ciclos.
Nosotros buscamos cumbres,
él habita en la perfección diminuta
de lo inacabado.
Nosotros proclamamos grandeza,
él la encarna sin reclamarla.

Míralo —
pequeño,
transparente,
eterno—
y entiende que la vida no se inclina ante el hombre;
el hombre debería inclinarse ante la vida.
Porque este ser que cabe en una lágrima
tiene una maquinaria más antigua que nuestros mitos,
y un propósito más puro que nuestras ambiciones.

Es un soplo,
un susurro,
un verso escrito por el agua
antes de que existieran los poetas.
Y si acercas el oído a la gota donde flota
quizá escuches su murmullo:

“No soy menos por ser pequeño.
No eres más por ser grande.
Somos la misma vida
buscando luz
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donde el mundo cabe entero sin hacer ruido,
nace él,
el diminuto guardián del aliento primitivo:
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para afirmar que existe.

Gira su corona de cilios
como quien teje luz sobre el agua,
como quien enreda el tiempo
en un remolino silencioso.
Parece una rueda,
pero es un poema en movimiento,
una danza que no busca escenario,
un secreto compartido solo con quien sabe ver
sin pretender comprenderlo todo.

En su cuerpo de cristal
habita una fábrica de milagros:
máxtax que muerde el universo,
vientre que transforma lo simple,
piel que deja pasar la vida
sin temer a la transparencia.
No tiene huesos,
y sin embargo sostiene siglos.
No tiene voz,
pero su existencia entera es un canto
que repite:
la grandeza no tiene tamaño,
solo profundidad.

Reproduce el mundo desde sí misma,
como si dijera:
“cuando la vida quiere continuar,
ningún desierto la detiene.”
Crea huevos que duermen años,
siglos,
eras,
esperando una humedad cualquiera
para renacer
con la paciencia que el ser humano
ha olvidado en medio de su prisa.

Su tiempo es breve,
pero su historia infinita.
Nosotros contamos años,
él cuenta ciclos.
Nosotros buscamos cumbres,
él habita en la perfección diminuta
de lo inacabado.
Nosotros proclamamos grandeza,
él la encarna sin reclamarla.

Míralo —
pequeño,
transparente,
eterno—
y entiende que la vida no se inclina ante el hombre;
el hombre debería inclinarse ante la vida.
Porque este ser que cabe en una lágrima
tiene una maquinaria más antigua que nuestros mitos,
y un propósito más puro que nuestras ambiciones.

Es un soplo,
un susurro,
un verso escrito por el agua
antes de que existieran los poetas.
Y si acercas el oído a la gota donde flota
quizá escuches su murmullo:

“No soy menos por ser pequeño.
No eres más por ser grande.
Somos la misma vida
buscando luz
en distintos tamaños.”

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En la hondura de una gota,
donde el mundo cabe entero sin hacer ruido,
nace él,
el diminuto guardián del aliento primitivo:
el rotífero,
susurro líquido,
latido que no necesita corazón
para afirmar que existe.

Gira su corona de cilios
como quien teje luz sobre el agua,
como quien enreda el tiempo
en un remolino silencioso.
Parece una rueda,
pero es un poema en movimiento,
una danza que no busca escenario,
un secreto compartido solo con quien sabe ver
sin pretender comprenderlo todo.

En su cuerpo de cristal
habita una fábrica de milagros:
máxtax que muerde el universo,
vientre que transforma lo simple,
piel que deja pasar la vida
sin temer a la transparencia.
No tiene huesos,
y sin embargo sostiene siglos.
No tiene voz,
pero su existencia entera es un canto
que repite:
la grandeza no tiene tamaño,
solo profundidad.

Reproduce el mundo desde sí misma,
como si dijera:
“cuando la vida quiere continuar,
ningún desierto la detiene.”
Crea huevos que duermen años,
siglos,
eras,
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para renacer
con la paciencia que el ser humano
ha olvidado en medio de su prisa.

Su tiempo es breve,
pero su historia infinita.
Nosotros contamos años,
él cuenta ciclos.
Nosotros buscamos cumbres,
él habita en la perfección diminuta
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Nosotros proclamamos grandeza,
él la encarna sin reclamarla.

Míralo —
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y entiende que la vida no se inclina ante el hombre;
el hombre debería inclinarse ante la vida.
Porque este ser que cabe en una lágrima
tiene una maquinaria más antigua que nuestros mitos,
y un propósito más puro que nuestras ambiciones.

Es un soplo,
un susurro,
un verso escrito por el agua
antes de que existieran los poetas.
Y si acercas el oído a la gota donde flota
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