Ricardo G. Luna

el tiempo, a diferencia del dinero, jamás devuelve cambio.

El tiempo, a diferencia del dinero, jamás devuelve cambio.

Hay una idea que desde hace algunos años ocupa con frecuencia mis pensamientos y que, lejos de debilitarse con el tiempo, adquiere cada vez más sentido.

El tiempo es el único recurso cuya pérdida es absoluta. Todo lo demás admite recuperación. El dinero puede volver. Los negocios pueden reconstruirse. Los bienes materiales pueden reemplazarse. El tiempo no. Cada minuto que termina desaparece para siempre y nadie ha encontrado la manera de recuperarlo.

Precisamente por eso quiero compartirte una reflexión.

No permitas que el dinero sobreviva a las experiencias que pudo haberte regalado.

Con demasiada frecuencia una persona se pregunta si vale la pena pagar un desayuno extraordinario, pasar un fin de semana frente al mar, recorrer una carretera sin otro propósito que descubrir un paisaje nuevo, probar un vino excepcional, hospedarse en un mejor lugar o viajar simplemente porque el cuerpo y el espíritu lo necesitan.

La pregunta, para mí, nunca ha sido cuánto cuesta hacerlo.

La verdadera pregunta es cuánto cuesta no hacerlo.

Porque el dinero que permanece en una cuenta continúa existiendo.

El día que decidiste no vivir, no.

Si una mañana despiertas con ganas de desayunar donde preparan el mejor desayuno de la ciudad, ve.

Si descubres un restaurante que despierta tu curiosidad, conócelo.

Si aparece la oportunidad de recorrer una carretera hermosa sin más propósito que disfrutarla, recórrela.

Si existe un rincón del mundo que siempre has querido conocer y está dentro de tus posibilidades, deja de convertirlo en un proyecto y conviértelo en un recuerdo.

No esperes una ocasión especial.

El simple hecho de seguir vivo ya es una ocasión extraordinaria.

No estoy hablando de gastar por gastar.

Estoy hablando de transformar deliberadamente una parte de tus recursos en aquello que ningún banco puede ofrecerte: recuerdos, emociones, paisajes, conversaciones, sabores, música, descubrimientos y momentos que algún día serán la verdadera historia de tu vida.

Hay una diferencia enorme entre conservar dinero y conservar vida.

El dinero puede guardarse para mañana.

La vida no.

Cada día que termina queda cancelado para siempre.

Por eso creo que existe una forma muy silenciosa de desperdiciar la existencia: dejar transcurrir el tiempo esperando el momento perfecto para disfrutar aquello que ya estaba al alcance de la mano.

No dejes que eso ocurra.

Cada vez que tengas la posibilidad de convertir un día ordinario en un día memorable, hazlo.

No porque el dinero carezca de importancia.

Hazlo porque el tiempo tiene un valor infinitamente mayor.

Nadie recuerda con precisión cuánto pagó por una comida extraordinaria, una habitación con vista al mar, un viaje inolvidable o una tarde perfecta.

Lo que permanece es la experiencia.

Y esa experiencia termina formando el único patrimonio que realmente viajará contigo hasta el último día de tu vida.

Si alguna vez pudiera darte un solo consejo, sería éste:

Procura que tu patrimonio no sea más grande que tus recuerdos.

Invierte generosamente en vivir.

Porque el tiempo, a diferencia del dinero, jamás devuelve cambio.

Gustavo Luna

 

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