A veces me detengo a pensar en la arrogancia del ser humano. Esa certeza con la que escribe fórmulas y proclama leyes como si fueran universales, como si el universo tuviera la obligación de obedecer a sus pensamientos. Y sin embargo, yo no lo creo. Estoy convencido de que lo que aquí llamamos física es apenas una traducción local, una aproximación limitada que sirve en este rincón de materia y tiempo, pero que se vuelve irrelevante frente a la vastedad del cosmos.
No tenemos ni la más remota idea del comportamiento real de otras partes del universo. Lo que medimos, lo que interpretamos con nuestros aparatos, no son más que reflejos adaptados a nuestras condiciones, como ecos que llegan deformados desde distancias inconcebibles. Creer que esas lecturas describen con precisión lo que ocurre allá afuera me resulta ridículo, casi un acto de soberbia.
Para mí, el universo es como una persona de la que he oído hablar pero nunca he visto. Sé que existe porque tengo pruebas indirectas: fotografías, relatos, huellas. Pero no es lo mismo que estar frente a él. Observo imágenes del cosmos, escucho sus murmullos en ondas de radio, calculo trayectorias en el papel… pero no por eso lo comprendo. Veo que existe, lo sé con certeza, y eso me basta.
No necesito entender cada una de sus reglas para maravillame. El universo no requiere de mi aprobación, ni de mi entendimiento, para ser lo que es. Y en ese desconocimiento hay un extraño consuelo: saber que existe algo infinitamente más grande que yo, que jamás estará a mi alcance abarcar por completo. Lo fascinante no es descifrarlo, sino aceptar que está allí, en toda su grandeza, inaccesible e inagotable.
Gustavo Luna
A veces me detengo a pensar en la arrogancia del ser humano. Esa certeza con la que escribe fórmulas y proclama leyes como si fueran universales, como si el universo tuviera la obligación de obedecer a sus pensamientos. Y sin embargo, yo no lo creo. Estoy convencido de que lo que aquí llamamos física es apenas una traducción local, una aproximación limitada que sirve en este rincón de materia y tiempo, pero que se vuelve irrelevante frente a la vastedad del cosmos.
No tenemos ni la más remota idea del comportamiento real de otras partes del universo. Lo que medimos, lo que interpretamos con nuestros aparatos, no son más que reflejos adaptados a nuestras condiciones, como ecos que llegan deformados desde distancias inconcebibles. Creer que esas lecturas describen con precisión lo que ocurre allá afuera me resulta ridículo, casi un acto de soberbia.
Para mí, el universo es como una persona de la que he oído hablar pero nunca he visto. Sé que existe porque tengo pruebas indirectas: fotografías, relatos, huellas. Pero no es lo mismo que estar frente a él. Observo imágenes del cosmos, escucho sus murmullos en ondas de radio, calculo trayectorias en el papel… pero no por eso lo comprendo. Veo que existe, lo sé con certeza, y eso me basta.
No necesito entender cada una de sus reglas para maravillame. El universo no requiere de mi aprobación, ni de mi entendimiento, para ser lo que es. Y en ese desconocimiento hay un extraño consuelo: saber que existe algo infinitamente más grande que yo, que jamás estará a mi alcance abarcar por completo. Lo fascinante no es descifrarlo, sino aceptar que está allí, en toda su grandeza, inaccesible e inagotable.
Gustavo Luna
A veces me detengo a pensar en la arrogancia del ser humano. Esa certeza con la que escribe fórmulas y proclama leyes como si fueran universales, como si el universo tuviera la obligación de obedecer a sus pensamientos. Y sin embargo, yo no lo creo. Estoy convencido de que lo que aquí llamamos física es apenas una traducción local, una aproximación limitada que sirve en este rincón de materia y tiempo, pero que se vuelve irrelevante frente a la vastedad del cosmos.
No tenemos ni la más remota idea del comportamiento real de otras partes del universo. Lo que medimos, lo que interpretamos con nuestros aparatos, no son más que reflejos adaptados a nuestras condiciones, como ecos que llegan deformados desde distancias inconcebibles. Creer que esas lecturas describen con precisión lo que ocurre allá afuera me resulta ridículo, casi un acto de soberbia.
Para mí, el universo es como una persona de la que he oído hablar pero nunca he visto. Sé que existe porque tengo pruebas indirectas: fotografías, relatos, huellas. Pero no es lo mismo que estar frente a él. Observo imágenes del cosmos, escucho sus murmullos en ondas de radio, calculo trayectorias en el papel… pero no por eso lo comprendo. Veo que existe, lo sé con certeza, y eso me basta.
No necesito entender cada una de sus reglas para maravillame. El universo no requiere de mi aprobación, ni de mi entendimiento, para ser lo que es. Y en ese desconocimiento hay un extraño consuelo: saber que existe algo infinitamente más grande que yo, que jamás estará a mi alcance abarcar por completo. Lo fascinante no es descifrarlo, sino aceptar que está allí, en toda su grandeza, inaccesible e inagotable.
