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Realidad que sofoca

La vida, cuando abro los ojos cada mañana, pesa como hierro frío sobre mis hombros. Mis pasos ya no son los de antes, mi cuerpo es una jaula que limita y recuerda, día tras día, que el tiempo ha pasado y que la fuerza ya no me pertenece. El presente se convierte en un espejo opaco donde la monotonía refleja siempre lo mismo: carencias, soledad, dependencia, una dignidad herida que aún lucha por no extinguirse. La existencia así duele, sofoca, cansa, y cada jornada parece castigarme con la certeza de que lo que fui ya no regresa. Pero en ese mismo cuerpo fatigado, en esta misma mente que conoce la rutina del dolor, hay un refugio que me rescata: escribir. Al escribir, la vida se transforma, se vuelve luz donde había sombra, abundancia donde había vacío. Cada palabra es un respiro hondo, cada frase un alivio que rompe las cadenas invisibles que me sujetan. Mis letras son compasión donde había dureza, amor donde había despojo, felicidad donde había cansancio, paciencia donde había impaciencia. Y aunque sé que son mundos inventados, los siento más reales que el propio aire que respiro, porque en ellos no me falta nada. Allí vivo completo, allí soy libre, allí puedo reír con una felicidad que en la vigilia se me niega. Y cuando termino y regreso a esta realidad, la caída duele, como volver de un sueño hermoso a un cuarto vacío. Sin embargo, ese contraste me sostiene: porque en la herida de volver está también la prueba de que sigo vivo, de que aún tengo algo que entregar. El sentido oculto de mi vida es este: transformar mi dolor en palabras, mi soledad en compañía, mi limitación en vuelo. Mientras pueda escribir, aunque la realidad me lastime, siempre tendré un motivo para despertar.

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La vida, cuando abro los ojos cada mañana, pesa como hierro frío sobre mis hombros. Mis pasos ya no son los de antes, mi cuerpo es una jaula que limita y recuerda, día tras día, que el tiempo ha pasado y que la fuerza ya no me pertenece. El presente se convierte en un espejo opaco donde la monotonía refleja siempre lo mismo: carencias, soledad, dependencia, una dignidad herida que aún lucha por no extinguirse. La existencia así duele, sofoca, cansa, y cada jornada parece castigarme con la certeza de que lo que fui ya no regresa. Pero en ese mismo cuerpo fatigado, en esta misma mente que conoce la rutina del dolor, hay un refugio que me rescata: escribir. Al escribir, la vida se transforma, se vuelve luz donde había sombra, abundancia donde había vacío. Cada palabra es un respiro hondo, cada frase un alivio que rompe las cadenas invisibles que me sujetan. Mis letras son compasión donde había dureza, amor donde había despojo, felicidad donde había cansancio, paciencia donde había impaciencia. Y aunque sé que son mundos inventados, los siento más reales que el propio aire que respiro, porque en ellos no me falta nada. Allí vivo completo, allí soy libre, allí puedo reír con una felicidad que en la vigilia se me niega. Y cuando termino y regreso a esta realidad, la caída duele, como volver de un sueño hermoso a un cuarto vacío. Sin embargo, ese contraste me sostiene: porque en la herida de volver está también la prueba de que sigo vivo, de que aún tengo algo que entregar. El sentido oculto de mi vida es este: transformar mi dolor en palabras, mi soledad en compañía, mi limitación en vuelo. Mientras pueda escribir, aunque la realidad me lastime, siempre tendré un motivo para despertar.

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La vida, cuando abro los ojos cada mañana, pesa como hierro frío sobre mis hombros. Mis pasos ya no son los de antes, mi cuerpo es una jaula que limita y recuerda, día tras día, que el tiempo ha pasado y que la fuerza ya no me pertenece. El presente se convierte en un espejo opaco donde la monotonía refleja siempre lo mismo: carencias, soledad, dependencia, una dignidad herida que aún lucha por no extinguirse. La existencia así duele, sofoca, cansa, y cada jornada parece castigarme con la certeza de que lo que fui ya no regresa. Pero en ese mismo cuerpo fatigado, en esta misma mente que conoce la rutina del dolor, hay un refugio que me rescata: escribir. Al escribir, la vida se transforma, se vuelve luz donde había sombra, abundancia donde había vacío. Cada palabra es un respiro hondo, cada frase un alivio que rompe las cadenas invisibles que me sujetan. Mis letras son compasión donde había dureza, amor donde había despojo, felicidad donde había cansancio, paciencia donde había impaciencia. Y aunque sé que son mundos inventados, los siento más reales que el propio aire que respiro, porque en ellos no me falta nada. Allí vivo completo, allí soy libre, allí puedo reír con una felicidad que en la vigilia se me niega. Y cuando termino y regreso a esta realidad, la caída duele, como volver de un sueño hermoso a un cuarto vacío. Sin embargo, ese contraste me sostiene: porque en la herida de volver está también la prueba de que sigo vivo, de que aún tengo algo que entregar. El sentido oculto de mi vida es este: transformar mi dolor en palabras, mi soledad en compañía, mi limitación en vuelo. Mientras pueda escribir, aunque la realidad me lastime, siempre tendré un motivo para despertar.

