El timón de la vida
La vida es una travesía en el mar. Cada persona nace a bordo de una nave que debe aprender a gobernar. Algunos se convierten en capitanes de su propio barco: estudian las cartas de navegación, trazan un rumbo, calculan los vientos y deciden qué horizontes quieren alcanzar. Otros, en cambio, entregan su timón y dejan que alguien más programe el rumbo.
También están quienes, por elección o comodidad, prefieren ser tripulación de un barco ajeno. Nunca desean el peso de las decisiones ni la incertidumbre de los rumbos propios: se sienten seguros siguiendo órdenes, viviendo bajo la ideología de otro, convencidos de que navegar detrás de un capitán es suficiente. Así, reducen su vida a obedecer, sin nunca reclamar el derecho de dirigir su propio destino.
Un piloto automático en el mar no significa ceder las decisiones a alguien más. Al contrario: antes de encenderlo, el capitán debe definir el rumbo, calcular las rutas y prever alternativas. El piloto automático no sustituye la voluntad, sólo reduce el desgaste del espíritu que provoca sostener el timón durante largas horas de navegación. Es una ayuda para llegar con serenidad al destino elegido, pero siempre bajo la programación y la responsabilidad del verdadero capitán.
En la vida moderna, demasiadas personas, en lugar de usarlo como herramienta propia, permiten que otros programen su piloto automático:
- La publicidad que dicta qué comprar y cómo lucir.
- Las corrientes políticas que repiten tantas veces una mentira hasta que parece verdad.
- Las doctrinas teológicas inventadas por alguien en el pasado, aceptadas sin cuestionamiento, que se transmiten como dogmas incuestionables.
Así, millones de personas se convierten en títeres del mar, ejecutando órdenes que no son suyas, creyendo que piensan cuando en realidad solo siguen rutas trazadas por otros. Sus decisiones no les pertenecen; su fe, sus votos y hasta sus deseos son corrientes impuestas desde fuera.
La diferencia está en atreverse a tomar de nuevo el timón. Ser capitán de tu vida significa preguntarte: ¿qué quiero realmente? ¿hacia dónde voy por voluntad propia? ¿qué ruta es la mía, no la que me vendieron? Significa reconocer que cada ser humano tiene derecho a su propia carta de navegación, y que no existe una ruta única ni una regla universal para todos.
El mar de la existencia es inmenso. Quien no piensa, deriva a merced de corrientes ajenas disfrazadas de verdades. Quien se asume capitán, aunque no sepa todavía el puerto final, tiene al menos la dignidad de decidir su rumbo.
Gustavo Luna
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