Ricardo G. Luna

Código Azul en la Clínica 20

Esta era la tercera vez. La tercera vez que el mismo cuadro clínico me llevaba hasta la puerta de urgencias de la Clínica 20. La primera vez perdí el conocimiento casi de inmediato — no supe qué sucedió, solo desperté ya del otro lado. La segunda vez el recuerdo es apenas una sombra, un par de imágenes borrosas antes de que todo se apagara en cuanto me pusieron en la camilla. Pero esta tercera vez fue distinta. Esta vez estuve consciente, presente, testigo de mi propio cuerpo peleando por quedarse, del principio casi hasta el final. Y por eso, hoy que se cumplen dos años exactos de esa madrugada, y que por fin he encontrado las palabras exactas, puedo escribirlo completo.

Dos de la mañana. La casa en silencio, y yo despertando con el aire negado, con el pecho apretado como bajo una piedra, el corazón corriendo sin ritmo, el sudor frío empapándome. Me vestí como se viste un hombre que no sabe si va a regresar a esa cama. Subí al carro. Manejé hasta la Clínica 20 del Seguro Social, en Tijuana, sin saber que esa madrugada cruzaría una frontera mucho más antigua que cualquiera que hubiera cruzado antes.

Dije mis síntomas en recepción. Un baumanómetro, un oxímetro, y una voz gritando «código azul» que partió en dos el silencio de la sala. De ahí todo fue velocidad y manos: me subieron a una camilla, me arrancaron la camisa, electrodos fríos sobre el pecho, una mascarilla de oxígeno, una vía canalizada en el brazo mientras el techo corría sobre mí camino a urgencias.

En el cubículo, el monitor cardiaco quedó frente a mis ojos como un testigo. Lo vi perder el paso. Lo escuché perder el ritmo, un pitido agudo por cada latido que ya no sabía cómo latir, hasta que la alarma se volvió un sonido continuo, insistente, cada segundo, como una cuenta regresiva que yo mismo podía escuchar.

Y entonces el mundo se volvió sensorial de una manera que no tiene nombre en ningún idioma que yo conozca. Podía oler el desodorante del enfermero que sostenía mi brazo. El enjuague del cabello de quien ajustaba el monitor. El perfume tenue del doctor inclinado sobre mí. El aroma limpio, casi químico, de las batas de todos los que me rodeaban. No era un olor. Eran todos los olores, a la vez, nítidos, como si mi cuerpo, sabiendo que se le acababa el tiempo, hubiera decidido no perderse nada.

Mucho antes de lo que vendría después —quiero ser preciso con esto, porque el tiempo en esos minutos no se movía como debía— alguien llegó hasta el tubo de mis fluidos intravenosos y puso algo ahí con una jeringa. Eso sucedió temprano, mientras el monitor todavía luchaba, mientras los médicos todavía gritaban órdenes. No fue eso lo que me llevó a la paz. Eso vendría después, por su propio camino, cuando mi cuerpo simplemente decidiera soltarse.

Antes de eso, hubo un momento que no puedo dejar de contar. El doctor a cargo, con mi expediente o mi pulsera frente a él, leyó mi nombre en voz alta: «¿Tú eres Ricardo Gustavo?» Y yo, sin aire para hablar, sin voz para responder, doblé el dedo índice — sí. «¿Cómo te dicen? ¿Ricardo, Ricky?» Moví el dedo de lado a lado — no. Y entonces una de las enfermeras, una mujer de piel morena oscura, de pie al final de la camilla, dijo algo que me devolvió mi propio nombre: «Se llama Ricardo Gustavo. Probablemente le dicen por su segundo nombre.» Volví a doblar el dedo. Sí. Gustavo. Y desde ese instante, en medio del código azul, en medio de las alarmas, todos empezaron a llamarme así. Me preguntaban si me dolía. Yo respondía con ese mismo dedo, el único lenguaje que me quedaba, el último hilo entre mi cuerpo y el mundo.

Después, la línea del monitor dejó de moverse. El pitido se volvió estable, plano, eterno.

El dolor en el pecho era una estaca de hierro, clavada con todo el peso de mi propio cuerpo encima. La boca se me secó como se seca la piel del brazo bajo el sol. Y aun así seguía ahí, percibiendo, escuchando las voces subir de tono, viendo al médico repetir «se nos va, se nos va» con una angustia que no estaba dirigida a nadie más que al aire.

Y entonces, sin previo aviso, sin causa que yo pudiera nombrar, llegó la paz.

No vino de una jeringa ni de un medicamento. Vino de mi propio cuerpo, cediendo. Una calma que no había sentido nunca, casi eufórica, mientras la vista se nublaba en los bordes y los sonidos se alejaban como si el mundo entero diera un paso atrás con delicadeza. No había miedo. No había nada que temer. Ninguna sombra esperando detrás de una puerta, ningún demonio, ninguna advertencia. Solo la certeza tranquila de que todo iba a estar bien, de que no había nada malo sucediendo, de que dejar ir no era una tragedia sino un descanso. Fue tan placentero que entiendo, ahora, por qué algo así podría volverse una adicción del alma.