Gustavo Luna
A veces me detengo a pensar en la arrogancia del ser humano. Esa certeza con la que escribe fórmulas y proclama leyes como si fueran universales, como si el universo tuviera la obligación de obedecer a sus pensamientos. Y sin embargo, yo no lo creo. Estoy convencido de que lo que aquí llamamos física es apenas una traducción local, una aproximación limitada que sirve en este rincón de materia y tiempo, pero que se vuelve irrelevante frente a la vastedad del cosmos.
No tenemos ni la más remota idea del comportamiento real de otras partes del universo. Lo que medimos, lo que interpretamos con nuestros aparatos, no son más que reflejos adaptados a nuestras condiciones, como ecos que llegan deformados desde distancias inconcebibles. Creer que esas lecturas describen con precisión lo que ocurre allá afuera me resulta ridículo, casi un acto de soberbia.
Para mí, el universo es como una persona de la que he oído hablar pero nunca he visto. Sé que existe porque tengo pruebas indirectas: fotografías, relatos, huellas. Pero no es lo mismo que estar frente a él. Observo imágenes del cosmos, escucho sus murmullos en ondas de radio, calculo trayectorias en el papel… pero no por eso lo comprendo. Veo que existe, lo sé con certeza, y eso me basta.
No necesito entender cada una de sus reglas para maravillame. El universo no requiere de mi aprobación, ni de mi entendimiento, para ser lo que es. Y en ese desconocimiento hay un extraño consuelo: saber que existe algo infinitamente más grande que yo, que jamás estará a mi alcance abarcar por completo. Lo fascinante no es descifrarlo, sino aceptar que está allí, en toda su grandeza, inaccesible e inagotable.
Gustavo Luna
A veces me detengo a pensar en la arrogancia del ser humano. Esa certeza con la que escribe fórmulas y proclama leyes como si fueran universales, como si el universo tuviera la obligación de obedecer a sus pensamientos. Y sin embargo, yo no lo creo. Estoy convencido de que lo que aquí llamamos física es apenas una traducción local, una aproximación limitada que sirve en este rincón de materia y tiempo, pero que se vuelve irrelevante frente a la vastedad del cosmos.
No tenemos ni la más remota idea del comportamiento real de otras partes del universo. Lo que medimos, lo que interpretamos con nuestros aparatos, no son más que reflejos adaptados a nuestras condiciones, como ecos que llegan deformados desde distancias inconcebibles. Creer que esas lecturas describen con precisión lo que ocurre allá afuera me resulta ridículo, casi un acto de soberbia.
Para mí, el universo es como una persona de la que he oído hablar pero nunca he visto. Sé que existe porque tengo pruebas indirectas: fotografías, relatos, huellas. Pero no es lo mismo que estar frente a él. Observo imágenes del cosmos, escucho sus murmullos en ondas de radio, calculo trayectorias en el papel… pero no por eso lo comprendo. Veo que existe, lo sé con certeza, y eso me basta.
No necesito entender cada una de sus reglas para maravillame. El universo no requiere de mi aprobación, ni de mi entendimiento, para ser lo que es. Y en ese desconocimiento hay un extraño consuelo: saber que existe algo infinitamente más grande que yo, que jamás estará a mi alcance abarcar por completo. Lo fascinante no es descifrarlo, sino aceptar que está allí, en toda su grandeza, inaccesible e inagotable.
Gustavo Luna
A veces me detengo a pensar en la arrogancia del ser humano. Esa certeza con la que escribe fórmulas y proclama leyes como si fueran universales, como si el universo tuviera la obligación de obedecer a sus pensamientos. Y sin embargo, yo no lo creo. Estoy convencido de que lo que aquí llamamos física es apenas una traducción local, una aproximación limitada que sirve en este rincón de materia y tiempo, pero que se vuelve irrelevante frente a la vastedad del cosmos.
No tenemos ni la más remota idea del comportamiento real de otras partes del universo. Lo que medimos, lo que interpretamos con nuestros aparatos, no son más que reflejos adaptados a nuestras condiciones, como ecos que llegan deformados desde distancias inconcebibles. Creer que esas lecturas describen con precisión lo que ocurre allá afuera me resulta ridículo, casi un acto de soberbia.
Para mí, el universo es como una persona de la que he oído hablar pero nunca he visto. Sé que existe porque tengo pruebas indirectas: fotografías, relatos, huellas. Pero no es lo mismo que estar frente a él. Observo imágenes del cosmos, escucho sus murmullos en ondas de radio, calculo trayectorias en el papel… pero no por eso lo comprendo. Veo que existe, lo sé con certeza, y eso me basta.
No necesito entender cada una de sus reglas para maravillame. El universo no requiere de mi aprobación, ni de mi entendimiento, para ser lo que es. Y en ese desconocimiento hay un extraño consuelo: saber que existe algo infinitamente más grande que yo, que jamás estará a mi alcance abarcar por completo. Lo fascinante no es descifrarlo, sino aceptar que está allí, en toda su grandeza, inaccesible e inagotable.
Gustavo Luna