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Yo siempre he pensado que las matemáticas son uno de los mejores trucos mentales que el ser humano se inventó para sentirse inteligente. Una especie de consuelo elegante para creer que entendemos al universo… cuando el universo ni se molesta en voltear a vernos.
El espacio no necesita fórmulas ni ecuaciones para existir.
El universo no resuelve problemas.
El universo no está haciendo cuentas.
Simplemente es, y se comporta como quiere, sin pedirnos permiso ni consultar nuestros grandiosos libritos.

Y lo más gracioso es que cada vez que aparece un descubrimiento nuevo, toda esa solemnidad matemática se viene abajo.
La geometría perfecta ya no era tan perfecta.
Las matemáticas de Newton terminaron quedándose cortas.
La relatividad no sirve en lo microscópico.
La cuántica no sirve para explicar la gravedad.
Todo lo que antes era “verdad absoluta” termina siendo un borrador mal hecho.

Pero ahí seguimos, viendo a gente convencida de que las matemáticas “modernas” —las mismas que mañana van a desechar— van a resolver los misterios del universo.
¿De verdad?
¿Con qué confianza?
Si ni siquiera podemos ponernos de acuerdo en cómo definir algo tan básico como el tiempo.

Para mí, las matemáticas son un mapa… uno bonito, útil y muy presumido, sí, pero sigue siendo un mapa.
No es el territorio.
No es la realidad.
Es sólo nuestra manera de dibujar comportamientos que ya estaban ahí muchísimo antes de que a un homo sapiens se le ocurriera contar piedras o rayar símbolos sobre una tabla.

El universo no necesita que lo comprendamos para funcionar.
No necesita validación humana.
Ni necesita que le pongamos ecuaciones para sentirse completo.
Él sigue su curso mientras nosotros vamos detrás, parchando teorías, corrigiendo errores, cambiando fórmulas y fingiendo que esta vez sí entendimos… hasta que volvamos a equivocarnos.

Esa es mi manera de verlo.
Las matemáticas sirven, claro, pero dejemos de fingir que gobiernan algo.
Son solo nuestra interpretación temporal —y bastante limitada— de un universo que no tiene la más mínima intención de explicarse a través de nosotros. 

Gustavo Luna

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Yo siempre he pensado que las matemáticas son uno de los mejores trucos mentales que el ser humano se inventó para sentirse inteligente. Una especie de consuelo elegante para creer que entendemos al universo… cuando el universo ni se molesta en voltear a vernos.
El espacio no necesita fórmulas ni ecuaciones para existir.
El universo no resuelve problemas.
El universo no está haciendo cuentas.
Simplemente es, y se comporta como quiere, sin pedirnos permiso ni consultar nuestros grandiosos libritos.

Y lo más gracioso es que cada vez que aparece un descubrimiento nuevo, toda esa solemnidad matemática se viene abajo.
La geometría perfecta ya no era tan perfecta.
Las matemáticas de Newton terminaron quedándose cortas.
La relatividad no sirve en lo microscópico.
La cuántica no sirve para explicar la gravedad.
Todo lo que antes era “verdad absoluta” termina siendo un borrador mal hecho.

Pero ahí seguimos, viendo a gente convencida de que las matemáticas “modernas” —las mismas que mañana van a desechar— van a resolver los misterios del universo.
¿De verdad?
¿Con qué confianza?
Si ni siquiera podemos ponernos de acuerdo en cómo definir algo tan básico como el tiempo.

Para mí, las matemáticas son un mapa… uno bonito, útil y muy presumido, sí, pero sigue siendo un mapa.
No es el territorio.
No es la realidad.
Es sólo nuestra manera de dibujar comportamientos que ya estaban ahí muchísimo antes de que a un homo sapiens se le ocurriera contar piedras o rayar símbolos sobre una tabla.

El universo no necesita que lo comprendamos para funcionar.
No necesita validación humana.
Ni necesita que le pongamos ecuaciones para sentirse completo.
Él sigue su curso mientras nosotros vamos detrás, parchando teorías, corrigiendo errores, cambiando fórmulas y fingiendo que esta vez sí entendimos… hasta que volvamos a equivocarnos.

Esa es mi manera de verlo.
Las matemáticas sirven, claro, pero dejemos de fingir que gobiernan algo.
Son solo nuestra interpretación temporal —y bastante limitada— de un universo que no tiene la más mínima intención de explicarse a través de nosotros. 

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El espacio no necesita fórmulas ni ecuaciones para existir.
El universo no resuelve problemas.
El universo no está haciendo cuentas.
Simplemente es, y se comporta como quiere, sin pedirnos permiso ni consultar nuestros grandiosos libritos.

Y lo más gracioso es que cada vez que aparece un descubrimiento nuevo, toda esa solemnidad matemática se viene abajo.
La geometría perfecta ya no era tan perfecta.
Las matemáticas de Newton terminaron quedándose cortas.
La relatividad no sirve en lo microscópico.
La cuántica no sirve para explicar la gravedad.
Todo lo que antes era “verdad absoluta” termina siendo un borrador mal hecho.

Pero ahí seguimos, viendo a gente convencida de que las matemáticas “modernas” —las mismas que mañana van a desechar— van a resolver los misterios del universo.
¿De verdad?
¿Con qué confianza?
Si ni siquiera podemos ponernos de acuerdo en cómo definir algo tan básico como el tiempo.

Para mí, las matemáticas son un mapa… uno bonito, útil y muy presumido, sí, pero sigue siendo un mapa.
No es el territorio.
No es la realidad.
Es sólo nuestra manera de dibujar comportamientos que ya estaban ahí muchísimo antes de que a un homo sapiens se le ocurriera contar piedras o rayar símbolos sobre una tabla.

