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No quiero un padre de piedra.

No quiero un hombre que ame únicamente en silencio, escondido detrás de recibos pagados, de jornadas interminables o de preocupaciones que nadie conoce.

Sí, quiero la roca.

Quiero al hombre que se pone delante del peligro, que enseña a distinguir el bien del mal, que corrige cuando hace falta, que trabaja hasta el cansancio para que en casa no falte el pan ni la esperanza.

Pero también quiero sus brazos.

Quiero al padre que besa la frente de sus hijos sin vergüenza. Al que abraza fuerte cuando el mundo duele. Al que escucha historias interminables contadas por voces pequeñas como si fueran los relatos más importantes jamás escritos. Al que se arrodilla para secar lágrimas, al que ríe a carcajadas, al que juega, al que pide perdón cuando se equivoca y al que dice «te amo» sin sentir que pierde autoridad por ello.

Porque la fortaleza no está reñida con la ternura.

La roca que nunca abraza termina siendo pared.

El proveedor que nunca acaricia termina siendo recuerdo lejano.

El maestro que nunca escucha deja lecciones incompletas.

Un padre no nació para ser una máquina de sacrificio ni un monumento sin lágrimas. Fue llamado a ser refugio y aventura; disciplina y consuelo; ejemplo y compañía.

Ser protector no impide ser cariñoso.

Ser fuerte no prohíbe ser dulce.

Ser hombre no exige amputarse la capacidad de amar.

Quizá el verdadero milagro de la paternidad consiste precisamente en eso: en cargar el peso del mundo sobre los hombros y, aun así, conservar la delicadeza suficiente para sostener la mano de un hijo que todavía busca seguridad en la palma de su padre.

Que nuestros hijos recuerden que fuimos su roca cuando la tormenta llegó.

Pero también que recuerden nuestros abrazos.

Porque el pan alimenta el cuerpo, pero los besos, las palabras y las caricias alimentan el alma.

Y un hijo merece ambas cosas.

Gustavo Luna.

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No quiero un padre de piedra.

No quiero un hombre que ame únicamente en silencio, escondido detrás de recibos pagados, de jornadas interminables o de preocupaciones que nadie conoce.

Sí, quiero la roca.

Quiero al hombre que se pone delante del peligro, que enseña a distinguir el bien del mal, que corrige cuando hace falta, que trabaja hasta el cansancio para que en casa no falte el pan ni la esperanza.

Pero también quiero sus brazos.

Quiero al padre que besa la frente de sus hijos sin vergüenza. Al que abraza fuerte cuando el mundo duele. Al que escucha historias interminables contadas por voces pequeñas como si fueran los relatos más importantes jamás escritos. Al que se arrodilla para secar lágrimas, al que ríe a carcajadas, al que juega, al que pide perdón cuando se equivoca y al que dice «te amo» sin sentir que pierde autoridad por ello.

Porque la fortaleza no está reñida con la ternura.

La roca que nunca abraza termina siendo pared.

El proveedor que nunca acaricia termina siendo recuerdo lejano.

El maestro que nunca escucha deja lecciones incompletas.

Un padre no nació para ser una máquina de sacrificio ni un monumento sin lágrimas. Fue llamado a ser refugio y aventura; disciplina y consuelo; ejemplo y compañía.

Ser protector no impide ser cariñoso.

Ser fuerte no prohíbe ser dulce.

Ser hombre no exige amputarse la capacidad de amar.

Quizá el verdadero milagro de la paternidad consiste precisamente en eso: en cargar el peso del mundo sobre los hombros y, aun así, conservar la delicadeza suficiente para sostener la mano de un hijo que todavía busca seguridad en la palma de su padre.

Que nuestros hijos recuerden que fuimos su roca cuando la tormenta llegó.

Pero también que recuerden nuestros abrazos.

Porque el pan alimenta el cuerpo, pero los besos, las palabras y las caricias alimentan el alma.

Y un hijo merece ambas cosas.

Gustavo Luna.

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No quiero un hombre que ame únicamente en silencio, escondido detrás de recibos pagados, de jornadas interminables o de preocupaciones que nadie conoce.

Sí, quiero la roca.

Quiero al hombre que se pone delante del peligro, que enseña a distinguir el bien del mal, que corrige cuando hace falta, que trabaja hasta el cansancio para que en casa no falte el pan ni la esperanza.

Pero también quiero sus brazos.

Quiero al padre que besa la frente de sus hijos sin vergüenza. Al que abraza fuerte cuando el mundo duele. Al que escucha historias interminables contadas por voces pequeñas como si fueran los relatos más importantes jamás escritos. Al que se arrodilla para secar lágrimas, al que ríe a carcajadas, al que juega, al que pide perdón cuando se equivoca y al que dice «te amo» sin sentir que pierde autoridad por ello.

Porque la fortaleza no está reñida con la ternura.

La roca que nunca abraza termina siendo pared.

El proveedor que nunca acaricia termina siendo recuerdo lejano.

El maestro que nunca escucha deja lecciones incompletas.

Un padre no nació para ser una máquina de sacrificio ni un monumento sin lágrimas. Fue llamado a ser refugio y aventura; disciplina y consuelo; ejemplo y compañía.

Ser protector no impide ser cariñoso.

Ser fuerte no prohíbe ser dulce.

Ser hombre no exige amputarse la capacidad de amar.

Quizá el verdadero milagro de la paternidad consiste precisamente en eso: en cargar el peso del mundo sobre los hombros y, aun así, conservar la delicadeza suficiente para sostener la mano de un hijo que todavía busca seguridad en la palma de su padre.

Que nuestros hijos recuerden que fuimos su roca cuando la tormenta llegó.

Pero también que recuerden nuestros abrazos.

