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Hay días en que la vida se encoge hasta ser un hilo delgado, apenas sostenido por la rutina y las limitaciones del cuerpo. El tiempo se vuelve gris, uniforme, casi inmóvil, y la realidad pesa más de lo que debería. Vivir de lo poco y de la misericordia ajena hiere la dignidad, y cada amanecer parece repetirse sin promesa.

Y, sin embargo, cuando la pluma toca el papel —o los dedos la tecla— nace un mundo distinto: fértil, luminoso, abundante en todo lo que aquí falta. Allí, en esas páginas invisibles, hay fuerzas, colores, emociones y riquezas que mi cuerpo ya no alcanza, pero que mi espíritu abraza con una intensidad real.

Escribir no es un pasatiempo: es una resurrección diaria. Es la razón por la que quiero abrir los ojos cada mañana. En ese universo inventado respiro con libertad, mientras que en este, apenas sobrevivo.

Regresar de ese mundo al presente es doloroso, como volver de un sueño hermoso a una realidad desierta. Pero incluso esa herida me recuerda que sigo vivo, porque mientras existan historias que contar, mi vida aún tiene sentido.

Gustavo Luna

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Hay días en que la vida se encoge hasta ser un hilo delgado, apenas sostenido por la rutina y las limitaciones del cuerpo. El tiempo se vuelve gris, uniforme, casi inmóvil, y la realidad pesa más de lo que debería. Vivir de lo poco y de la misericordia ajena hiere la dignidad, y cada amanecer parece repetirse sin promesa.

Y, sin embargo, cuando la pluma toca el papel —o los dedos la tecla— nace un mundo distinto: fértil, luminoso, abundante en todo lo que aquí falta. Allí, en esas páginas invisibles, hay fuerzas, colores, emociones y riquezas que mi cuerpo ya no alcanza, pero que mi espíritu abraza con una intensidad real.

Escribir no es un pasatiempo: es una resurrección diaria. Es la razón por la que quiero abrir los ojos cada mañana. En ese universo inventado respiro con libertad, mientras que en este, apenas sobrevivo.

Regresar de ese mundo al presente es doloroso, como volver de un sueño hermoso a una realidad desierta. Pero incluso esa herida me recuerda que sigo vivo, porque mientras existan historias que contar, mi vida aún tiene sentido.

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Y, sin embargo, cuando la pluma toca el papel —o los dedos la tecla— nace un mundo distinto: fértil, luminoso, abundante en todo lo que aquí falta. Allí, en esas páginas invisibles, hay fuerzas, colores, emociones y riquezas que mi cuerpo ya no alcanza, pero que mi espíritu abraza con una intensidad real.

Escribir no es un pasatiempo: es una resurrección diaria. Es la razón por la que quiero abrir los ojos cada mañana. En ese universo inventado respiro con libertad, mientras que en este, apenas sobrevivo.

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Y, sin embargo, cuando la pluma toca el papel —o los dedos la tecla— nace un mundo distinto: fértil, luminoso, abundante en todo lo que aquí falta. Allí, en esas páginas invisibles, hay fuerzas, colores, emociones y riquezas que mi cuerpo ya no alcanza, pero que mi espíritu abraza con una intensidad real.

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Y, sin embargo, cuando la pluma toca el papel —o los dedos la tecla— nace un mundo distinto: fértil, luminoso, abundante en todo lo que aquí falta. Allí, en esas páginas invisibles, hay fuerzas, colores, emociones y riquezas que mi cuerpo ya no alcanza, pero que mi espíritu abraza con una intensidad real.

Escribir no es un pasatiempo: es una resurrección diaria. Es la razón por la que quiero abrir los ojos cada mañana. En ese universo inventado respiro con libertad, mientras que en este, apenas sobrevivo.

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Y, sin embargo, cuando la pluma toca el papel —o los dedos la tecla— nace un mundo distinto: fértil, luminoso, abundante en todo lo que aquí falta. Allí, en esas páginas invisibles, hay fuerzas, colores, emociones y riquezas que mi cuerpo ya no alcanza, pero que mi espíritu abraza con una intensidad real.

Escribir no es un pasatiempo: es una resurrección diaria. Es la razón por la que quiero abrir los ojos cada mañana. En ese universo inventado respiro con libertad, mientras que en este, apenas sobrevivo.

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