Después, dejé de oír. Dejé de ver. Dejé de sentir. Dejé de ser.

No había sombra ni había luz. No había sonido ni había silencio — porque hasta el silencio, para existir, necesita de alguien que lo escuche, y ahí no había nadie que escuchara nada. No había sensación de dolor, ni de placer, ni de angustia, ni de miedo. No había ausencia de esas cosas, tampoco: simplemente no había un yo capaz de sentir su ausencia. Un lugar sin lugar. Un tiempo sin tiempo. No sé cuánto duró, porque ahí el tiempo no significa nada.

Y entonces, de golpe, regresé.

El dolor con el que volví no se parecía en nada al anterior. Sentí mi cuerpo separarse de la camilla y caer de vuelta sobre ella, un golpe seco que me dolió entero, de la cabeza a los pies. Era el desfibrilador: descargas eléctricas devolviéndole el ritmo a mi corazón a la fuerza, un dolor que no tiene comparación posible. Al mismo tiempo, alguien apretaba un ambú contra mi rostro, forzando aire hacia mis pulmones en contra de mi propia voluntad — no era doloroso, pero era profundamente desagradable, una lucha silenciosa entre lo que mi cuerpo quería hacer y lo que esa mano insistía en hacer por mí. Cuando yo necesitaba inhalar, el globo se inflaba negándome el aire. Cuando necesitaba exhalar, me lo forzaban adentro. Hasta que, sin que yo supiera cómo ni cuándo, mi respiración y esa mano encontraron el mismo compás, y empecé a respirar de nuevo, al ritmo de alguien más, hasta que ese ritmo volvió a ser mío.

Como en las dos veces anteriores, unas horas después —cinco, seis horas de observación, análisis de sangre, la paciencia de quienes esperan a que el cuerpo confirme lo que ya se sabe— me dieron de alta. Y mientras salía de la clínica, escuché al doctor que me había atendido, el mismo, creo, de las tres ocasiones, decirle a un compañero, señalándome: «Mira, es el que te comenté. Él es Walking Dead. Ha entrado infartado dos veces antes, y esta es la tercera vez que entra infartado y se va a su casa caminando.»

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Hoy se cumplen dos años exactos de esa madrugada. Y ahora que por fin he encontrado las palabras para contarla, necesito decir algo más, algo que pesa tanto como la experiencia misma.

Estas tres veces que he entrado infartado, siempre ha sido en la Clínica 20. Pero no ha sido la única puerta del Seguro Social que he tocado. He llegado a urgencias con síntomas similares, en fase temprana, cerca de veinte ocasiones a lo largo de los años — casi siempre a la Clínica 7, que es la que me queda más cerca de casa. Ahí me han atendido, me han estabilizado, y me han dicho algo que nunca olvidé: que si alguna vez me sentía tan mal como para saber que era grave, fuera directamente a la Clínica 20. Y esas tres veces, cuando el cuerpo ya no daba tregua, hice exactamente eso.

Veinte veces en la Clínica 7 que nadie ve, que no tienen la fuerza narrativa de un código azul ni el drama de un desfibrilador, pero que son, en el fondo, la misma historia: la de una institución y la de las personas que la conforman, sosteniéndome una y otra vez, orientándome incluso hacia dónde ir cuando el tiempo importaba más que la distancia.

No tengo palabras suficientes para expresar mi gratitud, mi admiración y mi respeto por el Instituto Mexicano del Seguro Social — por la Clínica 7, que me ha atendido y aconsejado tantas veces, y por la Clínica 20, que me ha traído de regreso tres veces desde ese lugar sin luz ni oscuridad. A los que corren cuando alguien grita código azul. A los que sostienen un brazo, ajustan un monitor, leen un nombre en una pulsera para devolvértelo cuando tú ya no puedes ni hablar. A los que se quedan viendo una línea recta en una pantalla y deciden que no, que todavía no, que van a pelear por esa línea hasta que vuelva a moverse. A los que, después de salvarte la vida por tercera vez, todavía tienen el corazón para bromear con un apodo cariñoso mientras te ven salir caminando.

No hay túnel de luz que agradecer. No hay más allá que describir. Solo hay una institución hecha de manos humanas — cansadas, expertas, entregadas — que ha decidido, veintitantas veces, pelear por mí cuando yo ya no podía pelear por mí mismo.

Gracias, IMSS. Gracias, Clínica 7 y Clínica 20. Gracias a cada uno de ustedes que, sin saber mi nombre completo la primera vez, decidieron que mi vida valía la pena salvarse.

Hoy, dos años después, sigo caminando. Walking Dead, como me llamó el doctor esa madrugada. Pero caminando — gracias a ustedes.

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