Gustavo Luna

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La vida, cuando abro los ojos cada mañana, pesa como hierro frío sobre mis hombros. Mis pasos ya no son los de antes, mi cuerpo es una jaula que limita y recuerda, día tras día, que el tiempo ha pasado y que la fuerza ya no me pertenece. El presente se convierte en un espejo opaco donde la monotonía refleja siempre lo mismo: carencias, soledad, dependencia, una dignidad herida que aún lucha por no extinguirse. La existencia así duele, sofoca, cansa, y cada jornada parece castigarme con la certeza de que lo que fui ya no regresa. Pero en ese mismo cuerpo fatigado, en esta misma mente que conoce la rutina del dolor, hay un refugio que me rescata: escribir. Al escribir, la vida se transforma, se vuelve luz donde había sombra, abundancia donde había vacío. Cada palabra es un respiro hondo, cada frase un alivio que rompe las cadenas invisibles que me sujetan. Mis letras son compasión donde había dureza, amor donde había despojo, felicidad donde había cansancio, paciencia donde había impaciencia. Y aunque sé que son mundos inventados, los siento más reales que el propio aire que respiro, porque en ellos no me falta nada. Allí vivo completo, allí soy libre, allí puedo reír con una felicidad que en la vigilia se me niega. Y cuando termino y regreso a esta realidad, la caída duele, como volver de un sueño hermoso a un cuarto vacío. Sin embargo, ese contraste me sostiene: porque en la herida de volver está también la prueba de que sigo vivo, de que aún tengo algo que entregar. El sentido oculto de mi vida es este: transformar mi dolor en palabras, mi soledad en compañía, mi limitación en vuelo. Mientras pueda escribir, aunque la realidad me lastime, siempre tendré un motivo para despertar.

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La vida, cuando abro los ojos cada mañana, pesa como hierro frío sobre mis hombros. Mis pasos ya no son los de antes, mi cuerpo es una jaula que limita y recuerda, día tras día, que el tiempo ha pasado y que la fuerza ya no me pertenece. El presente se convierte en un espejo opaco donde la monotonía refleja siempre lo mismo: carencias, soledad, dependencia, una dignidad herida que aún lucha por no extinguirse. La existencia así duele, sofoca, cansa, y cada jornada parece castigarme con la certeza de que lo que fui ya no regresa. Pero en ese mismo cuerpo fatigado, en esta misma mente que conoce la rutina del dolor, hay un refugio que me rescata: escribir. Al escribir, la vida se transforma, se vuelve luz donde había sombra, abundancia donde había vacío. Cada palabra es un respiro hondo, cada frase un alivio que rompe las cadenas invisibles que me sujetan. Mis letras son compasión donde había dureza, amor donde había despojo, felicidad donde había cansancio, paciencia donde había impaciencia. Y aunque sé que son mundos inventados, los siento más reales que el propio aire que respiro, porque en ellos no me falta nada. Allí vivo completo, allí soy libre, allí puedo reír con una felicidad que en la vigilia se me niega. Y cuando termino y regreso a esta realidad, la caída duele, como volver de un sueño hermoso a un cuarto vacío. Sin embargo, ese contraste me sostiene: porque en la herida de volver está también la prueba de que sigo vivo, de que aún tengo algo que entregar. El sentido oculto de mi vida es este: transformar mi dolor en palabras, mi soledad en compañía, mi limitación en vuelo. Mientras pueda escribir, aunque la realidad me lastime, siempre tendré un motivo para despertar.

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La vida, cuando abro los ojos cada mañana, pesa como hierro frío sobre mis hombros. Mis pasos ya no son los de antes, mi cuerpo es una jaula que limita y recuerda, día tras día, que el tiempo ha pasado y que la fuerza ya no me pertenece. El presente se convierte en un espejo opaco donde la monotonía refleja siempre lo mismo: carencias, soledad, dependencia, una dignidad herida que aún lucha por no extinguirse. La existencia así duele, sofoca, cansa, y cada jornada parece castigarme con la certeza de que lo que fui ya no regresa. Pero en ese mismo cuerpo fatigado, en esta misma mente que conoce la rutina del dolor, hay un refugio que me rescata: escribir. Al escribir, la vida se transforma, se vuelve luz donde había sombra, abundancia donde había vacío. Cada palabra es un respiro hondo, cada frase un alivio que rompe las cadenas invisibles que me sujetan. Mis letras son compasión donde había dureza, amor donde había despojo, felicidad donde había cansancio, paciencia donde había impaciencia. Y aunque sé que son mundos inventados, los siento más reales que el propio aire que respiro, porque en ellos no me falta nada. Allí vivo completo, allí soy libre, allí puedo reír con una felicidad que en la vigilia se me niega. Y cuando termino y regreso a esta realidad, la caída duele, como volver de un sueño hermoso a un cuarto vacío. Sin embargo, ese contraste me sostiene: porque en la herida de volver está también la prueba de que sigo vivo, de que aún tengo algo que entregar. El sentido oculto de mi vida es este: transformar mi dolor en palabras, mi soledad en compañía, mi limitación en vuelo. Mientras pueda escribir, aunque la realidad me lastime, siempre tendré un motivo para despertar.

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