Porque el pan alimenta el cuerpo, pero los besos, las palabras y las caricias alimentan el alma.

Y un hijo merece ambas cosas.

Gustavo Luna.

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No quiero un hombre que ame únicamente en silencio, escondido detrás de recibos pagados, de jornadas interminables o de preocupaciones que nadie conoce.

Sí, quiero la roca.

Quiero al hombre que se pone delante del peligro, que enseña a distinguir el bien del mal, que corrige cuando hace falta, que trabaja hasta el cansancio para que en casa no falte el pan ni la esperanza.

Pero también quiero sus brazos.

Quiero al padre que besa la frente de sus hijos sin vergüenza. Al que abraza fuerte cuando el mundo duele. Al que escucha historias interminables contadas por voces pequeñas como si fueran los relatos más importantes jamás escritos. Al que se arrodilla para secar lágrimas, al que ríe a carcajadas, al que juega, al que pide perdón cuando se equivoca y al que dice «te amo» sin sentir que pierde autoridad por ello.

Porque la fortaleza no está reñida con la ternura.

La roca que nunca abraza termina siendo pared.

El proveedor que nunca acaricia termina siendo recuerdo lejano.

El maestro que nunca escucha deja lecciones incompletas.

Un padre no nació para ser una máquina de sacrificio ni un monumento sin lágrimas. Fue llamado a ser refugio y aventura; disciplina y consuelo; ejemplo y compañía.

Ser protector no impide ser cariñoso.

Ser fuerte no prohíbe ser dulce.

Ser hombre no exige amputarse la capacidad de amar.

Quizá el verdadero milagro de la paternidad consiste precisamente en eso: en cargar el peso del mundo sobre los hombros y, aun así, conservar la delicadeza suficiente para sostener la mano de un hijo que todavía busca seguridad en la palma de su padre.

Que nuestros hijos recuerden que fuimos su roca cuando la tormenta llegó.

Pero también que recuerden nuestros abrazos.

Porque el pan alimenta el cuerpo, pero los besos, las palabras y las caricias alimentan el alma.

Y un hijo merece ambas cosas.

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No quiero un hombre que ame únicamente en silencio, escondido detrás de recibos pagados, de jornadas interminables o de preocupaciones que nadie conoce.

Sí, quiero la roca.

Quiero al hombre que se pone delante del peligro, que enseña a distinguir el bien del mal, que corrige cuando hace falta, que trabaja hasta el cansancio para que en casa no falte el pan ni la esperanza.

Pero también quiero sus brazos.

Quiero al padre que besa la frente de sus hijos sin vergüenza. Al que abraza fuerte cuando el mundo duele. Al que escucha historias interminables contadas por voces pequeñas como si fueran los relatos más importantes jamás escritos. Al que se arrodilla para secar lágrimas, al que ríe a carcajadas, al que juega, al que pide perdón cuando se equivoca y al que dice «te amo» sin sentir que pierde autoridad por ello.

Porque la fortaleza no está reñida con la ternura.

La roca que nunca abraza termina siendo pared.

El proveedor que nunca acaricia termina siendo recuerdo lejano.

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Un padre no nació para ser una máquina de sacrificio ni un monumento sin lágrimas. Fue llamado a ser refugio y aventura; disciplina y consuelo; ejemplo y compañía.

Ser protector no impide ser cariñoso.

Ser fuerte no prohíbe ser dulce.

Ser hombre no exige amputarse la capacidad de amar.

Quizá el verdadero milagro de la paternidad consiste precisamente en eso: en cargar el peso del mundo sobre los hombros y, aun así, conservar la delicadeza suficiente para sostener la mano de un hijo que todavía busca seguridad en la palma de su padre.

Que nuestros hijos recuerden que fuimos su roca cuando la tormenta llegó.

Pero también que recuerden nuestros abrazos.

Porque el pan alimenta el cuerpo, pero los besos, las palabras y las caricias alimentan el alma.

Y un hijo merece ambas cosas.

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No quiero un hombre que ame únicamente en silencio, escondido detrás de recibos pagados, de jornadas interminables o de preocupaciones que nadie conoce.

Sí, quiero la roca.

Quiero al hombre que se pone delante del peligro, que enseña a distinguir el bien del mal, que corrige cuando hace falta, que trabaja hasta el cansancio para que en casa no falte el pan ni la esperanza.

Pero también quiero sus brazos.

Quiero al padre que besa la frente de sus hijos sin vergüenza. Al que abraza fuerte cuando el mundo duele. Al que escucha historias interminables contadas por voces pequeñas como si fueran los relatos más importantes jamás escritos. Al que se arrodilla para secar lágrimas, al que ríe a carcajadas, al que juega, al que pide perdón cuando se equivoca y al que dice «te amo» sin sentir que pierde autoridad por ello.

Porque la fortaleza no está reñida con la ternura.

La roca que nunca abraza termina siendo pared.

El proveedor que nunca acaricia termina siendo recuerdo lejano.

El maestro que nunca escucha deja lecciones incompletas.

Un padre no nació para ser una máquina de sacrificio ni un monumento sin lágrimas. Fue llamado a ser refugio y aventura; disciplina y consuelo; ejemplo y compañía.

Ser protector no impide ser cariñoso.

Ser fuerte no prohíbe ser dulce.

Ser hombre no exige amputarse la capacidad de amar.

Quizá el verdadero milagro de la paternidad consiste precisamente en eso: en cargar el peso del mundo sobre los hombros y, aun así, conservar la delicadeza suficiente para sostener la mano de un hijo que todavía busca seguridad en la palma de su padre.

Que nuestros hijos recuerden que fuimos su roca cuando la tormenta llegó.

Pero también que recuerden nuestros abrazos.

Porque el pan alimenta el cuerpo, pero los besos, las palabras y las caricias alimentan el alma.

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