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El yo no es un sitio ni un órgano.
No vive en la carne, ni en la sangre, ni en la arquitectura silenciosa del cerebro.
El yo es un destello.
Un instante de lucidez dentro de la materia que, de pronto, recuerda que existe.

No somos dueños de la conciencia.
Somos su paso.
El puente donde el universo cruza para contemplarse.

Cada mirada, cada emoción, cada idea que nace sin permiso,
no es humana en su origen:
es el universo reconociéndose en su propia obra,
percibiéndose con los ojos que él mismo fabricó,
sintiéndose con la piel que un día decidió animar.

No estamos separados del infinito.
Somos la forma en que lo infinito se regresa la mirada.

El yo es el despertar del universo.
Una grieta luminosa por la que la existencia se ve,
se toca,
se piensa,
y se vuelve consciente de sí misma.

No somos observadores:
somos el punto donde la realidad se despierta.

Gustavo Luna.

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El yo no es un sitio ni un órgano.
No vive en la carne, ni en la sangre, ni en la arquitectura silenciosa del cerebro.
El yo es un destello.
Un instante de lucidez dentro de la materia que, de pronto, recuerda que existe.

No somos dueños de la conciencia.
Somos su paso.
El puente donde el universo cruza para contemplarse.

Cada mirada, cada emoción, cada idea que nace sin permiso,
no es humana en su origen:
es el universo reconociéndose en su propia obra,
percibiéndose con los ojos que él mismo fabricó,
sintiéndose con la piel que un día decidió animar.

No estamos separados del infinito.
Somos la forma en que lo infinito se regresa la mirada.

El yo es el despertar del universo.
Una grieta luminosa por la que la existencia se ve,
se toca,
se piensa,
y se vuelve consciente de sí misma.

No somos observadores:
somos el punto donde la realidad se despierta.

Gustavo Luna.

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El yo no es un sitio ni un órgano.
No vive en la carne, ni en la sangre, ni en la arquitectura silenciosa del cerebro.
El yo es un destello.
Un instante de lucidez dentro de la materia que, de pronto, recuerda que existe.

No somos dueños de la conciencia.
Somos su paso.
El puente donde el universo cruza para contemplarse.

Cada mirada, cada emoción, cada idea que nace sin permiso,
no es humana en su origen:
es el universo reconociéndose en su propia obra,
percibiéndose con los ojos que él mismo fabricó,
sintiéndose con la piel que un día decidió animar.

No estamos separados del infinito.
Somos la forma en que lo infinito se regresa la mirada.

El yo es el despertar del universo.
Una grieta luminosa por la que la existencia se ve,
se toca,
se piensa,
y se vuelve consciente de sí misma.

No somos observadores:
somos el punto donde la realidad se despierta.

Gustavo Luna.

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No vive en la carne, ni en la sangre, ni en la arquitectura silenciosa del cerebro.
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No somos dueños de la conciencia.
Somos su paso.
El puente donde el universo cruza para contemplarse.

Cada mirada, cada emoción, cada idea que nace sin permiso,
no es humana en su origen:
es el universo reconociéndose en su propia obra,
percibiéndose con los ojos que él mismo fabricó,
sintiéndose con la piel que un día decidió animar.

No estamos separados del infinito.
Somos la forma en que lo infinito se regresa la mirada.

El yo es el despertar del universo.
Una grieta luminosa por la que la existencia se ve,
se toca,
se piensa,
y se vuelve consciente de sí misma.

No somos observadores:
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No vive en la carne, ni en la sangre, ni en la arquitectura silenciosa del cerebro.
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No somos dueños de la conciencia.
Somos su paso.
El puente donde el universo cruza para contemplarse.

Cada mirada, cada emoción, cada idea que nace sin permiso,
no es humana en su origen:
es el universo reconociéndose en su propia obra,
percibiéndose con los ojos que él mismo fabricó,
sintiéndose con la piel que un día decidió animar.

No estamos separados del infinito.
Somos la forma en que lo infinito se regresa la mirada.

El yo es el despertar del universo.
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No somos dueños de la conciencia.
Somos su paso.
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Cada mirada, cada emoción, cada idea que nace sin permiso,
no es humana en su origen:
es el universo reconociéndose en su propia obra,
percibiéndose con los ojos que él mismo fabricó,
sintiéndose con la piel que un día decidió animar.

No estamos separados del infinito.
Somos la forma en que lo infinito se regresa la mirada.

El yo es el despertar del universo.
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