El universo no necesita que lo comprendamos para funcionar.
No necesita validación humana.
Ni necesita que le pongamos ecuaciones para sentirse completo.
Él sigue su curso mientras nosotros vamos detrás, parchando teorías, corrigiendo errores, cambiando fórmulas y fingiendo que esta vez sí entendimos… hasta que volvamos a equivocarnos.

Esa es mi manera de verlo.
Las matemáticas sirven, claro, pero dejemos de fingir que gobiernan algo.
Son solo nuestra interpretación temporal —y bastante limitada— de un universo que no tiene la más mínima intención de explicarse a través de nosotros. 

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El espacio no necesita fórmulas ni ecuaciones para existir.
El universo no resuelve problemas.
El universo no está haciendo cuentas.
Simplemente es, y se comporta como quiere, sin pedirnos permiso ni consultar nuestros grandiosos libritos.

Y lo más gracioso es que cada vez que aparece un descubrimiento nuevo, toda esa solemnidad matemática se viene abajo.
La geometría perfecta ya no era tan perfecta.
Las matemáticas de Newton terminaron quedándose cortas.
La relatividad no sirve en lo microscópico.
La cuántica no sirve para explicar la gravedad.
Todo lo que antes era “verdad absoluta” termina siendo un borrador mal hecho.

Pero ahí seguimos, viendo a gente convencida de que las matemáticas “modernas” —las mismas que mañana van a desechar— van a resolver los misterios del universo.
¿De verdad?
¿Con qué confianza?
Si ni siquiera podemos ponernos de acuerdo en cómo definir algo tan básico como el tiempo.

Para mí, las matemáticas son un mapa… uno bonito, útil y muy presumido, sí, pero sigue siendo un mapa.
No es el territorio.
No es la realidad.
Es sólo nuestra manera de dibujar comportamientos que ya estaban ahí muchísimo antes de que a un homo sapiens se le ocurriera contar piedras o rayar símbolos sobre una tabla.

El universo no necesita que lo comprendamos para funcionar.
No necesita validación humana.
Ni necesita que le pongamos ecuaciones para sentirse completo.
Él sigue su curso mientras nosotros vamos detrás, parchando teorías, corrigiendo errores, cambiando fórmulas y fingiendo que esta vez sí entendimos… hasta que volvamos a equivocarnos.

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El espacio no necesita fórmulas ni ecuaciones para existir.
El universo no resuelve problemas.
El universo no está haciendo cuentas.
Simplemente es, y se comporta como quiere, sin pedirnos permiso ni consultar nuestros grandiosos libritos.

Y lo más gracioso es que cada vez que aparece un descubrimiento nuevo, toda esa solemnidad matemática se viene abajo.
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Las matemáticas de Newton terminaron quedándose cortas.
La relatividad no sirve en lo microscópico.
La cuántica no sirve para explicar la gravedad.
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Pero ahí seguimos, viendo a gente convencida de que las matemáticas “modernas” —las mismas que mañana van a desechar— van a resolver los misterios del universo.
¿De verdad?
¿Con qué confianza?
Si ni siquiera podemos ponernos de acuerdo en cómo definir algo tan básico como el tiempo.

Para mí, las matemáticas son un mapa… uno bonito, útil y muy presumido, sí, pero sigue siendo un mapa.
No es el territorio.
No es la realidad.
Es sólo nuestra manera de dibujar comportamientos que ya estaban ahí muchísimo antes de que a un homo sapiens se le ocurriera contar piedras o rayar símbolos sobre una tabla.

El universo no necesita que lo comprendamos para funcionar.
No necesita validación humana.
Ni necesita que le pongamos ecuaciones para sentirse completo.
Él sigue su curso mientras nosotros vamos detrás, parchando teorías, corrigiendo errores, cambiando fórmulas y fingiendo que esta vez sí entendimos… hasta que volvamos a equivocarnos.

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Son solo nuestra interpretación temporal —y bastante limitada— de un universo que no tiene la más mínima intención de explicarse a través de nosotros. 

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El espacio no necesita fórmulas ni ecuaciones para existir.
El universo no resuelve problemas.
El universo no está haciendo cuentas.
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Y lo más gracioso es que cada vez que aparece un descubrimiento nuevo, toda esa solemnidad matemática se viene abajo.
La geometría perfecta ya no era tan perfecta.
Las matemáticas de Newton terminaron quedándose cortas.
La relatividad no sirve en lo microscópico.
La cuántica no sirve para explicar la gravedad.
Todo lo que antes era “verdad absoluta” termina siendo un borrador mal hecho.

Pero ahí seguimos, viendo a gente convencida de que las matemáticas “modernas” —las mismas que mañana van a desechar— van a resolver los misterios del universo.
¿De verdad?
¿Con qué confianza?
Si ni siquiera podemos ponernos de acuerdo en cómo definir algo tan básico como el tiempo.

Para mí, las matemáticas son un mapa… uno bonito, útil y muy presumido, sí, pero sigue siendo un mapa.
No es el territorio.
No es la realidad.
Es sólo nuestra manera de dibujar comportamientos que ya estaban ahí muchísimo antes de que a un homo sapiens se le ocurriera contar piedras o rayar símbolos sobre una tabla.

El universo no necesita que lo comprendamos para funcionar.
No necesita validación humana.
Ni necesita que le pongamos ecuaciones para sentirse completo.
Él sigue su curso mientras nosotros vamos detrás, parchando teorías, corrigiendo errores, cambiando fórmulas y fingiendo que esta vez sí entendimos… hasta que volvamos a equivocarnos.

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